martes, 28 de junio de 2016

Despertar en el sueño

¡Hola, público! Hoy para variar, final feliz. Como diría mi amigo Víctor, esto rezuma miel :P. O no sé... la verdad, puede que en realidad no, y mi juicio esté distorsionado de escribir todo el rato para las historias de amor finales tristes, y un final feliz realmente me impresiona por ello... es igual. Dejo de aburriros. Juzgad por vosotros mismos.
Despertar en el sueño
Ignacio iba en el metro de vuelta a su casa aquel sábado por la noche. No había muchas personas, y él, como no iba ebrio, se entretenía observándolas. Analizando sus facciones, imaginando qué historia habría detrás de sus rostros inexpresivos. En Avenida de América, se sentó enfrente suyo una chica muy guapa. Era de cara ovalada, ni muy rellena ni muy seca, de cabellos largos y rubios trigueños, que se volvían negros en el extremo; tenía unos ojos marrones saltones, resaltados por arriba por unas cejas oscuras que contrastaban con su pelo y por abajo por unas ligeras ojeras que, lejos de restarle atractivo, se lo añadían, una nariz pequeña y redondeada en la punta y, por último, unos labios caídos de un color que parecía que alguien les hubiese quitado la sangre. Su tono de piel era claro, tirando a moreno, y su figura, de estatura media, tenía suaves curvas en los lugares correctos para que fuesen atractivas. Esta chica se sentó enfrente de Ignacio, el cual no pudo sino fascinarse por su belleza. Pensó que una chica como aquella jamás le hablaría, y comenzó a imaginarse lo que podría ser con ella si  se llegase a dar la casualidad de que hablasen en aquel tren. Empezarían a hablar como solo sucede en las películas. Él la pediría el número, y ella le daría su número de verdad, y no uno falso, como en algunas ocasiones le había sucedido a Ignacio. Tras hablar un poco, decidirían quedar para tomar un café para conocerse mejor. Entonces repetirían, y repetirían, y él se enamoraría aún más de ella y ella finalmente se enamoraría de él, y se harían novios. Y pasarían unos años fantásticos en los que irían a la playa juntos, pasarían juntos los cumpleaños, se quedarían dormidos viendo la tele frente a una caja de pizza vacía; y después de eso alquilarían un piso, y vivirían juntos mientras terminaban la universidad, y aun después, cuando ambos tuviesen trabajo. Y entonces él le pediría a ella la mano, y ella diría que sí, y...
-Amigo, se ha acabado la línea, váyase fuera, por favor, que voy a limpiar-le tocó en el hombro, con el extremo de la fregona, el de la limpieza.
Ignacio, frustrado por haber sido despertado de su fantasía, se levantó del asiento dispuesto a irse. Pero de repente reparó con sorpresa en que allí estaba la chica, levantada también, observándole. Como sabría después, ella estaba allí porque también se había entretenido soñando despierta con lo mismo.

martes, 21 de junio de 2016

Sobre el dinero y la felicidad


Sobre el dinero y la felicidad
Juan Fábregas nació en el seno de una familia acomodada barcelonesa, y nada más sus padres vieron que podía entender lo que le decían, le explicaron que de mayor tenía que buscarse un buen trabajo para ganar mucho dinero. En la escuela, sus padres le obligaron a que trabajara todo el tiempo, para que se acostumbrase. No tuvo amigos. En el instituto trabajó todo el tiempo ('La media, la media', le decían). No tuvo novias. En el bachillerato se mató por la media. No salió, nada de nada, su única casa era su mesa de estudio. En una ocasión le preguntó a su madre que para qué trabajar tanto, que tenía envidia de los demás chicos de su clase, que salían juntos y ligaban. Su madre le respondió que ya tendría tiempo de vivir cuando fuese rico. Juan le hizo caso. Fue el mejor de su promoción. Se hizo empresario de una marca de ropa. Seguía sin amigos y sin novia. Trabajo, trabajo, trabajo. El día que murieron sus padres, las únicas personas con las que mantuvo una relación más o menos cercana, revisaba unas cuentas. Lloró un poco, pero no demasiado, pues los papeles eran para el martes. A los cincuenta años, Juan había amasado una ingente fortuna de 12 millones de euros. Entonces pensó que estaba cansado de trabajar y que debía vivir. Dejó la empresa a su segundo, escogido por ser el más apto, y compró una casa tranquila en la playa. Ahora tenía todo el tiempo del mundo. Miró alrededor, y pensó en qué hacer. Compró un yate, y se puso a navegar cerca de la costa. Las placas se juntaron mientras él estaba observando las familias, los amigos, reunidos todos en la playa, felices. Hubo un terremoto, y luego un tsunami. Murieron todos. Y, antes de ser engullido por las olas, Juan Fábregas pensó con tristeza que de qué le había servido sufrir tanto en la vida si moría igual que los que habían trabajado menos y, por tanto, habían tenido más tiempo de ser felices. En verdad, uno no podía permitirse el lujo de no vivir el momento. La vida era corta para perseguir el dinero, como siempre le habían dicho sus difuntos padres. Fue una lástima que nada más descubrir esto, lo descubriera a él la muerte.

¿Qué te ha parecido este texto? Se distancia un poco de mi línea humorística, pero es bueno ponerse serio de vez en cuando, poner los pies en el suelo de una manera más pesada. Ponme en los comentarios qué piensas, estaré encantado de responderte. ¡Pasa buena semana!
PD: sugerencias para próximos textos SIEMPRE bienvenidas :D.

domingo, 5 de junio de 2016

Metaficción banal

Estoy realmente frustrado con no haber publicado nada en semanas, así que te ruego encarecidamente que me des ideas en los comentarios sobre qué podría escribir la próxima vez, porque, en serio, hace unas semanas que tengo la sesera seca :(.
Metaficción banal
El escritor se sentó frente al ordenador sin saber qué escribir. ¡Desgraciada suerte la suya! Tenía que publicar en su blog, pues no lo había hecho en un mes, y las visitas empezaban a descender peligrosamente.
-Bueno, tanto como descender no pueden-murmuraba mientras examinaba el contador de visitas-, es que ya están en cero.
¿Que podría escribir aquel domingo? No lo sabía, sinceramente. Además, debía hacer otras cosas: un trabajo de literatura universal le esperaba, y una subida de nota de inglés también. Por otra parte hacía una tarde preciosa y sería un desperdicio echarla a perder esperando en vano a las musas.
-¿Qué hago? ¿Qué hago?-se mordía la uña del pulgar.
La metaficción, desde luego, estaba muy gastada. Últimamente sólo escribía sobre escritores que no podían escribir, y esto estaba empezando a tomar un matiz preocupante.
-'El escritor se sentó frente al ordenador sin saber qué escribir'...
Examinó la primera línea de su escrito. Estaba mal. Muy mal. El escritor se lamentó por su incompetencia y miró por la ventana de nuevo. ¿En serio le merecía la pena desaprovechar ese día? Pero, caramba, es que tenía que darle a su público algo, que no tenía noticia suya en meses. De repente se iluminó:
-¿A alguien le importa que yo escriba o no algo en el blog?
Miró las visitas. 0. Aunque la verdad, a fuerza de no publicar en un mes, ¡se lo había ganado! ¡¡Debía publicar algo, caramba!! Que no fuese metaficción, es decir, un tostonazo. ¿Qué publicar? ¿Qué publicar? Ni idea, pero algo tenía que hacer. Ya.
'El escritor se sentó frente al ordenador sin saber qué escribir. ¡Desgraciada suerte la suya! Tenía que publicar en su blog, pues no lo había hecho en un mes, y las visitas empezaban a descender peligrosamente.
-Bueno, tanto como descender no pueden-murmuraba mientras examinaba el contador de visitas-, es que ya están en cero.
¿Que podría escribir aquel domingo? No lo sabía, sinceramente. Además, debía hacer otras cosas: un trabajo de literatura universal le esperaba, y una subida de nota de inglés también. Por otra parte hacía una tarde preciosa y sería un desperdicio echarla a perder esperando en vano a las musas.
-¿Qué hago? ¿Qué hago?-se mordía la uña del pulgar.
La metaficción, desde luego, estaba muy gastada. Últimamente sólo escribía sobre escritores que no podían escribir, y esto estaba empezando a tomar un matiz preocupante.
-'El escritor se sentó frente al ordenador sin saber qué escribir'...
Examinó la primera línea de su escrito. Estaba mal. Muy mal. El escritor se lamentó por su incompetencia y miró por la ventana de nuevo. ¿En serio le merecía la pena desaprovechar ese día? Pero, caramba, es que tenía que darle a su público algo, que no tenía noticia suya en meses. De repente se iluminó:
-¿A alguien le importa que yo escriba o no algo en el blog?
Miró las visitas. 0. Aunque la verdad, a fuerza de no publicar en un mes, ¡se lo había ganado! ¡¡Debía publicar algo, caramba!! Que no fuese metaficción, es decir, un tostonazo. ¿Qué publicar? ¿Qué publicar? Ni idea, pero algo tenía que hacer. Ya.'
El escritor observó su texto, pensativo, dedo doblado sobre mentón, ojos entrecerrados, mordiéndose el labio inferior.
-This seems good.
No. En realidad no. Pero estaba bien publicar algo. Últimamente su cabeza estaba colmada solo con un proyecto que anulaba cualquier otro, y eso tendría que cambiar. Pero le dio al botón de publicar y se desentendió ya del tema. Después de todo, tenía un trabajo de literatura y otro de inglés que entregar.