jueves, 31 de diciembre de 2015

Mario descontento

Esta mañana, una amiga mía (cuelo spam, http://gaviotasenifach.blogspot.com.es/, es un blog de literatura como el mío :) ) me ha comentado si me apetecía hacer un booktag. A mí, al principio, lo único que se me venía a la cabeza cuando oí booktag fue guten tag, y tras un intento de explicación por parte de ella, la verdad es que sigo igual. Pero he llegado a la conclusión, mis queridos lectores, de que estaría bien si de vez en cuando yo me salgo de mis moldes y escribo algo inusual. Y me parece una idea fabulosa, mira, de vez en cuando voy a procurar escribir cosas que yo no escribiría de normal. Así pues, allá voy:

Mario descontento
Mario estaba rescatando a la princesa Peach aquella apacible tarde de otoño. En aquel preciso instante estaba luchando contra Bowser, mientras se preguntaba si no le había matado en otra ocasión: parecía que hacían aquellos bichos de fábrica, y cuando Mario mataba a uno mandaban a otro. El tal Bowser aquí debía tener algún defectillo de fábrica en el cerebro porque pegó un traspiés y se fue al foso de lava, con lo cual nuestro amigo fontanero ya se fue a donde Peach y la liberó de la jaula en la que ella tan taciturnamente estaba recluida.
-¡Oh! ¡Gracias!-exclamó ella, llevándose las manos al pecho.
Entonces, ella se inclinó sobre él, pues él era una persona verticalmente limitada, y le dio un beso en la mejilla. Mario frunció el ceño.
-¿Te pasa algo, Mario?
Mario se puso con los brazos en jarra.
-¿Que si me pasa algo? ¡Vamos! Llevo treinta años y pico salvándote, ¿y lo único que se te ocurre es darme un beso en la maldita mejilla?
-Mario, no me gusta el tono de voz tan desagradable que estás usando.
-¡Oh venga ya!-gritó Mario, agarrando su gorra roja y tirándola al suelo-¡Dimito! Que el bicho ese te agarre y haga lo que quiera contigo.
-No, no, que es muy rudo.
-¿Y a mí qué? ¿Yo soy rudo también?
-Bueno, tú... no he tenido la ocasión de comprobarlo.
-¡Pues claro que no! Eres más estrecha que el hueco de una puerta cerrada.
-Mario, no te consiento que me hables así.
-¿Y qué me vas a hacer, eh? ¿Vas a echarme del reino este tuyo, que lo tienes descuidado? No sé cómo lo ves, pero yo he visto por ahí escándalos de corrupción a tus espaldas.
-Mario, mis gestiones reales no son  asunto tuyo. Y sí, puede que te eche.
-Sí, ¿no? Así no tengo que volver para salvarte de un lagarto feo salidorro.-Mario se agachó, cogió el gorro y se lo puso muy dignamente. Miró a la princesa a los ojos, y le dijo:-Ahí te quedas.
Peach, naturalmente, no podía permitirse perder un guardaespaldas tan fiable. La otra opción era quedarse encerrada en un castillo oscuro con un lagarto enorme con enormes deseos sexuales.
-¡Espera, Mario! ¿No podemos negociar esto?
Mario se giró, y la miró de arriba a abajo con una mueca de asco.
-¿Negociar qué? Estrecha.
-¡No! ¡No!-Peach se mordió el labio inferior, nerviosa-A ver, qué quieres.
-Hombre...
-¿No te basta el júbilo del deber cumplido? ¿La gloria, la felicidad, la realización de la justicia...?
-Hombre, señorita mía, todo eso está debuti, pero un hombre, como podrás comprender, además de ser un dechado de virtudes, tiene necesidades biológicas.
-¡Oigh!
-Y tú también las tienes. Que pecar es humano.
-¡Mario, basta!
-¿Qué? ¿Me vas a decir que el viernes pasado no entraron unos cuantos hombres en tu castillo, y que cuando salieron no tenían los bolsillos más cargados? Confiesa.
-¡¡Mario, basta ya!! ¡¡Eres un chabacano, indecente, proletario carcamal!!
-¡Uy! Qué rebuscada. Si le dabas las órdenes así a los chavales, harían un desastre.
-Mario, no te consiento que hables así, fuera de aquí, no pienso ceder jamás a tus deseos carnales.
-Desde luego sitio no te falta, con tu palacete...
-¡Fuera!-gritó ella, indicándole con el índice la salida de la jaula.
-Está bien, está bien...-concedió Mario, calmándola con un gesto de manos-Ya me voy. Pero no pienso volver a salvar a una desagradecida como tú.
Mario se atusó la chaqueta y se dispuso a salir de la jaula. Antes de cruzar el umbral de la puerta, se giró. Ella estaba roja, de la ira, con los puños apretados, mirándole con odio.
-Treinta años para un puto beso en la mejilla. Hay que joderse, esta juventud. Si lo sé, me dedico a salvar facilonas.
Sin darle tiempo a responder, Mario se alejó del lugar donde la princesa estaba. En su camino, pasó por el foso de lava, y justo cuando sus pies pasaban cerca, emergió una mano monstruosa de entre la lava y se agarró al borde.
-¡Ja! ¡He vuelto! ¡Ahora no podrás detenerme!
Bowser se aupó con los brazos sobre el borde, se sentó en el suelo y se levantó, mirando a Mario.
-¡Ja, ja, ja! ¡Inventé una pócima mágica que al tomármela me ha salvado de morir en la lava! ¡Ahora vas a morir!
-No, no, hoy cambio de planes.
El lagarto se quedó ojiplático.
-¿Cómo?
-Lo que oyes. ¡He dimitido! Te la puedes quedar y hacer con ella lo que quieras.
-Esto debe de ser una broma.
-La broma es, no te lo pierdas, que después de treinta años salvándole el pellejo, va y me sigue dando besos en la mejillita.
-¡No!
-¡Sí!
-Increíble. Qué malnacida.
-Ahora me iba a buscar a una mujer agradecida, simpática y buena persona a la que hacer la vida feliz sin esperar a cambio un beso en la mejilla...necesito sentar cabeza, tío.
Mario se puso la mano tapando los ojos enrojecidos y húmedos.
-Joder, treinta años, treinta putos años, para un puto beso en la mejilla...-susurró con voz quebrada.
-Hey, hey, cálmate, tío...-Bowser se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro-No pasa nada. Seguro que ahora cuando sales está ahí la mujer perfecta esperándote.
Mario se retiró la mano de la cara, y con sus ojos llorosos, miró a Bowser con una sonrisa esperanzada.
-¿Tú crees?
-Sí, sí, amigo, tú salte de este castillo mohoso y ve a por una nueva vida. Yo me quedo aquí con la princesa esta y me encargo de ella.
Mario se enjugó el líquido del ojo. Se miraron y se sonrieron.
-Gracias, Bowser. Mira, después de tanto años peleados, vamos a sacar algo bueno.
-Sí, parece que sí.
-No quiero prolongar esta tortura más. Me voy de aquí, para abandonar esta mala vida, de princesas desagradecidas, champis alucinógenos y tortugas parlantes.
-Chao, amigo.
-Adiós, amigo, que vaya bien.
Bowser y Mario se despidieron, y Mario se fue, oyendo a lo lejos como cierta princesa rogaba a gritos que se la tratase como a tal, y a un tío no tan mal tipo comportándose como el mal tipo que se supone que debía ser.
Mario encontró a su mujer, tuvieron tres hijos y ahora viven los cinco felizmente en Nápoles. Él trabaja actualmente de fontanero, como era realmente, y no de absurdo-tipo-de-rojo-que-salva-princesas-porque-sí-y-lucha-contra-tortugas-feas-y-gordas. Es una vida apacible, alejada de los excesos; la vida que él siempre había soñado.
Su hermano Luigi, desgraciadamente, ocupó su lugar, y ahora la princesa Peach le da besos en la mejilla a él. Ingenuo... cuando le llegue la pubertad, ya se dará cuenta de la mangonería que sufre. Porque, permitidme que os diga, la relación que guardan los salvadores de Peach y Peach no es nada equitativa, se ve llena de desigualdades, esta Peach es una desgraciada desagradecida. Por cierto, que lleva el mismo peinado desde hace siglos, además es una carca.
Bowser sigue igual, en su papel... sigue soñando con que algún día no haya más pintamonas vestidos de colorines que se dediquen a salvar princesas secuestradas, porque es su único método de conseguir una mujer...
Y Peach. ¿En serio hace falta hablar de Peach? Lo considero innecesario. Mira, además, por no ponerla verde, me ha ofrecido un trato razonable: me va a dar un beso en la mejilla.



lunes, 28 de diciembre de 2015

La llave de lo desconocido

La llave de lo desconocido
Rozó con la espalda la mampara. Estaba fría, muy fría, pero eso solo era el comienzo. Reguló la temperatura al mínimo, y se duchó mientras su cuerpo implosionaba en un grito interior. Se secó rápido, pero bien. Si dejaba algún rastro de humedad, la piel le picaría luego, y era una sensación tan odiosa como incalmable. Se miró en el espejo del baño, oyendo cerca, lejos, cerca, lejos el goteo de la ducha recién cerrada, y reparó en su pelo alborotado. Pensó que no podía ir por la calle con ese aspecto, pero calló su instinto y se fue a su cuarto, a vestirse. Se puso ropa cómoda, vaqueros, sudadera negra y deportivas. Apareció el perro, frotando su cabeza cariñosamente contra su pierna.
-Hey, chico... qué tal estás.
Le frotó un poco la cabecita peluda, se levantó de la cama de un salto y se dirigió a la cocina. Se preparó una taza mohína de café y unas tostadas. Con crema de limón. El tarro que le había regalado su madre llevaba ahí dos meses y se estaba poniendo en mal estado, pero no pensaba en tirar comida en aquellos momentos. No había nada, nada que desperdiciar. Nada en absoluto. Sonó su móvil. Era su amiga.
-Eh, hola, ¿estás bien?
-Sí...-miró las fotos en los imanes del frigorífico y recordó-Sí. Todo va bien.
-Cuídate. Aquí me tienes para lo que necesites.
-Ajá. Igualmente. Chao.
-Chao.
Colgó. Puso los platos en el fregadero. Un día normal. Fue al cajón del escritorio. Sacó la llave. Sacó la otra llave. Se fue a la puerta, la abrió, y cuando la cerró, ya estaba fuera. Se subió en el ascensor. Llegó a la azotea. Caminó pesadamente, y se subió al borde del edificio. Miró al frente. La vida era un dibujo negro, vacío y sin sentido. Una curiosa, complicada amalgama de sensaciones y pensamientos, que se fundían en un negro enigma. Muchos le tienden la mano, al borde del abismo, ahora. Otros quieren empujarle. Otros quieren que se tire por su propia cuenta. Pero solo con su alma y su mente encontrará su decisión. Balas de flores, gases de perfume, cuchillos de miel; besos cáusticos, amores de veneno, caricias corrosivas. Y solo los ojos que miraban al abismo podían decidir dónde poner cada nombre, y cada adjetivo. Allí estaba un rostro, un cuerpo, un alma, con toda una ciudad a sus pies ofreciéndose como digna tumba. Sus manos miraron la llave. Negra como lo siniestro, con un gatillo negro, con un cañón negro; parecía buena elección. La llave de lo desconocido, la llave de algo que podría ser mejor. La pistola se postró en su sien. La frente sudorosa, la mandíbula temblorosa. El dilema de su vida. Y quién dice que no estaba en la misma situación en el trabajo, en su casa, con sus amigos, con su pareja, con su familia. Caer o luchar. En todo momento. Eres tú. Decide.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Bon II- Amanecer confuso

Pienso continuar esto...
Bon II
Amanecer confuso
-¿Papá?
El anciano se quedó mirando al hombre trajeado que parecía haber interrumpido su comida solo para verle.
-Yo no soy tu padre-replicó el anciano premiosamente.
-Sí, sí, que sí-insistió el trajeado. Tras  rebuscar en un bolsillo de su chaqueta, sacó una foto en blanco y negro de un hombre joven con un niño abrazándole las piernas.-Mira. Eres tú.
El anciano cogió la foto con unos dedos temblorosos y entrecerró los ojos, intentando averiguar quiénes eran las personas de aquella foto. La imagen que sostenía entre su índice y pulgar, efectivamente, despertaba en él sentimientos antiguos que no recordaba, pero... ¿quiénes eran aquellas personas exactamente?
-Yo no soy este-resolvió, tachando con el índice de la otra mano la cara del hombre.
-Sí, sí lo eres. Ronald Bonnard. ¡Bon! Y yo-añadió, señalando el niño-soy tu hijo, Mike Anderson Bonnard. Mamá me cambió el nombre porque desapareciste...
-¿Mamá?
-Sí, mamá. Joanna Anderson. Estuviste casado con ella como veinte años, pero como te acabo de decir, desapareciste.
-¿Eh...? Oh, Dios, mi cabeza...
El anciano, o Bon, bajó la mirada y se pasó la mano como un peine por en medio de sus pelos grises y sucios, intentando consolar el dolor de cabeza que le había entrado.
-Dios, Dios, Dios, Dios, ¡Dios...!-de repente, alzó la mirada rápido hacia los ojos del hombre, como un perro de caza-¿Mike?
Mike asintió con una leve sonrisa, bajando tímidamente la cabeza.
-¡Oh, Mike! ¡Hijo mío!
Bon se levantó estrepitosamente del asiento, y tras rodear el perímetro de la mesa abrazó ortopédicamente a su hijo, que correspondió con otro efusivo abrazo de oso que hizo crujir a Bon de una manera que no podía ser sana.
-¡Papá!-esbozó Mike una lágrima.
-Oh, hijo, hijo... ¿dónde has estado?
Mike se separó de su padre para cogerle por los hombros y mirarle fijamente a la cara.
-No, perdona. Dónde has estado .
-¿Yo...? Yo no sé si he estado alguna vez, antes de ahora. Solo te recuerdo a ti, un poco de la dulce cara de tu madre y también un hombrecillo con el que debía llevarme bien, que veo su sonrisa...Y también me acuerdo de una panda de una especie de perrillos, pero recuerdo muy bien que no me gustaban nada, no señor, eran muy feos.
-Ajá. Perrillos.
-Sí. Muy feos. Para matarlos. No me gustaban nada. Pero solo veo una imagen borrrosa, nada de cosas definidas. ¡Pero esos perrillos no me gustaban! ¡Es lo único que sé!-repitió Bon obsesionado.
Mike miró en torno suyo, como buscando algún espía.
-Oye, papá. Esto hay que hablarlo más profundamente, tienes que contarnos qué recuerdas.
-¡No recuerdo nada!-gruñó Bon-, ¡solo imágenes borrosas!
-Puede que si hablas con alguien de tu pasado te vuelva la memoria. Sé dónde vive mamá, pero el hombrecillo... ¿no recuerdas nada más de él?
-Nos llevábamos bien. No sé decirte nada de él, pero estoy seguro de que si lo viera, lo reconocería. Sí, señor. De esas caras que no se olvidan.
-Hum, vale...
Mike guardó un momento de silencio, observando como Bon se enfrascaba en sus pensamientos, intentando pescar algún dato en su viejo y oxidado cerebro.
-Entonces, ¿vamos con mamá?
Bon se despertó.
-¿Qué? Ah, sí. Vamos, hijo mío, vamos.
El hijo le agarró al padre del brazo para sostenerle, como si fuese una vasija de valor incalculable que hubiese que proteger, y los dos juntos, caminaron fuera del restaurante.


miércoles, 23 de diciembre de 2015

Tenga buen día, no existo

Tenga buen día, no existo
Hoy yo volvía a casa del colegio, y en esto que veo en la pantalla de mi teléfono que me ha llamado un número. Inmediatamente llamo, y me coge un hombre con una voz muy publicitaria hablando muy atropelladamente:
-Hola buenas tardes soy Paco de Orange qué desea.
-Uh, bueno... es que este número me ha llamado y quería saber...
-Sí, sí, claro. Hemos llamado de Orange. Le quería preguntar si está contento con su ADSL.
-Bueno, sí, estoy contento.
-¿Qué compañía tiene?
-Uh...-miro el calendario-Di...-miro el periódico-País... Dipais. Sí, esa es mi compañía.
-Ajá. Dipais. No la conozco. ¿Es una compañía local?
-Sí, esto, ¡sí...! Es una compañía local, no la conocerá.
-Hum, sí, pero las compañías locales no le ofrecen una velocidad de 2 o 3 megas, como la mayoría de las compañías, ¿verdad?
-Tengo 2,8 megas.
-Oh, sí, precisamente como la mayoría... ¿juega online a la play 4? Hay que tener buena conexión para jugar online a la play 4.
-No, la verdad es que no, yo soy fanático de los juegos de plataformas, y ahí no se necesita mucho internet.
-Ah, supermario y estas cosas, pero ¿juegas online?
-No.
-A ver, necesita un bip y (impronunciable) para jugar online, esto es, 3 megas, la velocidad con la que el router hace piiiii hasta su play, y eso es exactamente la velocidad con la que juega.
-Sí, pero yo no juego online.
-Y, bueno, ¿qué líneas tiene?
-Oh, bueno... esta. Solo esta.
-Y el fijo, ¿no? Bien, y ¿cuánto le cobran al mes?
-54,37 euros.-dije, tras inventar la cifra rápidamente.
-Vaya, qué preciso-ríe el hombre-Y, bueno, ¿dónde tiene domiciliada esa línea?
-Eh, sí, bueno-'La pérdida de la mayoría del PP abre espacio a los pactos', aparece en el titular-Calle Mayoría del Espacio, número 37, 4ºB, escalera derecha.
-¿Escalera derecha? Sí, ¿no?
-Sí, sí...
-¿Código postal? 28...
-¿012?
-Sí, bueno-vuelve a reír, no sé de qué.-En fin, no me sale la calle... buscaré en Google...
-Vale.
-Oiga, perdone-se oye la voz del hombre alejada del micrófono-No me moleste, soy una persona muy ocupada, tengo trabajo. ¡Ajá...! Vuelvo con usted, perdone. A ver, M-A-Y-O-R-Í...-le oigo teclear.
-Perdone, veo que es usted una persona muy ocupada-le interrumpo-¡Esto era una broma! ¡Tenga buen día, no existo!
Sin dejarle tiempo a responder, cuelgo, y me río. Aunque, hubiera sido divertido oírle la voz al comprobar que esa calle no existía, pero, en fin, ¡no iba a llamarle otra vez! Ya me había quedado a gusto con una sola.

martes, 22 de diciembre de 2015

Overslept

Con este texto, recién sacado del horno, ¡vuelvo al blog...! Espero que os guste, aunque ya hay más trabajos que vendrán en los días venideros. Entre ellos, me comprometo a continuar el relato 'Bon'. Pero, ¿por qué estoy hablando? Os dejo tranquilos ya.
Overslept
-¿Va a Montpellier?
-No, yo me bajo en Toulouse. A ver la familia
Aquel hombre francés hablaba un español perfecto, y esto era porque su mujer y sus hijas eran españolas... me contó que en aquellos días pensaba estar un rato con su familia, y que así como por septiembre ya volvería a España, pues tenía su trabajo y su casa allí.
-¿Tú dónde vas?
-¿Yo...? ¡Ah!-dije, saliendo de una abstracción de las que suelo tener-Montpellier, Montpellier... un amigo me ha dicho de pasar unos días con él.
-Vaya, qué bien-sonrió él.
Hablamos un poco más, y continué mi lectura de Watchmen. Las cosas se estaban poniendo feas, el Nova Express estaba empezando a tocar demasiado las narices. No podía esto acabar bien... hubiera querido seguir leyendo, pero comenzaba a marearme y dejé el libro en la mesilla plegable del asiento. Miré el paisaje por la ventana. No sé por qué, pero me fijé en que conforme los objetos estaban más lejos, más despacio se movían... era curioso, bello, y me quedé un rato así, ensimismado. En mis pensamientos.
Entre los pensamientos, cómo no, estaba ella. ¿Cómo no podía estarlo? Estar en Montpellier era como no llegar por cuatro metros al cielo, y el cielo, claro está, era estar allá donde estuviese ella. Aunque, la verdad, era un poco disparatado pensar ni siquiera la posibilidad de quedarse en el tren para irse a Toulouse. ¿Dónde iría a dormir? ¿Qué comería, qué pasaría, yo sólo en una ciudad, con nada más que una maleta y una cabeza insensata? No, aquellas fantasías no podrían hacerse realidad. Le había dicho a mi amigo que podríamos irnos un día a Toulouse a ver una 'exposición', un 'evento', o ¡cualquier cosa!, pero yo necesitaba ir allí. Solo una vez, no permitir a mis sueños que siguiesen siendo sueños, solo una vez, verla. Porque, claro, a vosotros esto os parecerá cursi. Una sarta de clichés. Pero, queridos amigos, es que vosotros no la conocéis. Vosotros pensáis que para sacar mi cerebro del cráneo hay que abrirme la cabeza, pero lo único que tiene que suceder es que ella me sonría. Y, lo lamento, pero temo que no estoy exagerando...
Nos acercábamos a Montpellier. Ya lo anunciaban por el altavoz. Me levanté, me aseguré de que tenía todo en los bolsillos de la chaqueta y fui a coger la maleta. Miré por la ventana del tren, la gente esperando a otra gente, trasegando de un lado a otro, buscando con la vista. Y, en aquel instante fui un loco demasiado cuerdo, y pensé que yo podía encontrar lo que quería ver más fácilmente de lo que parecía. Y no cogí la maleta, y me senté.
-¿Pero tú no te bajabas aquí?-preguntó el hombre, atónito.
Le miré sorprendido, un poco avergonzado de la respuesta, pero rebusqué en mi alma la desvergüenza y le respondí que sí, pero que había cambiado de opinión.
-¿Alguna vez se ha enamorado?
-Chico, no digas tonterías-replicó el hombre con voz nerviosa-Esta es tu parada. Bájate. ¡Vamos!
-Que no, que no. Yo me voy a Toulouse.
-Estás loco.
-No estoy loco. Pasa que hago las cosas que me importan, y no las que debería... aunque, claro, quién dice que no son lo mismo.
-Estás de psiquiátrico. Bájate.
-¡No! ¡El destino me llama!-exclamé demasiado alto. La gente del vagón se giró, y tuve que bajar la voz-En serio, Jacques. No me pienso bajar.
En aquel momento vi por la ventanilla a mi amigo y a sus padres, esperándome. Me giré para que no me viesen. El hombre se dio cuenta de que eran mis anfitriones y se puso a golpear la ventana para llamar su atención, pero parecía que había demasiado ruido fuera como para que ellos pudiesen oírle.
-¡Aquí está! ¡Aquí está!-mascullaba entre dientes, desesperado al verles como buscaban entre la multitud una cara conocida-Dios, Dios, Dios, ¡Arturo!, ¡bájate ya!
-Non, je veux pas.
Mi mala pronunciación terminó de irritarle, y se dio por vencido, hundido en su asiento.
-Connard...
-Llego a eso, amigo mío, cuidado con lo que dices-sonreí sin girarme.
Rechinó más los dientes que una maquinaria oxidada y el tren comenzó a moverse. Hacia adelante... ¿hacia el futuro? Durante todo el viaje Jacques no me habló, aunque rezongaba de vez en cuando en un francés que no sonaba nada amable. Se hacía ya de noche... admiré el atardecer, con un marronazo sobre mis espaldas, pero con otro brillo en los ojos, ese que solo nace con una emoción. En aquel preciso momento vibró el móvil. Lo saqué, era mi amigo: 'Donde coño estas tio'. Tras admirar su ortografía, desbloqueé el móvil y tecleé con los pulgares 'Me he quedado dormido en el tren. Me bajaré en Toulouse'. No pasaron muchos segundos cuando mi amigo respondió con más tacos que una bota de fútbol que qué iba a hacer. Yo le puse que me quedaba sin batería, que hablaríamos mañana. Apagué el móvil.
Llegamos a Toulouse. Jacques se bajó echando chispas, sin despedirse siquiera, y yo me quedé en el andén, con la maleta, con frío, pensando. Solo. De noche. En un sitio desconocido. Movido por la inercia de los sentimientos humanos. Mi amigo y Jacques tenían razón, era imbécil. Pero, no podía ser tan malo, ¿no? Con 80 euros, podría encontrar un alojamiento para aquella noche. Y podría incluso comprar algún papeo barato. Mañana ya llamaría a mi amigo, pero de momento las cosas no iban nada mal... hablando de llamar, decir que mis padres debían de estar subiendo por las paredes. Natural, estaba en paradero desconocido.
Pero, ahora nada de eso importaba. Nada en el mundo importaba. Ni siquiera los gemidos sospechosos que se oían tras una puerta que por su símbolo podría ser la del baño de mujeres, que suscitaban naturalmente la curiosidad del escritor. Ni siquiera el hecho de que no tuviese ni idea de adónde ir aquella noche... aquella noche, sólo importaba una cosa. Volví a encender el móvil, sabiendo lo que tenía que hacer: tenía que llamar a un número, un número importante, que no podía ser cualquier otro.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Bon

Bon
Érase una vez un anciano, de aquellos de guedejas sucias y grasientas, espalda encorvada y sonrisa amarillenta. Solía vestir siempre unos pantalones de franela, una camisa blanca manchada de café y una chaqueta marrón de tweed que no se acordaba de dónde la había cogido. Este anciano nuestro vivía de la piedad de los transeúntes, que cuando encontraban tiempo le echaban alguna moneda en su vaso de plástico, la mayoría de menos de cincuenta céntimos. Él siempre les sonreía, y ellos nunca le respondían, simplemente seguían caminando. Este era nuestro hombre, aquella tarde de otoño cuando comenzaron los asesinatos.
Esta historia sucede una tarde cuya fecha no nos importa demasiado, en la que el anciano se encontraba sentado bajo la cornisa del banco nacional, ya que por ahí debía pasar más gente adinerada, con su vaso de plástico en la mano. Había perdido el anterior, y este lo había cogido de una basura que estaba a la puerta de un bufete de abogados. Nuestro anciano se acercó el vaso a la cara, con ojos hambrientos, para contemplar el interior. Había tres monedas de veinte céntimos, una de diez y lo que parecía ser un botón, que el anciano se alegró de ver ya que con él pudo arreglar el agujero en la suela que le llevaba torturando una semana. Tras haber arreglado trabajosamente la suela, se incorporó con dificultad y emprendió un paso encorvado hacia la hamburguesería a la que solía ir cuando conseguía algo. Tras unos cuantos minutos en los que venía relamiéndose el bigote, y de paso pescando algunas migas que se habían alojado en la última comida, llegó a la hamburguesería. Se plantó en el mostrador y dejó enfrente de la chica unas cuantas monedas, las de aquel día y el anterior, esperando que sumasen todas un euro.
-Dame una de un euro, por favor, hija.
La chica lo miró con una repugnancia sin disimular y tras hacer algunas operaciones en la caja registradora le tendió con recelo una moneda de cincuenta encima de la mesa, con cuidado de no hacer contacto físico.
-El cambio.
-Gracias-farfulló él, con una amplia sonrisa a la que ella replicó con una sonrisa forzada.
Tras esperar un rato, le llegó el pedido, cogió la bandeja y se dirigió a sentarse en una mesa. Tras limpiar muy pulcramente el asiento de las porquerías de los anteriores comensales, se sentó con decoro, le quitó el papel a la hamburguesa en un par de despliegues y se dispuso a zampar el primer bocado. Olía especialmente bien, a carne de vaca mezclada con pan mullido de repostería. Le hincó el diente, y una vez que empezó no pudo parar hasta que terminó. Se limpió con una servilleta y se repantingó satisfecho en el asiento. Todo iba según la rutina, cuando vio que un hombre trajeado que le había estado observando durante toda su comida se levantó y se detuvo frente a su mesa. El anciano le miró, hostil, de arriba a abajo. El hombre trajeado pareció sorprenderse.
-¿Papá?

domingo, 29 de noviembre de 2015

Visiones


Visiones
Los vientos violentos golpean en las caras
no he de esperar mucho tiempo hasta que mi piel se vuelva rubí
si sigo por el mismo camino que mi cabeza quiere abandonar
pero mis propios nervios insisten en perseguir.

Los temblores temblantes asendian las almas
y no habré de esperar mucho tiempo hasta que la realidad se desmorone
en piezas paranormales e incomprensibles
pero mis pasos siguen sentenciando el tiempo a través de la nieve.

Los fuegos fulgurantes restallan como las catorce lunas del cisne,
pero el fénix de plata jamás caerá,
y su cuello a cada quemadura volverá a vigorizarse
en células regias de valor.

Los caos caústicos seguirán quemando el borde de nuestros relojes de mano
el oro humeante se desliza por nuestras manos hirvientes
cae al suelo y se forma una nueva vida de resplandor
cuando cada gota encuentra su auténtica unidad.

Las tormentas de tormentos continuarán retumbando cerca de nuestro oído,
los rayos asolando nuestras jóvenes púpilas,
inmortalizando en un reflejo el miedo a la vida
a cada reptar insidioso de las llamas celestes.

Los corazones de coraje seguirán dándose cabezazos contra el muro,
hasta que las suturas del muro se desprendan
para ver la luz del nacimiento de la verdad
para ver la iluminación antes de quedarse ciego.

Clavos viscerales


Clavos viscerales
La noche me droga... hace ya tiempo que rebusco entre mis costillas ensangrentadas, pero no hay más que polvo tiznado de rojo. Aquí sigo, en un lecho cuyas plumas no conozco, viendo ángeles revoloteando a mi alrededor cuya cara no me suena. ¿Quiénes son, estos seres? ¿Son acaso sombras de lo que fui, y yo ya no me acuerdo? ¿Me he despertado de una ilusión en la que todo el rato me estaba imaginando a mi mismo? Hinco mi mano en el pecho, buscando entre las vísceras, y no hay nada, solo infinitos ramilletes de huesos y nubes de sangre. Mi mano ha sido teñida con los colores del crepúsculo, y jamás podré darles la espalda. Toda mi vida, todos mis días, mis noches y los espacios ocultos que haya entre ellos, me recordarán esta mano enfrente a mí, con las líneas confusas y una lectura imposible. La cara me escuece. Son los ángeles, que de cestos de mimbre, están tirando espinas untadas de ácido, y estas se clavan por todas partes. Desgarran el colchón, me perforan la piel, me pongo el brazo a tiempo para que no me perforen los ojos. ¿Qué pasa? ¿Ahora que me he cubierto los ojos, puedo ver? ¿Y cuando veía, era ciego? Los ángeles siguen sonriéndome. Creen que no me doy cuenta, de lo que están haciendo. Intento gritarles, lo malnacidos que son, lo mucho que se arrepentirán en cuanto me cure de mis heridas y ciña mi espada con el brillo del alba. Al fondo del cielo, por encima de sus cabezas, hay nubes confusas, que podrían ocultar unas rejas. No puedo volar, pero tampoco puedo separarme del colchón, que ahora suelta plumas y plumas y plumas de todos los colores del mar. Estoy pegado a él, condenado a lamentarme en silencio, me he convertido en una estatua con el brazo delante de los ojos. Tengo mi vista protegida, pero los clavos de los ángeles caen sobre mi gruta torácica como pétales mordaces en un claro. Me hacen daño, pero es como si fuese otro cuerpo el que lo sufriese. Puedo ver, aunque tenga los ojos tapados. Es como si, todas las respuestas estuviesen en el corazón que me han usurpado, pero que mágicamente sigue ahí. En el claro del bosque costillar, donde han anidado las bandadas de clavos, y ahora rezuman de mi pecho abierto de par en par. El dolor de mi cuerpo me duele en el alma. Pero tampoco sé dónde está mi alma. No soy nada. Ni siento, ni padezco, soy un objeto que perdió el ánima... ¿Quién? ¿Quién pudo ser, que arrancó y se llevó mi corazón?

domingo, 8 de noviembre de 2015

Nigrociante


Nigrociante.
-Una piel humana, ¿sí?
-Sí.
El hombrecillo de pelos alborotados se introdujo en la trastienda, dejando a Jon esperando. Este, al verse solo, miró a su alrededor, curioso. ¡Cuántas cosas extrañas había!  Ojos, plumas, bolas mágicas, bastones de mando, máscaras tiki... Lo que más le llamó la atención fue una misteriosa pócima morada que colmaba un tarro grande en una mesita rococó, de una textura grumosa y brillante. Jon intentó tocarla, pero, para su sorpresa y terror, su mano se abrasó al acercarse. De repente, el hombrecillo volvió de la trastienda, y no pareció sorprenderse al ver a Jon lamerse el dedo índice. Miró al tarro y rio con unos chilliditos maliciosos.
-Veo que has intentado hincarle el diente, ¿eh?-sus dos ojos brillaron como chiribitas tras los cristales de las gafas de esquí-No te molestes, se protege por su propia fuerza.
Jon quiso preguntar qué era, pero se inhibió al ver que el hombrecillo echó una manta negra encima del tarro, para evitar que lo viese.
-Bueno-dijo el hombrecillo, sacándose unas pastillas azules del bolsillo de su gabardina negra-Aquí tienes. Pastillas humanas. Tómatelas, y en veinticuatro horas se habrá completado la metamorfosis.
Jon fue a cogerlas, pero el hombrecillo soltó una risita y alejó la mano con las pastillas de Jon.
-Primero paga.
-Eres desconfiado, amigo-rechinó los dientes Jon, tenso.
-Digamos, precavido-soltó una carcajada loca, e inmediatamente después dejó de reír-Paga.
Jon refunfuñó.
-No tengo dinero.
-¡Es igual! Nunca había visto una criatura como tú. Me basta con un poco de tejido-dijo el hombrecillo, observando con codicia el cuerpo del cliente.
-Humpf.
Jon se metió una mano en la chaqueta, se oyó algo separarse con un ruido sordo y sacó de los pliegues de la ropa una masa negruzca, que entregó al hombrecillo, el cual le sonreía con dientes juntos y afilados desde abajo. Este, al tenerla, la sopesó con la mano derecha, arriba y abajo, arriba y abajo. Pasó la masa por donde debería haber nariz y ronroneó, por la pasión por lo desconocido.
-Vaya, viajero, nunca había visto algo como esto. ¿Qué eres?
-No hagas preguntas, enanillo.-gruñó Jon, tajante.
-Pregunto lo que quiero-replicó el hombrecillo silabeando lentamente.
Jon, en un movimiento rápido, lanzó la mano a su bolsillo y agarró un cuchillo, con el que acometió contra el hombrecillo. A mitad del trayecto, con la ira hirviendo por dentro, una mano paró la de Jon. Jon se sorprendió, porque no la había visto. Se fijó en el hombrecillo que tenía debajo. En una mano, la masa. La otra, con las pastillas. Y había salido una, velozmente, de la gabardina oscura para detenerle a él, que forzó a Jon a meter su cuchillo en el bolsillo de nuevo. Acto seguido, entregó las pastillas a la mano libre del cliente, y detrás del cristal, dos focos rojos brillaron.
-Vete de aquí. Hazme caso.
Jon salió de su perplejidad, y sin cuestionarle, salió de la tienda y se puso sobre el sendero nevado, para enfrentarse al frío y a la ventisca de las alturas. Dentro del local, el hombrecillo, apoyado contra el mostrador, examinaba absorto la masa negruzca con la que jugaba entre las manos.
-Imbécil.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Madre

Madre
Una pluma letal traza su suave línea de tinta por la tierra. Una grieta oscura se abre en el suelo resquebrajado y engulle a los hombres. Últimamente, me siento sentado en las sombras. ¿Estoy en ella, en la grieta? Miro hacia arriba, y hay luz, pero no puedo levantarme para alcanzarla. Hay cadenas oscuras, invisibles, intangibles, que me fuerzan a permanecer unido al suelo. Oh, mi nebulosa. La estrella fugaz inmortal, detenida en mi retina, sin nunca apagarse, sin que nunca se extinga su estela de diamantes. La que me hace sentir en una hamaca tendida entre ninguna parte, la que me hace eclipsar el sonido del vacío con mi propio latido. Tendido, con los brazos en el fondo del abismo, hundiéndose. Espera. Veo. En una pirámide del color del acero, con un complejo entramado laberíntico, hay una infinita red de trampas para quien intente saber cuál es el secreto de la pirámide. Dentro hay un hombre. Montañas. Montañas de libros. Triángulos, hexágonos, heptágonos, las imágenes retruenan. Está estudiando, parece que es algo serio. Mi corazón aspira también a algo con fuerza. Al techo del cielo, al núcleo del Sol. Al ojo abierto del huracán, al corazón tronador de la tormenta. Quimeras, imposibles, imposibles de alcanzar. Quiero llegar a ese techo oculto tras las nubes, las lluvias y la nieve. Quiero arder, quiero que mi cuerpo se consuma mientras encuentro ese núcleo, quiero gritar convertido en un demonio de llamas. La oscuridad se acerca, me ciega, y hace lo que quiere con mi cerebro. Unos labios finos, suaves, susurran un soplo de amor, que huele a frutas frescas. Su mano me acaricia la cara, mientras su soplo se desliza por mi tez lentamente, penetrando en mis fosas nasales y insuflándome una droga de amor que me encandila, y entonces tengo ganas de que esos labios, ese soplo, esos ojos marrones almendrados se queden aquí para siempre, para sanar las heridas, las llagas de mi alma, para echarme una soga que me saque de aquí. Debe marchar, y fracaso en esas fantasías de felicidad, aunque ella me regala su recuerdo, y la esperanza de que algún día volverá, con su soplo de primavera desde los cielos. ¡Espera! Veo más. Criaturas corriendo. Aplastándose, empujándose, desgarrando el hedor del aire con sus gritos. Hay coches. Tranvías. ¡Tanques nunca vistos! Van a una montaña. Alta, alta, alta como la niebla del mundo, y siguen aplastándose los cráneos, desparramando la sangre por la roca gris, trepando unos encima de los otros, sacudiendo los pies para librarse de los que se agarran para frenar. ¿Qué pensaría la Madre, si, al verse viva, se viese bañada en la sangre de inocentes, agredida por sus malos hijos? La visión se nubla, y me acerco más y más a la grieta absoluta. Distorsionada entre las tinieblas veo a la mujer, gritando, con vestidos de lino bañados en sangre y vísceras, veo la pirámide de metal, y veo el corazón de truenos. Late con violencia y resuena de entre los ruidos. Su fuerte latido es lo único que me queda, cuando la oscuridad me vence.

sábado, 31 de octubre de 2015

INSOMNIA (especial Halloween)

Feliz Halloween... ¿podréis ver la historia?
INSOMNIA

Algo reluce débilmente de entre las sombras. Es un elegante, refinado, brillante cráneo de cristal. Un cristal azulino, que brilla con una luz mágica. Parece cantar la canción del dedo húmedo rozando los bordes de las copas, mientras abre y cierra sus mandíbulas desnudas con un gesto tierno, pero tan maquinal... de repente, su canción silbante se interrumpe. Sus ojos, asustados, buscan en la oscuridad. No ven a tiempo una bota de cuero que la patea. Y otra, que viene de ninguna parte para darle otra patada. Y otra. Ella es fuerte. Siente crujir todas sus suturas, siente flaquear sus fuerzas espectrales, pero sabe que debe ser la reina de su oscuridad. Los pedacitos de cristal adornan el suelo. La calavera se queja, llora, aspira por la nariz el aire seco. Brilla, con dos linternas atómicas azules en los ojos, y se regenera. Vuelve a su primigenia luz cerúlea débil. Nadie sabe que está entre las sombras. Pueden pisarla, oír el cristal crujir... pero ella no muere. Permanece. 

*              *            *

Aquel hombre silencioso, sumergido en las sombras, sostiene una botella  de líquido ámbar, ¿sucio como su alma...? Como todo su cuerpo, su cara estaba sumida en el reino de las sombras, pero de vez en cuando, al pasar un coche por la calle, las luces eléctricas alumbraban su rincón y se veía durante unos segundos una careta despreciable, inexpresiva, insensible, que se cubría los ojos con una mano sucia y grasienta. Una campanuda voz se esbozó en la oscuridad.
-Na-na-nana-na-na, nana, nana... na-na-nana...na-na-nana...-tarareó, ebrio.
Su propósito era animarse con la música, pero su garganta lo obsequió con una melodía bien conocida por él que lo petrificó de súbito. Así, una estatua rígida tembló en la oscuridad, y dejó la botella en el suelo. Tenía que hacer una llamada. Oh, ¡no! En realidad no llamaría a nadie. Y menos a las fuerzas del orden. Daba igual lo que sucediese, daba igual que mano protectora lo acogiese en su seno. Aquella noche, habría un visitante.

*              *             *

El escritor se sentó a escribir. Se acercó, arrastrando la silla, a la mesa, y se dispuso a narrar aquel suceso. No lo olvidaría en mucho tiempo. ¿Cómo las estrellas podían ser tan bellas, y a la vez albergar bajo ellas cosas tan terribles? Miró por la ventana, con la pluma seca en una mano. La luna. Estaba preciosa aquella noche. El escritor suspiró de melancolía, enarboló su pluma de ave con decisión (¿habría algún otro loco usando pluma en el siglo XXI?) y mojó la punta en el tintero, con cuidado de no provocar un accidente.
-Veamos...-dijo, esbozando las primeras palabras sobre el folio blanco.-'Esta grotesca y siniestra historia comenzó una lóbrega noche de verano, en la que las estrellas lloraban el cielo...'. ¡Vaya! ¡Esto es realmente bueno!
El escritor disfrutaba de los signos danzantes que trazaba su pluma, mientras también sentía remordimientos por no haber llamado a la policía. Pero, es que, delatar a un tipo como aquel... no podía traer nada bueno. Nada en absoluto. Ellos habían dicho que no dirían nada, bajo serias amenazas, ¡y punto...! Solo de pensarlo, la creatividad del escritor se nublaba para dejar paso a una espesa bruma de terror y dudas. ¿Respetaría aquel hombre su palabra? ¿O la quebraría?
-'Deslizaba su grasiento aroma entre sus chillidos desamparados...'
El escritor comenzó a sentirse mal. ¿Qué debía hacer? Aquella pobre debería estar todavía en el lugar, y el hombre... el hombre era un malnacido.
El escritor tomó una decisión. Dejó la pluma reposar sobre un posavasos y dirigió su mano al teléfono de la derecha de la mesa, pero en aquel instante se oyó una puerta romperse. El miedo lo paralizó. Oyó pocos, pero eternos, pasos calmados, hasta que sintió un aliento espectral en la nuca:
-Hola, Hugo.
Hugo se giró, y vio una pieza brillar encima de la cabeza de su visitante. Se apartó a tiempo, de un rápido salto, antes de que una fendiente dirigida hacia él aterrizara en el tintero, haciéndolo explotar, desparramando la tinta por todas partes.
-Niño travieso...
Hugo rezó en silencio, mientras huía, tirando las cosas tras su paso, corriendo hacia el vano de la puerta. ¿Fue un milagro del cielo, que le dio tiempo al Amén?
*          *          *

El hombre de las oscuridades le daba un trago al ámbar, cuando una figura visitó las sombras.
-Tardabas en venir-dijo, con un sentido del humor que solo podía tener un borracho.
La figura sonrió, antes de alzar el brillo metálico a la luz de la luna. Aquel hombre, no rezó. Estaba indefenso, ebrio, y sonriente,  con cierta alegría porque el tormento acabara. Aquel rostro... ¿cómo iba a olvidarlo? Aquellas facciones psicópatas pero calmadas, aquellos ojos desorbitados, aquella tez pálida como la nieve... pero había algo diferente. ¿Qué era ese manchón de tinta en la cara?


sábado, 24 de octubre de 2015

RÁFAGA ELÉCTRICA

Esto se tenía que haber publicado el viernes, porque lo programé para eso, pero por lo visto no ha funcionado. Disculpad la tardanza, porque a algunos ya os dije que publicaría el viernes, y aquí tenéis, ¡vuestra publicación semanal! Disfrutadla.
RÁFAGA ELÉCTRICA
 No sé, qué pudo hacerte cambiar de opinión, qué pudo alejar tus palabras de mí. Echo de menos cada vez que hablábamos, cada vez que tú me dabas los buenos días y yo te daba las buenas noches. Echo de menos cada vez que me arrancabas un pedazo de mi corazón en cada frase. Ahora, pareces haberte olvidado de mí, no sé lo que ha pasado, y yo no puedo hacer sino dejar a la ventisca que haga lo que quiera. Pero, las cosas no son así. Yo no puedo olvidar tu primera sonrisa,  reprimir nuestras primeras palabras,  evitar revivir nuestros pies caminando juntos por la arena cada vez que pateo el asfalto solitario.
Se extiende una coraza falsa de acero, una armadura entretejida con hilos metálicos y viscosos. Un páramo recubierto solo por una jaqueca sorda del viento, una vasta llanura donde una mano gigantesca emerge de la tierra gris con una antorcha de hierro.
 Recorriendo el páramo hasta perder el sentido, hasta llegar a la locura, hay un bosque, repleto de árboles y arbustos herrumbrosos, que sepultan con sus lianas y enredaderas oxidadas la esfera del futuro. Qué ingenuo buscaría en esas minas del bosque, donde solo hay piedras  apagadas. Dicen que la hecatombe  devastó todo de un soplido, de una ráfaga sin piedad. Nadie es capaz de llegar a las profundidades de los escombros, donde yace el corazón azul tinta, golpeando con el tambor el aire agonizante, noqueando, poco a poco, con cada latido, la coraza del páramo.

sábado, 17 de octubre de 2015

PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN III

El Piscolabis de la Escisión, ¡ha vuelto! ¿Qué se contarán estos belicistas, camorristas, oficinistas? ¡Disfrutadlo!
PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN III

16:27-El reloj de encima del ascensor visible para todos nosotros ha sufrido estragos. Solo ha quedado viva la manecilla de los minutos, lo cual ha provocado confusión en algunos pardillos oficinescos. Marca y veintisiete, y el bullicio de la oficina ha empezado a acrecentarse: todos se apresuran para terminar sus tareas, y el jolgorio y la algarabía general son ciertamente presagios de la fiesta que hoy va a ocurrir.
16:29-Estoy guardando los papeles atropelladamente en el cajón, así como el portátil. Apago el flexo, me ajusto la nuez como si fuese el nudo de la corbata (justo después me ajusto el propiamente dicho nudo de la corbata), y miro abajo de mi escritorio, comprobando los calcetines en mis zapatos, no sea que se me vayan a comerse. Sería un auténtico fastidio lidiar con esa contingencia.
16:30-El alboroto cesa un instante, en el que se oye cerrarse un cajón. E, inmediatamente después, renace con una fuerza espartana, diría yo.
La batalla de hoy parece que va a desarrollarse menos temerosa. Esto se debe a que Susan Jenkins se ha pillado un catarro y no ha venido a por su dosis semanal de extirpación de genitales masculinos, por lo cual entre el sector varonil de la oficina reina cierto bienestar, del cual yo no me he contagiado demasiado porque todo el mundo puede darme rodilla en la entrepierna. Incluso puedo ser yo el que rinda a los machos a mis pies en posición fetal angustiosa... la cuestión es que la ausencia del Apocalipsis Jenkins no va a hacer que yo baje la guardia.
A las 16.32 horas me veo entre una pelea de bofetadas con Gigonni y Anderson, una lucha más tradicional de lo que acostumbramos. Acabo por cansarme de las mejillas coloradas y descargo un puñetazo en cada mandíbula, que los lanza de bruces contra el suelo. Salgo huyendo, y oigo detrás de mí cómo berrean como bestias y pegan patadas y tortazos, peleando entre sí, y profiriendo apelativos cariñosos a la figura materna del otro. La gente grita. ¡Se vapulea, sin piedad! La batalla de hoy es un tanto más rudimentaria, y la sofisticación de los ataques ha disminuido bastante, incluyendo la mía. Voy corriendo hacia las escaleras, braceando exageradamente, y cerrando los ojos, presa de la velocidad, cuando de repente, de entre la multitud furiosa, sale una mano con un espray, y me rocía con gas pimienta entre los párpados.
-¡Sarah!-grito, lacrimeando-¡Malnacida!
-Esta vez no te saldrás con la tuya, Towers-oigo su voz de lo que es ante mis ojos una figura emborronada riendo.-Esta vez, ¡ganaré yo, el Piscolabis de la Escisión!
Sarah Bourgh me propina un rodillazo en la entrepierna, y mientras yo me lamento en el suelo, encogido, por qué ninguna chica podía amar bien mis genitales, la oigo bajando la escalera. La puerta de las escaleras está abierta, y aún puedo ver su figura corriendo hacia abajo. Es mi ocasión. Veloz, saco un bolígrafo del bolsillo de mi chaqueta de tweed azul y lo lanzo, con todas mis esperanzas puestas en él, hacia Sarah. El bolígrafo describe una parábola danzante en el aire, y rebota sobre varios peldaños antes de alcanzar el tacón derecho de Sarah con un golpe certero. Pega un chillido como solo podía darlo ella y cae al rellano, chocando contra la pared, donde yo otra vez aplasté a Gigonni entre brillantina y caramelo. No tengo ninguna opción de perseguir la victoria, con un dolor en los testículos como este, y además, no veo nada. Yo era un sujeto agonizante, en estos momentos.
-Ay...-gimo, pero no me pude oír por los gritos de los oficinistas.
Una tromba de oficinistas comienza a correr en estampida hacia la puerta, a mi alrededor.
-¡Los bocaditos de pollo serán míos!-clama uno, con voz épica y cantarina.
-¡Más quisieras! ¡Serán míos, y tú te quedarás con las palomitas de la señora de la limpieza!
Eran una panda de animales enfurecidos por el hambre, por el ansia de gastronomía batemanesa, y me aparto a tiempo antes de que me pateen bajo sus botines, tacones y botas militares. Todo el mundo me ignora, no soy rival para ellos, pero alargo en el suelo un pie hasta meterlo en la tromba humana y desencadenar un cataclismo descendente en el que la escalera quedó alfombrada de trajeados. Era mi ocasión. Me arrastré, hasta el comienzo de la escalera humana, y rodé por encima de los cuerpos, con los gemidos doloridos de los oficinistas debajo de mí. Bajo escaleras, rellano, bajo escaleras, rellano. Voy por la planta 3, ya rodando a secas por las escaleras, pues los businessman no son eternos, cuando un calzado me pisa para impulsarse.
-¡Aaaaay!
El atacante gira la cabeza para mirar mi cara de sufrimiento, sin pararse en su bajada. ¡Es Hermenegilda, la señora de la limpieza! Aunque bajase lento, iría más rápida que yo y mi dolor genital.
-¡Púdrete, Towers!-ríe, con su voz sexagenaria.
-¡ Hermenegilda, felona fruta del comercio!-bramé, viendo como desaparecía hacia el piso segundo. Ella ganaría.
Gas pimienta. Rodillazo en las gónadas, queridas gónadas. Pisoteado. Aquel día, ganó, quién lo diría, la señora de la limpieza, la viejuna, mientras todos agonizaban en el primer rellano, apelotonados, y yo gemía de dolor un poco más abajo, en el tercero. La próxima vez... ¡uy, la próxima vez...! ¡Sabrían quién era Ken Towers...! ¡Por los que tengo ahora doloridos!

domingo, 11 de octubre de 2015

LA HUÍDA (La Araña, parte III)

Esta es la última entrega de La Araña. Disfrutadlo, y nos vemos la semana que viene :).
LA HUÍDA
(La araña, parte III)
Oigo a la araña rugir detrás de mí, con sus ocho tenazas de terror pateando la red, y yo corro sin mirar atrás, intentando adivinar el sendero a través de la espesa cortina de lluvia. Tropiezo con una piedra. Salto, el miedo me calcina durante un instante y caigo de milagro al suelo, donde sigo corriendo. El sendero dobla. Doblo, y miro arriba mío otra curva esquiva, que se me ha escapado demasiado tarde. Caigo contra la ladera fangosa. Me revuelco hacia abajo en el barro ceniciento como una estrella fugaz sin luz, la lama traicionera me golpea la cara, se me mete en los ojos, me hace sufrir, mientras la montaña no para de asestarme puñetazos. Caigo. Ruedo. Temo. Intermitentemente, cada vez en la vuelta que miro hacia arriba, veo la araña, rugiendo con sus fauces tenebrosas y todos sus ojos brillando como un enjambre satánico, y sin darme cuenta me impulso con los brazos para caer más rápido. Cuando por fin caigo en la llanura del bosque, no me da tiempo a recomponerme del dolor, me levanto y sigo corriendo, bajo la tormenta. Los truenos son las fanfarrias de mi huida. Me he roto un hueso. Me duele. No puedo correr rápido. Siento los pasos escabrosos acercándose, y un baladro del infierno cada vez más cerca de la nuca. No lo conseguiré. Me vuelvo. La araña se acerca más y más, con sus patas peludas intimidando, velada por la protección de la tormenta. Me reclino rápidamente en una roca, de frente a ella, y empuño la navaja. Se acerca relampagueando, con sus patas salpicando el fango gris. Más. Más. Me muestra sus fauces y durante un instante veo todas sus entrañas, antes de clavarle mi navaja en mitad de la frente. Notar el líquido caliente que cae, contrastando en mi piel con el frío del agua de la lluvia. Y respirar, frente a todos aquellos rubíes endiablados apagándose, para no volver a encenderse nunca más.

sábado, 10 de octubre de 2015

LA LIBERACIÓN (La Araña, parte II)

LA LIBERACIÓN
(La Araña, parte II)

Era solo un sueño. La araña no ha llegado todavía. Tengo una oportunidad de  sobrevivir. Tengo que liberar una mano, coger de mi bolsillo la navaja y cortar todos los filamentos que me envuelven, antes de que vuelva esa bestia de acero. Hago fuerza con la mano derecha. Araño la seda con las uñas, y tras un rato, libro la mano. La abro y cierro varias veces para desentumedecerla, y acudo a la navaja de mi bolsillo. Rasgo, con cuidado de no destrozar un hilo importante y caer al abismo los hilos que recubren mi tronco, primero, luego mi otro brazo y después mis piernas y pies. Cuando ya estoy libre, intento incorporarme, pero la estructura es inestable y me veo obligado a ponerme a cuatro patas. Tanteo el terreno mientras avanzo cautelosamente hacia la entrada de la cueva. Afuera llueve, ahora lo oigo. Escucho los truenos retumbar, la furia de los dioses dándose a conocer a los mortales. Pobres, indefensos mortales. Noto ya algunas gotas chispeantes chocando en mi rostro desnudo, cuando oigo un crujir arácnido fuera. Es ella. Ha vuelto de sus asuntos. Rápidamente, me agazapo en un lado de la entrada de la cueva, escondiéndome tras una estalactita. La red de araña que sirve como suelo de toda la cueva tiembla, y espero ansiosamente que deje su quejido trémulo para que ella no se de cuenta de que me estoy escapando. Estoy sin aliento, con mi corazón en el puño, cuando ella entra, con paso acalambrado, con un mono ensangrentado y con los huesos desencajados entres sus poderosas mandíbulas. Avanza, con paso psicópata, hacia el interior de la cueva, hasta que noto un chispazo en sus patas, cuando todo su cuerpo se detiene frente a la zona donde yo estaba. Se ha dado cuenta. He de irme. Con un gateo cuidadoso, cruzo el umbral de la cueva y noto el manto linfático drenar mi angustia. Siento el agua, purificándome e insuflando en mi corazón un soplo de esperanza. Obnubilado en esta esperanza, mi pie roza un guijarro en el borde del abismo de la cueva, que se desestabiliza y cae, puñetero, golpeando las paredes del agujero: plic, ploc, plac. Percibo el mono cayendo sobre la red. La araña se está girando. Me levanto impulsándome con mis manos, con cuidado de no tirar la navaja, y echo a correr por el sendero de piedra de la montaña, azotado por la tormenta.

viernes, 9 de octubre de 2015

EL BESO DE LA MUERTE (La Araña, parte I)

EL BESO DE LA MUERTE
(La Araña, parte I)
No sé cómo he podido acabar en una tela de araña. Estoy pegado a sus hilos, la seda me ha envuelto manos y pies y no puedo moverme. Hay algún ruido en la cueva, pero nada. La araña gigante no llega. Debe de haberse entretenido en alguna parte. De repente, cuando estoy contemplando ensimismado la inmensidad de la cueva, oigo un ruido. Una figura enorme eclipsa un boquete de luz. La figura se acerca. Visualizo muchos rubíes enanos, brillantes, sibilinos, examinándome. Se acerca hacia mí. No tengo miedo, y miro fijamente a su rostro de infinitos. Levanta, en mitad de la oscuridad una pata peluda gigantesca cuya silueta se recorta. Sus pelos mágicos, me acarician la cara suavemente, diría que hasta con un poco de ternura. La tela de araña se hunde bajo su peso, pero yo sigo estable, observando a mi depredador. Nos miramos. Mi cara continúa, imperturbable, mirando al abismo. Acerca su cara arácnida junto a la mía. Me besa. Siento su fluir de vida recorriendo todas mis venas, y mi corazón, palpitando al son de su veneno. Siento que la vida se me escapa. Y no noto, cuando comienza a devorarme, con una lágrima rebrillando en cada ojo.

viernes, 2 de octubre de 2015

THEORY OF FIRE


THEORY OF FIRE
(LA TEORÍA DEL FUEGO)
Ahora te levantas, te pones tu blusa, y me miras con tu mirada teñida de rayos de mañana.  Y no veo si esa sonrisa tan magnética que muestras es sincera, o si es solo una ilusión de lo que eres para mí. Abres la ventana, abres los brazos y te lanzas a volar. Me levanto, sin nada puesto, con el relente sacudiéndome cada músculo, con los ojos desorbitados y el alma desbocada, y me lanzo hacia la ventana, gritando que yo también puedo volar. Pero tras de ti la ventana se ha cerrado y no tengo tiempo siquiera de cubrirme para no despedazarme entre todos los chillidos de cristal, y un estrépito resuena mientras mis ojos inyectados en sangre ven mi brazo extenderse hacia tu mirada. Vuelas, vuelas y me tiendes la mano, mientras lloro lo rojo, mientras lamento lo azul, mientras añoro lo verde, con un cuerpo acribillado de balas de diamante. Mi amor es como es cristal, es una superficie verdegueante a la luz del alba que relampaguea en cuanto se cruza con tu mirada arrulladora. Me siento desplomar sobre el vacío, que se estira como un chicle hasta el infinito, mientras mi mano se encoge y se encoge hasta solo ser la de un bebé. Infectado con cuchilladas de sangre, despedazado en archipiélagos cruentos, grito en el vacío mientras un tornado eleva mi ira hasta el borde de tu blusa, pero no tienes ni un rasguño, vuelas, grácil, por encima de mi, mofándote del infeliz que desciende al abismo por el desengaño. Caigo, caigo en la malla elástica de las mentiras destapadas y las verdades veladas, mientras tú presionas la otra malla del cielo por arriba. El filo se afila, y el queroseno de las alas de ángel arde en deseos vertiginosos. Sangre, vuelo, impacto, presión, las membranas de nuestro mundo se fuerzan, se estiran hasta que explotan con un grito de mil hombres enfurecidos, y en nuestro último arrebato desgarramos la dimensión.

viernes, 25 de septiembre de 2015

SANDY WAYS

Como 'The Eternal Road', este viene en inglés, y abajo, la traducción. ¡Disfrutadlo!
SANDY WAYS

Give me some water. The desert made me thirsty, and now I am staring at the road which arrives to my night. I'm walking, slowly, moving with the mild wind, I am running slow through this sandstorm while I cover my dying eyes under a black broad brimmed hat which is shaking because of the beats of my devastated heart. Feel the empty punches, hear the sweet voice of  fate calling from the shady final line, touch with the fingers the pricks of the storm. My eyes keep guessing something beyond the dunes, my eyes keep following the sound of the harmonica when I walk without pause through the road. I stay here, fighting with my step the fury of the desert, the loneliness of my soul. My hat never leaves me, it is with me in this clash against the gale, and my cape follows me with its wavy dance. Black clothed guy in a trudge against the big golden, two dark leather boots slapping the sand, this is my struggle, against the dark edge of the horizon.

PASOS DE ARENA
Dame un poco de agua. El desierto me ha vuelto sediento, y ahora estoy mirando la carretera que llega a mi noche. Estoy caminando, lentamente, moviéndome contra el viento suave. Estoy corriendo despacio a través de esta tormenta de arena mientras me cubro los ojos debajo de un sombrero negro de ala ancha que se agita por los latidos de mi corazón devastado. Siento los puñetazos vacíos, oigo la dulce voz del destino llamando desde la línea tenebrosa del final, toco con mis dedos las punzadas de la tormenta. Mis ojos aún adivinando algo más allá de las dunas, mis ojos todavía siguiendo el sonido de la armónica remota cuando camino sin pausa por la carretera. Sigo aquí, luchando con mi paso la furia del desierto, la soledad de mi alma. Mi sombrero nunca me abandona, sigue conmigo en esta pelea contra la ventisca, y mi capa me sigue con su danza ondulada. Un tipo vestido de negro contra el gran dorado, dos botas oscuras de cuero abofeteando la arena, esta es mi lucha, contra el filo oscuro del horizonte.

domingo, 20 de septiembre de 2015

RAGED OCEAN


No sabía qué escribir, cerré los ojos y recibí esta racha de viento huracanado cuando aporreé el teclado. La escribí mientras escuchaba 'You and me- Flume remix', de Disclosure, y una versión de saxofón de 'Stay with me', de Justin Ward. Vaya... espero que lo disfrutéis, como yo lo hice al escribirlo :) .

RAGED OCEAN

(Mar Enfurecido)

Huracán bailando. Arrasando la tormenta, extendiendo sus chispas acuáticas. Sacudiendo la tierra, regando cada pedazo de tierra, cada lágrima de niño. Tú me abrazabas. Tú me abrazabas, y todo iba bien, pero entonces te convertiste en una bestia que era capaz de arrastrar el mundo al océano profundo, y me dejaste solo, indefenso contra ti, y yo no podía hacer nada para poder volver a abrazarte. Tú me apartabas con tus brazos de viento agresivo. Tú me ahuyentabas, me apartabas de un manotazo cuando yo intentaba susurrarte al oído, que pararas. Que detuvieras esa carnicería que empezaste por los cielos, y que dejaras al hombre que te ama tranquilo, en su casa, para que pudiera sentarse un rato en el sofá sin sentir tu filo amenazándole.

Yo antes era tu mano compasiva, era aquel hombro en el que te podías apoyar cuando una lágrima asomaba en tus ojos delicados. ¿Qué cambió? Por qué insististe en volverte arrogante, fuerte, y desdeñar cada vez que yo te ofrecía mi hombro para consolarte. Por qué insististe en marcharte, cogiendo tu equipaje y cerrando la puerta de un portazo… Dejarme con una lágrima cayendo al suelo,  dejarme con una mano extendida hacia la puerta, dejarme desamparado frente al mundo que siempre me prometiste que negaríamos juntos. Yo no te pedí nada de esto. Yo solo quería compartir mi vida contigo, y que los otros se dieran con un canto en los dientes cuando intentasen separarnos. Yo te amo. Ven conmigo. Quiero estrecharte en mis brazos, quiero ser yo el que llore en tu hombro, quiero abrazarte y que tú me susurres al oído unas palabras de consuelo, diciéndome que no tienen razón y que juntos lo superaremos. Por qué te volviste tan atroz, tan vendaval, tan huracán, yo te amo, para, ya.

domingo, 13 de septiembre de 2015

ALGUNA VEZ, SEGURO

Esto no es un relato, sino una enumeración de sucesos, por lo cual
considero innecesario poner un título definido. 'Alguna vez, seguro' es
solo un apelativo creado para que podáis reconocer la entrada.

Estoy casi seguro de que alguna vez os habrá pasado alguna de las cosas que voy a enumerar a continuación:

-Ves a un francés pedir Orangina en un bar fuera de Francia y, en el caso de que conozcan qué es esa cosa y no pongan cara de asombrados, le dicen que no tienen.

-Alguna vez has visto la foto de perfil de un amigo tuyo  con una chica muy atractiva... posteriormente, descubriste que era su prima.

-Intentas zanjar una discusión con tu madre con la primera frase que se te viene a la mente, intentando defenderte... y tu madre aprovecha esa frase para sacar otro mundo de ella y seguir relatando. Pero, ojo: sabes cuándo vas a tener que sentarte y ponerte cómodo cuando dice la frase 'Sólo voy a decir una cosa'.

-Esta escena se quedó grabada en tu memoria. Puede que incluso sea un poco traumática. El hombre o la mujer de blanco esgrimiendo una cosa rara y puntiaguda. Te dice que no te va a doler nada. Dicen que eso es una 'vacuna', pero claro, eso tú no lo sabes hasta que no te apuñalan en el brazo para 'curarte' de 'cosas malas', y tú te retuerces de dolor mientras el apuñalador te ofrece una piruleta con una sonrisa inocente.

-Quedas con amigos a una hora, pongamos, a las 5. Sí, es una buena hora para quedar. Bien: es muy probable que lleguen, diez, veinte, treinta minutos tarde. La verdad, sería fantástico actuar en consecuencia y llegar tú también 'un poquito tarde'... pero, por desgracia, tienes un reloj. Y lo que es peor: acostumbras a mirar qué pone.

-No sabes con precisión cuándo ocurrió. Qué fatídico día de tu vida, en concreto qué comienzo de curso, los profesores empezaron a decir una dogmática frase: 'Comportaos, que ya sois mayores'.

-Estás viendo una peli. Los dos tortolitos que sabías desde el principio que iban a tener una relación de fluidos bucales se van a besar por fin. Y, en ese preciso momento en el que tú ya te sientes participando de su amor eterno, suena el móvil de ella. Refunfuñas y te preguntas por qué otra vez, ingenuamente, te has llegado a plantear que se iban a besar a la primera.

-Cuando en el bar te sirven una tapa de aceitunas y tu albergas una remota esperanza de que las aceitunas no tengan hueso. Te llevas una gran decepción en el fondo de tu ser cuando te das cuenta de que lo tienen, al mismo tiempo tiempo que te preguntas por qué no te las sirven sin hueso...

-No poder evitar esbozar una sonrisa cuando alguien que habla muy culta y correctamente pide disculpas por decir una palabra de 'excesivamente grotesca condición', cuando tú usas esa palabra como si estuviese en tu ADN.

Es muy probable que no os hayan pasado estas cosas... son simplemente cosas que me pasan a mí, y que creo que nos ocurren a todos, así que puede ser o no que coincidamos. Espero que os hayáis reconocido en alguna, ¡y hasta la próxima semana!

domingo, 6 de septiembre de 2015

AFILADO

Recién escrito. ¡Disfrutadlo!

AFILADO
Quizás es que no tienes tiempo para venir. O quizás quieres ponerme a prueba. ¡Quién lo diría! Quién diría que estoy bastante loco como para irme a la quinta puñeta para verte. ¡Quién lo diría! Aunque, la verdad es que, si ya de por sí estoy ido, tú me vuelves más aún. 
¡Sí! Coger un barco. Una vela, una tabla de surf. Desprenderme de todos mis intereses solo para alzar una copa en honor de los nuestros. Un tren. Un avión. Un parapente. El filo del riesgo afeitándome suculentamente el cuello mientras vuelo a donde me digas que estés. Volar sin alas, nadar sin aletas, recorrer todo el mundo solo con mi simple ira para encontrarte. Incendiarme cuando el único fuego que hay es el del cielo cuando mi mente se encuentra con tu imagen. Ver como las lenguas bailan enloquecidas mientras yo corro, con la ropa hecha jirones, adonde tú me digas que me esperas.
Un caballo. Un dragón. Una Harley-Davidson que en mis manos sea un accidente seguro. Una carretera fugaz que mis ojos devoren con avidez, siempre yendo a tu norte. Un sol que nunca llegue a la línea dorada del horizonte, un reloj de arena cuyos granos dejen de caer por miedo a la rabia. Una espada oscura, indefinible, incorregible, imparable, cuyo único objetivo es matar a la marioneta para hacer explotar el corazón del hombre.
Mátame, haz jirones mi camisa cutre, destiérrame y llámame de nuevo. Que se queme el mundo mientras nuestras miradas se funden, cada una desde su infinito, en un cóctel de fuego chispeante. Zigzag, zigzag, que la Harley se tambalee por la carretera a la velocidad de la luz, con la tierra en llamas. Que los neumáticos rechinen, que las llantas se derritan en medio de un vendaval de chispas, y la moto estalle después de que yo salte, para caer frente a tu puerta.
RF

viernes, 4 de septiembre de 2015

PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN II

La primera entrega de esta saga no me pareció que tuviese suficiente calidad como para ser publicada... esta, sin embargo, creo que lo merece. ¡Para comprender esta segunda entrega del 'Piscolabis de la Escisión', es fundamental que os leáis la entrada 'Intro del Piscolabis de la Escisión'! ¡Disfrutadla, y decidme qué os parece por los comentarios!

PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN II

16.25h del viernes 26 de junio, según el reloj colgado encima del ascensor visible para todos. A las seis hay un recital de relatos cortos, poesía y demás en un taller de escritura, al que voy a asistir por la invitación de un buen amigo mío. Estoy seguro de que sería un bombazo llevar bocaditos de pollo a tal reunión literaria, y yo quedaría cual caballero, así que aquel día mis ansias de victoria eran particularmente agresivas.
16.26h. Todos se apuran para terminar sus tareas, problema que yo ya no tengo, ¡ja! Ya he guardado mi ordenador y mis papeles en un cajón cerrado con llave en mi mesa, como dicta el reglamento cuando acaba la jornada. Tengo en el cuerpo cinco bebidas isotónicas cuya marca no pude observar bien pues simplemente pedí al empleado cinco unidades de lo más fuerte que tuviese, así que ahora mismo estaba a cuatrocientos por hora. Además, para la batalla de hoy me había pertrechado con un chaleco antibalas, para evitar dardos somníferos, experiencia que en la semana pasada me condujo a la derrota. Mi estrategia iba a ser ir directamente a los bocaditos, procurando evitar los ataques enemigos más que distrayéndome estorbando a mis enemigos.
16.29h. Todos en sus puestos. Susan Jenkins ha cambiado sus tacones azul cobalto por deportivas. Gigonni se muestra misterioso, así que supongo que estamos condenados a alguna perrería. Anderson se agita nervioso en la silla, con un boli en la mano. Susan y yo nos cruzamos una mirada. Me lanzó un beso seductor. Hoy, más que nunca, debo velar por mis futuros hijos. ¡Oh, TOS! ¡A ver si tus advertencias a Susan respecto al favorecimiento de nuestra fertilidad han sido útiles!...
16.30h en el reloj. Un estrépito inaudito retumba mientras nos levantamos al unísono de nuestras sillas. Anderson apunta con su bolígrafo hacia un papel situado debajo de la alarma de incendios, escondido bajo el tumulto de la plantilla. Pero yo, mientras corro hacia la puerta, lo veo, y veo un haz de luz potente saliendo del boli dando en el papel. Empieza a salir un humo del papel Oh, Dios, ¡mío! La alarma va a saltar en tres, dos, uno...
-¡RIIIIING!
¡Esta vez Anderson ha sido muy original, poniendo en práctica una táctica no vista hasta ahora! Ahora, todas las demás estrategias que precisasen un ambiente seco para ser ejecutadas quedaban inválidas ante el chapuzón de los aspersores. Oigo un chillido agudo de fémina. Mientras sigo corriendo, pues a mí no me afecta el agua, me giro para ver quién ha gritado. Es Susan, con un vestido azul nuevo (nos lo dijo esta mañana) calado. Está mirando a Anderson furiosa, dedúcese que ya se había dado cuenta del causante de la hecatombe.
-¡Anderson! ¡Te voy a arrancar el miembro!
Él, pobre, se pone blanco de terror, preparándose para el atentado contra sus partes sensibles. Yo comparto el color, pero continúo corriendo hacia la puerta, con el agua repiqueteando por todas partes, para evitar que Susan se fije en mí. Cuando llego, la empujo frenético. Nadie se fija en mí, pues tradicionalmente la primera parte del Piscolabis de la Escisión es incapacitar a los demás. Al menos, eso creía, cuando escucho un grito alegre de Gigonni, sobresaliente entre la algarabía general.
-¡De nada, Towers!
Nada más abrir la puerta de par en par, una tarta gigante cae de algún lugar no identificado y me derriba, quedándome espatarrado en el suelo bajo una mole de repostería gigante a dos metros de las escaleras.
-¡Hijo de tu madre!-grito furioso, intentando que mis palabras esquiven toda la nata alrededor de mi boca para salir a la luz.
A pesar de este incidente hipercalórico, me incorporo rápidamente, limpiándome asqueado con las manos. Sé que puede pareceros fácil quitarse una tarta de encima, pero creedme, aquella era una tarta muy grande.
De repente, oigo un pitido, de otra parte no identificada. Me cae un cubo de caramelo en la cabeza, empalagándome. Luego, mi madre se quejará de que a veces no soy dulce, debería verme ahora.
-¡Para acompañar!-grita Gigonni.
Ahora que tengo un cubo de metal en la cabeza, oigo unas pisadas veloces hacia donde yo estoy. Oigo la risa de Gigonni mientras me empuja hacia un lado para bajar las escaleras, pero algo sale mal y oigo su cuerpo golpeándose contra los escalones hasta aterrizar en el rellano, mientras grita de dolor.
-¡Has sido tú, imbécil!
-No, no he sido yo-digo, con fruición calmada, quitándome el cubo de la cabeza, dejando a la vista una cabeza que podría compararse a una manzana asada untada de caramelo-Pero desde luego me ha servido.
Voy corriendo hacia las escaleras, emocionado, pero piso un charco de algo resbaladizo y aterrizo en el mismo rellano que Gigonni, aplastándole. Gime de dolor, mientras se retuerce en el rellano. En el suelo, con un punto de vista horizontal, veo a la señora de la limpieza bajando con cuidado y sin caerse los escalones.
-¡Hasta luego, pringaos!-ríe, mientras baja con gracileza cada uno de los escalones. ¡Había puesto brillantina antes del primer escalón!
-¡Has sido tú, Hermenegilda!-grita Gigonni con voz agonizante y furibunda- ¡No sabía yo esto de ti!
Hermenegilda, por supuesto, no se amilanó con el comentario del becario, y siguió bajando las escaleras mientras reía alegremente. Yo, por suerte, no me había hecho mucho daño porque Gigonni había amortiguado mi caída, así que me levanté y comencé a echar una carrera a Hermenegilda, con una ingeniosa ventaja por su parte. Por suerte, es casi una anciana, así que tenía el poder de la juventud conmigo. La sobrepasé enseguida, oyendo detrás de mí maldiciones y otros comentarios más obscenos sobre mi señora madre. Bajé rápido las seis plantas que separaban la oficina de la planta baja, donde estaba el Piscolabis (las otras cinco plantas corresponden a otros negocios, cuyos responsables no quieren tomar parte de, según ellos, 'nuestros actos inmaduros'). ¡Oh, Dios mío! ¡Hoy iba a ser mi séptima victoria en el Piscolabis de la Escisión!
Empujé la puerta que separaba el rellano con la planta baja. Había un pasillo enorme, que interconectaba varias salas que entraban fuera de la jurisdicción del señor Bateman, y al fondo, estaba nuestra sala. Tenía la puerta doble abierta de par en par, y la fuente de bocaditos de pollo relucía como si de oro puro se tratase. El silencio del fin de la jornada laboral abarcaba toda la planta. Nadie estaba. Solo la fuente, yo, y los restos de tarta y caramelo sobre mí. Reí de felicidad, y emprendí la carrera final hacia la fuente. Cuando de repente...
-¡No tan deprisa!-oí una voz a mis espaldas.
Evidentemente, esto no era una película, así que pasé del pardillo que estuviese recitando ese cliché. Continué corriendo, reticente a tal voz, pero de repente, una pelota de tenis me dio en la cabeza, tirándome al suelo.
-¡Eh!-grité indignado. Oí la risa de Anderson acercándose- ¡Anderson! ¿No deberías estar gimiendo de dolor por el Apocalipsis Jenkins?
-¡Ja!-rió él, suficiente-Susan está durmiendo como un angelito, bajo el efecto de uno de mis dardos.
He de decir, que por una vez, sentí un poco de agradecimiento hacia Ronald Anderson en el Piscolabis de la Escisión, pero dadas las circunstancias no consideré necesario expresarlo. En vez de darle las gracias, cuando pasó a mi lado, estando tumbado yo le puse rápidamente la zancadilla, pegándose el sujeto un castañazo digno de película. Me levanté, dispuesto a continuar la carrera hacia el Piscolabis. Al pasar al lado de Anderson, sin detenerme, me agaché y le propiné una colleja que sonó al encajar perfectamente en la nuca. Me reí de él para que lo oyese y seguí corriendo, hacia la mesa de aperitivos. Cinco metros. Cuatro. Tres. Uno. Toqué la fuente. El señor Bateman, que siempre se queda para declarar al ganador (y para picar algo, incluso puede coger algún bocadito de pollo, pero sin excederse, por respeto al ganador), cuando me vio dibujó una sonrisa en su cara. Llegué, cogí la fuente y la alcé por encima de mi cabeza con la mano derecha. Reí de éxtasis, mientras aspiraba el aroma de los bocaditos de pollo. Se abrió la puerta del rellano, y aparecieron varios de mis colegas, con caras de sorpresa y frustración. Al verme, se pararon en seco y adoptaron una expresión de estupefacción. Oí que el señor Bateman tomaba aire para hablar.
-Habéis llegado tarde.-cogió mi mano libre y la alzó- ¡Ken Towers queda declarado campeón por séptima vez del Piscolabis de la Escisión!

FIN

viernes, 21 de agosto de 2015

LA CATARSIS DEL ANILLO

Este relato es la pieza final del rompecabezas... disfrutadla, y si leísteis además 'Sombras de la Distopía', 'La Agonía de la Taberna' y 'Entre los enigmas' puede que os acerquéis a la verdad, como dijo alguien alguna vez...

Glosario de palabras poco comunes. Mi definición es la que creo apropiada según el contexto para que se comprenda el texto.

Anfractuosidad: cavidad sinuosa o irregular en una superficie o terreno.
Argénteo: plateado.
Bandullo: vientre.
Ceniciento: gris.
Deflagración: explosión.
Deletéreo: letal.
Embelesado: embobado con algo.
Engarzar: enlazarse a.
Escudriñar: examinar cuidadosamente con la mirada.
Espectroscópico: que tiene que ver con el espectroscopio, instrumento utilizado para obtener y observar un espectro.
Fuliginoso: de color del hollín.
Fraguar: unir (normalmente se usa con metales: 'fraguar oro y estaño').
Garrancho: parte aguda y saliente del tronco o rama de una planta.
Grandilocuente: con aires de grandeza.
Jacintino: de color violeta.
Malhadado: infeliz.
Paulatinamente: lentamente.
Pertrecharse: equiparse.

LA CATARSIS DEL ANILLO

Jack Moldron y Patrick McFinnegan se pertrecharon con ropa de campo cómoda para ir al bosque.
-Moldron, deberíamos haber llevado más agentes.
El aludido se rió con suficiencia.
-¡Por favor, Patrick! ¡Estamos buscando un lugar que ha sugerido un loco! Venimos aquí solo por un pálpito que tengo... nos penalizarían si supieran que le hacemos caso a un lunático.
-Cierto...-asintió McFinnegan-Bueno, espero que aquí dentro haya buena cobertura, ¡porque si nos metemos en un lío será nuestro recurso!-continuó grandilocuentemente.
-Anda, calla y concéntrate. Podrías tropezar y dejarte los piños en cualquier parte.
El bosque Lockwood, o Lockwood, a secas, había sido declarado parque natural hace algunos años, solo porque circundaba al bello lago Pearlwhind, la principal atracción turística de la zona. De hecho, la estampa más típica para las fotografías era la clásica familia haciendo un picnic a orillas del lago, con el frondoso bosque al fondo.
Mucha gente iba al lago... pero nadie se adentraba jamás en ese laberinto deletéreo de  oscuras ninfas espectroscópicas, por no decir nadie. La tupidez de las copas de los acebos y los robles eclipsaba al astro rey, alumbrando Lockwood unos pocos rayos tímidos que se filtraban por las anfractuosidades celestes... este denso ramaje contrastaba con troncos caídos, fragmentos de cortezas, alguna que otra misteriosa figura tallada en una roca, tierra de un color marrón profundo y más que alfombraban Lockwood. Y, en aquel mundo de misterios, especies salidas de la imaginación decrépita del Creador vivían, sin que nadie perturbarse su existencia. Pero sobre todas las descripciones, sobre el bosque pesaba aquella teoría de quienes intentaron visitarlo alguna vez... si entrabas demasiado, era probable que no salieras.
McFinnegan sabía todo esto, al contrario que su compañero, que parecía menos concienciado del peligro que podía suponer ahondar en Lockwood.
-Sabrás hacernos volver...
Moldron miró su reloj de pulsera analógico.
-Son las ocho y media de la mañana, querido amigo. Antes de que anochezca, te sabré llevar de vuelta, tranquilo... pero de aquí yo no me voy hasta que lo encontremos por mis huevos-rechinó entre dientes sin que McFinnegan lo oyera.
Los haces de sol que bendecían el bosque con su luz se fueron intensificando a medida que pasaban las horas. El sudor goteaba paulatinamente por las frentes de los dos hombres, y el hambre empezaba a tomar relevancia. McFinnegan era de esos tipos que opinaban que no se podía rendir bien con el estómago vacío. Así se lo dijo a Moldron, el cual le dio la razón y declaró un alto en el camino.
Estaba ya Patrick McFinnegan abriendo la cremallera de la mochila para sacar los sandwiches y las latas de cerveza tibia cuando, como una señal del destino, Moldron divisó un claro del bosque iluminado pálidamente por el sol, y avisó a su compañero para trasladarse allí para almorzar. Así lo hicieron, y Moldron dio, mirando al cielo sin nubes, una honda inspiración:
-¡Ah...! ¡Un poco de aire fresco!
Patrick McFinnegan rió, mientras se arrodillaba y ponía la mochila sobre una roca plana, que pretendía usar a modo de mesa. Estaba ya sacando de nuevo la comida, sonriendo, cuando alzó la cabeza y entrecerró los ojos.
-¿Qué suena?
-¡Los pájaros! ¡La brisa! ¡La naturaleza!
-No, no... ¿No oyes otra cosa?
Moldron se calló y aguzó el oído.
-Ahora que lo dices, ¡sí...! Es como un zumbidillo. ¿De dónde viene?
Los dos hombres se detuvieron y escudriñaron el claro, en busca del origen de aquel pequeño zumbido eléctrico, en el cual de vez en cuando irrumpía un leve chisporroteo. Pero por más que investigaron el lugar, no supieron la fuente del sonido, hasta que los ojos de Patrick se iluminaron con una mezcla de sorpresa y miedo.
-Jack, tu bolsillo-señaló, temeroso.
-¿Qué...?-respondió Moldron, metiéndose la mano en el susodicho- ¡Mi móvil no está sonando!
-El ruido viene de ahí- replicó McFinnegan- Si no lo encuentras tú lo encuentro yo.
Justo antes de que su compañero le perforase el bolsillo con sus zarpas, Moldron le paró e hizo una segunda búsqueda con más ahínco, sacando como resultado su cartera. Los dos hombres la miraron atónitos, mientras un tenue resplandor morado salía de ella, junto con el zumbido.
-¡Ábrela ya!- gritó McFinnegan, desesperado.
Moldron, temblando, la abrió, y los dos, sin saber qué sentir, contemplaron a través de un compartimento de  plástico el anillo de Tyler, cuya figura ilegible brillaba más y más con una intensa luz morada. Estaban los dos embelesados por aquel artefacto cuando soltó una chispa muy sonora y Moldron dejó caer la cartera al suelo en un aspaviento.
Entonces sucedió. Una deflagración sibilante desintegró la cartera sin dejar humo, y de la joya argéntea emergió una figura de luz púrpura cegadora, que tomó la forma de un dragón de dos metros de longitud, alas largas y puntiagudas, patas afiladas, cola siseante y morro esbelto.
Moldron y McFinnegan se tiraron al suelo, cubriéndose detrás de la roca que había estado a punto de servirles de mesa, para observar el dragón que batía sus alas poderosamente, unido al anillo por un hilo serpenteante de luz que se movía ingrávida e hipnotizadoramente.
El dragón pareció tomar aire y exhaló una llamarada que hizo a la realidad quemarse en manchurrones incendiarios; pero estas manchas no exterminaban el claro. Dibujaban a brochazos su alter ego, hasta que tras varias pinceladas, este cuajó,  dejando a la vista un claro de robles cenicientos centenarios, con ramas hacia arriba clamando al cielo gris en tormenta. El viento retumbaba y atronaba, cuando el dragón terminó de escupir fuego púrpura y se lanzó hacia los dos mayores robles, justo enfrente de Moldron y McFinnegan, cuyas ramas trazaban un arco sombrío hasta juntarse en dos garranchos malhadados. Engarzó las patas delanteras a las ramas y las traseras al tronco, tras lo cual su vientre de luz empezó a ensancharse mágicamente, disminuyendo proporcionalmente el resto de sus partes. Y, en el centro del bandullo, se empezó a formar un remolino aciago fuliginoso, que fraguaba bellamente la luz jacintina con aquella espiral ennegrecida. Y, mientras los dos agentes contemplaban aterrados aquella diabólica ficción hecha realidad, el círculo enorme terminó de expandirse, tomando la apariencia de un portal circular. Antes de que la cabeza del dragón desapareciese, sus fauces de luz desprendieron un último hálito espectral, que se materializó en dos palabras hermosas y lúgubres que coronaron el portal infernal: 'Circulus Rabidus'

jueves, 13 de agosto de 2015

ENTRE LOS ENIGMAS

 ¿Qué es este pedazo de historia...?
ENTRE LOS ENIGMAS
-Es un terrorista.
Jack Moldron fumaba un puro distraídamente cuando tachó al hombre de esa condición, confiado.
-¿Tú crees?
-¡Sin duda alguna! Se puso con aquel discurso tan raro en mitad de la calle... qué digo raro, ¡sospechoso! ¡Amenazador! Que esto es solo un preludio de la hecatombe, que las vamos a pasar canutas... no me digas, McFinnegan, que no es para pensar que esté amenazando a la seguridad nacional.
-Puede que sea un loco, sin más.-se encogió de hombros Patrick McFinnegan.-Últimamente cada vez a más gente se le va la olla y empieza a decir disparates.
-Hay dos tipos de personas que dicen disparates-sentenció Moldron-O los locos, o los muy listos.
McFinnegan asintió mudo, ante la confianza que mostraba en sus palabras Moldron. En efecto, aquel tipo podía ser un demente, o un psicópata demasiado inteligente. O quizás los dos.
-Deberíamos interrogarle. Ya le detuvimos hace dos horas y no hemos encontrado momento para hacerlo.
-Cierto...
Los agentes Moldron y McFinnegan hicieron llevar a aquel sujeto a la sala de interrogatorios. Cuando lo vieron a través del cristal de visión unilateral lo vieron por segunda vez. En la lucha contra la policía se había dejado la cara hecha unos zorros, con moratones y contusiones, aunque la que más asustaba era una que le había dejado el ojo izquierdo negro. A pesar del dolor que debería estar sintiendo, dibujaba en su rostro una sonrisa calmada, hasta un poco inquietante, a la que acompañaban unos ojos pícaros y tranquilos. Jugaba en la mesa con un misterioso anillo de plata, que hacía girar con los dedos. Su traje negro, el mismo con el que dio la conferencia, tenía un aspecto más luctuoso que nunca, a causa de los rasgones, las manchas de polvo y las múltiples arrugas. Definitivamente, le habían dejado en su detención para el arrastre, pero seguía luciendo esa estúpida sonrisa. Y eso era lo que hizo que costase tanto que saliera la palabra de la boca de Moldron:
-Entremos.
Nada más entrar, McFinnegan se estremeció al percibir el aura espectral de aquel tipo. Moldron se esforzó en mostrarse impasible, y fríamente tendió el expediente sobre la mesa. Se sentó mecánicamente, mientras le hacía un gesto a McFinnegan para que se quedase detrás de él, y abrió el expediente:
-Veamos, señor...
-Tyler.-completó el hombre con una sonrisa solícita, si bien macabra.
Moldron aspiró la saliva apretando los dientes, dirigiéndole una mirada de rabia. Ni siquiera la paliza de la detención había logrado controlar su carácter indómito. Le desquiciaba.
-Como sea. Por lo que veo, tiene el expediente limpio, es usted un santo...-admitió resignado. Siguió, apartando la mirada del documento y mirando a Tyler a los ojos, fijamente-¿Qué se supone que hacía en aquel local?
-Estaba dando un discurso.
-Un discurso un poco amenazador, ¿no cree?-inquirió Moldron, enrabietando su tono de voz.
-Solo cierto. Y la verdad no es mi culpa.
Tyler se encogió de hombros. Moldron, nervioso, se limpió los restos de saliva en sus labios con el dorso de la mano, para ganar tiempo.
-No me venga con tonterías-respondió, airado. Tomó aire para empezar a citarle:-'Estos sucesos extraños, tales como violaciones, asesinatos, robos y corrupción, son el resultado de lo que allí se maquina de momento', o 'Yo he visto a las personas responsables de su infierno diario de represión'.-le miró, curioso- ¿Qué significa esto?
-¿No lo dije bastante claro?
-Usted no sabe con quién está hablando, amigo-dijo Moldron, colérico,  levantándose con un estrépito y señalándole-Más le vale darme una explicación clara de lo que quería decir con ese dircurso.
Tyler se estremeció en la silla. McFinnegan estaba perplejo ante aquel quebrantamiento de la fialdrad de Moldron, y le miraba sin decir nada. Tyler pareció estar más persuadido y se dispuso a hablar.
-Hay un sitio, donde todo lo malo se cuece. Yo lo he visto. Yo he conocido a esos tipos...-sus ojos se abrieron como platos, y se pudo ver el temor en ellos-No les puedo decir nada más. Estoy bajo un juramento. Pero trato de prevenirles de algo gordo.
Moldron se volvió a sentar y se apoyó sobre los antebrazos, inclinándose hacia adelante.
-¿Y no puede decirnos dónde está ese lugar?
Tyler suspiró.
-Sólo puedo decirle, detective, que es un lugar en el que cada pisada es un escalofrío ungido de veneno ácido... en el que se siente el aliento de la Muerte en la nuca.
-Mire usted, a mí no me gustan los acertijos. Dígame dónde es-dijo Moldron, empuñando su boli para apuntar el nombre del lugar en su bloc.
-¡No puedo!
-¡Que no me venga con jueguecitos! ¡Dígame ahora mismo qué lugar es ese!
-Está en el bosque Lookwood.
-Eso está fuera de la ciudad-señaló McFinnegan.
-¿Qué lugar del bosque? ¡Venga, desembuche ya!
- Estoy bajo juramento...quiero decírselo, pero no puedo.-tartamudeó Tyler, temblequeando.-Pero puedo darle este anillo. Le ayudará a encontrarlo.
Moldron recibió de Tyler, perplejo, un anillo de plata con una inscripción negra que no había visto en su vida. Tras examinar sucintamente el curioso objeto, Moldron miró a Tyler. Había tomado una decisión.
-¿Es esa su última palabra? ¿Seguro?-siseó.
-Sí.
Moldron se levantó y le hizo una señal a McFinnegan para que se fuesen. Tyler se quedó ahí, expectante, con una mirada de desamparo, abriendo la boca pero sin poder articular palabra. Los dos detectives salieron de la sala y se detuvieron al lado del agente que vigilaba la puerta del interrogatorio. Moldron se volvió para mirar con rabia a Tyler a través del cristal, y a continuación se dirigió al policía.
-Ese hombre, al calabozo.