sábado, 30 de mayo de 2015

UN TROZO DE PAN

Hoy os traigo un relato, que, personalmente, me ha impactado. Eso es raro, porque yo soy el que lo ha inventado y no me debería de impactar tanto como lo hacen otros relatos de otros escritores, pero esto es diferente. Esto es distinto, y creo que merece la pena comprobarlo. ¡Disfrutad!

UN TROZO DE PAN
Yo tengo dieciséis años. Tras terminar mi bachillerato a las dos, lo cual es una bendición, me voy a mi casa todos los días y espero a que mi padre llegue del trabajo para que comamos juntos. Nos alternamos para preparar la comida. Aquel día, miércoles, me tocaba a mí. Mi padre ya había preparado el día de antes unas lentejas, así que solo tenía que calentarlas. Tras poner la olla sobre la vitrocerámica y poner la mesa, cogí la barra de pan adquirida en el chino y me dispuse a cortarla sobre la mesa con un cuchillo cebollero. Entonces una llave sonó girando en la cerradura de la puerta. Para entender esto que os voy a contar, debéis saber que la cocina está a un metro de la puerta que da al pasillo de la escalera (alias la puerta de la calle), y que en esos momentos la puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Como decía: aquel sonido era ya inherente de mi vida y muy cotidiano, así que me dispuse a saludar a mi padre con mi habitual "Hola, papá" tras oír la segunda vuelta de la llave. A la tercera vuelta de llave la puerta se abrió. Pero una desagradable sorpresa sucedió. La puerta se abrió rápida y agresivamente, y un hombre con americana vaquera, camisa negra de "Jack & Daniels", vaqueros rotos oscuros y zapatillas de deporte oscuras entró agitadamente en la casa. Yo estaba perplejo, y en aquel instante, el miedo paralizó todo mi cuerpo, como si una tenazas de cobardía me oprimieran. El hombre, nada más dar el primer paso en la casa, giró la cabeza frenéticamente hacia mí. No era una cara de delincuente. ¡En serio! No tenía pinta de ser un mal tío. Simplemente, tenía una cara amenazadoramente desesperada, como si fuese el último día de su existencia. El hombre, tras descubrirme su gesto en la cara, sacó una navaja que relució pálidamente a la luz blanca y eléctrica de la lámpara  de la cocina, y se abalanzó sobre mí, poniéndome con la espalda pegada a la pared y la navaja en mi cuello. En aquel momento, su cara y fisonomía en general estaban muy cerca de mí, y pude ver que sudaba a chorros, y su piel tenía un repugnante brillo graso que combinaba con el fulgor de sus ojos marrones enrojecidos, y con su pelo castaño con aspecto de no haber sido lavado en días. No sabía lo que estaría pensando, pero no sería nada que me gustase.
-¿Dónde está el dinero?-preguntó en un tono inexpresivo del que se puede deducir el sentido por el contexto de la situación.
Me quedé callado, mirando fijamente a los ojos de la tormenta, con una mueca de asco en la cara.
-¡No estoy para bromas!-gritó, alejándome un poco de la pared para estamparme rápìdamente contra la misma, a modo de advertencia-¿¡Dónde está!?
Con las prisas, el hombre no se dio cuenta de lo que estaba haciendo yo. Y, en aquel instante de presión, nunca recordaré que se pasó por mi cabeza, pero agarrando fuerte el mango del cuchillo cebollero, hendí este en apenas un segundo en el abdomen de mi agresor. Este dejó caer la navaja con un ruido seco sobre el parqué. Tras ver que la hoja había llegado a su límite, porque la parte del mango donde enraizaba tocaba la carne, retiré velozmente el arma blanca, mirando perplejo al, esta vez, agredido. Él, asombrado también, bajó la cabeza para ver su herida, de la que manaba abundante sangre. Incluso la palpó, incrédulo, por si aquello no era más que una vana pesadilla. Entonces, me miró. Y sus ojos eran los de un niño.
-Solo... queríamos... ser...-hizo una pausa, mientras reunía fuerzas para continuar hablando. Agonizaba, mientras su voz estaba siendo llevada por la muerte. Deseé en aquel momento ardientemente la palabra postrera de aquel moribundo.-Felices.
Tras legarme sus últimas palabras, cayó al suelo, inerte, mientras un charco de sangre pintaba a la vez el suelo y su americana vaquera. No sabía qué había pasado con mi padre aquel día. Pero que aquel tipo hubiese tenido en posesión su llave no era buena señal. Pero no lo sé, y todo es un amasijo de incertidumbre. Sobre todo, porque nunca en mi vida normal me he planteado cómo esconder un cuerpo. Lo único que en aquel momento tenía sentido era en mi cabeza era que él, al menos al final de su vida, tuvo razón. Quienes quiera que fuesen, solo querían ser felices. Como yo. Como todos los seres humanos.

miércoles, 27 de mayo de 2015

LA MÁSCARA DE PLATA

Este relato lo acabo de escribir. Es un poco casualidad que su nombre coincida con el del blog, pero os aseguro que solo es algo fortuito. Es algo abstracto y poético. Adoro esa especie de magia misteriosa que existe en él incluso para mí. Y solo puedo decir, disfrutadlo.

LA MÁSCARA DE PLATA
Es un hombre con un traje morado. Una máscara de plata sin boca oculta su rostro, y no hay nada que pueda quitársela. Puede que sea su verdadera cara, y no la máscara que haya debajo. Se ven, en la ranura de los ojos, un ojo marrón caoba y otro verde esmeralda. Por los agujeros de la nariz, no se puede ver nada. Es increíble, porque, aunque sus ojos estén debajo, la máscara llora igual. El hombre tiene miedo de que sus lágrimas le manchen el traje, porque una vez fue preparado para una ocasión especial. Las lágrimas se tiñen de un color argénteo cuando zigzagean temblorosas por la máscara. En la mano solitaria del hombre, una rosa eterna, como un sentimiento que acababa de morir en el hombre, se marchitaba poco a poco, volviéndose más y más flácido el tallo a cada segundo, y cayéndose y arrugándose los pétalos. Nadie. Nadie en este condenado planeta puede comprender porque la rosa que permaneció imperecedera durante muchos años se marchitó en apenas cinco minutos. Nadie comprende por qué una inerte máscara de plata puede llorar como si fuese un ser humano, ni por qué el hombre que se oculta tras ella no puede llorar como si no lo fuese. Nadie entiende, desgraciadamente, por qué aquel hombre tan triste lleva un traje tan alegre. Quien quiera que haya ahí, que no se inmiscuya donde no le llaman. Que bajo ningún concepto intente averiguar quién es en realidad, o intente entablar conversación con él para intentar deducir algo por el timbre de su voz. Aunque, hace mucho tiempo, cuando aún la máscara no lloraba y él era feliz, se le oyó decir que esperaba a una mujer con máscara de plata y vestido morado para que cogiese la rosa.

jueves, 21 de mayo de 2015

EL PROCRASTINADOR

La verdad, he de admitir que me basé en mi comportamiento un domingo por la tarde para hacer este relato en clave de comedia. Espero que disfrutéis a este singular y vago personaje como yo cuando lo inventé. Es un personaje público, que en mi mundo de ficción, es muy conocido por la extrema pereza que posee, la cual no se puede encontrar en cualquier otra persona del planeta. Disfrutad.

EL PROCRASTINADOR

Tengo algo que declarar. A todas las personas, de todas las nacionalidades, razas y religiones. Quiero exhalar un grito que quede grabado en la memoria de la Tierra. Una proclamación de mi suprema excelencia. Ahí va: ¡soy un vago, y me enorgullezco!

Mi casa es el reflejo de la anarquía. Todos los aparatos y chismes están desperdigados por ella, y a veces, cuando me meto en la cama, me encuentro algún que otro artilugio. Dios sabe por qué hace tres días me encontré restos de un kebab cuando me arrebujaba entre las sábanas. Dios sabe qué hacían en mi bañera cuatro tomos del Quijote abiertos por la página 666. En definitiva, mi casa es el desastre absoluto, y cualquiera que ose intentar ordenarlo, tardaría demasiado tiempo de su valiosa vida. Ese es, exactamente, mi caso, ¡me da una pereza!

Hablemos ahora de mi trabajo. Soy vigilante de un colegio privado. Mi único trabajo es vigilar que los chavales no hagan gamberradas y cosas por el estilo en horario escolar, pero no puedo resistir tanto tiempo de pie, y cada día, me traigo una butaca enguatada y una almohada por si me entra sueñecito, hombre. Yo soy un gran defensor de las tradiciones nacionales, tal como es la siesta, así pues. Por eso, me esfuerzo en seguir manteniendo vivas las tradiciones. Soy vago. Muy vago. De hecho, el colegio me despidió, y decidí ocupar mi tiempo escribiendo en un blog mis ideas de procrastinación utópica, por el cual me conocéis todos y además cobro dinero que me permite seguir viviendo cómodamente.

¿Para qué levantarse de la cama si luego te vas a acostar? ¡El mundo está loco! ¡Que se quede todo el mundo en la cama sin levantarse por la mañana, y ya está! ¡Si luego se van a acostar, se ahorran el paseo! ¡Esa es mi filosofía! ¡Por eso, siempre que puedo, la sigo! ¡Hay veces incluso que la policía ha entrado en mi casa para asegurarse de que estaba bien, porque me daba demasiada pereza dar señales de vida!

Y para comer, por qué cocinar. ¡Demasiado trabajo! A domicilio, a domicilio. Tengo la pizzería a cinco metros de mi portal, pero hago mis pedidos a domicilio. ¡Viva la pereza! ¡Viva la relación eterna entre yo y mi lánguido sofá!

Y, cuando llaman a la puerta, ¿qué hago? ¿Queréis saber lo que hago? ¡Qué voy a hacer, no les abro! ¡Y si se quejan, no haber llamado, los muy pejigueras! ¡Yo estoy en mi sofá, que respeten mi solitaria afición! ¿Y si es urgente? ¡Les digo que cojan las llaves, que están debajo del felpudo de la puerta, y cuando se van, las dejan en su sitio! ¡Faltaría más! ¡De mi sofá no me levanta ni mi madre! ¡Que se paseen por encima de mi cadáver para alejarme de él, pero yo moriré, heroico, agarrado a él!

Aun así, por muy vago que sea, cultivo mucho la mente, no os creáis que por vago se es tonto. No solo veo programas de comedia y de polis que investigan casos, cuando quiero enriquecer mis conocimientos pongo la 2. Siempre hay algún documental que me instruye sobre las útiles cosas de la vida, como por ejemplo las estatuas moai de la isla de Pascua.

¡Gente del mundo! ¡Haced pereza! ¡Es lo mejor de lo mejor! ¡Sin trabajo! ¡Sin estudio! ¡Sin preocupaciones! ¡Alzaos contra la explotación laboral! ¡Os lo dice el Procrastinador! 

martes, 12 de mayo de 2015

DUDAS ELEGANTES

Esta semana os traigo un relato, como la semana pasada, escrito en el momento. Está basado en un microrrelato que escribí hace algunas semanas, teniendo como inspiración un objeto ( una lámpara) que no podía describir. Sí, bueno, cosas de escritores, cuando no sabemos describir o narrar algo sentimos una especie de frustración, es como cuando un pintor no sabe cómo pintar algo, o como cuando un ingeniero no sabe diseñar algo. Superé la frustración aquella y escribí un microrrelato describiendo aquella lámpara. No sé qué demonios va a salir, pero espero que os guste. El microrrelato original es el primer párrafo. ¡Si os gusta, dar likes y comentad!

DUDAS ELEGANTES
La lámpara del elegante vestíbulo del hotel, desde luego hacía al mismo más impresionante todavía. Estaba adosada al techo, con forma de hongo invertido, aunque podría denominarse de plafón, si se quiere presumir de léxico. Estaba compuesta de incontables lágrimas de cristal, que parpadeaban mientras los huéspedes iban o venían de recepción, o simplemente paseaban disfrutando las vistas. Era como una lluvia de guiños plateados, que anclaba la vista.

Debajo de la lámpara egregia, se hallaba un ramo de flores, orgulloso, prepotente, altivo, desafiando a cualquiera que entrase en el hotel a no fijarse en él. Se componía de las más variopintas flores, formando un abanico de colores que, ciertamente, alegraba la vista y la estancia.

El vestíbulo también disponía de un limpio suelo de mármol blanco que purificaba el lugar, unos muebles antiguos que parecían darle sabiduría al edificio y unas mesas con sillones al lado de las ventanas amplias que daban a la calle, una de las más transitadas de la ciudad. Podría parecer que los huéspedes, mientras se tomaban su café o demás refrigerios sentados cómodamente en aquellas mesas, se regodeaban frente a los que estaban al otro lado de la ventana, sin un asiento tan reconfortante como el suyo. Aunque, la verdad, ese regodeo les costaba bien caro, pues las tarifas del hotel no se las podía permitir cualquiera.

Luis esperaba sentado en aquellas mesas, mientras sorbía poco a poco su café con miel. Se lo acababan de traer, y todavía humeaba, impregnando el espacio vital de Luis de un aroma delicioso. Miraba a los transeúntes pasar monótonos al otro lado de la ventana. Violeta se estaba retrasando. Él se iba de la ciudad en veinte horas, y esta era su última oportunidad de verse. Aun siendo el café delicioso, él lo saboreaba como si fuese la misma duda de si acudiría o no. Nunca podía venir a visitarla. Nunca podía pasarse por España. Los dos lo habían llevado con paciencia, quizás demasiada. Ella se estaba distanciando, lentamente. Luis pegó otro sorbo acaramelado. Puede que... puede que no viniese. Puede que los últimos días, meses o años hubiesen sido una farsa. Al fin y al cabo, nunca Luis podría adivinar que se le pasaba por la cabeza a ella. No se puede saber nada. Su móvil estaba apagado. Puede que lo hubiese hecho adrede, pero tenía el móvil apagado, no podía preguntárselo. 

¿Por qué? ¿Por qué había tenido que aceptar aquel trabajo? ¿Por qué no pudo pensar detenidamente lo que de verdad importaba? Ahora, aquella relación en la que había vertido tanta esperanza, se iba mellando, y llegaría un momento en el que estaría obsoleta. ¿Vendría ella para desmentir esas terribles dudas? ¿O para confirmarlas? Luis cogió la taza y una vez más dio un sorbo. Por mucha miel que le hubiesen puesto, era el café más amargo que había probado en su vida.


domingo, 10 de mayo de 2015

UN DÍA SIN ARTE

Esta semana, le dije algunos que publicaría la entrada semanal el viernes, pero debido a circunstancias personales no pudo ser, y pido disculpas a los que esperaban que la entrada se publicase tal día. Hoy os traigo un relato que pienso escribir ahora mismo, no es como la semana pasada, que ya estaba hecho. Se trata de un caso hipotético interesante. Atentos. ¿Qué sería el mundo sin arte? ¿Cómo sería la vida?

UN DÍA SIN ARTE

Suena el despertador. Hasta ahí, supongo que no cambiaría nada. Remoloneas el tiempo estipulado para tu personalidad y te levantas. Te dispones a ducharte, y piensas qué canción podrías poner en el móvil mientras te lavas, aunque aquí comienza lo bueno: la música no existe. Nunca ha existido. Te duchas, acompañado del sonido del agua repiqueteando sobre el plato de la ducha. Cierras el grifo, y el sonido se hunde en un vórtice de monotonía. Silencio. Te vas a desayunar. Te vistes, te lavas los dientes y sales de tu casa para ir a trabajar al bufete de abogados.

La verdad es que hoy es viernes, y por la tarde, pensabas ir con tus amigos a ver la nueva película que sacaron este miércoles, pero sorpresa una vez más: te has quedado sin plan, porque el séptimo arte no existe. Además, cuando llegas a coger el bus, los tradicionales anuncios en las paradas de autobús ya no están. Ahora está vacío. Tampoco está el mapa del trayecto del bus, pues como no hay arte, no hay artista, y por lo tanto no hay nadie que lo diseñe. El autobús llega, gris, dejando ver todas las piezas, porque nadie se ha ocupado de decorarlo. Todo es gris, metálico, duro, frío. De hecho, es alarmante la incomodidad que sientes cuando apoyas tu cuerpo en ese asiento de metal.

Piensas en escuchar música durante el trayecto, pero recuerdas que la música no existe. Exasperantemente frustrante. Para entretenerte, miras por la ventana, a ver si hay algo interesante que te alivie de esa monotonía. Todos los carteles de las tiendas son iguales. Todas las tiendas son iguales. Todos llevan un uniforme gris, todas las personas, todos los hombres, mujeres y niños. No existiendo el arte, nadie diseña prendas. El mundo se ha decolorado, y ahora es insulso, es soso como una sopa sin sal. Hablando de comida, el arte culinario, evidentemente, no existe, y nadie se preocupa por innovar en la cocina, descubrir nuevos sabores o probar nuevas formas de presentación. Los alimentos se han vuelto precarios, y la comida para llevar, a diferencia de los envases diseñados, se lleva en bolsas míseras de cartón. Lo de que todas las tiendas son iguales, por cierto, también se aplica a todos los restaurantes. Todos son iguales, ninguno tiene una decoración que lo diferencie del resto, y, por supuesto, los camareros y cocineros tienen su castizo uniforme gris.

Llegas al trabajo. Todo el mundo va con el ya insufrible uniforme gris. Tu maletín es gris. Todos son iguales. Todos son máquinas de trabajar, sin iniciativa ni ideas propias. Hay una multitud de letrados, porque nadie tuvo la opción de hacer diseño, artes, alta cocina, cine... Las bibliotecas ahora no tienen libros de verdad, tienen informes, libros de contabilidad. Nadie se puede refugiar en la fantasía de un libro. No hay galerías de artes. Los cines se han extinguido. Los centros de ocio han desaparecido. Los edificios artísticos ya no coronan la ciudad. La mitad del mobiliario urbano se ha disipado. Te desesperas, y ruegas que el arte vuelva. Definitivamente, para que la vida sea viable primero debe de haber arte.