viernes, 21 de agosto de 2015

LA CATARSIS DEL ANILLO

Este relato es la pieza final del rompecabezas... disfrutadla, y si leísteis además 'Sombras de la Distopía', 'La Agonía de la Taberna' y 'Entre los enigmas' puede que os acerquéis a la verdad, como dijo alguien alguna vez...

Glosario de palabras poco comunes. Mi definición es la que creo apropiada según el contexto para que se comprenda el texto.

Anfractuosidad: cavidad sinuosa o irregular en una superficie o terreno.
Argénteo: plateado.
Bandullo: vientre.
Ceniciento: gris.
Deflagración: explosión.
Deletéreo: letal.
Embelesado: embobado con algo.
Engarzar: enlazarse a.
Escudriñar: examinar cuidadosamente con la mirada.
Espectroscópico: que tiene que ver con el espectroscopio, instrumento utilizado para obtener y observar un espectro.
Fuliginoso: de color del hollín.
Fraguar: unir (normalmente se usa con metales: 'fraguar oro y estaño').
Garrancho: parte aguda y saliente del tronco o rama de una planta.
Grandilocuente: con aires de grandeza.
Jacintino: de color violeta.
Malhadado: infeliz.
Paulatinamente: lentamente.
Pertrecharse: equiparse.

LA CATARSIS DEL ANILLO

Jack Moldron y Patrick McFinnegan se pertrecharon con ropa de campo cómoda para ir al bosque.
-Moldron, deberíamos haber llevado más agentes.
El aludido se rió con suficiencia.
-¡Por favor, Patrick! ¡Estamos buscando un lugar que ha sugerido un loco! Venimos aquí solo por un pálpito que tengo... nos penalizarían si supieran que le hacemos caso a un lunático.
-Cierto...-asintió McFinnegan-Bueno, espero que aquí dentro haya buena cobertura, ¡porque si nos metemos en un lío será nuestro recurso!-continuó grandilocuentemente.
-Anda, calla y concéntrate. Podrías tropezar y dejarte los piños en cualquier parte.
El bosque Lockwood, o Lockwood, a secas, había sido declarado parque natural hace algunos años, solo porque circundaba al bello lago Pearlwhind, la principal atracción turística de la zona. De hecho, la estampa más típica para las fotografías era la clásica familia haciendo un picnic a orillas del lago, con el frondoso bosque al fondo.
Mucha gente iba al lago... pero nadie se adentraba jamás en ese laberinto deletéreo de  oscuras ninfas espectroscópicas, por no decir nadie. La tupidez de las copas de los acebos y los robles eclipsaba al astro rey, alumbrando Lockwood unos pocos rayos tímidos que se filtraban por las anfractuosidades celestes... este denso ramaje contrastaba con troncos caídos, fragmentos de cortezas, alguna que otra misteriosa figura tallada en una roca, tierra de un color marrón profundo y más que alfombraban Lockwood. Y, en aquel mundo de misterios, especies salidas de la imaginación decrépita del Creador vivían, sin que nadie perturbarse su existencia. Pero sobre todas las descripciones, sobre el bosque pesaba aquella teoría de quienes intentaron visitarlo alguna vez... si entrabas demasiado, era probable que no salieras.
McFinnegan sabía todo esto, al contrario que su compañero, que parecía menos concienciado del peligro que podía suponer ahondar en Lockwood.
-Sabrás hacernos volver...
Moldron miró su reloj de pulsera analógico.
-Son las ocho y media de la mañana, querido amigo. Antes de que anochezca, te sabré llevar de vuelta, tranquilo... pero de aquí yo no me voy hasta que lo encontremos por mis huevos-rechinó entre dientes sin que McFinnegan lo oyera.
Los haces de sol que bendecían el bosque con su luz se fueron intensificando a medida que pasaban las horas. El sudor goteaba paulatinamente por las frentes de los dos hombres, y el hambre empezaba a tomar relevancia. McFinnegan era de esos tipos que opinaban que no se podía rendir bien con el estómago vacío. Así se lo dijo a Moldron, el cual le dio la razón y declaró un alto en el camino.
Estaba ya Patrick McFinnegan abriendo la cremallera de la mochila para sacar los sandwiches y las latas de cerveza tibia cuando, como una señal del destino, Moldron divisó un claro del bosque iluminado pálidamente por el sol, y avisó a su compañero para trasladarse allí para almorzar. Así lo hicieron, y Moldron dio, mirando al cielo sin nubes, una honda inspiración:
-¡Ah...! ¡Un poco de aire fresco!
Patrick McFinnegan rió, mientras se arrodillaba y ponía la mochila sobre una roca plana, que pretendía usar a modo de mesa. Estaba ya sacando de nuevo la comida, sonriendo, cuando alzó la cabeza y entrecerró los ojos.
-¿Qué suena?
-¡Los pájaros! ¡La brisa! ¡La naturaleza!
-No, no... ¿No oyes otra cosa?
Moldron se calló y aguzó el oído.
-Ahora que lo dices, ¡sí...! Es como un zumbidillo. ¿De dónde viene?
Los dos hombres se detuvieron y escudriñaron el claro, en busca del origen de aquel pequeño zumbido eléctrico, en el cual de vez en cuando irrumpía un leve chisporroteo. Pero por más que investigaron el lugar, no supieron la fuente del sonido, hasta que los ojos de Patrick se iluminaron con una mezcla de sorpresa y miedo.
-Jack, tu bolsillo-señaló, temeroso.
-¿Qué...?-respondió Moldron, metiéndose la mano en el susodicho- ¡Mi móvil no está sonando!
-El ruido viene de ahí- replicó McFinnegan- Si no lo encuentras tú lo encuentro yo.
Justo antes de que su compañero le perforase el bolsillo con sus zarpas, Moldron le paró e hizo una segunda búsqueda con más ahínco, sacando como resultado su cartera. Los dos hombres la miraron atónitos, mientras un tenue resplandor morado salía de ella, junto con el zumbido.
-¡Ábrela ya!- gritó McFinnegan, desesperado.
Moldron, temblando, la abrió, y los dos, sin saber qué sentir, contemplaron a través de un compartimento de  plástico el anillo de Tyler, cuya figura ilegible brillaba más y más con una intensa luz morada. Estaban los dos embelesados por aquel artefacto cuando soltó una chispa muy sonora y Moldron dejó caer la cartera al suelo en un aspaviento.
Entonces sucedió. Una deflagración sibilante desintegró la cartera sin dejar humo, y de la joya argéntea emergió una figura de luz púrpura cegadora, que tomó la forma de un dragón de dos metros de longitud, alas largas y puntiagudas, patas afiladas, cola siseante y morro esbelto.
Moldron y McFinnegan se tiraron al suelo, cubriéndose detrás de la roca que había estado a punto de servirles de mesa, para observar el dragón que batía sus alas poderosamente, unido al anillo por un hilo serpenteante de luz que se movía ingrávida e hipnotizadoramente.
El dragón pareció tomar aire y exhaló una llamarada que hizo a la realidad quemarse en manchurrones incendiarios; pero estas manchas no exterminaban el claro. Dibujaban a brochazos su alter ego, hasta que tras varias pinceladas, este cuajó,  dejando a la vista un claro de robles cenicientos centenarios, con ramas hacia arriba clamando al cielo gris en tormenta. El viento retumbaba y atronaba, cuando el dragón terminó de escupir fuego púrpura y se lanzó hacia los dos mayores robles, justo enfrente de Moldron y McFinnegan, cuyas ramas trazaban un arco sombrío hasta juntarse en dos garranchos malhadados. Engarzó las patas delanteras a las ramas y las traseras al tronco, tras lo cual su vientre de luz empezó a ensancharse mágicamente, disminuyendo proporcionalmente el resto de sus partes. Y, en el centro del bandullo, se empezó a formar un remolino aciago fuliginoso, que fraguaba bellamente la luz jacintina con aquella espiral ennegrecida. Y, mientras los dos agentes contemplaban aterrados aquella diabólica ficción hecha realidad, el círculo enorme terminó de expandirse, tomando la apariencia de un portal circular. Antes de que la cabeza del dragón desapareciese, sus fauces de luz desprendieron un último hálito espectral, que se materializó en dos palabras hermosas y lúgubres que coronaron el portal infernal: 'Circulus Rabidus'

jueves, 13 de agosto de 2015

ENTRE LOS ENIGMAS

 ¿Qué es este pedazo de historia...?
ENTRE LOS ENIGMAS
-Es un terrorista.
Jack Moldron fumaba un puro distraídamente cuando tachó al hombre de esa condición, confiado.
-¿Tú crees?
-¡Sin duda alguna! Se puso con aquel discurso tan raro en mitad de la calle... qué digo raro, ¡sospechoso! ¡Amenazador! Que esto es solo un preludio de la hecatombe, que las vamos a pasar canutas... no me digas, McFinnegan, que no es para pensar que esté amenazando a la seguridad nacional.
-Puede que sea un loco, sin más.-se encogió de hombros Patrick McFinnegan.-Últimamente cada vez a más gente se le va la olla y empieza a decir disparates.
-Hay dos tipos de personas que dicen disparates-sentenció Moldron-O los locos, o los muy listos.
McFinnegan asintió mudo, ante la confianza que mostraba en sus palabras Moldron. En efecto, aquel tipo podía ser un demente, o un psicópata demasiado inteligente. O quizás los dos.
-Deberíamos interrogarle. Ya le detuvimos hace dos horas y no hemos encontrado momento para hacerlo.
-Cierto...
Los agentes Moldron y McFinnegan hicieron llevar a aquel sujeto a la sala de interrogatorios. Cuando lo vieron a través del cristal de visión unilateral lo vieron por segunda vez. En la lucha contra la policía se había dejado la cara hecha unos zorros, con moratones y contusiones, aunque la que más asustaba era una que le había dejado el ojo izquierdo negro. A pesar del dolor que debería estar sintiendo, dibujaba en su rostro una sonrisa calmada, hasta un poco inquietante, a la que acompañaban unos ojos pícaros y tranquilos. Jugaba en la mesa con un misterioso anillo de plata, que hacía girar con los dedos. Su traje negro, el mismo con el que dio la conferencia, tenía un aspecto más luctuoso que nunca, a causa de los rasgones, las manchas de polvo y las múltiples arrugas. Definitivamente, le habían dejado en su detención para el arrastre, pero seguía luciendo esa estúpida sonrisa. Y eso era lo que hizo que costase tanto que saliera la palabra de la boca de Moldron:
-Entremos.
Nada más entrar, McFinnegan se estremeció al percibir el aura espectral de aquel tipo. Moldron se esforzó en mostrarse impasible, y fríamente tendió el expediente sobre la mesa. Se sentó mecánicamente, mientras le hacía un gesto a McFinnegan para que se quedase detrás de él, y abrió el expediente:
-Veamos, señor...
-Tyler.-completó el hombre con una sonrisa solícita, si bien macabra.
Moldron aspiró la saliva apretando los dientes, dirigiéndole una mirada de rabia. Ni siquiera la paliza de la detención había logrado controlar su carácter indómito. Le desquiciaba.
-Como sea. Por lo que veo, tiene el expediente limpio, es usted un santo...-admitió resignado. Siguió, apartando la mirada del documento y mirando a Tyler a los ojos, fijamente-¿Qué se supone que hacía en aquel local?
-Estaba dando un discurso.
-Un discurso un poco amenazador, ¿no cree?-inquirió Moldron, enrabietando su tono de voz.
-Solo cierto. Y la verdad no es mi culpa.
Tyler se encogió de hombros. Moldron, nervioso, se limpió los restos de saliva en sus labios con el dorso de la mano, para ganar tiempo.
-No me venga con tonterías-respondió, airado. Tomó aire para empezar a citarle:-'Estos sucesos extraños, tales como violaciones, asesinatos, robos y corrupción, son el resultado de lo que allí se maquina de momento', o 'Yo he visto a las personas responsables de su infierno diario de represión'.-le miró, curioso- ¿Qué significa esto?
-¿No lo dije bastante claro?
-Usted no sabe con quién está hablando, amigo-dijo Moldron, colérico,  levantándose con un estrépito y señalándole-Más le vale darme una explicación clara de lo que quería decir con ese dircurso.
Tyler se estremeció en la silla. McFinnegan estaba perplejo ante aquel quebrantamiento de la fialdrad de Moldron, y le miraba sin decir nada. Tyler pareció estar más persuadido y se dispuso a hablar.
-Hay un sitio, donde todo lo malo se cuece. Yo lo he visto. Yo he conocido a esos tipos...-sus ojos se abrieron como platos, y se pudo ver el temor en ellos-No les puedo decir nada más. Estoy bajo un juramento. Pero trato de prevenirles de algo gordo.
Moldron se volvió a sentar y se apoyó sobre los antebrazos, inclinándose hacia adelante.
-¿Y no puede decirnos dónde está ese lugar?
Tyler suspiró.
-Sólo puedo decirle, detective, que es un lugar en el que cada pisada es un escalofrío ungido de veneno ácido... en el que se siente el aliento de la Muerte en la nuca.
-Mire usted, a mí no me gustan los acertijos. Dígame dónde es-dijo Moldron, empuñando su boli para apuntar el nombre del lugar en su bloc.
-¡No puedo!
-¡Que no me venga con jueguecitos! ¡Dígame ahora mismo qué lugar es ese!
-Está en el bosque Lookwood.
-Eso está fuera de la ciudad-señaló McFinnegan.
-¿Qué lugar del bosque? ¡Venga, desembuche ya!
- Estoy bajo juramento...quiero decírselo, pero no puedo.-tartamudeó Tyler, temblequeando.-Pero puedo darle este anillo. Le ayudará a encontrarlo.
Moldron recibió de Tyler, perplejo, un anillo de plata con una inscripción negra que no había visto en su vida. Tras examinar sucintamente el curioso objeto, Moldron miró a Tyler. Había tomado una decisión.
-¿Es esa su última palabra? ¿Seguro?-siseó.
-Sí.
Moldron se levantó y le hizo una señal a McFinnegan para que se fuesen. Tyler se quedó ahí, expectante, con una mirada de desamparo, abriendo la boca pero sin poder articular palabra. Los dos detectives salieron de la sala y se detuvieron al lado del agente que vigilaba la puerta del interrogatorio. Moldron se volvió para mirar con rabia a Tyler a través del cristal, y a continuación se dirigió al policía.
-Ese hombre, al calabozo.

miércoles, 12 de agosto de 2015

LA GARRA DEL ABISMO

Este relato lo escribí algún día en el que las columnas del cielo parecían derrumbarse, sin nadie que pudiese arreglarlas... en el texto hay un guiño a una canción de rock muy famosa. Si sois aficionados a  esa música, puede que reconozcáis la frase. ¡Disfrutad!

LA GARRA DEL ABISMO
Son malos tiempos los que vivimos. Los muertos ríen en sus tumbas de plata y las moscas arden en deseos de rubí. Las niñas se ponen coletas negras y las zarzas invaden los páramos. Soledad, no infinita, porque todo lo bueno acaba algún día, y los seres humanos somos ahora ratas mezquinas que no podemos confiar los unos en los otros. Las calaveras deformes ríen divertidas, viendo la danza deletérea de los vivos, que se consumen entre llamaradas de dragones afilados. Los relojes se pelean mientras sus manecillas lloran sangre del tiempo. La muerte se toma unas vacaciones, porque los humanos la sustituyen en la labor. Silba tranquila, con una capucha cubriendo su rostro de fuego de perlas, mientras observa complacida la canción de la matanza.
Oh, madre. No quería hacerte llorar. Perdóname si mañana no estoy en casa. Unas llamas verdes resquebraja nuestro piano de cola, y su melodía de oro va consumiéndose entre la injusticia del mundo.
Oh, padre. ¿Por qué? El por qué de todo. ¿Por qué? ¿Por qué madre llora? Dime que no pasa nada. Dime que queda una oportunidad. Dime que todo va bien. Aunque, cállate, llegas tarde. Ya se cae el techo del mundo, y no quedará títere con cabeza.

MOHER

Para hacer este relato, me basé en mi propia visita a los acantilados de Moher, en Irlanda, y particularmente, en la decepción que sentí cuando llegué a la torre del final y comprobé que los acantilados se extendían más allá de donde creía yo que se encontraba su término...¡Ahí va!

MOHER

Suspiraba de aire salino, de aire lleno de nostalgia de Irlanda. Habíamos llegado a aquella torre de castillo, casi al final de los acantilados de Moher, en el oeste de la isla.
Ahí, con aquel aire purificador, lo único que me apetecía a mí, con mi espíritu simple,  era levantarse, extender los brazos, cerrar los ojos y sonreír, mientras la brisa marina combinada con el frescor del césped alimentaba los sentidos... uno se evadía de la realidad, y se sentía una brizna diminuta de hierba en un prado enorme de tranquilidad. 
-Entremos a la torre-dijo Rachel Flann, con ese aire místico de fantasma que me cautivó de ella la primera vez que nos vimos en los acantilados, señalando a aquel mazacote de piedra que se erguía a nuestras espaldas.
Expresé brevemente mi conformidad y entramos. La piedra estaba adornada de un misterioso y taciturno musgo, y aquel rincón medieval olía inevitablemente a secretos del pasado.
-Pché-dije aburrido-Es bonito, supongo.
Ella, en cambio, se apasionaba analizando cada mancha enana de las piedras, cada grieta, cada figura que le sugería el musgo. Se veía en su mirada. Sonreí para mis adentros.
-¿Está bonito el musgo hoy, no?
Rió, asintiendo con un movimiento de cabeza vago y tímido, como si quisiera negar a sí misma la respuesta afirmativa. Se quedó un rato más observando, mientras yo me senté en un bloque acolchado con musgo.
-¿Seguimos hacia el final?-propuse. 
Nunca habíamos pasado de aquel punto en todas nuestras visitas, porque Rachel siempre se había negando, alegando motivos de cansancio, de lluvia o de necesidades menstruales u de otra naturaleza aún menos agradable.
-Buf, no, estoy agotada. Hace mucho que no hacía ejercicio, y la caminata, además del calorazo, me han dejado hecha polvo.
-¿Sabes qué?-repliqué asertivamente-Me parece muy bien que estés agotada. ¡Me viene de perlas! Tu te podrás quedar aquí, descansando de tu extenuación, mientras yo sigo avanzando.
Pareció ponerse nerviosa. Sus comisuras de torcieron en una mueca de sorpresa fatal, y sus ojos se abrieron como platos.
-¿Me vas a dejar aquí sola, Jay?
-Pues sí-dije yo, radiante-Siempre he querido saber qué demonios hay al final de estos acantilados, y tú nunca has querido que vayamos. Estoy har-to-silabeé, para que lo entendiese-, y satisfaré mi curiosidad solo, no por irrespeto a ti, sino por respeto a mi propia libertad.
Tras la argumentación, se volvió pálida, como si hubiera dicho una atrocidad. 
-¿Te pasa algo?
-Jay-comenzó enigmáticamente-Si vas al final de los acantilados, jamás volverás a verme.
-¡Oh, venga ya! ¡Solo será un par de horas! ¡Y te puedes quedar aquí, descansando!-lloriqueé, cansado.
-¿Seguro?-me preguntó, lentamente, como añadiendo más valor a la palabra.
-¿Por qué no iba a estarlo? ¡Nos veremos en dos horas!
-Ya te he dicho que si te vas, no me volverás a ver-rechinó entre dientes.
-No pasa nada. ¡Ya verás como se te pasa...! Sabes que no podría vivir demasiado tiempo sin ti.
-Ve, si quieres, pero sé consciente de lo que estás haciendo.
Al terminar esta frase, sonreí y la besé. Tras fundirnos unos instantes en aquel beso infinito, nos miramos a apenas dos centímetros. Me sonrió ella también, sonrojada, pero con un atisbo de tristeza, como si aquel beso fuese un signo de despediad y no de amor
 Rachel era una chica alegre y cariñosa, que veía en mi un compañero que la hiciese feliz, y yo compartía esa filosofía respecto a ella desde el instante que comenzamos el noviazgo. De hecho, creo que esta era la primera vez que la contrarié, pero ella debía saber que, antes de amante, yo era libre.
Iba yo pateando la tierra del camino que conducía al final de los acantilados, cuando vi, en un espacio más ancho, una serie de gente mirando al suelo. Con un suave y cauto empujón, me hice hueco entre la multitud, para ver qué se les había perdido a aquellos visitantes de los acantilados. Entonces la vi. Vi una placa de estaño incrustada en el suelo, que lamentaba la muerte de una tal Sophie Ann, hace unos treinta años. Había muerto por su curiosidad, al asomarse demasiado a contemplar el espectáculo del océano. 
-Pobre mujer...-suspiró una mujer mayor, a mi lado.


Tras leer el breve poema que daba final al texto, leí: 'Sophie Ann, -1963-1984'. Debajo, había una placa con el grabado de su retrato. Me costó un rato identificarlo, porque los rayos del sol reflejaban en la placa demasiado. Me horroricé, cuando reconocí el rostro de Rachel Flann.

martes, 4 de agosto de 2015

LO QUE HABITA EN LA ESMERALDA

Yo estaba en el asiento trasero de mi coche, de vuelta a mi casa tras un fin de semana de viaje, y pasaba por una zona montañosa, típica de la zona andaluza, para que los lectores se hagan a la idea. Ni húmedo ni seco. Abundantes plantas pero a años luz de la jungla del Amazonas. Yo, sin nada útil que hacer, miraba por la ventana, aburrido, a ver si de repente caía un meteorito gigante que hiciese un cráter increíble o algo por el estilo para que me distrajese. En vez de eso, vi una casa en ruinas en la falda de una montaña. Estaba derruida. Los ladrillos, de hecho, se podían observar diseminados por el suelo y en el pedazo de casa que todavía quedaba en pie se observaba una marcada textura musgosa. A cualquiera le hubiera fascinado ver esa casa con cada ladrillo alumbrado por la luz de la luna llena, con ese aire de misterio que tienen las casas musgosas en ruinas. El caso es que, nada más verla, supe que me inspiraría algo. Cuando me dispuse a escribir cuando llegué a mi casa, vi el comienzo de otro relato que había empezado hace unos días. Y ha salido esto, no sé muy bien por qué, la verdad. Debo destacar, antes de que leáis esto, que soy creyente católico, y que el universo que retrato a continuación es plenamente ficticio. Sumergíos en este relato de leyenda y disfrutad.

LO QUE HABITA EN LA ESMERALDA

Hace mucho, mucho tiempo, cuando algunos espíritus todavía caminaban sobre la tierra, las esmeraldas relucían más que nunca en las cuencas oculares de los recién muertos. Según fuentes que no han querido desvelarse, los primeros humanos que habitaron la tierra encontraron en algún lugar un yacimiento descomunal de esta verdegueante joya. Al parecer, lo declararon sagrado. Corrían rumores de que algunos espíritus de los que crearon el universo se paseaban por aquel lugar, bendiciendo a las buenas almas y castigando a las malas. También se decía que los espíritus dormían en las propias esmeraldas, convirtiéndolas en amuletos poderosos. He ahí el motivo por el que, para proteger a los muertos, se les sacaba los ojos con cucharas expresamente fabricadas para la ocasión para poner en su lugar dos pequeñas esmeraldas. Quien intentaba profanar las cuencas, se decía que al cabo de un tiempo moría de diversas úlceras que le hacían morir con un sufrimiento atroz como el infierno. Eran los espíritus, que, como dije antes, todavía caminaban sobre la tierra. Aunque no se les viese, actuaban como los mortales, demostrando su poder a cualquier hombre o mujer. Después, los espíritus vieron que la humanidad estaba volviéndose mala. Con la aparición del dinero y el poder, los hombres empezaron a discutir entre ellos, a pelear, a estar en un clima de tensión ácida. Entonces, abandonaron a los hombres a su suerte, volviendo sin embargo de vez en cuando para recompensar a los buenos mortales. Estas manifestaciones de poder sobrenatural es lo que conocemos por milagros, y la cada cultura los atribuye a un ente. En fin, que los espíritus se cansaron de las peleas de los humanos y desaparecieron de la faz de la tierra. Pero, antes de irse, sepultaron el yacimiento, con todos los esqueletos dentro, para que los malvados no se aprovechasen de lo que en otros tiempos fue sagrado. Según las misteriosas fuentes, ahora mismo ese lugar se llama la Gruta de los Caballeros de Esmeralda, y dentro hay un tesoro de esmeralda de valor incalculable. Si ahora mismo alguien entrase e intentase llevarse aunque solo fuese una ínfima parte del total del tesoro, la maldición surtiría efecto, los esqueletos cobrarían vida y lo matarían, para después colocarle dos pequeñas esmeraldas en las cuencas vaciadas de los ojos. Esos esqueletos son el legado de los espíritus. Son sus delegados, son seres a los que los espíritus dieron vida para que protegiesen el tesoro. Eso respalda la teoría de algunos de que los espíritus se quedaron en la gruta subterránea para seguir durmiendo en las esmeraldas, y la de que son los propios espíritus quienes controlan los huesos y los mantienen impasibles al paso del tiempo, haciendo esto durmiendo en las esmeraldas de las cuencas oculares. Esta es una leyenda a la que muchas veces se le ha dado vueltas. Es sabiduría popular, sin ningún escrito que lo testifique. Muchos se resisten a creerla porque no hay pruebas. Ni una prueba. Todo es circunstancial. Aunque, quien sabe. Quizá algún temerario explorador querría, en un instante de discordura, descender a los abismos de la tierra para encontrar la Gruta de los Caballeros de Esmeralda y disipar la duda.

lunes, 3 de agosto de 2015

EL VENTILADOR


Este relato lo escribí hace algún tiempo... adoro la idea original, pero he pulido el relato para ofrecer un resultado más pulido. ¡Disfrutad!


EL VENTILADOR

Yaiza se despertó en una sinfonía de cantos metálicos. Los engranajes interpretaban su obra idiosincrática repetitiva, que cargaba los oídos como unas cadenas de plomo. Una túnica áspera de color salmón la vestía, y sus cabellos negros como los abismos se desperdigaban por el suelo como ríos de betún. 
De repente, abrió los ojos y se levantó sin aparente esfuerzo. Una hélice gigante por encima de ella batía el aire del desierto, dejando caer un mágico polvo dorado.
Cuando hubo recuperado por completo su consciencia, vio a Álvaro, de pie y serio en el otro extremo de la sala circular. Sus miradas se cruzaron. Una lágrima asomando por el ojo de él indicaba a Yaiza que la trampa era inevitable, y que ellos dos estaban condenados.
Él caminó hacia Yaiza, mientras ella intentaba respirar, pero el aire del desierto era áspero como las rocas más afiladas. Entonces, Álvaro llegó hasta ella. La abrazó. Sus almas, atrapadas en aquellos dos cuerpos inmóviles en el abrazo, se besaron durante un instante que pareció años. Una barca que les llevaba a casa. Un lecho en el que exhalar un último suspiro de amor. Un oído a quien confiar todos aquellos fantasmas que quieren ocultarse en nuestra cabeza, porque tienen miedo de salir a la luz.
En aquel momento, un chirrido horripilante asaltó la sala, para quedarse. Un ciclón de arena bajó del ventilador, con promesas de muerte en sus garras de polvo. Él y ella se separaron. Y los zarpazos de arena desgarraron sus almas.

domingo, 2 de agosto de 2015

THE ETERNAL ROAD

No sé por qué he escrito esto en inglés, que magia, que deseo escondido en algún abismo de mi subconsciente me ha impulsado a abandonar mi adorado castellano para escribir, pero, bueno, esto es arte y el artista no lo controla. Adjunto la traducción, para los impotentes lingüísticamente hablando.

THE ETERNAL ROAD
Road to the unknown. Guess if you still have the strenght, the hidden forces that make that infinite road go directly to our deepest fears and passions. Fear that road, that lightning road that drives us to the shiniest rails of the darkness. Go with me, make me company, through this eternal way, through this perennial quest of the lie. Lay me down next to the fire, and you get away from it, because this truth is not your fault. Nobody asked you to do this quest, except me. I am the only one who must pay. I am the one who's damned to keep going until the end of this road.

LA CARRETERA SEMPITERNA
Carretera hacia lo desconocido. Adivina si todavía tienes el vigor, las fuerzas ocultas que hacen que esa carretera infinita vaya directamente hacia nuestros más profundos miedos y pasiones. Teme esa carretera, esa carretera del rayo que nos conduce hasta los raíles más brillantes de la oscuridad. Ven conmigo, acompáñame a través de este camino eterno, a través de esta búsqueda perenne de la mentira. Túmbame al lado del fuego, y aléjate tú de él, porque esta verdad no es tu culpa. Nadie te pidió excepto que hicieses esta búsqueda. Soy el único que debe pagar. Soy el condenado a continuar, hasta el fin de esta carretera.

EL VENDAVAL DE LA NOCHE

Puede que esta sea la sensación que sientan las almas perdidas durante la tormenta... aunque, claro, cada alma cuenta su versión, y cada vez la cuenta diferente según el momento de su vida... esta es la mía. Ahora.

 EL VENDAVAL DE LA NOCHE
Serpentea bajo la clarividencia de la luna. Repta, sigilosa, a atrapar mis pies descalzos, para inocular en mí el veneno de tu magia. Corretea, pícaro, entre los incontables recovecos de las raíces aéreas. Intenta vislumbrar el brillo argénteo de la hoja débil de mi espada a través de los rayos siniestros y bellos de la luna, y yo intentaré vislumbrar tus matemáticas terribles, que algún ojo aciago debió trazar en los albores de la humanidad. Las ramas de los árboles diluvian en el claro, y hojas de pino alacranean con un perfume mortal mi cara, un perfume de tierra, pino y rosas. El viento arrastra todo, mientras intento cubrirme con mi alma devastada. Me rindo a ti, oh, poderoso, vendaval de la noche.

sábado, 1 de agosto de 2015

INTRO DEL PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN

Este relato es la introducción de una serie literaria cómica, 'El Piscolabis de la Escisión', de la que pienso publicar entregas aquí cuando las haga. Es fundamental para entender las siguientes entregas, pues no me apetece demorarme en cada una con una tediosa introducción, así que condenso todo lo necesario para entender esta serie en el texto que viene a continuación. ¡Disfrutad!

INTRODUCCIÓN
del Piscolabis de la Escisión
Buenos días. Soy Ken Towers, y trabajo en una oficina como cualquier otra. Dejadme que os ponga al corriente. Cada viernes, en la oficina, a la hora de salir del trabajo, el señor Bateman dispone una mesa para nosotros, los empleados, llena de aperitivos y bebidas para acompañar. Hay queso, jamón serrano, patatas, canapés... pero sin duda lo que más nos enloquece es una fuente repleta de bocaditos de pollo; fritas, crujientes, picantes esferas de placer que se derriten en nuestros paladares. Estos manjares son muy codiciados, y para solventar las discusiones, los empleados hacemos una batalla, aprobada por el mismo señor Bateman, en la que todo vale para alcanzar los bocaditos, mientras los contendientes no acaben ni en un hospital ni en un féretro, ni deterioren el mobiliario de la oficina. Dicha batalla termina cuando alguien alcanza los bocaditos de pollo. Yo, orgulloso guerrero, he sido campeón seis veces, pues soy muy astuto en el campo de batalla. Os comentaré algunos de mis enemigos en esta lucha por la gastronomía batemanesa. Está Ronald Anderson, caracterizado por su tenacidad y puntería, Lucas Gigonni, italiano ducho en las trampas en los pasillos, Benson Rodrígues, experto en el factor sorpresa, Sarah Bourgh, maestra en la administración imperceptible del gas pimienta, y otros muchos más, con habilidades igual de sorprendentes...
Además, podemos presumir de que el nuestro es un deporte sin discriminaciones, ya que participa todo el personal, haciendo también de las suyas las señoras de la limpieza. Para la limpieza de la posguerra, entre todos pagamos una brigada especial para limpiar el desastre, que significa una parte ínfima de nuestros salarios.
Pero la peor del sector femenino es Susan Jenkins. Atractiva, parecida a Sandra Bullock aunque no quiera admitirlo pues opina que es única e inimatable, tiene una afición por las partes bajas masculinas nada agradable, al contrario de lo que pudiese deducirse... La última vez, estuvo cerca de dejar a Johnson estéril, ¡demonios!... El Tribunal de los Oficinistas más Sensatos, el TOS, advierte a estos jugadores más agresivos de que no sean tan vehementes, bajo riesgo de sanciones que pueden llegar a la expulsión.
Desde luego, la plantilla da para rato... incluso hemos pensado en contratar a un cronista, para que las generaciones futuras puedan admirar nuestras hazañas... en el Piscolabis de la Escisión.