jueves, 31 de diciembre de 2015

Mario descontento

Esta mañana, una amiga mía (cuelo spam, http://gaviotasenifach.blogspot.com.es/, es un blog de literatura como el mío :) ) me ha comentado si me apetecía hacer un booktag. A mí, al principio, lo único que se me venía a la cabeza cuando oí booktag fue guten tag, y tras un intento de explicación por parte de ella, la verdad es que sigo igual. Pero he llegado a la conclusión, mis queridos lectores, de que estaría bien si de vez en cuando yo me salgo de mis moldes y escribo algo inusual. Y me parece una idea fabulosa, mira, de vez en cuando voy a procurar escribir cosas que yo no escribiría de normal. Así pues, allá voy:

Mario descontento
Mario estaba rescatando a la princesa Peach aquella apacible tarde de otoño. En aquel preciso instante estaba luchando contra Bowser, mientras se preguntaba si no le había matado en otra ocasión: parecía que hacían aquellos bichos de fábrica, y cuando Mario mataba a uno mandaban a otro. El tal Bowser aquí debía tener algún defectillo de fábrica en el cerebro porque pegó un traspiés y se fue al foso de lava, con lo cual nuestro amigo fontanero ya se fue a donde Peach y la liberó de la jaula en la que ella tan taciturnamente estaba recluida.
-¡Oh! ¡Gracias!-exclamó ella, llevándose las manos al pecho.
Entonces, ella se inclinó sobre él, pues él era una persona verticalmente limitada, y le dio un beso en la mejilla. Mario frunció el ceño.
-¿Te pasa algo, Mario?
Mario se puso con los brazos en jarra.
-¿Que si me pasa algo? ¡Vamos! Llevo treinta años y pico salvándote, ¿y lo único que se te ocurre es darme un beso en la maldita mejilla?
-Mario, no me gusta el tono de voz tan desagradable que estás usando.
-¡Oh venga ya!-gritó Mario, agarrando su gorra roja y tirándola al suelo-¡Dimito! Que el bicho ese te agarre y haga lo que quiera contigo.
-No, no, que es muy rudo.
-¿Y a mí qué? ¿Yo soy rudo también?
-Bueno, tú... no he tenido la ocasión de comprobarlo.
-¡Pues claro que no! Eres más estrecha que el hueco de una puerta cerrada.
-Mario, no te consiento que me hables así.
-¿Y qué me vas a hacer, eh? ¿Vas a echarme del reino este tuyo, que lo tienes descuidado? No sé cómo lo ves, pero yo he visto por ahí escándalos de corrupción a tus espaldas.
-Mario, mis gestiones reales no son  asunto tuyo. Y sí, puede que te eche.
-Sí, ¿no? Así no tengo que volver para salvarte de un lagarto feo salidorro.-Mario se agachó, cogió el gorro y se lo puso muy dignamente. Miró a la princesa a los ojos, y le dijo:-Ahí te quedas.
Peach, naturalmente, no podía permitirse perder un guardaespaldas tan fiable. La otra opción era quedarse encerrada en un castillo oscuro con un lagarto enorme con enormes deseos sexuales.
-¡Espera, Mario! ¿No podemos negociar esto?
Mario se giró, y la miró de arriba a abajo con una mueca de asco.
-¿Negociar qué? Estrecha.
-¡No! ¡No!-Peach se mordió el labio inferior, nerviosa-A ver, qué quieres.
-Hombre...
-¿No te basta el júbilo del deber cumplido? ¿La gloria, la felicidad, la realización de la justicia...?
-Hombre, señorita mía, todo eso está debuti, pero un hombre, como podrás comprender, además de ser un dechado de virtudes, tiene necesidades biológicas.
-¡Oigh!
-Y tú también las tienes. Que pecar es humano.
-¡Mario, basta!
-¿Qué? ¿Me vas a decir que el viernes pasado no entraron unos cuantos hombres en tu castillo, y que cuando salieron no tenían los bolsillos más cargados? Confiesa.
-¡¡Mario, basta ya!! ¡¡Eres un chabacano, indecente, proletario carcamal!!
-¡Uy! Qué rebuscada. Si le dabas las órdenes así a los chavales, harían un desastre.
-Mario, no te consiento que hables así, fuera de aquí, no pienso ceder jamás a tus deseos carnales.
-Desde luego sitio no te falta, con tu palacete...
-¡Fuera!-gritó ella, indicándole con el índice la salida de la jaula.
-Está bien, está bien...-concedió Mario, calmándola con un gesto de manos-Ya me voy. Pero no pienso volver a salvar a una desagradecida como tú.
Mario se atusó la chaqueta y se dispuso a salir de la jaula. Antes de cruzar el umbral de la puerta, se giró. Ella estaba roja, de la ira, con los puños apretados, mirándole con odio.
-Treinta años para un puto beso en la mejilla. Hay que joderse, esta juventud. Si lo sé, me dedico a salvar facilonas.
Sin darle tiempo a responder, Mario se alejó del lugar donde la princesa estaba. En su camino, pasó por el foso de lava, y justo cuando sus pies pasaban cerca, emergió una mano monstruosa de entre la lava y se agarró al borde.
-¡Ja! ¡He vuelto! ¡Ahora no podrás detenerme!
Bowser se aupó con los brazos sobre el borde, se sentó en el suelo y se levantó, mirando a Mario.
-¡Ja, ja, ja! ¡Inventé una pócima mágica que al tomármela me ha salvado de morir en la lava! ¡Ahora vas a morir!
-No, no, hoy cambio de planes.
El lagarto se quedó ojiplático.
-¿Cómo?
-Lo que oyes. ¡He dimitido! Te la puedes quedar y hacer con ella lo que quieras.
-Esto debe de ser una broma.
-La broma es, no te lo pierdas, que después de treinta años salvándole el pellejo, va y me sigue dando besos en la mejillita.
-¡No!
-¡Sí!
-Increíble. Qué malnacida.
-Ahora me iba a buscar a una mujer agradecida, simpática y buena persona a la que hacer la vida feliz sin esperar a cambio un beso en la mejilla...necesito sentar cabeza, tío.
Mario se puso la mano tapando los ojos enrojecidos y húmedos.
-Joder, treinta años, treinta putos años, para un puto beso en la mejilla...-susurró con voz quebrada.
-Hey, hey, cálmate, tío...-Bowser se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro-No pasa nada. Seguro que ahora cuando sales está ahí la mujer perfecta esperándote.
Mario se retiró la mano de la cara, y con sus ojos llorosos, miró a Bowser con una sonrisa esperanzada.
-¿Tú crees?
-Sí, sí, amigo, tú salte de este castillo mohoso y ve a por una nueva vida. Yo me quedo aquí con la princesa esta y me encargo de ella.
Mario se enjugó el líquido del ojo. Se miraron y se sonrieron.
-Gracias, Bowser. Mira, después de tanto años peleados, vamos a sacar algo bueno.
-Sí, parece que sí.
-No quiero prolongar esta tortura más. Me voy de aquí, para abandonar esta mala vida, de princesas desagradecidas, champis alucinógenos y tortugas parlantes.
-Chao, amigo.
-Adiós, amigo, que vaya bien.
Bowser y Mario se despidieron, y Mario se fue, oyendo a lo lejos como cierta princesa rogaba a gritos que se la tratase como a tal, y a un tío no tan mal tipo comportándose como el mal tipo que se supone que debía ser.
Mario encontró a su mujer, tuvieron tres hijos y ahora viven los cinco felizmente en Nápoles. Él trabaja actualmente de fontanero, como era realmente, y no de absurdo-tipo-de-rojo-que-salva-princesas-porque-sí-y-lucha-contra-tortugas-feas-y-gordas. Es una vida apacible, alejada de los excesos; la vida que él siempre había soñado.
Su hermano Luigi, desgraciadamente, ocupó su lugar, y ahora la princesa Peach le da besos en la mejilla a él. Ingenuo... cuando le llegue la pubertad, ya se dará cuenta de la mangonería que sufre. Porque, permitidme que os diga, la relación que guardan los salvadores de Peach y Peach no es nada equitativa, se ve llena de desigualdades, esta Peach es una desgraciada desagradecida. Por cierto, que lleva el mismo peinado desde hace siglos, además es una carca.
Bowser sigue igual, en su papel... sigue soñando con que algún día no haya más pintamonas vestidos de colorines que se dediquen a salvar princesas secuestradas, porque es su único método de conseguir una mujer...
Y Peach. ¿En serio hace falta hablar de Peach? Lo considero innecesario. Mira, además, por no ponerla verde, me ha ofrecido un trato razonable: me va a dar un beso en la mejilla.



lunes, 28 de diciembre de 2015

La llave de lo desconocido

La llave de lo desconocido
Rozó con la espalda la mampara. Estaba fría, muy fría, pero eso solo era el comienzo. Reguló la temperatura al mínimo, y se duchó mientras su cuerpo implosionaba en un grito interior. Se secó rápido, pero bien. Si dejaba algún rastro de humedad, la piel le picaría luego, y era una sensación tan odiosa como incalmable. Se miró en el espejo del baño, oyendo cerca, lejos, cerca, lejos el goteo de la ducha recién cerrada, y reparó en su pelo alborotado. Pensó que no podía ir por la calle con ese aspecto, pero calló su instinto y se fue a su cuarto, a vestirse. Se puso ropa cómoda, vaqueros, sudadera negra y deportivas. Apareció el perro, frotando su cabeza cariñosamente contra su pierna.
-Hey, chico... qué tal estás.
Le frotó un poco la cabecita peluda, se levantó de la cama de un salto y se dirigió a la cocina. Se preparó una taza mohína de café y unas tostadas. Con crema de limón. El tarro que le había regalado su madre llevaba ahí dos meses y se estaba poniendo en mal estado, pero no pensaba en tirar comida en aquellos momentos. No había nada, nada que desperdiciar. Nada en absoluto. Sonó su móvil. Era su amiga.
-Eh, hola, ¿estás bien?
-Sí...-miró las fotos en los imanes del frigorífico y recordó-Sí. Todo va bien.
-Cuídate. Aquí me tienes para lo que necesites.
-Ajá. Igualmente. Chao.
-Chao.
Colgó. Puso los platos en el fregadero. Un día normal. Fue al cajón del escritorio. Sacó la llave. Sacó la otra llave. Se fue a la puerta, la abrió, y cuando la cerró, ya estaba fuera. Se subió en el ascensor. Llegó a la azotea. Caminó pesadamente, y se subió al borde del edificio. Miró al frente. La vida era un dibujo negro, vacío y sin sentido. Una curiosa, complicada amalgama de sensaciones y pensamientos, que se fundían en un negro enigma. Muchos le tienden la mano, al borde del abismo, ahora. Otros quieren empujarle. Otros quieren que se tire por su propia cuenta. Pero solo con su alma y su mente encontrará su decisión. Balas de flores, gases de perfume, cuchillos de miel; besos cáusticos, amores de veneno, caricias corrosivas. Y solo los ojos que miraban al abismo podían decidir dónde poner cada nombre, y cada adjetivo. Allí estaba un rostro, un cuerpo, un alma, con toda una ciudad a sus pies ofreciéndose como digna tumba. Sus manos miraron la llave. Negra como lo siniestro, con un gatillo negro, con un cañón negro; parecía buena elección. La llave de lo desconocido, la llave de algo que podría ser mejor. La pistola se postró en su sien. La frente sudorosa, la mandíbula temblorosa. El dilema de su vida. Y quién dice que no estaba en la misma situación en el trabajo, en su casa, con sus amigos, con su pareja, con su familia. Caer o luchar. En todo momento. Eres tú. Decide.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Bon II- Amanecer confuso

Pienso continuar esto...
Bon II
Amanecer confuso
-¿Papá?
El anciano se quedó mirando al hombre trajeado que parecía haber interrumpido su comida solo para verle.
-Yo no soy tu padre-replicó el anciano premiosamente.
-Sí, sí, que sí-insistió el trajeado. Tras  rebuscar en un bolsillo de su chaqueta, sacó una foto en blanco y negro de un hombre joven con un niño abrazándole las piernas.-Mira. Eres tú.
El anciano cogió la foto con unos dedos temblorosos y entrecerró los ojos, intentando averiguar quiénes eran las personas de aquella foto. La imagen que sostenía entre su índice y pulgar, efectivamente, despertaba en él sentimientos antiguos que no recordaba, pero... ¿quiénes eran aquellas personas exactamente?
-Yo no soy este-resolvió, tachando con el índice de la otra mano la cara del hombre.
-Sí, sí lo eres. Ronald Bonnard. ¡Bon! Y yo-añadió, señalando el niño-soy tu hijo, Mike Anderson Bonnard. Mamá me cambió el nombre porque desapareciste...
-¿Mamá?
-Sí, mamá. Joanna Anderson. Estuviste casado con ella como veinte años, pero como te acabo de decir, desapareciste.
-¿Eh...? Oh, Dios, mi cabeza...
El anciano, o Bon, bajó la mirada y se pasó la mano como un peine por en medio de sus pelos grises y sucios, intentando consolar el dolor de cabeza que le había entrado.
-Dios, Dios, Dios, Dios, ¡Dios...!-de repente, alzó la mirada rápido hacia los ojos del hombre, como un perro de caza-¿Mike?
Mike asintió con una leve sonrisa, bajando tímidamente la cabeza.
-¡Oh, Mike! ¡Hijo mío!
Bon se levantó estrepitosamente del asiento, y tras rodear el perímetro de la mesa abrazó ortopédicamente a su hijo, que correspondió con otro efusivo abrazo de oso que hizo crujir a Bon de una manera que no podía ser sana.
-¡Papá!-esbozó Mike una lágrima.
-Oh, hijo, hijo... ¿dónde has estado?
Mike se separó de su padre para cogerle por los hombros y mirarle fijamente a la cara.
-No, perdona. Dónde has estado .
-¿Yo...? Yo no sé si he estado alguna vez, antes de ahora. Solo te recuerdo a ti, un poco de la dulce cara de tu madre y también un hombrecillo con el que debía llevarme bien, que veo su sonrisa...Y también me acuerdo de una panda de una especie de perrillos, pero recuerdo muy bien que no me gustaban nada, no señor, eran muy feos.
-Ajá. Perrillos.
-Sí. Muy feos. Para matarlos. No me gustaban nada. Pero solo veo una imagen borrrosa, nada de cosas definidas. ¡Pero esos perrillos no me gustaban! ¡Es lo único que sé!-repitió Bon obsesionado.
Mike miró en torno suyo, como buscando algún espía.
-Oye, papá. Esto hay que hablarlo más profundamente, tienes que contarnos qué recuerdas.
-¡No recuerdo nada!-gruñó Bon-, ¡solo imágenes borrosas!
-Puede que si hablas con alguien de tu pasado te vuelva la memoria. Sé dónde vive mamá, pero el hombrecillo... ¿no recuerdas nada más de él?
-Nos llevábamos bien. No sé decirte nada de él, pero estoy seguro de que si lo viera, lo reconocería. Sí, señor. De esas caras que no se olvidan.
-Hum, vale...
Mike guardó un momento de silencio, observando como Bon se enfrascaba en sus pensamientos, intentando pescar algún dato en su viejo y oxidado cerebro.
-Entonces, ¿vamos con mamá?
Bon se despertó.
-¿Qué? Ah, sí. Vamos, hijo mío, vamos.
El hijo le agarró al padre del brazo para sostenerle, como si fuese una vasija de valor incalculable que hubiese que proteger, y los dos juntos, caminaron fuera del restaurante.


miércoles, 23 de diciembre de 2015

Tenga buen día, no existo

Tenga buen día, no existo
Hoy yo volvía a casa del colegio, y en esto que veo en la pantalla de mi teléfono que me ha llamado un número. Inmediatamente llamo, y me coge un hombre con una voz muy publicitaria hablando muy atropelladamente:
-Hola buenas tardes soy Paco de Orange qué desea.
-Uh, bueno... es que este número me ha llamado y quería saber...
-Sí, sí, claro. Hemos llamado de Orange. Le quería preguntar si está contento con su ADSL.
-Bueno, sí, estoy contento.
-¿Qué compañía tiene?
-Uh...-miro el calendario-Di...-miro el periódico-País... Dipais. Sí, esa es mi compañía.
-Ajá. Dipais. No la conozco. ¿Es una compañía local?
-Sí, esto, ¡sí...! Es una compañía local, no la conocerá.
-Hum, sí, pero las compañías locales no le ofrecen una velocidad de 2 o 3 megas, como la mayoría de las compañías, ¿verdad?
-Tengo 2,8 megas.
-Oh, sí, precisamente como la mayoría... ¿juega online a la play 4? Hay que tener buena conexión para jugar online a la play 4.
-No, la verdad es que no, yo soy fanático de los juegos de plataformas, y ahí no se necesita mucho internet.
-Ah, supermario y estas cosas, pero ¿juegas online?
-No.
-A ver, necesita un bip y (impronunciable) para jugar online, esto es, 3 megas, la velocidad con la que el router hace piiiii hasta su play, y eso es exactamente la velocidad con la que juega.
-Sí, pero yo no juego online.
-Y, bueno, ¿qué líneas tiene?
-Oh, bueno... esta. Solo esta.
-Y el fijo, ¿no? Bien, y ¿cuánto le cobran al mes?
-54,37 euros.-dije, tras inventar la cifra rápidamente.
-Vaya, qué preciso-ríe el hombre-Y, bueno, ¿dónde tiene domiciliada esa línea?
-Eh, sí, bueno-'La pérdida de la mayoría del PP abre espacio a los pactos', aparece en el titular-Calle Mayoría del Espacio, número 37, 4ºB, escalera derecha.
-¿Escalera derecha? Sí, ¿no?
-Sí, sí...
-¿Código postal? 28...
-¿012?
-Sí, bueno-vuelve a reír, no sé de qué.-En fin, no me sale la calle... buscaré en Google...
-Vale.
-Oiga, perdone-se oye la voz del hombre alejada del micrófono-No me moleste, soy una persona muy ocupada, tengo trabajo. ¡Ajá...! Vuelvo con usted, perdone. A ver, M-A-Y-O-R-Í...-le oigo teclear.
-Perdone, veo que es usted una persona muy ocupada-le interrumpo-¡Esto era una broma! ¡Tenga buen día, no existo!
Sin dejarle tiempo a responder, cuelgo, y me río. Aunque, hubiera sido divertido oírle la voz al comprobar que esa calle no existía, pero, en fin, ¡no iba a llamarle otra vez! Ya me había quedado a gusto con una sola.

martes, 22 de diciembre de 2015

Overslept

Con este texto, recién sacado del horno, ¡vuelvo al blog...! Espero que os guste, aunque ya hay más trabajos que vendrán en los días venideros. Entre ellos, me comprometo a continuar el relato 'Bon'. Pero, ¿por qué estoy hablando? Os dejo tranquilos ya.
Overslept
-¿Va a Montpellier?
-No, yo me bajo en Toulouse. A ver la familia
Aquel hombre francés hablaba un español perfecto, y esto era porque su mujer y sus hijas eran españolas... me contó que en aquellos días pensaba estar un rato con su familia, y que así como por septiembre ya volvería a España, pues tenía su trabajo y su casa allí.
-¿Tú dónde vas?
-¿Yo...? ¡Ah!-dije, saliendo de una abstracción de las que suelo tener-Montpellier, Montpellier... un amigo me ha dicho de pasar unos días con él.
-Vaya, qué bien-sonrió él.
Hablamos un poco más, y continué mi lectura de Watchmen. Las cosas se estaban poniendo feas, el Nova Express estaba empezando a tocar demasiado las narices. No podía esto acabar bien... hubiera querido seguir leyendo, pero comenzaba a marearme y dejé el libro en la mesilla plegable del asiento. Miré el paisaje por la ventana. No sé por qué, pero me fijé en que conforme los objetos estaban más lejos, más despacio se movían... era curioso, bello, y me quedé un rato así, ensimismado. En mis pensamientos.
Entre los pensamientos, cómo no, estaba ella. ¿Cómo no podía estarlo? Estar en Montpellier era como no llegar por cuatro metros al cielo, y el cielo, claro está, era estar allá donde estuviese ella. Aunque, la verdad, era un poco disparatado pensar ni siquiera la posibilidad de quedarse en el tren para irse a Toulouse. ¿Dónde iría a dormir? ¿Qué comería, qué pasaría, yo sólo en una ciudad, con nada más que una maleta y una cabeza insensata? No, aquellas fantasías no podrían hacerse realidad. Le había dicho a mi amigo que podríamos irnos un día a Toulouse a ver una 'exposición', un 'evento', o ¡cualquier cosa!, pero yo necesitaba ir allí. Solo una vez, no permitir a mis sueños que siguiesen siendo sueños, solo una vez, verla. Porque, claro, a vosotros esto os parecerá cursi. Una sarta de clichés. Pero, queridos amigos, es que vosotros no la conocéis. Vosotros pensáis que para sacar mi cerebro del cráneo hay que abrirme la cabeza, pero lo único que tiene que suceder es que ella me sonría. Y, lo lamento, pero temo que no estoy exagerando...
Nos acercábamos a Montpellier. Ya lo anunciaban por el altavoz. Me levanté, me aseguré de que tenía todo en los bolsillos de la chaqueta y fui a coger la maleta. Miré por la ventana del tren, la gente esperando a otra gente, trasegando de un lado a otro, buscando con la vista. Y, en aquel instante fui un loco demasiado cuerdo, y pensé que yo podía encontrar lo que quería ver más fácilmente de lo que parecía. Y no cogí la maleta, y me senté.
-¿Pero tú no te bajabas aquí?-preguntó el hombre, atónito.
Le miré sorprendido, un poco avergonzado de la respuesta, pero rebusqué en mi alma la desvergüenza y le respondí que sí, pero que había cambiado de opinión.
-¿Alguna vez se ha enamorado?
-Chico, no digas tonterías-replicó el hombre con voz nerviosa-Esta es tu parada. Bájate. ¡Vamos!
-Que no, que no. Yo me voy a Toulouse.
-Estás loco.
-No estoy loco. Pasa que hago las cosas que me importan, y no las que debería... aunque, claro, quién dice que no son lo mismo.
-Estás de psiquiátrico. Bájate.
-¡No! ¡El destino me llama!-exclamé demasiado alto. La gente del vagón se giró, y tuve que bajar la voz-En serio, Jacques. No me pienso bajar.
En aquel momento vi por la ventanilla a mi amigo y a sus padres, esperándome. Me giré para que no me viesen. El hombre se dio cuenta de que eran mis anfitriones y se puso a golpear la ventana para llamar su atención, pero parecía que había demasiado ruido fuera como para que ellos pudiesen oírle.
-¡Aquí está! ¡Aquí está!-mascullaba entre dientes, desesperado al verles como buscaban entre la multitud una cara conocida-Dios, Dios, Dios, ¡Arturo!, ¡bájate ya!
-Non, je veux pas.
Mi mala pronunciación terminó de irritarle, y se dio por vencido, hundido en su asiento.
-Connard...
-Llego a eso, amigo mío, cuidado con lo que dices-sonreí sin girarme.
Rechinó más los dientes que una maquinaria oxidada y el tren comenzó a moverse. Hacia adelante... ¿hacia el futuro? Durante todo el viaje Jacques no me habló, aunque rezongaba de vez en cuando en un francés que no sonaba nada amable. Se hacía ya de noche... admiré el atardecer, con un marronazo sobre mis espaldas, pero con otro brillo en los ojos, ese que solo nace con una emoción. En aquel preciso momento vibró el móvil. Lo saqué, era mi amigo: 'Donde coño estas tio'. Tras admirar su ortografía, desbloqueé el móvil y tecleé con los pulgares 'Me he quedado dormido en el tren. Me bajaré en Toulouse'. No pasaron muchos segundos cuando mi amigo respondió con más tacos que una bota de fútbol que qué iba a hacer. Yo le puse que me quedaba sin batería, que hablaríamos mañana. Apagué el móvil.
Llegamos a Toulouse. Jacques se bajó echando chispas, sin despedirse siquiera, y yo me quedé en el andén, con la maleta, con frío, pensando. Solo. De noche. En un sitio desconocido. Movido por la inercia de los sentimientos humanos. Mi amigo y Jacques tenían razón, era imbécil. Pero, no podía ser tan malo, ¿no? Con 80 euros, podría encontrar un alojamiento para aquella noche. Y podría incluso comprar algún papeo barato. Mañana ya llamaría a mi amigo, pero de momento las cosas no iban nada mal... hablando de llamar, decir que mis padres debían de estar subiendo por las paredes. Natural, estaba en paradero desconocido.
Pero, ahora nada de eso importaba. Nada en el mundo importaba. Ni siquiera los gemidos sospechosos que se oían tras una puerta que por su símbolo podría ser la del baño de mujeres, que suscitaban naturalmente la curiosidad del escritor. Ni siquiera el hecho de que no tuviese ni idea de adónde ir aquella noche... aquella noche, sólo importaba una cosa. Volví a encender el móvil, sabiendo lo que tenía que hacer: tenía que llamar a un número, un número importante, que no podía ser cualquier otro.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Bon

Bon
Érase una vez un anciano, de aquellos de guedejas sucias y grasientas, espalda encorvada y sonrisa amarillenta. Solía vestir siempre unos pantalones de franela, una camisa blanca manchada de café y una chaqueta marrón de tweed que no se acordaba de dónde la había cogido. Este anciano nuestro vivía de la piedad de los transeúntes, que cuando encontraban tiempo le echaban alguna moneda en su vaso de plástico, la mayoría de menos de cincuenta céntimos. Él siempre les sonreía, y ellos nunca le respondían, simplemente seguían caminando. Este era nuestro hombre, aquella tarde de otoño cuando comenzaron los asesinatos.
Esta historia sucede una tarde cuya fecha no nos importa demasiado, en la que el anciano se encontraba sentado bajo la cornisa del banco nacional, ya que por ahí debía pasar más gente adinerada, con su vaso de plástico en la mano. Había perdido el anterior, y este lo había cogido de una basura que estaba a la puerta de un bufete de abogados. Nuestro anciano se acercó el vaso a la cara, con ojos hambrientos, para contemplar el interior. Había tres monedas de veinte céntimos, una de diez y lo que parecía ser un botón, que el anciano se alegró de ver ya que con él pudo arreglar el agujero en la suela que le llevaba torturando una semana. Tras haber arreglado trabajosamente la suela, se incorporó con dificultad y emprendió un paso encorvado hacia la hamburguesería a la que solía ir cuando conseguía algo. Tras unos cuantos minutos en los que venía relamiéndose el bigote, y de paso pescando algunas migas que se habían alojado en la última comida, llegó a la hamburguesería. Se plantó en el mostrador y dejó enfrente de la chica unas cuantas monedas, las de aquel día y el anterior, esperando que sumasen todas un euro.
-Dame una de un euro, por favor, hija.
La chica lo miró con una repugnancia sin disimular y tras hacer algunas operaciones en la caja registradora le tendió con recelo una moneda de cincuenta encima de la mesa, con cuidado de no hacer contacto físico.
-El cambio.
-Gracias-farfulló él, con una amplia sonrisa a la que ella replicó con una sonrisa forzada.
Tras esperar un rato, le llegó el pedido, cogió la bandeja y se dirigió a sentarse en una mesa. Tras limpiar muy pulcramente el asiento de las porquerías de los anteriores comensales, se sentó con decoro, le quitó el papel a la hamburguesa en un par de despliegues y se dispuso a zampar el primer bocado. Olía especialmente bien, a carne de vaca mezclada con pan mullido de repostería. Le hincó el diente, y una vez que empezó no pudo parar hasta que terminó. Se limpió con una servilleta y se repantingó satisfecho en el asiento. Todo iba según la rutina, cuando vio que un hombre trajeado que le había estado observando durante toda su comida se levantó y se detuvo frente a su mesa. El anciano le miró, hostil, de arriba a abajo. El hombre trajeado pareció sorprenderse.
-¿Papá?