domingo, 24 de julio de 2016

Aventura del Metro I



Vi que el ultimo fragmento de este proyecto tuvo bastante 'exito' (no tengo tildes en este ordenador), asi que os traigo otro. Esta vez partido en dos, para que dure mas :). La segunda parte sera la siguiente entrada. Y solo digo que habra ketchup...
Aventura del Metro I
Al día siguiente, queridos lectores, resultó, por las leyes de la lógica, ser viernes. Amaneció tempranito, a eso de las seis. Manuel, que había pasado toda la noche en el suelo, ya sentía el dolor aliviado y tuvo fuerzas para levantarse, bajar las persianas, desnudarse y tenderse en la cama. Bocarriba, en vela, con los ojos abiertos, pensó en preparar el actimel pensando, a pesar de lo sucedido, en Gabriela, pero el dolor en los dolidos era tal que la idea no tardó en irse con el rabo entre las piernas. Que no él, que dolería. Manuel intentó dormir, pero no podía. En esta posición que dije hace algunas líneas que adoptó, reflexionó sobre lo que había pasado con Gabriela. ¿Cómo había podido hacerle subterfugio semejante, con lo inteligente y entendido que él era? ¿Cómo había podido? ¿¿Cómo?? Manuel, al ser esta pregunta de naturaleza incongruente, resolvió no intentar resolverla, y llegó simplemente a la conclusión de que efectivamente, tendría que cerrar su agraciada boca si no quería que viniesen unos tipos a hacerlo. Intentó dormir, de nuevo. ¡Pero no podía! A las ocho de la mañana, ya habiéndose revolcado bastante en su sudor, cedió a su cuerpo, que le pedía movimiento, y se levantó para prepararse para lo de las nueve. Se duchó, se desodorizó, se vistió con ropa limpia, que ya no quedaba casi ninguna (qué suerte que aquel día venía la de la limpieza), desayunó cutremente leche con dos madalenas, como cualquier español por la mañana al que le da pereza ir más allá del microondas, y partió hacia la estación Properral, a la entrada de la cual esperaba Fernando con ropa, también limpia, aunque por supuesto, menos elegante que la de Manuel: un polo negro, unos pantalones vaqueros y unas deportivas frente al magnífico atuendo de Manuel: camiseta con capucha, pantalones de pana y unas chanclas. Más de uno se pasaría de modisto a asesino, seguramente. Nuestro buen escritor, por ser cortés, le preguntó a Fernando que qué tal le iba la vida, mientras bajaban las escaleras.
-Pues muy bien la verdad. Últimamente detecto que me estoy esforzando más que nunca en la lucha contra la oscura presión de la sociedad, a la que odio profundamente.
Manuel le iba a preguntar que en qué consistía esa lucha que él daba a entender como feroz y apasionante, pero se detuvo al ver que, cuando él entraba por la puerta de entrada, él lo hacía por la de salida. ‘Bueno, no será para tanto’. Al sacar el billete de metro, en las máquinas estas que les dices que vas a un sitio cuando en realidad vas a otro para que te cueste menos, el buen Fernando no hizo sino decirle al trasto que iba a la línea doce, y a la estación más alejada posible de la línea seis. Manuel le dijo que para qué hacía eso, que le iba a salir más caro.
-La sociedad a mí no me tiene que decir como compro yo mis billetes.
Dicho esto, sacó su monedero y empezó a sacar y a meter en la ranura monedas de cinco céntimos. El importe total ascendía a dos euros treinta, así que se tiraron un buen rato. Manuel intentó acuciarle, pero la terquedad de Fernando le obligó a arrêter. Manuel comprendía ya qué le había querido decir Ignacio la noche anterior… Cuando se terminó la operación, Fernando cogió su billete de una manera normal y Manuel hizo la misma transacción, aunque más barata y más rápido. Sí, amigos míos: entre las cosas que Manuel sabía hacer, era gestionar los gastos de transporte público. Hechas todas estas cosas, fueron a los tornos. Manuel picó, burrubuzú burrubuzú pi-pí, y esperó a que su amigo hiciese lo mismo. Este le dijo que no pensaba picar, tal y como le dictaba la sociedad, y que se saltaría el torno.
-Pero ganapán, si ya has pagado, desgraciao.-rió Manuel, nervioso.
-Que no, que no, que la sociedad no me dice a mí cómo tengo que acceder al metro.
Así, se dispuso a saltarse el torno. Espera… ¿qué está haciendo? Oh Dios mío, queridos lectores. ¿Cómo se puede ser tan…? Fernando intentó saltarse el torno, pero por debajo, así que tras escasos segundos estaba retorcido y atrapado entre los tres palos.
-Perdón, señor, ¿qué está haciendo?-dijo a esto la encargado de la estación, que venía observando a ese par desde que entraron.
-Saltar el torno, ¿no lo ve, funcionaria de las masas?-gruñó Fernando.
-Creí que se saltaba por arriba. Al menos, según la RAE.
-¡A mí nadie me dice para dónde se salta! ¡Salto para donde a mí me dé la gana!
-No se preocupe, buen hombre, yo pagaré su viaje para que todo sea legal.-alzó el tono, afable, Manuel.
Inteligentemente, nuestro escritor picó por Fernando, el cual gritó del dolor al ser arrojado por el torno de cabeza al suelo. La encargada salió de la cabinita, abandonando el Candy Crush por un momento, y le gritó a Manuel que si le pasaba algo. Él contestó que se encontraba perfectamente. La encargada se resistió a enfadarse y se centró en ayudar al pobre Fernando, que, aunque dolorido, dijo que se encontraba bien. Lo que tiene, ser un cabeza dura.

jueves, 21 de julio de 2016

The mellifluous snow

Un relato perturbador escrito en inglés originalmente por un compañero mío de academia y yo, posteriormente remasterizado por mí para que no parezca lo que realmente es. De mis textos favoritos en cuanto a forma, ¿podría esto abrir una senda de comedia más ácida y más picante? Decidme que pensáis en los comentarios :).
THE MELLIFLUOUS SNOW
A tale of a politicly incorrect self-love without any crude language.

It as a cold, snowed, and dark night. Walking carefully, professor Snape was following in the the distance his 15 year old student Alicia, who was going to her house with no suspicions. Then, she arrived at her one floor house and entered it. For a second, she wondered if she was bein followed, but she decided not to mull it over and went to get changed to her bedroom. Her parents were not at home and she was going to get comfortable to watch a movie on the sofa. Professor Snape, knowing what was to come, silently approached her window, crouched under the frame so he wouldn’t be discovered and took a glance inside. There she was, unflappable, calmly unbuttoning her shirt. Pleased by what he saw, professor Snape opened widely his eyes. The stone dragon emerged from the ocean abysses, and a godly hand came from the skies to knock it out. And the mellifluous snow went through the surface of the sea, and the dead, weakened body of the dragon slept with the white, melting dust on it. Trembling, Snape whispered, but not for the cold, and felt finally relieved. And, deeply thrilled by the thought of being seen, he ran away from that place, stepping hard on the snow, hearing it crunch… feeling it.

jueves, 14 de julio de 2016

El escritor justiciero

Para los que quieren jaleo :). Este es un fragmento de un proyecto más grande en el que llevo trabajando meses y que ha causado la escasez de publicaciones en el blog, así como público, tenéis derecho a saber en qué he estado liado últimamente, disfrutadlo :).
El escritor justiciero I
Manuel paseaba por la calle tranquilamente. Hacía un vientecillo que refrescaba de una manera muy agradable, y le encantaba sentir la brisa a través de los huecos de la camisa. Observaba atento, cual escritor al acecho, la realidad, pero nada de lo que veía le gustaba: una rumana pidiendo (solo decía por favor, caridad en un tono lastimero que rondaba entre lo emotivo y lo ridículo), una pareja de hombres besándose, un hombre de unos cuarenta años calvo y gordo, con un delantal azul, que se rascaba entre nalgas disimuladamente antes de seguir atendiendo su puesto de comida ambulante… ¡la realidad era grotesca! ¡Qué horror era para alguien tan distinguido como nuestro escritor contemplar esta barbarie!
-¿Con qué tipo de panecillo quiere el perrito?
¡Por todos los santos, aquel tipo realmente iba a manipular comida tras haberse rascado el culo! ¡Y, sin darse cuenta de nada, una madre iba a permitir que su hijo de diez años comiese eso! Manuel Torres, héroe intelectual del pueblo, no lo podía permitir. Avanzó a zancadas hasta el lugar del delito, se plantó enfrente de los tres individuos y cogió aire:
-¡Señora! Le informo de que este hombre se ha rascado en sus partes bajas posteriores antes de ofrecerle a su hijo su producto. ¡Absténgase de comprarle sus productos, o su hijo consumirá un alimento de composición peligrosamente escatológica!
La madre, extrañada, miró al vendedor ambulante, que había terminado de preparar el perrito.
-Qu-est ce qu’il a dit?
El vendedor respondió en un francés más chapucero que el de aquella nativa que no le hiciese caso, que sería algún loco. Así lo creyó la señora, que tras ir a su monedero, completó la transacción, y el niño se puso a engullir aquella delicia callejera con suma felicidad. Cuando se hubo alejado la señora, el vendedor le dijo a Manuel en un tono ronco y áspero y en un perfecto español de Madrid que le dejase en paz, que estaba trabajando, y que no le gustaba nada la bromita. Su reacción, seguro, hubiese sido mucho más desmedida de haber sido la madre española.
-Pero, buen hombre, ¿no se da cuenta usted de que está actuando en perjuicio de la sociedad?
-Vamos a ver, amigo, si usted no se calla, este puño va a acabar en perjuicio de su cara, así que lárguese, y métase en lo suyo, y si no le gusto, pues no me compre.
-Pero su actitud…-insistió Manuel- ¡Es inmoral! ¡Le exijo que corra tras aquella madre y le pida disculpas por su actitud insolente, chabacana y desconsiderada!
-Que se calle usted, y que si no quiere que me rasque el culo, que me lo rasque usted.
Así lo intentó hacer Manuel, y acabó en el suelo con el pómulo morado.
-¿Se va a ir ya, imbécil?
-No solo desconsiderado y maleducado-masculló Manuel mientras se levantaba con dificultad-además mentiroso. Me había dado permiso para rascarle el culo, por lo que su puñetazo ha sido del todo injustificado.
-Su nacimiento sí que fue injustificado. Ahora lárguese si no quiere que llame a la policía.
-Vale.
-Que sí, pero que se largue.
-¡Que sí, que le estaba diciendo adiós, caray! ¡Ya me voy, inculto!

A Manuel no le gustaba la policía, porque te castigaba por querer vivir la vida como tu sentido de la felicidad te dijese, y además, a él le castigarían seguro, así que se despidió así de este hombre y prosiguió su paseo. En cierta manera sentía cierta satisfacción por haberse puesto al servicio de la justicia, por haber intentado luchar contra la tontería, el mal… Estaba decidido. Aquel día haría otra buena obra, ¡vaya que sí!