LA LIBERACIÓN (La Araña, parte II)

LA LIBERACIÓN
(La Araña, parte II)

Era solo un sueño. La araña no ha llegado todavía. Tengo una oportunidad de  sobrevivir. Tengo que liberar una mano, coger de mi bolsillo la navaja y cortar todos los filamentos que me envuelven, antes de que vuelva esa bestia de acero. Hago fuerza con la mano derecha. Araño la seda con las uñas, y tras un rato, libro la mano. La abro y cierro varias veces para desentumedecerla, y acudo a la navaja de mi bolsillo. Rasgo, con cuidado de no destrozar un hilo importante y caer al abismo los hilos que recubren mi tronco, primero, luego mi otro brazo y después mis piernas y pies. Cuando ya estoy libre, intento incorporarme, pero la estructura es inestable y me veo obligado a ponerme a cuatro patas. Tanteo el terreno mientras avanzo cautelosamente hacia la entrada de la cueva. Afuera llueve, ahora lo oigo. Escucho los truenos retumbar, la furia de los dioses dándose a conocer a los mortales. Pobres, indefensos mortales. Noto ya algunas gotas chispeantes chocando en mi rostro desnudo, cuando oigo un crujir arácnido fuera. Es ella. Ha vuelto de sus asuntos. Rápidamente, me agazapo en un lado de la entrada de la cueva, escondiéndome tras una estalactita. La red de araña que sirve como suelo de toda la cueva tiembla, y espero ansiosamente que deje su quejido trémulo para que ella no se de cuenta de que me estoy escapando. Estoy sin aliento, con mi corazón en el puño, cuando ella entra, con paso acalambrado, con un mono ensangrentado y con los huesos desencajados entres sus poderosas mandíbulas. Avanza, con paso psicópata, hacia el interior de la cueva, hasta que noto un chispazo en sus patas, cuando todo su cuerpo se detiene frente a la zona donde yo estaba. Se ha dado cuenta. He de irme. Con un gateo cuidadoso, cruzo el umbral de la cueva y noto el manto linfático drenar mi angustia. Siento el agua, purificándome e insuflando en mi corazón un soplo de esperanza. Obnubilado en esta esperanza, mi pie roza un guijarro en el borde del abismo de la cueva, que se desestabiliza y cae, puñetero, golpeando las paredes del agujero: plic, ploc, plac. Percibo el mono cayendo sobre la red. La araña se está girando. Me levanto impulsándome con mis manos, con cuidado de no tirar la navaja, y echo a correr por el sendero de piedra de la montaña, azotado por la tormenta.

Entradas populares de este blog

El puzle

No es otra Navidad

Enrique Dubariego pierde la cabeza