sábado, 31 de diciembre de 2016

No es otra Navidad

Sé que el pretérito perfecto simple de reír de tercera persona del singular no lleva tilde porque es monosílabo, pero he tomado la decisión de que la lleve. ¿Por qué? Porque puedo. Aunque no estoy muy convencido con el final, estoy bastante contento con este texto; ¿qué pasaría si un niño desease por Navidad que los problemas políticos se acabasen? Sería algo curioso; ea, pues, aquí lo tenéis.
No es otra Navidad 
-¿Qué quieres este año por Navidad, hijo?
El niñito rubio de seis años encontró con sus intensos y cándidos ojos a los de Santa Claus, que lo mecía suavemente en sus rodillas. 
-¡Que pida ya! ¡Hay más críos!-chilló una madre en algún lugar de la cola.
-¡Deje que el niño piense!-respondió Santa con acritud, para mirar de nuevo al niño y volver a la voz dulce - ¿Qué quieres por Navidad?
-¿Sabes? Trump últimamente ha estado muy tocanarices. Y el tirapetardos de Corea del Norte me da mala espina. El coletas no sé qué hace por el Parlamento. En Sudamérica, Maduro...
-¡Hijo, hijo!-le interrumpió Santa, sorprendido- ¿Y qué quieres que haga yo con todos esos problemas?
-¡Pues arreglarlos! ¿No eres mágico o algo así?
-Venga, campeón, vete a tu casa-rió Santa agarrándole por las axilas y tirándolo a su madre- ¡Señora! Un poco de seriedad, que algunos estamos trabajando.
***
Ya en su humilde casa del Polo Norte, azotada por las tormentas de nieve, Santa tomaba una agradable taza de chocolate en la cocina en compañía de su mujer, la señora Claus.
-Cariño, te noto taciturno, ¿te pasa algo? Pronto tendrás que empezar a repartir regalos...
Santa dejó la taza sobre la mesa, se quitó las gafas y se frotó los ojos con el pulgar y el índice.
-Hoy un crío ha empezado a largarme un rollo sobre Kim Jong-Un, Trump,  Pablo Iglesias, Maduro... al parecer quiere que cambie las cosas. Pero yo paso...
-¿Por qué?-respondió ella, dando un sorbo a su taza-Al fin y al cabo, ¿no eres mago, no tienes poderes? Recorres millones de hogares en una sola noche y ¿no vas a poder resolver problemas de orden mundial? Menudo calzonazos.
-¡Oye! Un respeto. Hago felices a muchos niños por toda la Tierra. ¡Les doy infancia! Eso es algo que jamás les darán los políticos.
-Sí... esos les darán pesadillas cuando se hagan adultos.
-Ahora que lo pienso-entrecerró los ojos Santa con el índice tumbado en el labio-Ese niño pidió un deseo de adulto. ¿Por qué la gente cuando crece ya no pide deseos a Santa...? Lo harían con más cabeza que los críos, desde luego, para eso son mayores...
-¿Y si piden salvajadas?
-Pfff, ¡les llevo carbón! Pero a lo que iba; lo cierto es que sí soy mágico. Es decir, por mucho que evolucionen los viajes jamás van a llegar a mi nivel, ¿no? Algo debo tener. Algo... ¡qué narices!-se interrumpió, levantándose de la mesa con estrépito- ¡Ese crío tenía razón! ¡Tenía un deseo por Navidad y lo voy a cumplir! ¿Los renos han terminado de comer su pienso?
-Sí.
-Fabuloso. ¡Feliz Navidad, cariño!-dijo, antes de salir de la casa de un portazo.
-Otro chocolate para mí-sonrió la sra. Claus acercándose la taza abandonada.
***
Antes de ir a los renos, Santa diseñó en cinco minutos el político perfecto: no necesitaba comer ni dormir, era inmortal, no tenía más sentimientos que el amor por la patria y las personas, una inteligencia y fuerza de diez Nelson Mandela juntos y unas habilidades increíbles para gobernar, aparte de un firme sentido de la justicia y el deber. Una vez lo tuvo fabricado, metió unos cuantos ejemplares en el saco, pero de repente pensó:
-Un momento. ¿Qué pasa con todos esos niños que han pedido juguetes? Bah, es igual. Cuando reparta estos políticos por todas las naciones, todos los padres podrán hacer regalos a sus hijos. 
Dicho esto, encajó sus gordas posaderas en el trineo, cogió las riendas, y a la velocidad de la luz emprendió su viaje por la Tierra. Cuando llegaba a un país, buscaba a todos los políticos incompetentes, los convertía en estatuas de mazapán y las dejaba en las plazas, para que los pobres pudiesen celebrar la Navidad. Luego, cuando todo el chorizo había sido frito, ponía en los cargos de poder a sus políticos perfectos y se iba a otro sitio. En los lugares como Italia fue bastante fácil, porque todos los políticos corruptos estaban en sus casas y no tenían armas, pero en otras partes como Estados Unidos donde todo el mundo tenía un trabuco, Santa convertía todo lo peligroso en bastones de caramelo y demás dulces navideños para evitar rebeliones conformistas innecesarias. No les dio tiempo a los informativos de registrar las últimas noticias, y todo malnacido que pudiese hacer daño a las naciones había sido mazapánmente exterminado y sabiamente sustituido. A partir de aquella Nochebuena revolucionaria de 2016, empezó una era dorada de la Humanidad en la que reinó la equidad y la justicia y desapareció el hambre y la pobreza entre todos los seres humanos, sin distinción de raza, género o creencias: todo esto se acompañó de una progresiva recuperación del planeta, por lo que cada año la pelota azul era un sitio más limpio y hermoso. ¡Era todo tan perfecto...! Pero los políticos de Santa, aunque perfectos, no eran invulnerables. Después de todo, los gobernase quien los gobernase, los seres humanos seguirían siendo un puñado abigarrado de morales, del que podrían salir un par de malos colores y derrocar a los nuevos dirigentes... quizás algunos, como las grandes multinacionales, las empresas, los criminales, estaban insatisfechos con este nuevo orden mundial, y puede que alguien intentase sacudir la paz. La vida en aquellos años era feliz, sí; todo empezó con un gran deseo, sí; todo era muy cómodo, sí... en definitiva, la vida era buena: de momento.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Tengo algo que decirte

Recién salido del horno. Hay algunas metáforas chulas, digo lo que quiero decir... en general estoy contento con este texto. ¿Lo estarás tú también? Solo hay una manera de saberlo... basta de marketing barato. Lee.
Tengo algo que decirte
¡Tengo algo que decirte! Evidentemente, como escritor decente he decidido sacar provecho artístico de esta confesión que ahora publico. En fin: que tengo algo que decirte. Verás... no dejo de pensar en ti. ¡Pero no te confundas! No es que esté enamorado de ti ni nada de eso, es simplemente... que eres algo duro en lo que pensar. Es decir, cuando paso revista a otras personas es como una cadena productiva, pero, contigo, ¡se atranca! La maquinaria no reconoce al producto y tienen que venir todos los empleados para intentar averiguar qué demonios es esa cosa que ha entrado en la fábrica... hoy en una peli había dos mirándose, y he pensado con nostalgia 'Así me miraba ella, así la miraba yo; así nos mirábamos'. ¿Te echo de menos a ti o al aire que me hiciste respirar? ¿Y si me enamoro de ti...? No quiero ni pensar en la posibilidad, porque creo -por no decir sé- que tu corazón es un artilugio de maravillas inestable y me horroriza la posibilidad de siquiera hacerle un mínimo daño. No quiero marearte, no quiero... ¿y si eres la adecuada? No; somos billones en este vertedero, encontraré a mi rata ideal; no quiero molestarte. Eres un pico que, a fuerza de palabras afiladas, ha roto la roca y liberado un manantial de agua contaminada. Eres una perforadora que ha taladrado mi corazón y... no te lo dije, pero el segundo día que quedamos, mientras te estaba esperando, noté como mi corazón se arreglaba, sentí las dos piezas unirse. Alguien nada pacífico lo rompió, te lo tengo que contar, ¡te tengo que contar tantas cosas...! Y, sin quererlo ninguno de los dos, me arreglaste. Definitivamente cogiste y volteaste mi vida como un infantil jugador de póquer con la mesa cuando pierde. Quiero ser tu amigo porque quiero que sigas excavando en mí, quiero ser tu amigo porque mereces la pena muchísimo y quiero que seas feliz. Perdóname por... por mí, porque soy un caos desencadenado, ¿fuiste tú quien me desencadenaste...? Ya hablaremos más cuando nos veamos. Pero no nos demos palmaditas en la espalda cuando nos abracemos, te lo ruego... Cuídate, amiga.

Idea: por estas fiestas, mándale a tu ex un sobre en el que metas una nota que diga: 'Para felicitarte estas Navidades, a continuación tienes un papel con las palabras que te mereces'. Adjunta un folio en blanco. *risa malvada*.

martes, 27 de diciembre de 2016

Amantes tenaces

El título no me convence del todo pero me parece que es el que mejor capta la esencia de este texto... realmente la chica de este relato existió y la retrató José Garnelo: es 'El retrato de la hija de Jacinto Picón y Bouche', pero el nombre me parecía tan poco literario que lo nuqueé. Aquí tenéis la foto. Tenía en mente un texto mejor pero bueno... ¡en fin! Al fin y al cabo escribo para algún día escribir bien. Un poco de basurilla poética, pero no os preocupéis que pronto volveré a escribir locuras. ¡Un saludo!
Amantes tenaces
No recuerdo su nombre, pero ahora debe tener otro, así que no importa. La vi en un cuadro, y sus ojos azul ultramar se hundieron en mí como una tormenta de mil cuchillos de zafiro. El cuadro había sido pintado en torno a 1915 por un tal José Garnelo, que por lo visto fue pintor de Alfonso XIII, cuya exposición había estado un buen rato recorriendo indiferente cuando de repente me encontré frente al cuadro. La imagen, la telaraña. Su melena corta de primera comunión, su lunar encima del labio y su nariz esbelta, y esa leve, leve sonrisa que a veces parecía moverse cuando la miraba demasiado tiempo. No dejé de contemplarla en media hora. No había nadie más en el recinto de la exposición para molestar. ¡Quizás en otra vida amé a la chica del cuadro! Quizás en otra vida fuimos felices, allá por el 1910; yo era un chico de los periódicos al que le gustaba escribir y ella era la hija de un famoso empresario. Yo solo quería verla sonreír, tenerla demasiado cerca y estrellarme en sus labios. Y ella me amaba a mí.¿Qué más podía pedir? Nos queríamos el uno al otro, hacernos felices, alejarnos del mundo volando en nuestra burbuja púrpura, nuestro vínculo era tan fuerte que llegó a oídos de un famoso pintor que decidió pintarnos a los dos por separado, para que pudiésemos vernos a todas horas. Hoy, un siglo después, mi cuadro se ha perdido, no sé dónde estará, pero yo encontré el suyo y me permitió recordar nuestra historia. Puede que ella haya visto el mío y también haya empezado a buscarme. Morimos jóvenes sin poder casarnos, no me acuerdo por qué o de qué...¡Es todo tan onírico! Todo son imágenes borrosas que aparecen mezcladas sin distinción en un torrente de sentimientos. Nos fuimos a la tumba con un gran asunto pendiente y nuestros fantasmas siguieron amándose. Entonces, ahí fue cuando, cien años más tarde, el destino se enterneció y decidió darnos una segunda oportunidad.

Pos data: si esta paranoia fuese verdad, con mi suerte me la encontraría... con novio.

viernes, 16 de diciembre de 2016

El nuevo Fahrenheit 451

La sátira me sale como un hueso de la carne, ugh. No digo que no haya buenos libros de texto, pero puedo contarlos con los dedos de la mano y... ¿qué diste hace cuatro años en el colegio? Si la respuesta es 'No tengo ni p*** idea', probablemente te gustará este texto. Si no, no avances...
El nuevo Fahrenheit 451
¿Ha leído usted Fahrenheit 451, o como se escriba/pronuncie? Seguro que sí, desde luego, es un libro muy bueno, y si no, tiene muchas papeletas de haberse visto la película. Si, sin embargo, usted vive cómodamente debajo de una piedra, le digo de qué va: es una sociedad distópica donde los bomberos queman libros, y por ello, hay gente que se dedica a aprenderlos de memoria. O algo de eso; un tipo es la Eneida de Virgilio, otro es el Hamlet de Shakespeare... usted lo habla con él y le recita su libro de memoria. Increíble, ¿verdad? Cosa de ficción, ¿verdad? Pues no se crea... Cada día nos vamos acercando más a esa sociedad distópica. ¡Pero usted se está marcando un dislate!, me dirá, indignado y confundido, al borde de las lágrimas histéricas. Cálmese, le explicaré. No es que los bomberos se vayan a poner a churruscar libros, pero algo bastante parecido... se trata de los estudiantes. Es decir, ¿nunca se ha preguntado usted por qué a su hijo le hacen aprenderse ese aburrido libro de biología de memoria, letra por letra, palabra por palabra? Sencillo; porque algún día querrá quemarlo y será útil tener a alguien para poder escribirlo de nuevo. Y, cuando lo vuelva a redactar, vendrá otro que lo vuelva a aprender y a odiar, que probablemente lo quemará, y así... los libros de texto constituyen una grave amenaza para la capa de ozono, y para la economía mental de la humanidad. Usted, en vez de hacer algo útil en su juventud, aprendió en Historia de España que Chisdanvinto IV se peleó con Hermenegilda la Fea V en febrero del 1476, y aunque ya se le haya olvidado -síntoma de estabilidad psíquica- recuerda muy bien el profundo desagrado y desprecio que sentía al memorizar las vidas de unos señores que ni le iban ni venían. Algún día alguien, algún amigo, le preguntará, ¿qué recuerda usted de su infancia?, y usted dirá alguna cosa que aprendió de memoria en primaria. Y, lleno de odio y amargura querrá quemar sus libros de aquella época, y podrá hacerlo tranquilamente porque ya habrá habido alguien que lo haya aprendido y pueda escribirlo de nuevo. ¿Para qué tener libros cuando se puede tener hombres-libro? Es maravilloso saber que si algún día se quemasen todos los ejemplares de Biología de 3ºde ESO se podrían hacer de nuevo. Espero que después de leer este breve artículo haya esclarecido un poco su visión del mundo, y ya sabe; con calma y alegría, libros de texto y cerillas.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Cálamo y la lavadora

 Este texto va dedicado a un profesor mío de pintura que nunca mancha su traje. Siempre me pregunté como lo hacía, así que hice mi propia respuesta... (me inspiré en ti, pero soy escritor, así que espero que perdones mis licencias) Espero que disfrutes, disfrutéis, esta pequeña pieza de absurdo.
Cálamo y la lavadora
Antonio Cálamo era un pintor que, tras haber estado pintando algunos años, era profesor de dibujo en un colegio privado. De perfil afilado, ojos intensos y oscuros y pelo brillante por su ausencia, Cálamo siempre iba al trabajo en traje.  Tenía negro, azul, gris y gris más oscuro, y nunca en el tiempo que llevaba enseñando le habían visto manchárselos una sola vez. Daba igual que estuviesen en el aula de escultura, rodeados de polvo y arcilla, o que estuviesen mezclando botes de pintura; ni una mota se atrevía a posarse sobre la tela. Si no hiciese contacto físico con sus amigos profesores, se podría pensar que tenía un campo de fuerza alrededor.
-Cálamo, ¿por qué nunca te manchas el traje? Es decir, ¿cómo lo haces?-le preguntó un día un alumno.
Cálamo, que hasta ese momento había estado sonriendo en la conversación, puso una mirada ausente y una mueca de miedo.
-Eso es la práctica, que con los años pues uno aprende... pues a no mancharse. Usted, como es principiante, se mancha todo el rato. Hoy es el primer día que mezcla pintura, pero cuando ya lleve años verá que a usted también le pasa.
Pero eso era una tapadera. El verdadero motivo por el que Cálamo nunca se manchaba el traje era porque tenía fobia a las lavadoras, y por ende, no tenía en su casa. Durante años había estado yendo al psicólogo, pero el pobre doctor Peralbo se rindió tras cinco años de trabajo.
-Mire, Antonio, que es un electrodoméstico y no puede hacerle daño... 
-¡Mentira! Una lavadora mató al gato del vecino. Son asesinas. Algún día desarrollarán brazos, piernas e inteligencia y emprenderán un ataque contra la humanidad que las creó.
-Bosch las hace silenciosas, pero no creo que les puedan salir piernas así de repente...
-¡Usted no sabe nada sobre la vida! ¡Váyase a la mierda!
Y así terminaron cinco años de terapia sin ningún resultado. La fobia de Cálamo tenía sus raíces en su más tierna infancia, cuando un día sus primos del campo vinieron a Madrid a visitarle y le dijeron que dentro de su lavadora encontraría una máquina del tiempo que haría que los siete años llegasen antes. ¡Pero era mentira! Cuando el pequeño Toñín metió su cabeza en el chisme, los otros dos aprovecharon para bajarle los pantalones y vapulearle el excusado con un matamoscas en forma de balón de fútbol. Cuando ya le dejaron que sacase la cabeza, le dijeron que había sido la lavadora, y el inocente se lo creyó tan a pecho que corrió a contárselo a su madre.
-Esos han sido tus primos, Toñín, que te han hecho una jugarreta.
-¡Mentira! Ha sido la lavadora. ¡Dame un cuchillo!
La madre, que había pagado una buena cifra por esa lavadora, no se lo dio. Además, para cuando alcanzase el cajón de los cubiertos ya se le habría olvidado el incidente. Pero no lo hizo. Antonio, como pasó a llamarse con la edad, siempre evitaba pasar por delante del cuarto de la lavadora, y a veces tenía episodios histéricos en los que intentaba tirarla por la ventana, pero afortunadamente su creciente afición por la pintura le había impedido desarrollar conocimientos de poleas. Varias veces sus padres lo llevaron a especialistas, que como el pobre doctor Peralbo, acabaron tirando la toalla.
-Mire, señora Baro, yo lo siento mucho pero lo de su hijo es incurable. Yo que usted me mudaría a la ribera del Manzanares.
Pero María Baro no lo hizo y Antonio Cálamo pasó una adolescencia terrible. Ya en la edad adulta, siempre recordaría aquellas interminables noches de insomnio, escuchando el amenazante murmullo de la lavadora, que le depararían sus características ojeras. Cuando ya superó la edad del pavo y se fue a la universidad, era un muchacho enclenque cuyas pesadillas eran las lavadoras y los gimnasios. Pero cuando se trasladó a su piso de estudiante y empezó a lavar su ropa a mano, empezó a echar músculo. Sus padres le daban todo el dinero necesario para poder llevar una vida normal aun con su matiz lavandero, y de otra manera no habría podido sobrevivir los cinco años de Bellas Artes, al cabo de los cuales era un hombre fornido al que no convenía enfadar.
-Picasso pintaba como un niño de cinco años, cualquiera puede pintar como Picasso.
Y ese tipo no vivía para contar otra vez su opinión de Picasso.
Tras algún tiempo, Antonio Cálamo se había ya labrado cierto nombre en el mundo de la pintura y vivía estupendamente de su arte. ¡Era feliz! Además había conocido a una chica muy guapa en Bellas Artes y tras unos años de noviazgo se habían casado y eran muy felices. Pero...
-Cariño, ¿por qué no compramos de una vez la dichosa lavadora?
-A ti te gusta quemar cosas y yo te comprendo. A mí me dan miedo las lavadoras, así que, hazme el favor, compréndeme.
-Vale, pero al menos ten poca ropa y mancha lo mínimo posible.
La verdad, Antonio llevaba haciendo eso toda la vida, pero cuando empezó a vivir con su mujer había el doble de ropa, y ella no estaba dispuesta a ayudarle a lavarla... había que tirar cosas, así que Antonio se quedó solo con lo imprescindible: un abrigo, ropa interior (como costaba menos lavarla podía tener más), zapatos y cuatro trajes que iría rotando. A veces era incómodo, porque era raro ver a alguien con corbata en un concierto de los Rolling Stones, pero lo cierto es que todo el mundo se acostumbró a ver a Antonio Cálamo siempre con traje. Circulaba la leyenda de que no se lo quitaba para la playa, pero eso era información a la que pocas personas en el globo tenían acceso... al menos eso era lo que se contaba de él cuando empezó a dar clase en aquel colegio privado: era un pintor extraño que en cualquiera de sus cuadros metía una alusión a las lavadoras, y que nunca había sido visto sin traje, y con manchas en el traje. 
Por fuera, parecía alguien sumamente inteligente e impecable que siempre mantenía su traje impoluto... pero por dentro el sabía que era un encogido ser humano aterrado por las lavadoras. Debía luchar contra su miedo. Por ello, tras unos cuantos años en el colegio, publicó su primer libro, 'Qué hacer frente a un apocalipsis de lavadoras asesinas', que ayudó a mucha gente cuando, efectivamente, las lavadoras intentaron tomar el control del mundo, como era de esperar.