sábado, 31 de diciembre de 2016

No es otra Navidad

Sé que el pretérito perfecto simple de reír de tercera persona del singular no lleva tilde porque es monosílabo, pero he tomado la decisión de que la lleve. ¿Por qué? Porque puedo. Aunque no estoy muy convencido con el final, estoy bastante contento con este texto; ¿qué pasaría si un niño desease por Navidad que los problemas políticos se acabasen? Sería algo curioso; ea, pues, aquí lo tenéis.
No es otra Navidad 
-¿Qué quieres este año por Navidad, hijo?
El niñito rubio de seis años encontró con sus intensos y cándidos ojos a los de Santa Claus, que lo mecía suavemente en sus rodillas. 
-¡Que pida ya! ¡Hay más críos!-chilló una madre en algún lugar de la cola.
-¡Deje que el niño piense!-respondió Santa con acritud, para mirar de nuevo al niño y volver a la voz dulce - ¿Qué quieres por Navidad?
-¿Sabes? Trump últimamente ha estado muy tocanarices. Y el tirapetardos de Corea del Norte me da mala espina. El coletas no sé qué hace por el Parlamento. En Sudamérica, Maduro...
-¡Hijo, hijo!-le interrumpió Santa, sorprendido- ¿Y qué quieres que haga yo con todos esos problemas?
-¡Pues arreglarlos! ¿No eres mágico o algo así?
-Venga, campeón, vete a tu casa-rió Santa agarrándole por las axilas y tirándolo a su madre- ¡Señora! Un poco de seriedad, que algunos estamos trabajando.
***
Ya en su humilde casa del Polo Norte, azotada por las tormentas de nieve, Santa tomaba una agradable taza de chocolate en la cocina en compañía de su mujer, la señora Claus.
-Cariño, te noto taciturno, ¿te pasa algo? Pronto tendrás que empezar a repartir regalos...
Santa dejó la taza sobre la mesa, se quitó las gafas y se frotó los ojos con el pulgar y el índice.
-Hoy un crío ha empezado a largarme un rollo sobre Kim Jong-Un, Trump,  Pablo Iglesias, Maduro... al parecer quiere que cambie las cosas. Pero yo paso...
-¿Por qué?-respondió ella, dando un sorbo a su taza-Al fin y al cabo, ¿no eres mago, no tienes poderes? Recorres millones de hogares en una sola noche y ¿no vas a poder resolver problemas de orden mundial? Menudo calzonazos.
-¡Oye! Un respeto. Hago felices a muchos niños por toda la Tierra. ¡Les doy infancia! Eso es algo que jamás les darán los políticos.
-Sí... esos les darán pesadillas cuando se hagan adultos.
-Ahora que lo pienso-entrecerró los ojos Santa con el índice tumbado en el labio-Ese niño pidió un deseo de adulto. ¿Por qué la gente cuando crece ya no pide deseos a Santa...? Lo harían con más cabeza que los críos, desde luego, para eso son mayores...
-¿Y si piden salvajadas?
-Pfff, ¡les llevo carbón! Pero a lo que iba; lo cierto es que sí soy mágico. Es decir, por mucho que evolucionen los viajes jamás van a llegar a mi nivel, ¿no? Algo debo tener. Algo... ¡qué narices!-se interrumpió, levantándose de la mesa con estrépito- ¡Ese crío tenía razón! ¡Tenía un deseo por Navidad y lo voy a cumplir! ¿Los renos han terminado de comer su pienso?
-Sí.
-Fabuloso. ¡Feliz Navidad, cariño!-dijo, antes de salir de la casa de un portazo.
-Otro chocolate para mí-sonrió la sra. Claus acercándose la taza abandonada.
***
Antes de ir a los renos, Santa diseñó en cinco minutos el político perfecto: no necesitaba comer ni dormir, era inmortal, no tenía más sentimientos que el amor por la patria y las personas, una inteligencia y fuerza de diez Nelson Mandela juntos y unas habilidades increíbles para gobernar, aparte de un firme sentido de la justicia y el deber. Una vez lo tuvo fabricado, metió unos cuantos ejemplares en el saco, pero de repente pensó:
-Un momento. ¿Qué pasa con todos esos niños que han pedido juguetes? Bah, es igual. Cuando reparta estos políticos por todas las naciones, todos los padres podrán hacer regalos a sus hijos. 
Dicho esto, encajó sus gordas posaderas en el trineo, cogió las riendas, y a la velocidad de la luz emprendió su viaje por la Tierra. Cuando llegaba a un país, buscaba a todos los políticos incompetentes, los convertía en estatuas de mazapán y las dejaba en las plazas, para que los pobres pudiesen celebrar la Navidad. Luego, cuando todo el chorizo había sido frito, ponía en los cargos de poder a sus políticos perfectos y se iba a otro sitio. En los lugares como Italia fue bastante fácil, porque todos los políticos corruptos estaban en sus casas y no tenían armas, pero en otras partes como Estados Unidos donde todo el mundo tenía un trabuco, Santa convertía todo lo peligroso en bastones de caramelo y demás dulces navideños para evitar rebeliones conformistas innecesarias. No les dio tiempo a los informativos de registrar las últimas noticias, y todo malnacido que pudiese hacer daño a las naciones había sido mazapánmente exterminado y sabiamente sustituido. A partir de aquella Nochebuena revolucionaria de 2016, empezó una era dorada de la Humanidad en la que reinó la equidad y la justicia y desapareció el hambre y la pobreza entre todos los seres humanos, sin distinción de raza, género o creencias: todo esto se acompañó de una progresiva recuperación del planeta, por lo que cada año la pelota azul era un sitio más limpio y hermoso. ¡Era todo tan perfecto...! Pero los políticos de Santa, aunque perfectos, no eran invulnerables. Después de todo, los gobernase quien los gobernase, los seres humanos seguirían siendo un puñado abigarrado de morales, del que podrían salir un par de malos colores y derrocar a los nuevos dirigentes... quizás algunos, como las grandes multinacionales, las empresas, los criminales, estaban insatisfechos con este nuevo orden mundial, y puede que alguien intentase sacudir la paz. La vida en aquellos años era feliz, sí; todo empezó con un gran deseo, sí; todo era muy cómodo, sí... en definitiva, la vida era buena: de momento.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Tengo algo que decirte

Recién salido del horno. Hay algunas metáforas chulas, digo lo que quiero decir... en general estoy contento con este texto. ¿Lo estarás tú también? Solo hay una manera de saberlo... basta de marketing barato. Lee.
Tengo algo que decirte
¡Tengo algo que decirte! Evidentemente, como escritor decente he decidido sacar provecho artístico de esta confesión que ahora publico. En fin: que tengo algo que decirte. Verás... no dejo de pensar en ti. ¡Pero no te confundas! No es que esté enamorado de ti ni nada de eso, es simplemente... que eres algo duro en lo que pensar. Es decir, cuando paso revista a otras personas es como una cadena productiva, pero, contigo, ¡se atranca! La maquinaria no reconoce al producto y tienen que venir todos los empleados para intentar averiguar qué demonios es esa cosa que ha entrado en la fábrica... hoy en una peli había dos mirándose, y he pensado con nostalgia 'Así me miraba ella, así la miraba yo; así nos mirábamos'. ¿Te echo de menos a ti o al aire que me hiciste respirar? ¿Y si me enamoro de ti...? No quiero ni pensar en la posibilidad, porque creo -por no decir sé- que tu corazón es un artilugio de maravillas inestable y me horroriza la posibilidad de siquiera hacerle un mínimo daño. No quiero marearte, no quiero... ¿y si eres la adecuada? No; somos billones en este vertedero, encontraré a mi rata ideal; no quiero molestarte. Eres un pico que, a fuerza de palabras afiladas, ha roto la roca y liberado un manantial de agua contaminada. Eres una perforadora que ha taladrado mi corazón y... no te lo dije, pero el segundo día que quedamos, mientras te estaba esperando, noté como mi corazón se arreglaba, sentí las dos piezas unirse. Alguien nada pacífico lo rompió, te lo tengo que contar, ¡te tengo que contar tantas cosas...! Y, sin quererlo ninguno de los dos, me arreglaste. Definitivamente cogiste y volteaste mi vida como un infantil jugador de póquer con la mesa cuando pierde. Quiero ser tu amigo porque quiero que sigas excavando en mí, quiero ser tu amigo porque mereces la pena muchísimo y quiero que seas feliz. Perdóname por... por mí, porque soy un caos desencadenado, ¿fuiste tú quien me desencadenaste...? Ya hablaremos más cuando nos veamos. Pero no nos demos palmaditas en la espalda cuando nos abracemos, te lo ruego... Cuídate, amiga.

Idea: por estas fiestas, mándale a tu ex un sobre en el que metas una nota que diga: 'Para felicitarte estas Navidades, a continuación tienes un papel con las palabras que te mereces'. Adjunta un folio en blanco. *risa malvada*.

martes, 27 de diciembre de 2016

Amantes tenaces

El título no me convence del todo pero me parece que es el que mejor capta la esencia de este texto... realmente la chica de este relato existió y la retrató José Garnelo: es 'El retrato de la hija de Jacinto Picón y Bouche', pero el nombre me parecía tan poco literario que lo nuqueé. Aquí tenéis la foto. Tenía en mente un texto mejor pero bueno... ¡en fin! Al fin y al cabo escribo para algún día escribir bien. Un poco de basurilla poética, pero no os preocupéis que pronto volveré a escribir locuras. ¡Un saludo!
Amantes tenaces
No recuerdo su nombre, pero ahora debe tener otro, así que no importa. La vi en un cuadro, y sus ojos azul ultramar se hundieron en mí como una tormenta de mil cuchillos de zafiro. El cuadro había sido pintado en torno a 1915 por un tal José Garnelo, que por lo visto fue pintor de Alfonso XIII, cuya exposición había estado un buen rato recorriendo indiferente cuando de repente me encontré frente al cuadro. La imagen, la telaraña. Su melena corta de primera comunión, su lunar encima del labio y su nariz esbelta, y esa leve, leve sonrisa que a veces parecía moverse cuando la miraba demasiado tiempo. No dejé de contemplarla en media hora. No había nadie más en el recinto de la exposición para molestar. ¡Quizás en otra vida amé a la chica del cuadro! Quizás en otra vida fuimos felices, allá por el 1910; yo era un chico de los periódicos al que le gustaba escribir y ella era la hija de un famoso empresario. Yo solo quería verla sonreír, tenerla demasiado cerca y estrellarme en sus labios. Y ella me amaba a mí.¿Qué más podía pedir? Nos queríamos el uno al otro, hacernos felices, alejarnos del mundo volando en nuestra burbuja púrpura, nuestro vínculo era tan fuerte que llegó a oídos de un famoso pintor que decidió pintarnos a los dos por separado, para que pudiésemos vernos a todas horas. Hoy, un siglo después, mi cuadro se ha perdido, no sé dónde estará, pero yo encontré el suyo y me permitió recordar nuestra historia. Puede que ella haya visto el mío y también haya empezado a buscarme. Morimos jóvenes sin poder casarnos, no me acuerdo por qué o de qué...¡Es todo tan onírico! Todo son imágenes borrosas que aparecen mezcladas sin distinción en un torrente de sentimientos. Nos fuimos a la tumba con un gran asunto pendiente y nuestros fantasmas siguieron amándose. Entonces, ahí fue cuando, cien años más tarde, el destino se enterneció y decidió darnos una segunda oportunidad.

Pos data: si esta paranoia fuese verdad, con mi suerte me la encontraría... con novio.

viernes, 16 de diciembre de 2016

El nuevo Fahrenheit 451

La sátira me sale como un hueso de la carne, ugh. No digo que no haya buenos libros de texto, pero puedo contarlos con los dedos de la mano y... ¿qué diste hace cuatro años en el colegio? Si la respuesta es 'No tengo ni p*** idea', probablemente te gustará este texto. Si no, no avances...
El nuevo Fahrenheit 451
¿Ha leído usted Fahrenheit 451, o como se escriba/pronuncie? Seguro que sí, desde luego, es un libro muy bueno, y si no, tiene muchas papeletas de haberse visto la película. Si, sin embargo, usted vive cómodamente debajo de una piedra, le digo de qué va: es una sociedad distópica donde los bomberos queman libros, y por ello, hay gente que se dedica a aprenderlos de memoria. O algo de eso; un tipo es la Eneida de Virgilio, otro es el Hamlet de Shakespeare... usted lo habla con él y le recita su libro de memoria. Increíble, ¿verdad? Cosa de ficción, ¿verdad? Pues no se crea... Cada día nos vamos acercando más a esa sociedad distópica. ¡Pero usted se está marcando un dislate!, me dirá, indignado y confundido, al borde de las lágrimas histéricas. Cálmese, le explicaré. No es que los bomberos se vayan a poner a churruscar libros, pero algo bastante parecido... se trata de los estudiantes. Es decir, ¿nunca se ha preguntado usted por qué a su hijo le hacen aprenderse ese aburrido libro de biología de memoria, letra por letra, palabra por palabra? Sencillo; porque algún día querrá quemarlo y será útil tener a alguien para poder escribirlo de nuevo. Y, cuando lo vuelva a redactar, vendrá otro que lo vuelva a aprender y a odiar, que probablemente lo quemará, y así... los libros de texto constituyen una grave amenaza para la capa de ozono, y para la economía mental de la humanidad. Usted, en vez de hacer algo útil en su juventud, aprendió en Historia de España que Chisdanvinto IV se peleó con Hermenegilda la Fea V en febrero del 1476, y aunque ya se le haya olvidado -síntoma de estabilidad psíquica- recuerda muy bien el profundo desagrado y desprecio que sentía al memorizar las vidas de unos señores que ni le iban ni venían. Algún día alguien, algún amigo, le preguntará, ¿qué recuerda usted de su infancia?, y usted dirá alguna cosa que aprendió de memoria en primaria. Y, lleno de odio y amargura querrá quemar sus libros de aquella época, y podrá hacerlo tranquilamente porque ya habrá habido alguien que lo haya aprendido y pueda escribirlo de nuevo. ¿Para qué tener libros cuando se puede tener hombres-libro? Es maravilloso saber que si algún día se quemasen todos los ejemplares de Biología de 3ºde ESO se podrían hacer de nuevo. Espero que después de leer este breve artículo haya esclarecido un poco su visión del mundo, y ya sabe; con calma y alegría, libros de texto y cerillas.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Cálamo y la lavadora

 Este texto va dedicado a un profesor mío de pintura que nunca mancha su traje. Siempre me pregunté como lo hacía, así que hice mi propia respuesta... (me inspiré en ti, pero soy escritor, así que espero que perdones mis licencias) Espero que disfrutes, disfrutéis, esta pequeña pieza de absurdo.
Cálamo y la lavadora
Antonio Cálamo era un pintor que, tras haber estado pintando algunos años, era profesor de dibujo en un colegio privado. De perfil afilado, ojos intensos y oscuros y pelo brillante por su ausencia, Cálamo siempre iba al trabajo en traje.  Tenía negro, azul, gris y gris más oscuro, y nunca en el tiempo que llevaba enseñando le habían visto manchárselos una sola vez. Daba igual que estuviesen en el aula de escultura, rodeados de polvo y arcilla, o que estuviesen mezclando botes de pintura; ni una mota se atrevía a posarse sobre la tela. Si no hiciese contacto físico con sus amigos profesores, se podría pensar que tenía un campo de fuerza alrededor.
-Cálamo, ¿por qué nunca te manchas el traje? Es decir, ¿cómo lo haces?-le preguntó un día un alumno.
Cálamo, que hasta ese momento había estado sonriendo en la conversación, puso una mirada ausente y una mueca de miedo.
-Eso es la práctica, que con los años pues uno aprende... pues a no mancharse. Usted, como es principiante, se mancha todo el rato. Hoy es el primer día que mezcla pintura, pero cuando ya lleve años verá que a usted también le pasa.
Pero eso era una tapadera. El verdadero motivo por el que Cálamo nunca se manchaba el traje era porque tenía fobia a las lavadoras, y por ende, no tenía en su casa. Durante años había estado yendo al psicólogo, pero el pobre doctor Peralbo se rindió tras cinco años de trabajo.
-Mire, Antonio, que es un electrodoméstico y no puede hacerle daño... 
-¡Mentira! Una lavadora mató al gato del vecino. Son asesinas. Algún día desarrollarán brazos, piernas e inteligencia y emprenderán un ataque contra la humanidad que las creó.
-Bosch las hace silenciosas, pero no creo que les puedan salir piernas así de repente...
-¡Usted no sabe nada sobre la vida! ¡Váyase a la mierda!
Y así terminaron cinco años de terapia sin ningún resultado. La fobia de Cálamo tenía sus raíces en su más tierna infancia, cuando un día sus primos del campo vinieron a Madrid a visitarle y le dijeron que dentro de su lavadora encontraría una máquina del tiempo que haría que los siete años llegasen antes. ¡Pero era mentira! Cuando el pequeño Toñín metió su cabeza en el chisme, los otros dos aprovecharon para bajarle los pantalones y vapulearle el excusado con un matamoscas en forma de balón de fútbol. Cuando ya le dejaron que sacase la cabeza, le dijeron que había sido la lavadora, y el inocente se lo creyó tan a pecho que corrió a contárselo a su madre.
-Esos han sido tus primos, Toñín, que te han hecho una jugarreta.
-¡Mentira! Ha sido la lavadora. ¡Dame un cuchillo!
La madre, que había pagado una buena cifra por esa lavadora, no se lo dio. Además, para cuando alcanzase el cajón de los cubiertos ya se le habría olvidado el incidente. Pero no lo hizo. Antonio, como pasó a llamarse con la edad, siempre evitaba pasar por delante del cuarto de la lavadora, y a veces tenía episodios histéricos en los que intentaba tirarla por la ventana, pero afortunadamente su creciente afición por la pintura le había impedido desarrollar conocimientos de poleas. Varias veces sus padres lo llevaron a especialistas, que como el pobre doctor Peralbo, acabaron tirando la toalla.
-Mire, señora Baro, yo lo siento mucho pero lo de su hijo es incurable. Yo que usted me mudaría a la ribera del Manzanares.
Pero María Baro no lo hizo y Antonio Cálamo pasó una adolescencia terrible. Ya en la edad adulta, siempre recordaría aquellas interminables noches de insomnio, escuchando el amenazante murmullo de la lavadora, que le depararían sus características ojeras. Cuando ya superó la edad del pavo y se fue a la universidad, era un muchacho enclenque cuyas pesadillas eran las lavadoras y los gimnasios. Pero cuando se trasladó a su piso de estudiante y empezó a lavar su ropa a mano, empezó a echar músculo. Sus padres le daban todo el dinero necesario para poder llevar una vida normal aun con su matiz lavandero, y de otra manera no habría podido sobrevivir los cinco años de Bellas Artes, al cabo de los cuales era un hombre fornido al que no convenía enfadar.
-Picasso pintaba como un niño de cinco años, cualquiera puede pintar como Picasso.
Y ese tipo no vivía para contar otra vez su opinión de Picasso.
Tras algún tiempo, Antonio Cálamo se había ya labrado cierto nombre en el mundo de la pintura y vivía estupendamente de su arte. ¡Era feliz! Además había conocido a una chica muy guapa en Bellas Artes y tras unos años de noviazgo se habían casado y eran muy felices. Pero...
-Cariño, ¿por qué no compramos de una vez la dichosa lavadora?
-A ti te gusta quemar cosas y yo te comprendo. A mí me dan miedo las lavadoras, así que, hazme el favor, compréndeme.
-Vale, pero al menos ten poca ropa y mancha lo mínimo posible.
La verdad, Antonio llevaba haciendo eso toda la vida, pero cuando empezó a vivir con su mujer había el doble de ropa, y ella no estaba dispuesta a ayudarle a lavarla... había que tirar cosas, así que Antonio se quedó solo con lo imprescindible: un abrigo, ropa interior (como costaba menos lavarla podía tener más), zapatos y cuatro trajes que iría rotando. A veces era incómodo, porque era raro ver a alguien con corbata en un concierto de los Rolling Stones, pero lo cierto es que todo el mundo se acostumbró a ver a Antonio Cálamo siempre con traje. Circulaba la leyenda de que no se lo quitaba para la playa, pero eso era información a la que pocas personas en el globo tenían acceso... al menos eso era lo que se contaba de él cuando empezó a dar clase en aquel colegio privado: era un pintor extraño que en cualquiera de sus cuadros metía una alusión a las lavadoras, y que nunca había sido visto sin traje, y con manchas en el traje. 
Por fuera, parecía alguien sumamente inteligente e impecable que siempre mantenía su traje impoluto... pero por dentro el sabía que era un encogido ser humano aterrado por las lavadoras. Debía luchar contra su miedo. Por ello, tras unos cuantos años en el colegio, publicó su primer libro, 'Qué hacer frente a un apocalipsis de lavadoras asesinas', que ayudó a mucha gente cuando, efectivamente, las lavadoras intentaron tomar el control del mundo, como era de esperar.

domingo, 27 de noviembre de 2016

No me gusta el colegio

No me gusta el colegio
No me gusta el colegio. Y entonces sale un iluminado de entre el público que dice 'Y a mí sí, no te jode'. Pues sí. No me gusta el colegio. El gobierno no quiere que lo sepamos, pero yo os lo digo: los colegios son cárceles. Para disimular, dejan a los chavales vestir a su bola o con uniformes relativamente bonitos, pero la estructura educativa de nuestro país, y en general, está basada en las cárceles. Esto parece una idea alocada, pero ¡confiad en mí!, todo tiene sentido. Para empezar, en los colegios hay capataces. No niego que algunos profesores tengan pasión por enseñar, y pasión por lo que enseñan... pero algunos son seres humanos profundamente insatisfechos en su vida que se desfogan con el primer inocente  que pillan. No tienen sentimientos, y si te tienen que joder, lo hacen con una sonrisa odiosa. ¿Por qué? Porque están amargados. ¿No puedo ser pintor? Profesor de dibujo. ¿No puedo ser químico? Profesor de química. Tiene gracia.  Los presos, es decir, los alumnos, no son más que personas que cumplen condena por nacer. Estoy seguro de que si al salir del vientre de nuestra madre nos dijesen 'Pasarás hasta los dieciocho sentado en una silla incómoda ocho horas al día aprendiendo cosas inútiles' volveríamos dentro corriendo y nos tendrían que sacar por la fuerza; de ahí las cesáreas. Los presos son forzados a levantarse temprano y aguantar jornadas tediosas y llenas de sufrimientos, hambre y torturas sin clemencia. Lo primero que les hacen cuando entran en el presidio es dividirlos en grupos, y después, en cada grupo, ponen un número a cada uno. Has perdido tu identidad, hijo de puta. Ya no eres Pepito Pérez, eres el número 23, y vas a tener que recordarlo cada vez que el profesor os ordene que os pongáis en fila para volver a las clases tras el descansillo. ¿No os suena de nada? ¡Prisión, prisión! Y, como en cualquier cárcel decente, en los colegios hay salas de tortura. Te sientan en sillas más incómodas imposible, y si te levantas o te mueves, mandan una nota a tus padres, que es lo peor que se le puede hacer un crío. Por favor: hazme de todo, pero una nota a mis padres, ¡no, por favor...! Además, si intentas mostrar algún signo de individualidad, o intentas llevar una infancia relajada y feliz, también te vas a la mierda. Los capataces se aseguran de enseñar a los presos montones de cosas, casi todas completamente inútiles, para saturar su cerebro y arrebatarles las ganas de vivir. Y cuando crees que el suplicio ha acabado y que tu madre va a venir a la puerta de la cárcel para abrazarte y consolarte, el capataz hace chasquear el látigo y dice: 'Esperad, chicos, que pongo deberes'. ¡Y tu infancia se va, otra  vez, a la mierda! ¿Jugar? ¿Divertirse? ¿Salir a la calle? ¡No, qué desperdicio de tiempo! Lo peor del colegio es que te tortura tanto dentro como fuera. No tienes escapatoria. Siempre que intentas evadirte, relajarte un poquillo, una parte de ti está ahí dale que dale: 'Recuerda que tienes deberes para el lunes'. No puedes escapar, estás cumpliendo condena por nacer... y lo peor de todo, sin duda, es que los jueces a los que tendrías que ir en caso de necesidad fueron precisamente los que te pusieron la condena.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El Hombre Creativo

El Hombre Creativo ©
¿Cansado de no ser nada en la vida? ¿Harto de que todos tus amigos tengan éxito en sus vidas y tú no? ¡Pues estás de suerte, porque te traigo la solución a todos tus problemas! Sin moverte del asiento cutre donde probablemente estés sentado, escúchame con atención. Hoy te traigo el Hombre Creativo. ¿Que qué es? ¡Oh, querido amigo, gracias, gracias por preguntar! El Hombre Creativo es un pseudoindividuo de raza humana que se empeña en dar la nota. Es un incordio. Mejor dicho, era un incordio, ¡porque hoy por fin le hemos encontrado una finalidad práctica! Cuando nos encargues tu Hombre Creativo, ya sea el modelo masculino o el femenino, te lo enviaremos a casa lo antes posible, en un camión de carga que lo dejará en la puerta de tu casa, ¡con caja decorada incluida! Podrás encargarle que te haga todo tipo de tareas de una manera estúpida pero interesante que jamás a ti se te habría ocurrido: resolver problemas laborales, personales, sociales, economizar en las facturas... ¡el Hombre Creativo sirve para TODO!, pero, ¡aquí viene lo mejor!: tú no tienes por qué apreciarle porque tienes estudios, eres alguien serio y no tienes por qué llevarte bien con alguien de esa calaña. Si le desprecias, puede que intente demostrar que él merece la pena, ¡pero no cedas!, ¡ya sabes que no tienes por qué apreciarle en absoluto! El Hombre Creativo siempre ha sido mangoneado y repudiado por gente mediocre a lo largo de toda la historia, ¡pero ahora tú tienes la inmensa suerte de pagar por ello! ¿Qué? ¿Que cuánto cuesta? ¡Da igual, amigo, porque lo vas a comprar igualmente, y además, las risas, los escupitajos y los sarcasmos crueles no tienen PRECIO! Pero si de todas formas quieres limitarte a la hora de pagar, te diré que el Hombre Creativo cuesta 49, 99 euros, o lo que es lo mismo, una GANGA*; y tú, que estás muriéndote ya por humillarle y extraer sus jugosas ideas, ¿a que estás esperando?, ¡¡CÓMPRALO YA!!
La Cibertienda del Paraíso, calle del General Roblefeg 14, Madrid, Bendito Reino de España.

*No se admiten devoluciones, pero nos puedes pagar otra vez.

viernes, 18 de noviembre de 2016

El Juego de Fernando Serto

Una cosa que quería escribir desde hacía algún tiempo... adoro este personaje así que no dudéis en pedirme que le de vidilla más veces. Este relato se lo dedico a Mario, que dibuja muy bien, qué digo, ¡espectacularmente...! Amigo Mario, ¿sobrevivirías al juego de Fernando Serto?
El Juego de Fernando Serto
-¡Jefe! Ya le tenemos amarrado a la silla, solo falta usted.
Tras un momento, Fernando Serto salió de la habitación prohibida. Esta era un lugar al que nadie podía acceder, ni siquiera sus más fieles hombres, que ni ellos sabían qué se ocultaba ahí. El castigo por entrar era ser ejecutado al momento por su jefe, uno de los mafiosos más temidos entre el submundo de Madrid, apodado el 'pintamonas' por su famosa buena mano con la pintura. Corría el rumor de que su padre lo había amenazado con la muerte si se dedicaba mientras él vivía al arte, de modo que Fernando estaba esperando a que se muriese para dejar la asociación en manos de alguien y retirarse a su pasión. Mientras tanto, era conocido por tener una inteligencia de genio, sangre helada e infringir originales e hilarantes torturas a sus rehenes, que grababa para luego poner a sus hombres en los momentos de bajón.
-¿Ha dicho algo de momento, señor Barón?
-No, jefe, dice que nunca traicionará a Manuel y que nunca abrirá la boca.
-Bueno, eso habrá que verlo, ja, ja-rió Serto-¿Me vas a por lápiz, papel y goma? Yo ya voy yendo.
Sin decir nada, Juan Barón se retiró a cumplir la orden, mientras su jefe llegaba a la sala oscura donde le esperaban cuatro hombres con metralletas colgadas a lo bandolero y el rehén, que se agitaba y hacía ruidos molestos al intentar gritar con la mordaza puesta. Sus hombres se apartaron y Serto llegó hasta el rehén. Le miró con ojos sombríos y sonrió. 
-¿Te gusta dibujar?
El rehén se calmó, le miró extrañado y meneó la cabeza.
-¿Por qué? Es una actividad muy interesante, seguro que lo que le pasa es que nunca ha practicado lo suficiente. Pero yo, que le quiero y me preocupo por usted, lo voy a arreglar. Déjeme que le retire esas cosas tan incómodas.
-¡Buf! ¡Por fin! Ahh, qué bien sienta estirar las manos y los brazos tras no sé cuántas horas así... ¿y los pies, se van a desatar o...?
-No, hombre, no, no le hacen falta para dibujar.
-Vaya, así que tengo que dibujar, vale, muy bien, ¿y luego me soltáis o qué? Debo volver con mi jefe.
-De eso le quería hablar. Mire, su jefe, como ya sabrá, arruinó la vida de mi hijo, un poco la mía, destrozó mi casa, y entonces quiero ir a buscarle, para saludarle y tal, pero no puedo si nadie me dice dónde está. Y eso lo hará usted, decirme dónde está.
-¡Ja! Estáis locos si pensáis que voy a traicionar al mejor criminal de España.
-El mejor criminal de España según usted, no es más que un pimpinelas con suerte. Pero, dejando juicios aparte, ahí va el juego al que vamos a jugar. Usted me va encajando un bodegón que le voy a poner yo ahora, ¿bien?
-Sí...
-Cada vez que se equivoque, tiene diez segundos para corregir, y si no lo hace mis hombres le agarrarán y yo mismo le sacaré un diente a lo Edad Media.
-¿Como que a lo Edad...?
-Sin anestesia, para que nos entendamos. Y con unas tenazas oxidadas que uso para lo mismo desde hace 20 años. Puede que si las uso mucho le entre algún problema de salud, pero no se tiene que preocupar de eso si decide hablar.
-¡Ts! No hablaré.
-¡Jefe! Su lápiz, papel y goma-entró Barón en el cuarto.
-¡Oh, perfecto!-dijo Serto, recibiéndolos y poniéndolos encima de la mesa-¿Alguien tiene algo para dibujar?
-Bueno, podrías ponerle una metralleta-sugirió Paco Martínez, levantando la suya.
-Bien pensado, trae.
Serto cogió el arma y la depositó suavemente sobre la mesa frente al rehén, en posición de escorzo para hacerlo más interesante.
-Ya puede empezar.
-En fin. No he oído hablar nunca de este procedimiento de interrogatorio, pero bueno, es dibujar, con cuatro rayas yo me apaño.
Empezó por el cañón de la metralleta. Diez segundos después:
-Ese círculo está mal hecho, y no lo ha corregido. ¿No ve que está torcido y además no guarda simetría? Muchachos, por favor.
Dos hombres vinieron, le cogieron por la silla y le pusieron contra la pared; otros dos le sujetaron los brazos y Barón le abrió grande la boca agarrándole por los incisivos.
-Deje de chillar, por favor, es molesto, y además tiene que ahorrar voz para cuando le saque el diente.
El rehén no hizo caso. Serto se encogió de hombros, sonrió, y tras forcejear un poco con las tenazas dentro de su boca, hizo fuerza y sacó una muela.
-¡AAAAAAH!
-¿Hablará ahora?-sonrió.
-¡Jamás! ¡Soy leal hasta la muerte!
-Sea.
El rehén intentó huir, pero como tenía los pies atados, se dio de bruces contra el suelo. Barón le propinó una colleja, lo levantó y lo puso de nuevo enfrente de la mesa. Serto le ofreció el lápiz, que cogió temblando. Continuó dibujando el cañón de la pistola, otra vez el círculo. Diez segundos.
-¿Pero no lo ve que lo ha vuelto a hacer mal? No es simétrico, no tiene una línea firme. Muchachos.
-¡No! ¡Por favor!
-Qué lástima. Mire, para que vea que tengo corazón y soy buena persona, le doy a elegir entre qué diente quiere que le quite esta vez: un incisivo o un canino.
-No distingo los dientes por sus nombres...
-No hay problema, yo le enseño. Muchachos.
Otra vez contra la pared.
-Mire-dijo Serto, introduciendo de nuevo las tenazas en la boca-Esto es un incisivo.
El rehén gritó de dolor, pero no más que cuando Serto le enseñó lo que era un canino. La sangre chorreaba a mares, y tanto Serto como sus hombres tenían cuidado de no pisar el charco.
-¿Ya sabe lo que son los caninos y los incisivos?
-Ji...
-¿Prefiere seguir dibujando o me dice ya dónde está su amigo Manuel?-abrió los ojos mientras abría y cerraba las tenazas frente a su boca ensangrentada.
El rehén asintió, blanco de miedo, mientras Serto lo ponía de nuevo enfrente de la mesa.
-Bien, pues mire, sobre el mismo 'dibujo' que ha estado haciendo, pone la dirección donde pueda encontrarle. Usted se quedará aquí con Amit, Leo, Sacha y Rodrigo haciéndole compañía mientras yo voy a buscarle, y si Manuel no está ahí, se irá usted de aquí con un bonito collar que fabricaremos con su dentadura. ¿Ha quedado claro?
El rehén, aterrado, asintió dócilmente y escribió con temblores lo que se le había pedido. Nada más lo hubo escrito, Serto le arrebató el papel y examinó la dirección. 
-Barón, llama a Rodríguez para que venga a recogernos en el helicóptero. Nos vamos a Córdoba a buscar a nuestro amigo.

domingo, 30 de octubre de 2016

Cuando me monto una película

El título podría ser un poco largo, pero describe la esencia del texto perfectamente, creo... espero que disfrutéis esta pieza de absurdo recién salida del horno. Y no me juzguéis, pues imaginarse futuros con desconocidos es un juego muy común :).

Cuando me monto una película

De entre todos los millones de mujeres que hay en el mundo, yo me encuentro una, como era probable. La veo, ahí, con su pelo ondeando al compás del viento de mi corazón. Parpadea. Mi cerebro reproduce su parpadeo a cámara superlenta, como en las películas. Y ahí es cuando empieza a trabajar la industria cinematográfica de mi cerebro.
-A ver, ¿tenemos todo?-dice el director ya en el estudio.
Y la secretaria abre un cuaderno lleno de hojas muy apuradas y empieza a leer.
-Elementos imposiblemente románticos, idealización absurda de la información visual, niveles extremos de ingenuidad y desesperación, escenas sexuales con planos sugerentes en ningún caso reveladores...
-¿Está la idealización de uno mismo para creerse que en serio va a enamorarla?
La secretaria rebusca entre las líneas y asiente con la cabeza. Y el director se sienta en la silla y empieza a rodar.
'Se me ve a mí hablando con la chica, que se ríe todo el rato de lo que yo digo, porque soy el mejor comediante del mundo. Cuando no se está riendo, me mira con la sonrisa más estúpida que he visto en mi vida. De repente, se va a otra escena. Yo la miro sensualmente. Ella me mira sensualmente. Entonces la pantalla se funde en negro y se nos ve a los dos moviéndonos bajo una manta que solo deja ver nuestras cabezas peleándose..'
-Pero, esto no tiene sentido-dice el asistente de Coherencia y Verosimilitud- No tiene una casa que le permita tal intimidad. Es decir, en ese momento en el que están al tema, lo oirían sus padres, y si la cosa va bien, los vecinos. Qué vergüenza, por favor...
-Cierra la puta boca-gruñe el director-Es una fantasía imposible, podemos meter, puedo meter, todo lo que quiera. De hecho, lo voy a hacer ahora.
'Mientras los dos estamos copulando, rompe la pared un unicornio con un poncho morado y un sombrero mejicano con luces de Navidad, que se queda a observarnos.
-Creía que los unicornios no existían-dice ella.
-Lo siento, es una fantasía, el director puede hacer lo que quiera. 
En aquel instante, el unicornio intenta unirse, pero yo salto de la cama y me pongo a pelear con él a puñetazos, mientras ella asustada se cubre con la manta.
-¡No peleéis!-lloraba.
-Tengo que vencerle antes de que se me pase la erección, sería una tragedia que hubiese conseguido marcarme un home run para nada.'
-¡Esto no se lo cree nadie! ¡Es un enclenque que no puede abrir una botella!, ¿y va a pelear a puñetazos contra unicornios?
-Está bien-responde el director-Lo arreglamos.
'De repente, tengo una espada láser en las manos y le rebano la cabeza al unicornio. Su sangre de arcoiris se esparce por todo el suelo hasta traspasar la rendija de la puerta.
-No pienso fregar eso-se queja mi madre al otro lado.
-No le hagas caso, amor mío, sigamos a lo nuestro-digo yo yendo de nuevo a la cama con mi amada.
-Pero ¿es que no tienes vergüenza? ¡Tu madre está ahí, detrás de la puerta! No pienso hacerlo mientras esté ahí...
-Que no pasa nada, hombre.
-¡Sí que pasa!'
-Vaya, los guionistas también están realistas, ¿eh?-sisea el director. Ellos le miran asustados con los bolis temblando sobre el papel.
-Pero...
-Me la suda. Ahora yo soy el guionista y el director. Quedáis despedidos hasta la próxima película. Tú también, don esto no es creíble, que estorbas.
Los trabajadores mencionados cogen sus bártulos, se van, y el director continúa con su obra.
'-No, no pasa nada, porque mi madre está sorda.
-Pero antes...bah, podría discutir contigo sobre por qué esto es un surrealismo incoherente y absurdo y sobre por qué eres despreciable y nadie querría en su sano juicio acostarse contigo, pero, mira, es tu fantasía, así que tómame.
-Bieeeeen.
Y vino una larga noche de pasión, en la que el cadáver del unicornio olía cada vez peor pero a nadie le importaba porque por el hueco de la pared había entrado relente y ambos se habían resfriado y...'
-¡Eo! ¡Eo! ¡Hola!
Está riéndose, mientras me pasa la mano por delante de los ojos una y otra vez.
-¡Ah, sí, hola! Lo siento, estaba pensando en mis cosas...
Me sonríe.
-¿Cómo te llamas?-le pregunto.
-Paula, ¿y tú?
-¡Fantástico! Hemos fabricado una fantasía entera sin saber ni siquiera el nombre. ¡Muy bien!
-¡Hola! ¡Despierta!
-¡Dios! Lo siento, me he vuelto a distraer... Javier, me llamo Javier.
-¡Vaya! ¿Eres despistado, eh? ¿En qué estabas pensando?-ríe. De repente, algo vibra en su bolsillo. Saca el móvil y mira la pantalla-Lo siento, es mi novio, ahora seguimos hablando.
Se da media vuelta y se va a un sitio apartado, dejándome solo. 
-Si tenía novio, eso significa que... bueno, te estarías masturbando con un unicornio decapitado al lado mientras lloras por tu soledad.
-Que depresión de vida.
-¡Hey! Al menos es material.
-Pero la escritura no se puede amar como se ama a una mujer.
-Si te tomas las cosas en serio, acabarás deprimido.
-Es cierto. Ahí viene otra, llama a los que has echado, y esta vez, ¡curráoslo! De alguna manera tengo que pasar el tiempo.

domingo, 16 de octubre de 2016

El rey

Escribí esto en un rato corto, pero me quedé satisfecho... que os guste :).

El rey
El rey se despertó con hambre aquel domingo. Dio dos palmadas y apareció el primer mayordomo por la puerta.
-Jorge, tráigame el desayuno a la cama.
-Que te follen-respondió Jorge, y se fue.
El rey se quedó extrañado. ¿Qué era aquella falta de respeto? Salió de su real lecho, se vistió y fue a pedirle explicaciones al guardia que custodiaba su dormitorio.
-¿Qué diablos le pasa a Jorge?
El guardia lo miró de reojo, le escupió en la cara y, tras decirle 'Que te follen', se dio media vuelta y se fue. 
El rey deambuló por todo su castillo preguntando qué sucedía, pero siempre le respondían lo mismo. Ya harto y cansado de aquello, fue a consultar el tema con su mujer al jardín. Ella le daría respuestas. Pero cuando se acercó y presentó su pregunta, ella le miró con desdén y le dijo:
-Hemos decidido destituirte. Ahora yo soy el rey.
-¡Pero no puedes ser el rey! ¡Eres mujer!
-Qué machista. ¡Guardias!
Y vinieron unos guardias que le despojaron de sus ropajes, le propinaron una serena paliza y le echaron fuera de las murallas del castillo de una patada.
-¡Mirad al antiguo rey!-exclamaron los pueblerinos cuando le vieron.
Y le agarraron y lanzaron a una pocilga, donde todos, incluso los niños, le escupieron y arrojaron verduras podridas, y además, los cerdos intentaban morderle. Tras un rato, los pueblerinos lo sacaron del barro y, tras atarle una grande y pesada herradura al cuello, lo tiraron al río del pueblo, con tal mala fortuna que el rey cayó mal sobre un gran peñasco y se rompió una pierna. El monarca observaba cómo las aguas se llevaban su sangre en hilos cuando, de entre los árboles de la ribera, apareció un cazador con una escopeta que le atravesó el pecho con una horda de perdigones. El rey, humillado y doblado sobre la roca, pensó en su último respiro que quizás había sido demasiado cruel con su pueblo.

Y ahora, un bonus track. Este lo escribí inmediatamente después del anterior.
Antirreflejo
Javier fue al bajo y se miró en el espejo. Pero su imagen no era él. Tenía su cara, pero no sus ojeras, sus dientes amarillentos, su pelo sucio y revuelto, su piel demacrada, sus ojos enrojecidos... el Javier del espejo miraba al otro sonriendo, con traje y pajarita, y con elegancia, se calzó un par de guantes blancos de látex. Y el Javier de verdad, quieto y perplejo, contempló como su reflejo trajeado surgía del espejo para estrangularle.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Por qué me gusta escribir

Por qué me gusta escribir. Eso me preguntó una amiga (creo que es amiga, sí) cuando volvíamos juntos del colegio. Y yo me llené de emoción, porque entonces empezaría a hablar mi yo artista y no mi yo persona, que sin duda es mucho menos interesante que el otro. No me acuerdo exactamente de qué le respondí, pero ahora, frente al teclado, voy a contar por qué escribo.

Por qué me gusta escribir

No sabes a ciencia cierta por qué amas a una persona. Solo sabes que darías tu vida por ella si fuese necesario. Lo mismo es para mí escribir. No sé exactamente lo que me pasa dentro, pero sí sé que en mi interior un montón de historias e ideas fluyen y luchan por salir a la luz a través de mis manos. Escribir nos da a algunos un poder que sería inimaginable en nuestra vida real... escribir es calzarse por unos instantes las botas de Dios, y ponerse a crear personajes, situaciones, ¡mundos...! Tú eres Dios. Nada puede detenerte. Es tu mundo, y tú pones las reglas. Tú haces que esos personajes se amen, se detesten, se acaricien, se asesinen, se besen, se apuñalen. Si quieres, puedes maltratar a un personaje hasta los límites más extremos de su dignidad, o también puedes hacer que dos personas totalmente opuestas se amen, cuando quizás no lo harían en la vida real. ¡Pero da igual lo real cuando escribes! ¡No es real lo que escribes, únicamente está narrado, y ninguno de esos desgraciados personajes va a sufrir de verdad las odiseas que le hagas pasar! ¡Puedes hacerle lo que quieras, porque es el mundo de la ficción, y en este mundo no hay límites! El lector se convierte en un espectador divino que contempla las historias alejado de ellas, al igual que el escritor en un dios que , también distanciado de él, hace lo que quiere con su mundo. Esos mundos, pequeños refugios que solo existen en la mente, que pueden ensimismar a una persona, alejarla de la realidad... cuando levantas la cabeza de las líneas, vuelves a tu vida, pero mientras estás sumido en la magia de las palabras, todo cobra vida, sientes que realmente el universo que has creado, o que estás leyendo, cobra vida en tu mente. Y cuando después de un tiempo recuerdes el libro que has leído, será extraño, porque recordarás la historia como si hubiese sido real... escribo porque la literatura es una magnífica ocasión de poder, en la que uno puede disfrutar de ser el amo de sus propios universos de papel.






Dado que este es un tema bastante importante, debo destacar que esta opinión es la que tengo ahora, a 12 del 9 del 2016 anno domini, pero que supongo que dentro de unos años tendré otra. Al igual que cambio yo, cambiarán mis pensamientos, y... bah, seguro que me entendéis, que esta opinión es seguramente temporal, y punto. Espero que os haya gustado el texto :).

sábado, 10 de septiembre de 2016

Esta pizza es mi hijo

Esto es lo que sucede cuando un amigo y yo bromeamos sobre adoptar una pizza, y acto seguido, unos amigos me dicen que me van a presentar a una chica que dicen que va a venir de perlas. Uno de mis textos más locos, lamento la longitud, pero la historia lo pedía. ¡Disfrutadla!
Esta pizza es mi hijo
He conocido a una chica. Lo admito. ¿Cómo es posible, Javier?, me preguntaréis. ¿Tú? ¿Con una chica? Pues sí. Se llama Sara y el otro día me la presentaron un amigo y su novia. Quedamos en un sitio del centro, tomamos unos cafelitos y tal y la verdad es que Sara y yo nos caímos muy bien.
-Si ya lo decía yo, que esa iría bien con Javi...-decía Víctor.
-Es un poquito rara pero yo creo que conectaréis-decía su novia, Raquel.
Sara me dio su número. Y, cuando nos despedimos los cuatro y nadie me pudo ver, me puse a brincar por la calle y a juntar los talones en el aire. ¡Qué alegría! ¡Qué felicidad! Pero, amigos, hubiese sido necio de mi parte creer que el trabajo ya estaba hecho. No, no; ¡no se debe bajar la guardia! Debía seguir esforzándome. Tras unos días, le pregunté a Sara si podíamos quedar ella y yo a, no sé, dar una vuelta, o lo que ella quisiese. Ella aceptó, y además me dijo que tenía algo que decirme, con lo que ya me metió la curiosidad en el cuerpo. '¡Huy, huy!, ¿le gustaré?', '¡Huy, huy!, ¿le gustaré como amigo?'. Estuve reconcomiéndome por dentro toda la semana, hasta que el viernes, finalmente, quedamos en el sitio que ella había dicho, un tranquilo parque en la tranquila zona residencial en la que vivía. Nos vimos, nos saludamos, y entonces ella se puso muy seria y me dijo que tenía algo que decirme.
-Dispara, venga-le dije.
-Verás... quiero que seas el padre de mi hijo.
-¿Qué?
-¡Quiero que seas el padre de mi hijo! ¿No lo entiendes? ¿No eras tan inteligente, Javier?
-Sí, sí, claro que lo entiendo, y además das el perfil de una chica con la que me gustaría hacer bebés, pero, no sé, me parece extraño que nos acabemos de conocer y ya me estés pidiendo eso.
Ella se quedó pensativa, con el dedo índice en los labios, y de repente se le iluminaron los ojos.
-¡Ah, es que me has entendido mal! No te preocupes, el bebé está hecho. Lo único que yo quiero es que actúes de figura paterna.
-¡Pero bueno! ¿Es el que el responsable ha huido?
-Algo parecido... el niño se llama Alberto, ¿quieres que vayamos a visitarle, para que le conozcas?
-Muy bien-respondí yo, no del todo convencido.
Caminamos un rato por el parque hasta que llegamos a unos grandes arbustos muy tupidos. 'Hemos llegado', dijo.
-No me irás a decir que tienes un bebé ahí dentro.
-Shhh... no hables alto que le vas a despertar...-replicó ella en voz baja, mientras metía sus manos en el arbusto.
Movió un poco los brazos dentro del arbusto hasta que los detuvo. Con cuidado, los sacó poco a poco hasta sacar a la luz una porción de pizza que debía tener por lo menos varias semanas.
-Este es Alberto.
La miré.
-Esta pizza... ¿es tu hijo?
-Sí. Todavía recuerdo el día en que la pedí a Telepizza... fue el único superviviente de sus hermanos.
-¿Sus hermanos?
-Sí, todos estaban allí, juntos y en armonía: Jorge, Diana, Raquel, Javier, Luis, Natalia y Roberto. Alberto fue el único que sobrevivió al hambre de mis hermanos pequeños.
Nos quedamos un rato en silencio. Yo estaba flipando. Aquello parecía legit. Aquella bella muchacha realmente se creía que aquel trozo de pizza era su hijo, Alberto.
-¿Cuántos añ... cuántos meses tiene?
-Oh, has estado a punto de preguntar por los años pero en el último momento los has cambiado por meses, ¿eh? Pues siento decirte que te equivocas, Alberto tiene dos añitos.
Abrí mucho los ojos.
-¿Cómo demonios sigue aquí después de dos años? ¿Por qué no se ha descompuesto?
Ella me miró con asco y me dijo que si yo veía que los bebés de la gente se desintegraban. Yo le respondí que no, que crecían, se reproducían y morían, y Sara, orgullosa e indignada, dijo que el suyo también. Al parecer, había vacunado a 'Alberto' contra todas las enfermedades posibles que pudiese contraer.
-¿Qué enfermedades puede tener un trozo de pizza?-exclamé exasperado.
-¡Shhhhhh! ¡Que le vas a despertar!-alzó ella un momento la voz, para luego bajarla-Bueno, le he puesto raticidas, insecticidas, repelente para perros y gatos... básicamente protección contra cualquier bestia de ciudad.
-¿Y contra los humanos?
-Alberto, aunque pequeño, sabe imponerse y nadie se atreve a tocarle.
En efecto, el trozo de pizza ya estaba en las últimas, y ni siquiera un mendigo se atrevería a tocarlo. ¡Y cuánto menos a comerlo! Aquello era como juntar polonio, cianuro y cicuta, nadie podía salir vivo tras metérselo en la boca. Santo cielo, no podía estar con aquella loca un segundo más. ¿Os imagináis que también me quiere adoptar a mí y me baña en pesticidas? Le dije que tenía un asunto que atender y la abandoné, a su suerte, y con su hijo. No quería volverla a ver.
Pero la mente es fuerte, y la carne es débil. No sé por qué, pero de repente, sentía un extraño y fuerte afecto por Alberto. Estaba tan indefenso frente a este mundo tan cruel, era tan débil, tan mono... tras unas semanas de deliberación, volví a llamar a Sara y le dije que quería ser el padre de su hijo, a lo que respondió con efusivas palabras de felicidad. Volvimos a quedar, en el mismo parque donde quedamos unas semanas atrás. Nos besamos, con maniobra berbiquí, lo menos cinco minutos, y después de eso, comenzamos a caminar corriendo, pues estábamos anhelantes de ver de nuevo a nuestro hijo. Ella lo sacó y me lo tendió en las manos, con cuidado. Y entonces yo lo miré, con lágrimas en los ojos, y susurré:
-Hijo mío...
A partir de aquel día empezó una bella historia de amor entre yo, Sara y Alberto. Éramos una familia feliz, la familia perfecta. Alberto se vino al piso que Sara y yo compramos a los veintidós años... Llevábamos al pequeño al parque, lo sentábamos en los columpios y lo empujábamos, lo llevábamos a cenar (pero no a pizzerías porque hubiera sido una insensibilidad, y nosotros, unos malos padres), lo llevábamos a Disney World, en una bolsa de plástico hermética y siempre atado con una baby bag a uno de nosotros... y, mientras cuidábamos a nuestro hijo a lo largo de lo que fueron años, Sara y yo desarrollábamos una pasión incendiada entre nosotros. Pero la juventud pasó, y, a la edad de treinta años, ya éramos más maduros, y decidimos llevar a Alberto a la guardería, a que empezase su educación. Lo normal era entrar a los tres años y él ya tenía quince. Curiosamente, no aceptaron a nuestro primogénito en la guardería, por lo que Sara lloró amargamente sobre mi hombro durante una semana.
-¡¡Nunca será médico!!-gritaba entre sollozos.
Y yo le daba palmaditas en el hombro. ¡Sara, mi pobre Sara! Quise consolarla. No quedaban preservativos en el botiquín, y lo hicimos por primera vez sin protección (ella desde la primera vez había insistido mucho en ese tema). Y, como era de esperar, se quedó embarazada. Por un lado, ella no quería abortar, pero por otro lado, su verdadero hijo siempre sería Alberto. Decidimos. Tendríamos el bebé humano. Pasaron nueve meses, y nació una niña llorona y roja. Cuando trasladaron a la cría a este sitio del hospital donde tienen a los bebés en cubículos, como a los oficinistas, Sara me manifestó que había sentido deseos de comerse a la cría. Yo le dije que nunca había probado carne humana, y que decían que la de bebé era la más tierna. Pero, cuando iba a ir a casa para coger cuchillos y volver, en el pasillo de la planta de maternidad me golpeó una enfermera sin querer, porque el chaval a quien había dirigido el golpe se había agachado a tiempo, y me desmayé.
Cuando me desperté, lo primero que vi fue a Sara en una silla delante de mí, con una sonrisa tierna y en un brazo, Alberto, y en el otro, la chiquilla, que todavía no habíamos decidido el nombre, o si nos la íbamos a comer. Cuando le oí decirme que me había esperado para cocinar al bebé, y preguntarme cómo deberíamos hacerlo, si al pil-pil o al escabeche, de repente desperté. Los bebés no se comían. La pizza se comía. Se me reseteó el cerebro, y recuperé la cordura. Se lo comuniqué a Sara, que se enfadó conmigo, me gritó que me había vuelto loco y me tiró a la niña al regazo. Suerte que estaba envuelta y no le pasó nada... Sara dejó a Alberto en una mesilla, sobre un delicado pañuelo blanco, se puso frente a mi camilla y se puso a recitarme muy furiosamente las razones por las cuales yo era un imbécil insensible que había sugerido por un instante la idea de comernos a nuestro hijo.
-No, hombre, no... si está en mal estado desde hace quince años... lo que habría que hacer sería coger y tirarla, cariño...
Sara se enfureció todavía más y se desgañitó diciéndome que cómo se me había ocurrido semejante barbaridad. Y mientras ella lo decía, vi que una enfermera entraba en silencio en la habitación, cogía los objetos desechables, entre ellos Alberto, y se los llevaba. Como Sara estaba tan desquiciada y de espaldas a la puerta, no la vio, y cuando terminó de contarme su vida, se giró, se agitó con horror y gritó angustiosa:
-¡Mi niño! ¿Dónde está mi niño?
-Mira, mujer, lo cierto es que una pizza suele durar diez minutos y la nuestra duró quince años. Vivió feliz, déjala.
Pero ella no me hizo caso, salió a trompicones de la habitación y se puso a revolver todas las basuras del hospital, buscando a su hijo querido y clamando al cielo, pidiendo piedad. Según me contaron después, viendo que no encontraba a 'su hijo', subió corriendo por las escaleras al octavo piso y se arrojó al vacío. Tan conmocionada la había dejado la muerte de su hijo... Yo todo este rato había estado con mi niña, a la que decidí llamar María, como mi madre... y a partir de aquel día cuidé a aquella criaturita con todo el amor y el cariño que pude, porque aquella era mi verdadera hija, y no un trozo de pizza malgastado por el tiempo. Cuando creció y me preguntó por su mamá, le dije que se había ido y que no volvería jamás. Y cuando creció todavía más, me preguntó por qué nunca tomábamos pizza. Tenía edad de saberlo, y le dije: 'María, hija mía, siéntate. Te voy a contar una larga historia'.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La friendzone

Acabo de ver 'Pagafantas', de Eduardo Cobeaga. Ha llegado el momento, he pensado, de que salga a la luz...
La friendzone
SARA LAGOS: Buenas tardes, queridos oyentes, aquí estamos, en Radio Sara, con nuestro invitado especial de hoy, Alfredo Casas, experto en fracasos amorosos. Hoy hablaremos de la friendzone. Buenas tardes, Alfredo.
ALFREDO CASAS: Hola, Sara, qué tal estás.
SARA: ¡Pues muy bien! Ahora dime, ¿cómo te hiciste experto en fracasos amorosos?
ALFREDO: Pues no es nada fácil. Lo primero, que hay que ser rematadamente imbécil, no tener instinto y luego elegir siempre a la mujer equivocada.
SARA: ¡Vaya! ¿Y cuántas veces has fracasado en el amor?
ALFREDO: Tantas como hijos le dijo Dios a Abraham que tendría.
SARA: Parece un número alto.
ALFREDO: No te creas, siendo constante, todo se consigue.
SARA: Bueno...
ALFREDO: Ya, ya, lo sé, también se pueden conseguir órdenes de alejamiento, pero no he llegado a ese extremo casi nunca.
SARA: En fin, dejemos de hablar de ti, y empecemos a hablar del tema que nos ocupa. ¿Qué es la friendzone?
ALFREDO: (Suspira) Pues la verdad, Sara, es que es un concepto terrible que afecta a ambos sexos, principalmente a hombres, que consiste en que la persona deseada solo nos quiere como amigos. Esto se puede ver determinado por factores de físico, o de la personalidad, o de ambos.
SARA: Parece doloroso.
ALFREDO: Lo es.
SARA: Y dime, ¿podrías ponerme algún ejemplo de manifestación de la friendzone?
ALFREDO: Pues verás, es como cuando el chico le dice a la chica "Te amo" y la chica le dice "Gracias".
SARA: ¡Vaya! Parece algo terriblemente doloroso. ¿Tú te has visto alguna vez en la friendzone?
ALFREDO: Si no lo hubiera hecho, no sería experto en fracasos amorosos, ¿no crees? (ríe)
SARA: Cierto... y dime, ¿qué se puede hacer para entrar en la friendzone?
ALFREDO: La friendzone es una zona a la que entramos habitualmente con la mayoría de las personas de nuestro entorno... el problema está cuando entramos en la friendzone de la persona que nos gusta. Entonces, Houston, tenemos un problema... para entrar en la friendzone, lo único que hay que hacer es ser amigable y, sobre todo, no coquetear bajo ningún concepto.
SARA: Parece fácil caer en la friendzone, ¿cómo se puede evitar?
ALFREDO: Bueno. Sobre todo, coquetea. Y muestra tus intenciones claramente, con miradas, gestos, posiciones corporales, palabras... todo cuenta, a la hora de evitar ser atrapado en la friendzone.
SARA: ¿Qué recomendarías a alguien que se quiere mantener alejado de la friendzone?
ALFREDO: Lo acabo de decir.
SARA: Cierto. Y dime; esta es una pregunta que les interesa mucho a nuestros oyentes. ¿Es posible salir de la friendzone?
ALFREDO: Pocos lo han conseguido... en mi campo de estudio, los seres humanos que salen de la friendzone son excepcionales. Tanto, que en la carrera nos aprendemos todos los casos de las personas que han conseguido esta hazaña. No son demasiados, créeme.
SARA: ¡Te creo, te creo! (Ríe) En fin, creo que ha sido suficiente por hoy, y creo que hemos comprendido bastante bien el concepto de la friendzone: un pozo del que es casi imposible salir.
ALFREDO: Exacto. (Tras un instante de silencio) Oye, Sara, me pareces una mujer excepcional, es decir, mira tu chaqueta, rebosas belleza.
SARA (extrañada): Sí...
ALFREDO: ¿Quieres ser mi novia? Me he enamorado de ti nada más verte.
SARA: Pero qué me estás contando.
ALFREDO: Tus cabellos son como oro bruñido, tu tez cual plumas de cisne, tus ojos cual zafiros de coral...
SARA: Estás delirando. ¡Seguridad!
ALFREDO: ¡No! ¡No! ¡No me hagas esto! ¡Yo te amo!
(Entra SEGURATA:)
SEGURATA: ¿Qué pasa?
SARA: Eche a este hombre, se está propasando.
ALFREDO: ¡Amigo! Solo estoy expresando mi amor como lo haría cualquier imbécil de a pie que se precie.
SARA: Échelo a patadas.
SEGURATA arrastra a ALFREDO fuera de la sala.
ALFREDO (antes de desaparecer por la puerta, llorando lo más trágica y ridículamente posible)¡¡Yo te amaba, Sara!! ¡¡Yo te amaba!!
SEGURATA: ¡Que te vayas a hacer gárgaras con lejía, hombre ya!
SEGURATA y ALFREDO se han ido.
SARA: (mueca de asco) Buej. A ese no lo quiero ni como amigo. Ya le gustaría a ese siquiera estar en mi friendzone.
FIN

viernes, 26 de agosto de 2016

Aventuras de Insta

Este texto está recién salido del horno, espero que lo disfrutéis y que os haga pensar :). Natalia, si lees esto, déjame comentario por favor :^).
Aventuras de Insta
Estaba yo el otro día a las dos de la madrugada, solo, a oscuras y en el sofá, y por hacer algo antes de dormir, le pregunté a una amiga los detalles de una quedada por Whatsapp. Me respondió, la respondí, no se qué no se cuál… una cosa llevó a la otra y acabé abriendo Instagram. ¿Cuántas veces nos ha pasado irnos por las ramas con el móvil? Todo iba normal, cuando de repente vi que tenía un nuevo seguidor. ‘¡Oh Dios santo!’, pensé, ‘¡quién será!’. Era una chica de mi colegio. ¡Increíble! Al instante me puse a sonreír como un imbécil y a pensar que tenía amigos. Me emocioné, sí, y empecé a darle a seguir a varios de la lista esta de recomendaciones. ¡Y entonces una amiga de la infancia, Natalia, me aceptó! Increíble, increíble, lo que os decía. ¡Y en aquel momento, cuando ya la cosa parecía inmejorable, me aceptó otro! Nada, nada, yo ya estaba más arriba que la madre. Y en este extraño y patético estado de ilusión social, me puse a mirar el perfil de Natalia, hasta que vi una foto en la que salía ella con su anorak color crema , con su pelo liso (psché, mejor le estaba rizado) y una sonrisa juvenil muy abierta que cantaba, gritaba, una sola palabra: postureo. Y debajo de la fotito había una frasecita: ‘Cualquier preponderancia de la fantasía sobre la razón es un grado de locura’. ¡Toma ya! ¡Qué grande! ¡Qué filósofa! Y yo, como cuando me tocan los temas de ficción es algo personal, sentí la urgente necesidad de completarle la frase en un comentario: ‘Puede ser una forma de evadirse, o si puedes, de luchar’. ¡Toma ya! Yo también un grande. Pero este pensamiento comenzó a desvanecerse en apenas un segundo, y a ser reemplazado por el de que yo era, más que grande, un payaso. Consciente de ello, le puse otro comentario: ‘@notgonnatellyea Lo siento me pedía el cuerpo terminar la frase’ y el emoticono este que está llorando de risa. ‘Tu comentario se ha enviado como mensaje directo a @notgonnatellyea’ Apagué el móvil. Pasó un buen rato. Mis remordimientos aumentaban. Miré el móvil. Lo encendí y borré el primer comentario. Pero cuando deslicé la pantalla para ver el segundo…
-¡Mierda! ¡Mierda!-susurré desesperado-¿Dónde está?

Miré la conversación con Natalia, adonde se suponía que debía haber ido el ‘mensaje directo’. Allí tampoco estaba. ¡Qué horror! No solo era embarazoso haberle mandado mensajes: ahora que el primero no estaba, el segundo estaba totalmente fuera de contexto y se podía pensar que era un psicótico. ¡Qué situación! ¡Qué aventura! ¿El Indiana Jones este qué me va a contar a mí de riesgo y peligro? ¡Que se haga cuenta en Instagram y verá lo que…! En fin... tras unos minutos de intenso runrún, decidí pasar del tema. Y me quedé muy pensativo, no creáis. Y no por lo de la ficción, ¿eh? Más bien por el hecho de haberme preocupado tanto por una tontería así... ¡Chicos, chicos! ¿Qué nos pasa? Las discusiones de pareja se han vuelto en competiciones por Whatsapp a ver quién responde más tarde, darle like a una foto antigua de quien te gusta resulta impensable y hay gente que se dedica a coleccionar amigos en Facebook. La cosa esta que me pasó con el Instagram de Natalia me hizo tener estas reflexiones. Deberíamos dejarnos de tanta tontería y empezar a restarle importancia a las redes sociales, pues no la merecen tanto. ¿Podrá un like compararse algún día con dos personas que conocen lo que hacen al darse la mano en silencio? ¿Podrá el orgullo de no responderle al otro en un día fragmentar poco a poco una relación que merece la pena? Desengañémonos: no pongamos tanto empeño en una vida virtual que unos desconocidos manipularán a su antojo cuando estemos muertos, y esforcémonos en vivir una vida tangible que nos llene el corazón de felicidad. Cantemos, abracemos a nuestros amigos, besemos a esa persona que nos gusta, luchemos de verdad por nuestros sueños. Vive. Levanta la vista y las preocupaciones de una pantalla, de una etérea vida virtual, y déjate envolver por la vida real.

sábado, 20 de agosto de 2016

Atraco a misa

Una historia que no me podía quitar de la cabeza, y que creo que he desarrollado bastante a mi gusto. No obstante, cuando la encaje donde debe estar la haré mejor :). Espero que os guste esta historia de cobardía, crimen y sentimiento anticlerical. Que no quiere decir que a mí no me guste la Iglesia. Pero, demonios, me lo he pasado de miedo al escribir esto. ¡Disfrutadlo!
Atraco a misa
-Chavales, ¿cuánto dinero tenemos?
Esta pregunta del conductor Zeta puso en una situación incómoda a Luis y a Manuel. Se habían separado del resto del grupo de peregrinación para volver a casa, habían robado un coche y tenían rumbo a Madrid, pero se les había olvidado ese detalle insignificante que es el dinero. Luis, sudoroso, hizo cuentas. Entre los tres fugitivos, reunían nada más y nada menos que cuatro euros veinte.
-Snoop Dogg nos proteja-dijo Zeta, levantando un instante los ojos hacia el cielo.
-Mira el volante, mira el volante, amigo Zeta, que yo tengo una novela que escribir.-le regañó Manuel.
-Y yo... yo...-¡pobre Luis! No tenía nada en la vida por lo que mereciese la pena vivir-Yo me he dejado el lenguado en el horno y se me va a quemar.
Los otros dos fruncieron las caras y callaron. Habían salido hacía tres días de Madrid, de haber sido verdad eso que Luis decía su casa ya estaría en un incendio. 'Lástima que él no esté dentro', pensó Manuel, que creía que era cierto lo del lenguado. Zeta, resistiéndose a rumiar esto, volvió a concentrarse en la carretera y preguntó que cómo harían para conseguir un poquillo de dinero, que ya le venían entrando desde hace un rato ganas de llenar las arcas.
-¿Algún sitio se os ocurre donde podamos conseguir dinero rápida y fácilmente?
-En un prostíbulo-apuntó Luis.
-¡No seas tontopán, Luis! Está demasiado sucio y no sabemos cuando nos vamos a volver a duchar... Venga, venga, tiene que haber alguna cosa para sacar pasta...-rechinó los dientes Manuel.
-¿Un restaurante italiano? Pero, claro, para eso necesitarías pasta y... un momento. ¿Pasta para conseguir pasta? Por otra parte podríamos robarles la pasta y luego vendérsela, y así obtendríamos pasta, pero ¡ah, claro!, con esa pasta comeríamos pasta en el mismo restaurante y... ¿me entendéis, no?
-Sí, claro-respondió Manuel aburrido-Es una cuestión de pasta.
-Yo soy celiaco, chicos, ¿no podemos comer en una marisquería?-dijo Zeta.
-Pero para eso necesitaríamos pasta.-respondió Luis-Todo apunta a que tenemos que comer en un italiano para conseguir dinero. Con el que pagar la pasta, por cierto. Todo tiene sentido, tío.
Manuel y Zeta no querían meditar sobre temas tan triviales. Callaron y se pusieron a mirar el paisaje leonés. Amarillo, naranja. Algún ocre. Más seco que sus bolsillos. Así iban, taciturnos y apenados y hambrientos por la vida, cuando entraron en un pueblo, del que no puedo decir el nombre porque pasaron muy rápido y no pude ver el cartel. De repente, Zeta dio un frenazo en seco. 
-¿Qué pasa? ¿Por qué te paras, amigo Zeta?-preguntó Manuel.
Zeta señaló con la cabeza al edificio frente al que se había parado. Una iglesia.
-No estarás pensando...
Zeta asintió.
-¡La Iglesia nos ha estado robando durante siglos al vulgo! Es hora de que nos tomemos la revancha por todos esos proletarios que sufrieron en la Edad Media. Además, me he parado porque son las ocho y habrá misa.Y en la misa hay cestillo. ¿O no?
Los tres se miraron. La idea de Zeta era tentadora. Cincuenta, cien euros, podían llevarse a la saca. Y sin violencia. Un robo de guante blanco. Luis abrió su mochila, sacó el estuche rectangular donde tenía su colección de guantes y sacó el blanco, que se enfundó en la mano con gesto de cirujano.
-Contad conmigo, tío.
Manuel dijo que aquello era documentación para su novela de pasión adolescentil y que venga, que viva la parranda y los jolgorios criminales, que el también.
-Pues a ver, el plan es sencillo. Mi mente privilegiada lo acaba de trazar ahora mismo-se hizo el interesante Zeta-Vosotros entráis, os ofrecéis a lo del cestillo...
-¿Y si no nos coge el cura?
-Pues insistís, Luis hijo mío de mi vida y de mi alma. Entonces cuando acabéis de pasar el cestillo por todo el pasillo y estéis lo más cerca posible de la puerta, sin recorrer el otro pasillo que os hayáis dejado, porque como bien sabréis hay dos pa' dentro y dos pa' fuera, echáis a correr y venís aquí, donde yo os estaré esperando en el Toyota. Y huiremos, raudos y veloces, por la estepa española, sin que le de tiempo a nadie de llamar a la policía.
-Bueno, ya sé yo que no está bien sacar el móvil en la Iglesia, pero si les atracan digo yo que se podrá hacer una excepción. Digo yo.
-Queee te calles Luis. Pesao. Ahora entrad ahí ¡y desvalijadles!
Luis receló un poco de hacer caso a la agresividad de Zeta, pues ponía en duda su liderazgo, pero decidió salirse del coche. Según las ordenes que Manuel le dio con la mano, le abrió la puerta, y ambos fueron campantes hacia el templo. Una vez en la boca del lobo se dirigieron hacia el cura, que estaba a punto de empezar la ceremonia y Manuel, pomposo y flamante como siempre, le dijo que quería pasar el cestillo junto a su amigo.
-Pero ya hay gente para eso, hermano-respondió el cura, un heptagenario con melena, rasgos cubanos y una voz anciana y quebrada pero muy salerosa.
-Verá-dijo Manuel, acercándosele al oído, sin que pudiese oír Luis-es que mi amigo aquí, se está muriendo de...-'¡Oh, cerebro mío, prodigio de la naturaleza, no me falles ahora!'-de hemorroides...
-No sabía que se podía morir de hemorroides, hermano-dijo el cura.
-Sigual, padre, ya sabe usted que con la ayuda del señor-alzó los brazos-tutto e posible. El caso es que le quedan dos, qué digo, ¡una! semana de vida y antes de tocar madera, entre cosas como hacer paracaidismo, wingfly, perder la virginidad honorosamente o ser respetado, pues quiere pasar el cestillo con su mejor amigo, que soy yo. Y es que además, padre, mírele, si es que le hace mucha ilusión al chiquillo.
El cura miró a Luis, que sonrió con sus dientecillos mellados y sus ojos que, sin ser bizcos, lo parecían. Eran un par de desgraciados, sobre todo el amigo, que le hablaba de la vida sexual del casi difunto, pero la misericordia del Señor es infinita, así que les dijo que se sentasen al lado del altar y que ya les avisaría cuando llegase su momento estelar. Así lo hicieron los dos. E incluso se propusieron escuchar al padre mientras oficiaba la misa. Eso era lo menos que podían hacer, cuando pensaban hacer lo que iban a hacer.
-En el nombre del Padre, del...
No pudieron. Pusieron el piloto automático, esto es, más rectos en el asiento que un palo y con cara de estar escuchando, hasta que así muy de improviso llegó el cura a decirles que pasasen el cestillo, que estaba en aquella mesa y que al terminar de pasarlo pues que lo dejasen en esa misma mesa. Los dos amigos cogieron sendos cestillos y empezaron a pasearse por los pasillos, blandiéndolos, ofreciendo a las gentes una buena obra que hacer. ¡Monedas de uno, dos euros! ¡Billetes de cinco, diez euros! A Luis se le salían los ojos. A Manuel no, que era aquello calderilla, pero bueno, taba bien. Y, al llegar al final del pasillo, nuestro escritor se resignó a acabar el trabajo con solo ciento y pico euros. Fue rápido a Luis y le susurró:
-Cambio de planes. Tú sígueme el rollo.
-Pero...
-Ni peras ni manzanas, cazurruelo berzotil. Haz lo que yo te diga.
Acto seguido, y sin darle a Luis tiempo a responder, Manuel volvió junto al altar, sonriendo mucho a todos los parroquianos, como disimulando, y fue a depositar el cestillo en la mesa.
-Pero, hermano, te queda otro pasillo-le dijo el cura.
Manuel, fingiendo fatal, le dijo que ¡oh, es cierto, qué despiste el mío que no me he dado cuenta! y se fue por el pasillo interior a seguir recaudando. Lo que ya dejó al cura de piedra fue cuando Luis hizo exactamente lo mismo.
-Pero bueno, ¿no has visto a tu amigo, que ha cometido el mismo error?
-Lo siento, lo siento, es que como él todo lo hace tan bien...
-No pasa nada, tranquilo, pero termina de pasar el cestillo, por favor, que es que te queda un pasillo.
-No me tome usted por tonto, padre, ¿eh?-replicó Luis, ya yendo a su tarea.
El cura se santiguó. 'No me tome usted por tonto'. 'Dios Santo', pensó, '¿entonces qué hago, Señor? ¿Lo tomo por imbécil?'. Y mientras el sacerdote se hacía preguntas sobre el coeficiente intelectual de las personas, los objetos de su preocupación tenían entre los dos en torno a cuatrocientos euros. Y cuando estuvieron los dos de nuevo al fondo del pasillo, murmurando, para nada sospechosamente (nadie se giró ni nada), acordaron que ya debían ahuecar el ala. Ya estaban a punto de dar el primer paso, cuando Luis dijo un momento, se giró hacia los fieles y gritó:
-¡Esto es un atraco! ¡Pium, pium!
-Mierda, mierda, Johnny, ¡nos van a pillar!-se lamentó en susurros Manuel- ¡Aprisa, zoquete, larguémonos de aquí!
Y los dos se dieron a la fuga como caballos tras un largo cautiverio. No hizo falta, porque ni los bastones ni andadores ni el cura se movieron un pelo, pero bueno, ellos se lo pasaban bien y eso era lo que importaba. Salieron dando trompicones y pegando un salto de película se metieron los dos en el coche, donde los esperaba Zeta con un calcetín blanco en la cabeza.
-¿Cuánto tenéis?
-¡Mucho!-respondió Luis con voz llena de avaricia.
-¿Podrás conducir con eso? ¿Ves bien?-le preguntó Manuel-Si además está usado. Vuelve a ponértelo en el pie, amigo Zeta.
Zeta se despidió de su rostro de fuera de la ley y se volvió a poner el calcetín. Hizo un amago de ponerse la deportiva, pero Manuel se lo impidió, gritándole, ¡arranca, arranca! Así lo hizo el Caracalcetín, y emprendieron la huída en coche. 
Mientras tanto, en la iglesia, todos los ancianos se reunían en torno a la única que tenía móvil, que tecleaba en su Nokia lo más rápido posible, que venía a ser una tecla cada veinte segundos. El cura, que si no había llamado era porque su móvil se había quedado sin batería, se hartó de tanta parsimonia, se abrió paso entre la multitud y le arrebató el móvil.
-Que no tenemos todo el día, traiga para acá, doña Carmen.
Doña Carmen se resistía a darle el aparato y forcejearon, 67 contra 72. Fue una batalla impresionante, digna de ser contada por Virgilio, en la que ganó el cura y vio en la pantalla que el número que había estado marcando doña Carmen no era el de la policía.
-¡Dame paciencia, Señor! ¿A qué número estaba llamando usted?
-Pues a cuál va a ser, al de mi casa, para que llamasen a la policía.-respondió ella con su voz débil y entrecortada de ancianita.
El cura mantuvo la calma y tecleó el 911 en un abrir y cerrar de ojos de don Pedro Gutiérrez, que venía a ser unos once segundos tres décimas.
-¿Sí? ¿Hola, policía? Sí. Llamaba porque unos gamberros se han llevado el cestillo. ¿Cómo que qué quieres que le haga? ¡Id tras ellos, panda vagos!
Y, furioso, apretó la tecla roja, con tanta fuerza que gritó y no se pudo oír como crujía su pulgar lenta y dolorosamente. Y el policía que había atendido la llamada de repente le entraron unas ganas locas de entrar al baño, y... mira, no tenéis por qué saber esto. Lo importante es que Manuel, Zeta y Luis iban por la carretera con cuatrocientos euros en metálico sin nadie que se lo impidiese.
-¡Yuju! ¡Somos ricos! ¡Ricos!-cantaba Zeta.
-Pero, ¿esto no es ilegal?-preguntó Luis.
-¡Calla, Luis!-gritó Manuel, para un instante después bajar el tono sensual y cinematográficamente-Ahora somos forajidos.

martes, 9 de agosto de 2016

Aventura del Metro II

Ahí va la segunda parte de esta historia extraña y entrañable. El final no me convence del todo, pero Dios me dé vida larga para corregirlo cuando se me ocurra uno mejor. ¡Disfrutadla! :^)
Aventura del Metro II
Inteligentemente, nuestro escritor picó por Fernando, el cual gritó del dolor al ser arrojado por el torno de cabeza al suelo. La encargada salió de la cabinita, abandonando el Candy Crush por un momento, y le gritó a Manuel que si le pasaba algo. Él contestó que se encontraba perfectamente. La encargada se resistió a enfadarse y se centró en ayudar al pobre Fernando, que, aunque dolorido, dijo que se encontraba bien. Lo que tiene, ser un cabeza dura.
-Lamento muchísimo este pequeño accidente.-se disculpó Manuel con inusual humildad, juntando las manos y haciendo una venia.
-No pasa nada, hombre, estoy bien.
Tras este pequeño incidente, tras el cual la encargada volvió al juego, los dos amigos empezaron la travesía por las escaleras mecánicas. Se pusieron enfrente de las tres secciones, la de para abajo, la normal, y la de para arriba y Manuel le invitó a que se fuese con él a bajar por la de la izquierda. Fernando, por supuesto, rehusó, y hubo que bajar todas las escaleras mecánicas en sentido contrario. Más de uno se quejó, pero la encargada no oyó nada ni vio nada en las cámaras, estaba bien con el móvil. Cuando Manuel y Fernando llegaron, al fin abajo, jadeando los dos, Manuel señaló una dirección y el otro, sin pensar, le siguió. Así, llegaron al andén. Pero en cuanto vieron que era el andén de enfrente el que tenía la dirección que ellos querían, Manuel le dijo a su amigo que venga, que diesen la vuelta para cambiarse bien de andén, a lo que Fernando respondió:
-¡A mí la sociedad no me dice cómo tengo que cambiarme de andén!
Pero Manuel ya no le escuchaba, estaba ensimismado observando la anatomía de una buena dama que anunciaba moda de verano para la playa en un gran cartel de dos por tres metros que estaba detrás de ellos. Viendo que su amigo no le detendría, como solía hacer siempre la gente que iba con él, Fernando, con tiento y con cuidado, se bajó a las vías, con tan mala fortuna que se pisó los cordones y cayó al suelo.
-¡Hay alguien en la vía!-gritó una niña de cuatro años.
-¡Levántate! ¡Levántate, Dios, hijo que viene el tren!-gritó sofocada una señora de avanzada edad, regordeta y pelinaranja del bote.
En efecto, el crchiiiiii eléctrico del tren se acercaba más y más. Fernando hizo por levantarse, pero el cordón se había metido por no sé dónde y no podía, ¡no podía! A todo esto, Manuel estaba ensimismado en un par de razones de peso y no oía los gritos que la gente daba, pidiendo al conductor desesperadamente que parase. Pero el hombre tampoco podía oír, porque estaba escuchando con auriculares estereofónicos ‘TV theme’, de la banda americana ‘Trainwreck’. Cerraba los ojos, pues los años de experiencia le habían llevado a saberse los controles del tren de memoria, mientras sacudía la cabeza atrás y adelante y cantaba:
-Wanna get witcha girl, I wanna get witchu, let me get witcha girl, I wanna get witch…
No pudo terminar el verso pues de repente notó una sacudida. Mientras la gente gritaba horrendamente, la cabina de mando se transformó en brocha y pintó de rojo varios metros de la vía. Y, aunque los trozos mal triturados de carne (las ruedas actuaron como auténticas máquinas de cortar) dificultaron un poco al principio la parada del tren, no hubo problema, pues al final no hubo descarrilamiento ni ningún problema. Cuando el conductor se quitó los auriculares y oyó a toda esa gente gritando y señalando enfrente del tren, se inclinó por encima del panel de control y su estómago desalojó el desayuno.
-Santo Cielo, por favor, creí que era el domingo cuando me iba a ir de caza… habrá que llamar a la central…
Mientras todo esto sucedía, Manuel al final tuvo que reconocer que había ruido alrededor y se giró. ¡Qué sorpresa, cuando vio a todos chillando a grito pelado! Ninguno de esos gritones había estado nunca en un coro, bien que se notaba. También se preguntó que dónde estaría su amigo, que lo había perdido de vista. Y, oye, ¿de dónde salía ese kétchup? Le había manchado la pernera del pantalón. Algún descuidado, que habría tenido la indecencia de dejar gotear la hamburguesa en aquella zona sagrada que era su cuerpo. Manuel llamó a Fernando, que no lo cogió.
-Qué extraño-dijo Manuel, sin casi poder oírse entre la algarabía.-No me coge.
Decidió ignorar a su amigo, que ya estaba un poquito hasta los ayer casi desmenuzados de él, y cambió de andén. Según el protocolo general del metro, cuando sucedían este tipo de accidentes el tren ‘agresor’ (por así decirlo) se quedaba en su sitio, hasta que viniesen el forense y su panda a retirar el cadáver. Sin embargo, el otro tren, si no se habían visto perjudicadas sus vías, que era el caso, podía continuar su itinerario sin ningún problema. Manuel ignoraba todo esto, pero no se apercibió de ninguna anormalidad, ya que con toda naturalidad él cambió solito de andén y esperó tranquilamente un par de minutos al tren, al que se subió, y que no tardó en ponerse en marcha. Nada más salir, Manuel vio algo de pasada en las vías. No lo había podido distinguir muy bien. ‘Jesús’, pensó, ‘cómo se le habrá podido caer todo ese kétchup’.

domingo, 24 de julio de 2016

Aventura del Metro I



Vi que el ultimo fragmento de este proyecto tuvo bastante 'exito' (no tengo tildes en este ordenador), asi que os traigo otro. Esta vez partido en dos, para que dure mas :). La segunda parte sera la siguiente entrada. Y solo digo que habra ketchup...
Aventura del Metro I
Al día siguiente, queridos lectores, resultó, por las leyes de la lógica, ser viernes. Amaneció tempranito, a eso de las seis. Manuel, que había pasado toda la noche en el suelo, ya sentía el dolor aliviado y tuvo fuerzas para levantarse, bajar las persianas, desnudarse y tenderse en la cama. Bocarriba, en vela, con los ojos abiertos, pensó en preparar el actimel pensando, a pesar de lo sucedido, en Gabriela, pero el dolor en los dolidos era tal que la idea no tardó en irse con el rabo entre las piernas. Que no él, que dolería. Manuel intentó dormir, pero no podía. En esta posición que dije hace algunas líneas que adoptó, reflexionó sobre lo que había pasado con Gabriela. ¿Cómo había podido hacerle subterfugio semejante, con lo inteligente y entendido que él era? ¿Cómo había podido? ¿¿Cómo?? Manuel, al ser esta pregunta de naturaleza incongruente, resolvió no intentar resolverla, y llegó simplemente a la conclusión de que efectivamente, tendría que cerrar su agraciada boca si no quería que viniesen unos tipos a hacerlo. Intentó dormir, de nuevo. ¡Pero no podía! A las ocho de la mañana, ya habiéndose revolcado bastante en su sudor, cedió a su cuerpo, que le pedía movimiento, y se levantó para prepararse para lo de las nueve. Se duchó, se desodorizó, se vistió con ropa limpia, que ya no quedaba casi ninguna (qué suerte que aquel día venía la de la limpieza), desayunó cutremente leche con dos madalenas, como cualquier español por la mañana al que le da pereza ir más allá del microondas, y partió hacia la estación Properral, a la entrada de la cual esperaba Fernando con ropa, también limpia, aunque por supuesto, menos elegante que la de Manuel: un polo negro, unos pantalones vaqueros y unas deportivas frente al magnífico atuendo de Manuel: camiseta con capucha, pantalones de pana y unas chanclas. Más de uno se pasaría de modisto a asesino, seguramente. Nuestro buen escritor, por ser cortés, le preguntó a Fernando que qué tal le iba la vida, mientras bajaban las escaleras.
-Pues muy bien la verdad. Últimamente detecto que me estoy esforzando más que nunca en la lucha contra la oscura presión de la sociedad, a la que odio profundamente.
Manuel le iba a preguntar que en qué consistía esa lucha que él daba a entender como feroz y apasionante, pero se detuvo al ver que, cuando él entraba por la puerta de entrada, él lo hacía por la de salida. ‘Bueno, no será para tanto’. Al sacar el billete de metro, en las máquinas estas que les dices que vas a un sitio cuando en realidad vas a otro para que te cueste menos, el buen Fernando no hizo sino decirle al trasto que iba a la línea doce, y a la estación más alejada posible de la línea seis. Manuel le dijo que para qué hacía eso, que le iba a salir más caro.
-La sociedad a mí no me tiene que decir como compro yo mis billetes.
Dicho esto, sacó su monedero y empezó a sacar y a meter en la ranura monedas de cinco céntimos. El importe total ascendía a dos euros treinta, así que se tiraron un buen rato. Manuel intentó acuciarle, pero la terquedad de Fernando le obligó a arrêter. Manuel comprendía ya qué le había querido decir Ignacio la noche anterior… Cuando se terminó la operación, Fernando cogió su billete de una manera normal y Manuel hizo la misma transacción, aunque más barata y más rápido. Sí, amigos míos: entre las cosas que Manuel sabía hacer, era gestionar los gastos de transporte público. Hechas todas estas cosas, fueron a los tornos. Manuel picó, burrubuzú burrubuzú pi-pí, y esperó a que su amigo hiciese lo mismo. Este le dijo que no pensaba picar, tal y como le dictaba la sociedad, y que se saltaría el torno.
-Pero ganapán, si ya has pagado, desgraciao.-rió Manuel, nervioso.
-Que no, que no, que la sociedad no me dice a mí cómo tengo que acceder al metro.
Así, se dispuso a saltarse el torno. Espera… ¿qué está haciendo? Oh Dios mío, queridos lectores. ¿Cómo se puede ser tan…? Fernando intentó saltarse el torno, pero por debajo, así que tras escasos segundos estaba retorcido y atrapado entre los tres palos.
-Perdón, señor, ¿qué está haciendo?-dijo a esto la encargado de la estación, que venía observando a ese par desde que entraron.
-Saltar el torno, ¿no lo ve, funcionaria de las masas?-gruñó Fernando.
-Creí que se saltaba por arriba. Al menos, según la RAE.
-¡A mí nadie me dice para dónde se salta! ¡Salto para donde a mí me dé la gana!
-No se preocupe, buen hombre, yo pagaré su viaje para que todo sea legal.-alzó el tono, afable, Manuel.
Inteligentemente, nuestro escritor picó por Fernando, el cual gritó del dolor al ser arrojado por el torno de cabeza al suelo. La encargada salió de la cabinita, abandonando el Candy Crush por un momento, y le gritó a Manuel que si le pasaba algo. Él contestó que se encontraba perfectamente. La encargada se resistió a enfadarse y se centró en ayudar al pobre Fernando, que, aunque dolorido, dijo que se encontraba bien. Lo que tiene, ser un cabeza dura.