domingo, 26 de febrero de 2017

La pastilla mágica

¡Este texto tiene truco! ¿Podréis sacárselo? Comedia absurdofilosófica, espero sacaros una sonrisa y una reflexión.
La pastilla mágica

-Una vez se tome esta pastilla, ya no será ciego.
-Si yo tengo la vista perfectamente.
Aquel vendedor a domicilio mostraba en su maletín abierto de par en par una solitaria blanca pastilla brillante. A quién se le ocurría llamar un domingo por la tarde. Con lo bien que estaba yo viendo la tele.
-¡Da igual! Esta pastilla le reportará inmensos beneficios. Compre. Compre.
-Que no compro, que no quiero.
-Pues yo como soy tan majo se la regalo. Usted decide si comérsela o no.
Cogió la pastilla del marco de gomaespuma negra y me la plantó en la mano que yo le tendí instintivamente. La miré sorprendido. Levanté de nuevo la cabeza para pedirle al tipo que me diese explicaciones, pero solo oí una voz alejándose por la calle arriba, '¡Disfrute de los efectos!'. Sigual. Cerré la puerta y volví al sofá. Poniéndola a dos centímetros del ojo, desenfocando el torrente de imágenes y olvidando sus sonidos, la examiné. ¿Qué malo podría pasar? Aunque, ¿no era eso lo que pensaban todos los que morían al tomar una pastilla de origen desconocido? Daba igual; de todas maneras, si me moría no tendría que recibir el miércoles la visita del primo de Toledo, ese pesao insufrible. Fui a por un vaso de agua y lancé la pastilla a la tragadera. Se resiste. Se resiste. Gluc, gluc, gluc, ya baja. Plof. Sonreí satisfecho. Me volví a despatarrar en el sofá, sonriendo como un bobo. Recuerdo que quería quedarme despierto para ver los efectos de la píldora, pero accidentalmente creí que dos minutos de un documental de la 2 no podrían dormirme.
***
-¡Despierta! ¡Despierta!
Qué raro. No tenía mujer. No tenía hijos. No tenía padres, inquilinos. La tele se había apagado sola durante la noche. Rápidamente abrí los ojos, giré la cabeza y vi que mi móvil me miraba enfadado desde el apoyabrazos del sofá.
-¡Despierta! Tienes una reunión a las nueve y vas a llegar tarde, tontopié.
-Ya voy, ya voy, caray.
Realmente no sé por qué le hice caso a mi móvil, porque es un objeto inanimado, pero la cuestión es que cuando fui a ducharme y me estaba enjuagando el padre de decepciones oí:
-¡Qué asco! ¡Apártame, Dios santo!
Miré abajo. Era mi esponja. Había cobrado vida. Grité, resbalé y me golpeé la cabeza contra el grifo.
-¡Ay!
Pero no era yo quien había gritado, yo me encontraba bien. Era el grifo, que se me quejaba por la de veces que le estaba mareando arriba y abajo. Aquello era horrible. Haciendo caso omiso de los gritos de horror de la toalla, me sequé a conciencia, me vestí y me fui a desayunar, donde sin duda empecé a perder la cabeza.
-Uuh... ¿estás seguro de que quieres comernos? Tenemos aceite de palma y vamos a atascarte las arterias. Deberías haber comprado unas galletas más saludables.
-¡Yo desatasco tuberías!-dijo la Coca-Cola desde el frigorífico-No te preocupes, si pasa cualquier cosa ¡ven a mí! Soy misteriosa y poderosa.
-Ya está la otra haciéndose la interesante-gruñó el whisky.
-¡Hey! No es mi culpa que no quieran hacer mi composición pública. Yo soy una mujer respetable.
Y mientras tanto, la Pepsi lloraba en silencio. Comenzó una discusión insoportable entre todos los miembros de la cocina. La silla se quejaba de no dejarle respirar, al microondas le dolía la cabeza y el cartón de leche era un ninfómano que gemía cada vez que mojaba una galleta. La ropa también se quejaba porque le picaban mis pelos. ¡No lo podía tolerar más! Desquiciado, me arranqué toda la ropa y salí a la calle, donde corrí como Dios y mi madre me trajeron al mundo hacia el descampado que había cerca de casa. Pero era inútil: los hierbajos estaban dando la lata por el complejo deportivo que iban a construir allí dentro de poco. Así pues, a las ocho de la mañana mis vecinos tuvieron el placer de contemplarme desnudo en el descampado arrancando hierbajos mientras gritaba '¡Cállate! ¡Cállate!'. No tardó en venir un coche de policía, cuya robusta agente me proporcionó una toalla quisquillosa con la que me cubrí y me arrojó fríamente al calabozo.
***
 Allí estaba el vendedor de la píldora, al que fui a poner manos en cuello, desta manera volándose la toalla y dejando al padre al descubierto.
-¡Imbécil! Ahora todos los objetos no paran de hablarme. ¡Qué hago para librarme de esta maldición!
-¡No sé! ¡No sé! Yo solo estoy aquí por vender las pastillas. Pero ¿no te parece maravilloso oír todo lo que sucede a tu alrededor? ¿Qué te dicen mis botines?
-Que te cantan los pies y que el sudado trabajador que los elaboró en pésimas condiciones laborales olía mejor que tú. Que te duches.
-¿No es fantástico?
-¡No! Estoy harto. Dime cómo librarme de esta pesadilla.
-Oh, ¿tiene la enfermedad de la audición ampliada?-se asomó un policía a través de los barrotes de la puerta, esforzándose por mirarme a la cara.-Yo sé cómo se cura. Un primo mío la tuvo y estuvo investigando meses sin dormir por las voces hasta que dio con la solución.
-¿Cuál es? ¿Cuál es?-exclamé.
-Ver tele. Mucha tele. Sus ondas son beneficiosas para retornar a la paz mental. Yo no puedo sacarles de aquí de momento, pero les puedo traer una pequeña tele jubilada desde hace años en el armarito y...
-¡Tráigala! ¡Tráigala!-aullé.
-¿Una tele? ¿Seguro que eso es bueno?-preguntó el vendedor.
Le rugí que se callase, a pesar de que todos los objetos de la sala se pusieron a apoyarle.
-¡Silencio! ¡Silencio todos! ¡Pero da igual, cuando traigan la tele me libraré de vosotros!
-¡No, esas ondas nos matan, nos enmudecen!
-¡Te arrepentirás de hacernos callar!
Pero el cuarto sillar de la octava fila de la pared en que estaba el ventanuco se equivocaba. Cuando el policía trajo la tele y la enchufó, poco a poco fui notando como aquellas voces infernales se iban difuminando con los concursos televisivos, los realities y la gran oferta de series de la FOX. El vendedor se quedó todo el tiempo en una esquina, encogido mirando a la pared, con su traje cogiendo polvo, hasta que lo sacaron porque era peligroso no tener a nadie en la ciudad que vendiese píldoras,  porque algunos delincuentes lo echaban de menos y podían causar daños mayores. Pero yo lentamente me fui recuperando a lo largo de las dos semanas que pasé en el calabozo, hasta que, completamente feliz y curado, fui liberado, y con la mente en reposo, marché a mi casa a seguir viendo los cinco minutos de concurso que le quedaban.

Este tipo es un macho alfa en toda regla, ¿no creéis? Decidme qué os parece esto en los comentarios. Algunas cosas que podrían ser tomadas por 'fallos' están hechas adrede, pero si realmente os indigna, ya sabéis que respondo a toda crítica. Pasad buena semana :).


miércoles, 22 de febrero de 2017

El funeral extraordinario

¡Goooooooddammit! En inicio esto iba a ser un texto cómico pero supongo que se me fue la mano. Aunque, claro, si hablo de un tipo que invita a la gente a su propio funeral, hay que tener mucho truco para hacer algo gracioso. Este es, en mi opinión, uno de mis textos más negros. Creo que es algo lo suficientemente extraño como para que puedan surgir conclusiones distintas.
Pupetizar: convertir algo en marioneta. El verbo me lo inventado yo porque porque porque PUEDO.

El funeral extraordinario
Llegó el 21 de abril con un buen día soleado para celebrar una fiesta de cumpleaños. Pero mi fiesta no iba a ser una cualquiera: iba a ponerme fin. Y había invitado a todo el mundo a presenciarlo: quiero decir, no se lo oculté en ningún momento. Mi mejor amigo me dijo que aquello era un disparate, que tampoco era tan feo, pero yo estaba decidido. Celebramos la fiesta al lado del hoyo, a cuyos lados pusimos las mesas del catering, una de ellas sobre mi ataúd de roble. Buena madera, me la merezco.  Yo fui el primero en llegar y uno por uno, hombres de traje, mujeres de vestido largo, me fueron dando sus condolencias. Tardaría una eternidad (que la tengo) en dar parte de todos las despedidas así que solo referiré las principales.
-Oh boy. Lamento no tenerte en clase más. Ahora no hay nadie que quiera ponerse al lado de Jaime.
Ese fue mi tutor Salvador.
-He oído que vas a morir virgen. Por ser una ocasión excepcional, podemos ir detrás de aquellos arbustos por un euro.
Una señora que no recordaba haber invitado. Pasaporte.
-Yo, bueno... cuando te dije que te quería como amigo, no pensaba que...
-Si vamos a seguir siendo amigos, Laura, tú no te preocupes. Simplemente que seré un amigo al que en vez de llamar por teléfono podrás rezarle.
De una palmada la empujé hacia el catering.
-Hummm. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Por favor, Javier, no te vayas, ¡tienes una vida por delante!
Mi mejor amigo. Me daba pena dejarle. Apreté la cara, entrecerré los ojos y di vueltas con la muñeca.
-La tontería.
Algunos me suplicaron que no lo hiciese. Que cambiarían. Que dejarían de hacer tal o cual cosa. Que no se pensaban que fuese para tanto. Yo no aguantaba la hipocresía. La culpa es más fuerte que la gratitud, alguien lo dijo... paso de vivir en esta dimensión de personas y sombras invertidas. Otros me abrazaron y besaron. Incluso mi amigo Carlos, que estudiaba Derecho y siempre había sido muy de apretón viril, me humedeció el hombro. La ternura sincera de algunos me ablandó, pero la decisión estaba tomada y fui al micrófono.
-Os estoy llamando la atención. Os estoy llamando la atención. ¿Sí? ¿Ya? Bien... el discurso.
El silencio se derramó como una líquida telaraña por los invitados, cuyos ojos estaban a punto de rodar hacia mí.
-Uuuuh... bueno. El caso es... ja, esto es gracioso, no me digáis que no. Apuesto diez euros a que nunca os habían invitado a un suicidio... aunque bueno, no podría pagároslos... ¡Ja! ¡Qué gracioso!-nadie rió-¿Qué? ¿Dónde está vuestro sentido del humor ahora?
Me separé del ataúd donde había comenzado y comencé a caminar entre los presentes.
-¡Oh, mira, el gafas! ¡Oh, mira, el feo! Aunque también me hacía mucha gracia lo de 'Que va a llegar alguien'. Lo de 'La vida es así'. Lo de 'Todos hemos pasado por el colegio'. Vaya. Deberíamos suicidarnos todos. Y así la vida sería soportable. Aunque no habría nadie, entonces, que la pudiese disfrutar en ese estado. Qué paradoja. ¿Nunca pensasteis en ser siquiera un poquito amables?-con un ojo guiñado, examiné con el otro el pequeño espacio que dejé entre índice y pulgar- Mi mamá y mi papá decidían qué debía estudiar. Mis amigos decidían lo que me gustaba o no. Y un montón de gente decidía un montón de cosas por mí; nadie me consultó. Podrías callarte. Tenemos tendencias naturales, eso es aceptable, pero no es aceptable que quieras matar a alguien y simplemente lo mates.
Tomé aire y les barrí con una mirada inclinada hacia abajo. 
-Yo no puedo soportar tanto ruido. Yo-no-puedo. Y por eso decidí irme al único lugar donde, se cree, reina el silencio. Hice todo lo que pude. Fui lo mejor que pude con cada uno de vosotros. Os intenté querer. Pero paso de vivir entre cables de hierro que me pupetizan. Quitad el catering del ataúd, por favor. Es una mesita de ruedas.
El sacerdote, diligente, la desplazó hacia un lado del que se dispersó la gente. Saqué mi pequeño revólver del bolsillo interior de la chaqueta y puse los pies dentro del féretro.
-Y, por favor, haced.
Con demente firmeza, arrastré el cañón de mi ombligo a mi boca. 
-Damaj. Caballeroj. 
Negro.

sábado, 18 de febrero de 2017

El puzle

Este texto es un enigma, eso debéis saberlo. Si decidís adentraros a resolverlo, ¡suerte! Esta mañana he comprobado la dificultad con unos amigos y se han sorprendido mucho al saber la respuesta.
El puzle
¡Ronroneo por resolver ese puzle! Puzle de cartones hermosos y curvos y espíritus deliciosos en su respuesta. Amigos, camaradas, siempre que puedo intento ir a verlo para poder estudiarlo,  mas este no es un puzle cualquiera. Este es el tipo de puzle cuyas piezas solo se mueven si dices las palabras correctas y se transforman en gato rabioso si dices las incorrectas. Quiero por ello analizarlo detenidamente antes de mover cualquier pieza. ¡Oh, deseo tanto resolverlo! Porque las bestias encerradas entre celdas palpitantes rugen que él podría darme una llama que nunca se extinguiese, o tardase mucho en hacerlo, ¡la realidad del jugador es tan horrible! Ustedes, hombres succionados por prisiones veladas, no podrían jamás comprender mi ludopatía. Pero cuando me encierro en las habitaciones donde vaga el puzle e intento resolverlo, justo cuando veo un poco de luz, viene el trabajador implacable y me arrastra fuera de allí, ¡aunque sepa que es difícil ver una solo migaja de oro!, él es despiadado. Les hablo a mis amigos de este puzle infernal que clama ser imposible de solucionar y ellos me consuelan alegando que hay enigmas más sencillos. Pero yo tengo ese natural anhelo de fuego chorreante de la piedra. Puede, sin embargo, que sus piezas se encrespen y acaben desfigurándome los dulces espectros entre rejas. En mi angustia me multiplico por dos a las dos de cinco hombres tristes que sostienen hilos azules con macarrones ensartados, formando la impresión de una cuerda única dividida. Todos juntos pegan dos saltos y afirman estar preparados para gritar algo. No nos traicionaremos. Nos descompondremos en piezas cubistas y abstractas si es necesario y nadie podrá intuirnos. Nuestras máscaras son duras pero el martillo adecuado las resquebrajará hasta causar tormentas de escayola. No nací efebo, ¡eso es la clave, eso es lo que sucede! ¿Se encontrarán también los hermosos caballeros con esta muralla de espinas? Tengo tiempo antes de que un pícaro rebosante de matemáticas se me adelante. La estancia es larga, pero nunca sabemos cuándo nos echarán. He dejado tantos puzles sumidos en el caos en que los encontré que el que se esfuerza en dominarme grita que otra vez es necedad. Ustedes, hombres succionados, no me comprenden. Pero vosotros, buscadores de la llama, sí que lo hacéis. Así que deseadme suerte.


¡Felicidades si lo resolviste! Ahora lo lees de otra manera, ¿verdad? No vayas largando la respuesta por ahí, deja que los demás también puedan entretenerse.

martes, 7 de febrero de 2017

Enrique Dubariego pierde la cabeza

Enrique Dubariego llevaba una cómoda existencia, hasta el día en que le desapareció la cabeza. Se levantó, y cuando, tras muchos tumbos, llegó al cuarto de baño y fue a lavarse la cara, se dio cuenta de que no tenía a qué echar agua. Desayunar también resultó un engorro, porque tenía que meter la comida directamente al esófago, y eso significaba operar la trituradora a ciegas. Su mujer, que veía estos actos imprudentes, le ayudó a que no perdiese también la mano y le trituró y metió en el conducto digestivo las tostadas, el café y la manzana. Enrique estaba tan desolado por no poder comunicarse con su mujer que desarrolló capacidad de habla en la mano derecha, que no boca .
-¡Margarita! Gracias por hacerme este gran favor.
-No pasa nada, cariño...
-Te oigo la voz llorosa. ¿Seguro que no te molesta... esto?
-Ahora no podrás hacerme el cunnilingus como antes, pero, aparte de eso, todo irá bien.
Fueron a besarse, sin éxito, y Enrique fue al trabajo, donde al llegar todos le miraron curiosos. Enrique, que había desarrollado un ojo en la mano izquierda, los miró con desconfianza. Tras dejar el maletín en el suelo, les dijo:
-¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así? ¿Tengo monos en la cara?
-No tienes cara.
-Es cierto. Los informes me han hecho perder la cabeza, lo lamento. Ahora dejad de mirarme como si fuese un monstruo y dejadme trabajar en paz.
Enrique se puso a trabajar, pero era muy engorroso, porque no sabía mecanografiar y tenía que subir y bajar la mano izquierda para ver qué estaba escribiendo. El jefe, que pasaba por allí, vio lo lento que iba.
-No le veo buena cara, Dubariego. Márchese a casa.
Enrique, sorprendido pero agradecido, cogió el maletín con la mano derecha, se puso la chaqueta y se fue de allí. ¿Por qué la gente le miraba tan raro por la calle? ¿Acaso era porque no tenía cabeza, o porque les miraba con la mano extendida hacia ellos...? Era igual. Todos los días cuando volvía del trabajo se cogía un polo de limón en el quiosco de la esquina, y además, como era por la mañana, pues le sentaría mejor. Una vez se hubo comprado el polo y sentado en un banco, se fue a llevar el polo a la boca, pero accidentalmente lo lanzó tras de sí. ¡Qué engorroso era comer sin boca! Lo de no explorar más el marisco y tener vacaciones extra estaba bien, pero Enrique realmente lamentaba no poder tomarse más esos polos de limón que le daban la vida. ¡Tenía que hacer algo! Sosteniendo el móvil con la mano derecha, buscó y marcó el número de un señor psíquico de estos que resuelven la vida. Cambió de mano y se puso a hablar.
-Buenos días, ¿don Churimando?
-Soy yo.
-Sí, buenos días. Yo soy Enrique y quería comentarle que mi cabeza ha desaparecido, y que si había alguna manera de recuperarla. Sin boca es muy difícil tomar helados.
-No sé. ¿Ha mirado en objetos perdidos?
-Bueno, tengo un armario lleno de cabezas de políticos, pero esas no me sirven.
-Ya veo. ¿Qué tal si se pasa por mi consulta y lo hablamos?
Enrique aceptó y el otro le dio su dirección, en la que Enrique se presentó a primera hora de la tarde.
-Buenas tardes. Espero no haber llegado demasiado pronto.
-No se preocupe. Eso es mejor que llegar tan tarde, que parece que algunas personas se les ha ido la cabeza. Tome asiento.
Enrique se sentó en un asiento circular de terciopelo en torno a una mesita redonda de madera, todo esto en un gabinete penumbroso por el que giraban las estrellas y constelaciones gracias a un aparato de los chinos situado en el centro de la mesita que hacía las veces de vidente del futuro.
-Vamos a ver, hijo mío. ¿Cuándo te desapareció la cabeza?
-Pues no sé. Yo es que me levanté por la mañana, y cuando me fui a lavar la cara como que noté que me faltaba algo. 
-¡Su caso es algo que jamás había visto! Por fortuna, ayer me trajeron del lejano Oriente un chisme que tiene la respuesta a todas las cosas y nos dirá dónde está su cabeza.
Entonces don Churimando sacó de su regazo una cabeza que puso sobre la mesa, de varón de mediana edad, caucásico, pelo castaño y rasgos huesudos.
-Oh, cabecita, cabecita, ¿dónde está la cabeza de nuestro amigo?
-Soy yo-dijo la cabeza, abriendo los ojos azules.
-Andalaosa.-dijo Enrique.
La cabeza de Enrique se alegró mucho nada más verle y le pidió con ilusión infantil que la devolviese a su lugar. Así lo hizo Enrique, y le desaparecieron el ojo y la boca de sus manos al no hacerle falta ya. 
-Pero, dígame, don Churimando, ¿por qué mi cabeza estaba en el lejano Oriente?
-Se ve que ayer se centró tanto en sus informes sobre Sri Lanka, que perdió tanto su consciencia del ser, que su cabeza apareció por allí. Nada más verla, todo el mundo se asustó, pero cuando vieron que sabía de economía y cocina chilena la dejaron en paz. Un colega vidente que pasaba por allí me llamó para vendérmela, oferta que yo no tardé en aceptar, y que no tardó en llegar a mi gabinete esta mañana.
-Pues muchas gracias, me ha resuelto usted un problema muy gordo-dijo alegre Enrique levantándose.
-No pasa nada. Cuídese y mantenga su cabeza sobre sus hombros.
-Muy bien. ¿Cuánto le debo?
-Nada, me lo he pasado muy bien.
Así pues, Enrique Dubariego volvió muy feliz a su casa, donde besó a su mujer y tuvo la cena más maravillosa de su vida. Aquella había sido una traumática experiencia que jamás olvidaría. Por ello, antes de dormirse, abrazó fuertemente a Margarita, olió su cuello y sonrió.

domingo, 5 de febrero de 2017

Cuento de serie

Ayer leí algo bestial así que pienso tener una buena comida de trabajo dentro de poco :). Cuentecillo satírico-surrealista, que os guste.
Cuento de serie

Yo iba a salvar a la princesa cuando enfrente del foso de lava se me plantó el dragón. Hizo mucho ruido, el suelo tembló cuando sus gordos pies aterrizaron y el movimiento de sus alas hacía que mi melena se descontrolase. Yo esgrimí la espada, pero él me pidió que por favor no le diese en la rodilla derecha porque ya por la mañana había venido otro tipo y se la había fastidiado.
-¡Pero yo pensé que yo era el elegido!
-Realmente, no-dijo el dragón-Todos quieren salvar a la princesa.
-¡Pero no hay princesa para todos!
-Realmente, sí. Hay una para cada uno. Os esperan con el típico cartelito que la gente lleva al aeropuerto para que los que llegan pues sepan con quién tienen que ir.
-¿Dónde queda la emoción?
-No la hay. Es simplemente que creces toda tu vida creyendo que eres especial, pero realmente no, porque todo el mundo cree lo mismo y por ende, ninguno de vosotros sale de la mediocridad.
Maté al dragón por destrozarme todo mi planteamiento vital y cayó al foso de lava, pero desde abajo me dijo que no me preocupase, que ya luego iría a la enfermería y estaría en disposición de atender al siguiente caballero. Subí la torre y, tal como me dijo el dragón, me fui encontrando a princesas sujetando carteles. Ojalá me tocase una guapa, pensé, pero me deshice rápido de ese pensamiento porque todas eran iguales. Debajo del nombre del caballero aparecía un número de serie. En el cuarto piso por fin encontré a la mía. Tras guardarse el cartel en el bolso, me estrechó la mano afectuosamente y me pidió que no la llevase a comer perdices y ser felices para siempre, porque por un lado, era alérgica, y por otro, tenía otro caballero que atender a las diez.
-A la entrada del castillo no sé si lo viste al entrar-señaló por la ventana-Han puesto un puesto de perritos calientes. Eso estaría guay. ¿Tienes dinero?
-No lo suelo llevar, no me hace falta para rescatar princesas y eso.
-¡Todos sois iguales! Por fortuna, a la salida de la torre, que ahora te llevaré, se hizo una casa de empeño. No sé por qué pero cuando finalmente rescatáis a la princesa, os desanimáis.
La princesa me llevó al sitio, vendí mi casco y la llevé a tomar perritos calientes. Charlamos un rato y luego se despidió porque tenía que volver al curro. Al pasar, saludó cordialmente al dragón. Yo, se supone que debía enamorarme, así que fui tras ella, pero, desgraciadamente, el dragón me informó de que cuando volvían al puesto de trabajo reseteaban a las princesas y les cambiaban el número de serie, para evitar encariñamientos con los clientes.  Me explicó que para volver a salvar a una princesa me tenían que resetear a mí también, en una caseta que estaba cerca de allí, un poco escondida en el bosque. Y ahí fui. Y salí como nuevo. Y yo iba a salvar a la princesa, cuando enfrente del foso de lava se me plantó el dragón.