sábado, 31 de octubre de 2015

INSOMNIA (especial Halloween)

Feliz Halloween... ¿podréis ver la historia?
INSOMNIA

Algo reluce débilmente de entre las sombras. Es un elegante, refinado, brillante cráneo de cristal. Un cristal azulino, que brilla con una luz mágica. Parece cantar la canción del dedo húmedo rozando los bordes de las copas, mientras abre y cierra sus mandíbulas desnudas con un gesto tierno, pero tan maquinal... de repente, su canción silbante se interrumpe. Sus ojos, asustados, buscan en la oscuridad. No ven a tiempo una bota de cuero que la patea. Y otra, que viene de ninguna parte para darle otra patada. Y otra. Ella es fuerte. Siente crujir todas sus suturas, siente flaquear sus fuerzas espectrales, pero sabe que debe ser la reina de su oscuridad. Los pedacitos de cristal adornan el suelo. La calavera se queja, llora, aspira por la nariz el aire seco. Brilla, con dos linternas atómicas azules en los ojos, y se regenera. Vuelve a su primigenia luz cerúlea débil. Nadie sabe que está entre las sombras. Pueden pisarla, oír el cristal crujir... pero ella no muere. Permanece. 

*              *            *

Aquel hombre silencioso, sumergido en las sombras, sostiene una botella  de líquido ámbar, ¿sucio como su alma...? Como todo su cuerpo, su cara estaba sumida en el reino de las sombras, pero de vez en cuando, al pasar un coche por la calle, las luces eléctricas alumbraban su rincón y se veía durante unos segundos una careta despreciable, inexpresiva, insensible, que se cubría los ojos con una mano sucia y grasienta. Una campanuda voz se esbozó en la oscuridad.
-Na-na-nana-na-na, nana, nana... na-na-nana...na-na-nana...-tarareó, ebrio.
Su propósito era animarse con la música, pero su garganta lo obsequió con una melodía bien conocida por él que lo petrificó de súbito. Así, una estatua rígida tembló en la oscuridad, y dejó la botella en el suelo. Tenía que hacer una llamada. Oh, ¡no! En realidad no llamaría a nadie. Y menos a las fuerzas del orden. Daba igual lo que sucediese, daba igual que mano protectora lo acogiese en su seno. Aquella noche, habría un visitante.

*              *             *

El escritor se sentó a escribir. Se acercó, arrastrando la silla, a la mesa, y se dispuso a narrar aquel suceso. No lo olvidaría en mucho tiempo. ¿Cómo las estrellas podían ser tan bellas, y a la vez albergar bajo ellas cosas tan terribles? Miró por la ventana, con la pluma seca en una mano. La luna. Estaba preciosa aquella noche. El escritor suspiró de melancolía, enarboló su pluma de ave con decisión (¿habría algún otro loco usando pluma en el siglo XXI?) y mojó la punta en el tintero, con cuidado de no provocar un accidente.
-Veamos...-dijo, esbozando las primeras palabras sobre el folio blanco.-'Esta grotesca y siniestra historia comenzó una lóbrega noche de verano, en la que las estrellas lloraban el cielo...'. ¡Vaya! ¡Esto es realmente bueno!
El escritor disfrutaba de los signos danzantes que trazaba su pluma, mientras también sentía remordimientos por no haber llamado a la policía. Pero, es que, delatar a un tipo como aquel... no podía traer nada bueno. Nada en absoluto. Ellos habían dicho que no dirían nada, bajo serias amenazas, ¡y punto...! Solo de pensarlo, la creatividad del escritor se nublaba para dejar paso a una espesa bruma de terror y dudas. ¿Respetaría aquel hombre su palabra? ¿O la quebraría?
-'Deslizaba su grasiento aroma entre sus chillidos desamparados...'
El escritor comenzó a sentirse mal. ¿Qué debía hacer? Aquella pobre debería estar todavía en el lugar, y el hombre... el hombre era un malnacido.
El escritor tomó una decisión. Dejó la pluma reposar sobre un posavasos y dirigió su mano al teléfono de la derecha de la mesa, pero en aquel instante se oyó una puerta romperse. El miedo lo paralizó. Oyó pocos, pero eternos, pasos calmados, hasta que sintió un aliento espectral en la nuca:
-Hola, Hugo.
Hugo se giró, y vio una pieza brillar encima de la cabeza de su visitante. Se apartó a tiempo, de un rápido salto, antes de que una fendiente dirigida hacia él aterrizara en el tintero, haciéndolo explotar, desparramando la tinta por todas partes.
-Niño travieso...
Hugo rezó en silencio, mientras huía, tirando las cosas tras su paso, corriendo hacia el vano de la puerta. ¿Fue un milagro del cielo, que le dio tiempo al Amén?
*          *          *

El hombre de las oscuridades le daba un trago al ámbar, cuando una figura visitó las sombras.
-Tardabas en venir-dijo, con un sentido del humor que solo podía tener un borracho.
La figura sonrió, antes de alzar el brillo metálico a la luz de la luna. Aquel hombre, no rezó. Estaba indefenso, ebrio, y sonriente,  con cierta alegría porque el tormento acabara. Aquel rostro... ¿cómo iba a olvidarlo? Aquellas facciones psicópatas pero calmadas, aquellos ojos desorbitados, aquella tez pálida como la nieve... pero había algo diferente. ¿Qué era ese manchón de tinta en la cara?


sábado, 24 de octubre de 2015

RÁFAGA ELÉCTRICA

Esto se tenía que haber publicado el viernes, porque lo programé para eso, pero por lo visto no ha funcionado. Disculpad la tardanza, porque a algunos ya os dije que publicaría el viernes, y aquí tenéis, ¡vuestra publicación semanal! Disfrutadla.
RÁFAGA ELÉCTRICA
 No sé, qué pudo hacerte cambiar de opinión, qué pudo alejar tus palabras de mí. Echo de menos cada vez que hablábamos, cada vez que tú me dabas los buenos días y yo te daba las buenas noches. Echo de menos cada vez que me arrancabas un pedazo de mi corazón en cada frase. Ahora, pareces haberte olvidado de mí, no sé lo que ha pasado, y yo no puedo hacer sino dejar a la ventisca que haga lo que quiera. Pero, las cosas no son así. Yo no puedo olvidar tu primera sonrisa,  reprimir nuestras primeras palabras,  evitar revivir nuestros pies caminando juntos por la arena cada vez que pateo el asfalto solitario.
Se extiende una coraza falsa de acero, una armadura entretejida con hilos metálicos y viscosos. Un páramo recubierto solo por una jaqueca sorda del viento, una vasta llanura donde una mano gigantesca emerge de la tierra gris con una antorcha de hierro.
 Recorriendo el páramo hasta perder el sentido, hasta llegar a la locura, hay un bosque, repleto de árboles y arbustos herrumbrosos, que sepultan con sus lianas y enredaderas oxidadas la esfera del futuro. Qué ingenuo buscaría en esas minas del bosque, donde solo hay piedras  apagadas. Dicen que la hecatombe  devastó todo de un soplido, de una ráfaga sin piedad. Nadie es capaz de llegar a las profundidades de los escombros, donde yace el corazón azul tinta, golpeando con el tambor el aire agonizante, noqueando, poco a poco, con cada latido, la coraza del páramo.

sábado, 17 de octubre de 2015

PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN III

El Piscolabis de la Escisión, ¡ha vuelto! ¿Qué se contarán estos belicistas, camorristas, oficinistas? ¡Disfrutadlo!
PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN III

16:27-El reloj de encima del ascensor visible para todos nosotros ha sufrido estragos. Solo ha quedado viva la manecilla de los minutos, lo cual ha provocado confusión en algunos pardillos oficinescos. Marca y veintisiete, y el bullicio de la oficina ha empezado a acrecentarse: todos se apresuran para terminar sus tareas, y el jolgorio y la algarabía general son ciertamente presagios de la fiesta que hoy va a ocurrir.
16:29-Estoy guardando los papeles atropelladamente en el cajón, así como el portátil. Apago el flexo, me ajusto la nuez como si fuese el nudo de la corbata (justo después me ajusto el propiamente dicho nudo de la corbata), y miro abajo de mi escritorio, comprobando los calcetines en mis zapatos, no sea que se me vayan a comerse. Sería un auténtico fastidio lidiar con esa contingencia.
16:30-El alboroto cesa un instante, en el que se oye cerrarse un cajón. E, inmediatamente después, renace con una fuerza espartana, diría yo.
La batalla de hoy parece que va a desarrollarse menos temerosa. Esto se debe a que Susan Jenkins se ha pillado un catarro y no ha venido a por su dosis semanal de extirpación de genitales masculinos, por lo cual entre el sector varonil de la oficina reina cierto bienestar, del cual yo no me he contagiado demasiado porque todo el mundo puede darme rodilla en la entrepierna. Incluso puedo ser yo el que rinda a los machos a mis pies en posición fetal angustiosa... la cuestión es que la ausencia del Apocalipsis Jenkins no va a hacer que yo baje la guardia.
A las 16.32 horas me veo entre una pelea de bofetadas con Gigonni y Anderson, una lucha más tradicional de lo que acostumbramos. Acabo por cansarme de las mejillas coloradas y descargo un puñetazo en cada mandíbula, que los lanza de bruces contra el suelo. Salgo huyendo, y oigo detrás de mí cómo berrean como bestias y pegan patadas y tortazos, peleando entre sí, y profiriendo apelativos cariñosos a la figura materna del otro. La gente grita. ¡Se vapulea, sin piedad! La batalla de hoy es un tanto más rudimentaria, y la sofisticación de los ataques ha disminuido bastante, incluyendo la mía. Voy corriendo hacia las escaleras, braceando exageradamente, y cerrando los ojos, presa de la velocidad, cuando de repente, de entre la multitud furiosa, sale una mano con un espray, y me rocía con gas pimienta entre los párpados.
-¡Sarah!-grito, lacrimeando-¡Malnacida!
-Esta vez no te saldrás con la tuya, Towers-oigo su voz de lo que es ante mis ojos una figura emborronada riendo.-Esta vez, ¡ganaré yo, el Piscolabis de la Escisión!
Sarah Bourgh me propina un rodillazo en la entrepierna, y mientras yo me lamento en el suelo, encogido, por qué ninguna chica podía amar bien mis genitales, la oigo bajando la escalera. La puerta de las escaleras está abierta, y aún puedo ver su figura corriendo hacia abajo. Es mi ocasión. Veloz, saco un bolígrafo del bolsillo de mi chaqueta de tweed azul y lo lanzo, con todas mis esperanzas puestas en él, hacia Sarah. El bolígrafo describe una parábola danzante en el aire, y rebota sobre varios peldaños antes de alcanzar el tacón derecho de Sarah con un golpe certero. Pega un chillido como solo podía darlo ella y cae al rellano, chocando contra la pared, donde yo otra vez aplasté a Gigonni entre brillantina y caramelo. No tengo ninguna opción de perseguir la victoria, con un dolor en los testículos como este, y además, no veo nada. Yo era un sujeto agonizante, en estos momentos.
-Ay...-gimo, pero no me pude oír por los gritos de los oficinistas.
Una tromba de oficinistas comienza a correr en estampida hacia la puerta, a mi alrededor.
-¡Los bocaditos de pollo serán míos!-clama uno, con voz épica y cantarina.
-¡Más quisieras! ¡Serán míos, y tú te quedarás con las palomitas de la señora de la limpieza!
Eran una panda de animales enfurecidos por el hambre, por el ansia de gastronomía batemanesa, y me aparto a tiempo antes de que me pateen bajo sus botines, tacones y botas militares. Todo el mundo me ignora, no soy rival para ellos, pero alargo en el suelo un pie hasta meterlo en la tromba humana y desencadenar un cataclismo descendente en el que la escalera quedó alfombrada de trajeados. Era mi ocasión. Me arrastré, hasta el comienzo de la escalera humana, y rodé por encima de los cuerpos, con los gemidos doloridos de los oficinistas debajo de mí. Bajo escaleras, rellano, bajo escaleras, rellano. Voy por la planta 3, ya rodando a secas por las escaleras, pues los businessman no son eternos, cuando un calzado me pisa para impulsarse.
-¡Aaaaay!
El atacante gira la cabeza para mirar mi cara de sufrimiento, sin pararse en su bajada. ¡Es Hermenegilda, la señora de la limpieza! Aunque bajase lento, iría más rápida que yo y mi dolor genital.
-¡Púdrete, Towers!-ríe, con su voz sexagenaria.
-¡ Hermenegilda, felona fruta del comercio!-bramé, viendo como desaparecía hacia el piso segundo. Ella ganaría.
Gas pimienta. Rodillazo en las gónadas, queridas gónadas. Pisoteado. Aquel día, ganó, quién lo diría, la señora de la limpieza, la viejuna, mientras todos agonizaban en el primer rellano, apelotonados, y yo gemía de dolor un poco más abajo, en el tercero. La próxima vez... ¡uy, la próxima vez...! ¡Sabrían quién era Ken Towers...! ¡Por los que tengo ahora doloridos!

domingo, 11 de octubre de 2015

LA HUÍDA (La Araña, parte III)

Esta es la última entrega de La Araña. Disfrutadlo, y nos vemos la semana que viene :).
LA HUÍDA
(La araña, parte III)
Oigo a la araña rugir detrás de mí, con sus ocho tenazas de terror pateando la red, y yo corro sin mirar atrás, intentando adivinar el sendero a través de la espesa cortina de lluvia. Tropiezo con una piedra. Salto, el miedo me calcina durante un instante y caigo de milagro al suelo, donde sigo corriendo. El sendero dobla. Doblo, y miro arriba mío otra curva esquiva, que se me ha escapado demasiado tarde. Caigo contra la ladera fangosa. Me revuelco hacia abajo en el barro ceniciento como una estrella fugaz sin luz, la lama traicionera me golpea la cara, se me mete en los ojos, me hace sufrir, mientras la montaña no para de asestarme puñetazos. Caigo. Ruedo. Temo. Intermitentemente, cada vez en la vuelta que miro hacia arriba, veo la araña, rugiendo con sus fauces tenebrosas y todos sus ojos brillando como un enjambre satánico, y sin darme cuenta me impulso con los brazos para caer más rápido. Cuando por fin caigo en la llanura del bosque, no me da tiempo a recomponerme del dolor, me levanto y sigo corriendo, bajo la tormenta. Los truenos son las fanfarrias de mi huida. Me he roto un hueso. Me duele. No puedo correr rápido. Siento los pasos escabrosos acercándose, y un baladro del infierno cada vez más cerca de la nuca. No lo conseguiré. Me vuelvo. La araña se acerca más y más, con sus patas peludas intimidando, velada por la protección de la tormenta. Me reclino rápidamente en una roca, de frente a ella, y empuño la navaja. Se acerca relampagueando, con sus patas salpicando el fango gris. Más. Más. Me muestra sus fauces y durante un instante veo todas sus entrañas, antes de clavarle mi navaja en mitad de la frente. Notar el líquido caliente que cae, contrastando en mi piel con el frío del agua de la lluvia. Y respirar, frente a todos aquellos rubíes endiablados apagándose, para no volver a encenderse nunca más.

sábado, 10 de octubre de 2015

LA LIBERACIÓN (La Araña, parte II)

LA LIBERACIÓN
(La Araña, parte II)

Era solo un sueño. La araña no ha llegado todavía. Tengo una oportunidad de  sobrevivir. Tengo que liberar una mano, coger de mi bolsillo la navaja y cortar todos los filamentos que me envuelven, antes de que vuelva esa bestia de acero. Hago fuerza con la mano derecha. Araño la seda con las uñas, y tras un rato, libro la mano. La abro y cierro varias veces para desentumedecerla, y acudo a la navaja de mi bolsillo. Rasgo, con cuidado de no destrozar un hilo importante y caer al abismo los hilos que recubren mi tronco, primero, luego mi otro brazo y después mis piernas y pies. Cuando ya estoy libre, intento incorporarme, pero la estructura es inestable y me veo obligado a ponerme a cuatro patas. Tanteo el terreno mientras avanzo cautelosamente hacia la entrada de la cueva. Afuera llueve, ahora lo oigo. Escucho los truenos retumbar, la furia de los dioses dándose a conocer a los mortales. Pobres, indefensos mortales. Noto ya algunas gotas chispeantes chocando en mi rostro desnudo, cuando oigo un crujir arácnido fuera. Es ella. Ha vuelto de sus asuntos. Rápidamente, me agazapo en un lado de la entrada de la cueva, escondiéndome tras una estalactita. La red de araña que sirve como suelo de toda la cueva tiembla, y espero ansiosamente que deje su quejido trémulo para que ella no se de cuenta de que me estoy escapando. Estoy sin aliento, con mi corazón en el puño, cuando ella entra, con paso acalambrado, con un mono ensangrentado y con los huesos desencajados entres sus poderosas mandíbulas. Avanza, con paso psicópata, hacia el interior de la cueva, hasta que noto un chispazo en sus patas, cuando todo su cuerpo se detiene frente a la zona donde yo estaba. Se ha dado cuenta. He de irme. Con un gateo cuidadoso, cruzo el umbral de la cueva y noto el manto linfático drenar mi angustia. Siento el agua, purificándome e insuflando en mi corazón un soplo de esperanza. Obnubilado en esta esperanza, mi pie roza un guijarro en el borde del abismo de la cueva, que se desestabiliza y cae, puñetero, golpeando las paredes del agujero: plic, ploc, plac. Percibo el mono cayendo sobre la red. La araña se está girando. Me levanto impulsándome con mis manos, con cuidado de no tirar la navaja, y echo a correr por el sendero de piedra de la montaña, azotado por la tormenta.

viernes, 9 de octubre de 2015

EL BESO DE LA MUERTE (La Araña, parte I)

EL BESO DE LA MUERTE
(La Araña, parte I)
No sé cómo he podido acabar en una tela de araña. Estoy pegado a sus hilos, la seda me ha envuelto manos y pies y no puedo moverme. Hay algún ruido en la cueva, pero nada. La araña gigante no llega. Debe de haberse entretenido en alguna parte. De repente, cuando estoy contemplando ensimismado la inmensidad de la cueva, oigo un ruido. Una figura enorme eclipsa un boquete de luz. La figura se acerca. Visualizo muchos rubíes enanos, brillantes, sibilinos, examinándome. Se acerca hacia mí. No tengo miedo, y miro fijamente a su rostro de infinitos. Levanta, en mitad de la oscuridad una pata peluda gigantesca cuya silueta se recorta. Sus pelos mágicos, me acarician la cara suavemente, diría que hasta con un poco de ternura. La tela de araña se hunde bajo su peso, pero yo sigo estable, observando a mi depredador. Nos miramos. Mi cara continúa, imperturbable, mirando al abismo. Acerca su cara arácnida junto a la mía. Me besa. Siento su fluir de vida recorriendo todas mis venas, y mi corazón, palpitando al son de su veneno. Siento que la vida se me escapa. Y no noto, cuando comienza a devorarme, con una lágrima rebrillando en cada ojo.

viernes, 2 de octubre de 2015

THEORY OF FIRE


THEORY OF FIRE
(LA TEORÍA DEL FUEGO)
Ahora te levantas, te pones tu blusa, y me miras con tu mirada teñida de rayos de mañana.  Y no veo si esa sonrisa tan magnética que muestras es sincera, o si es solo una ilusión de lo que eres para mí. Abres la ventana, abres los brazos y te lanzas a volar. Me levanto, sin nada puesto, con el relente sacudiéndome cada músculo, con los ojos desorbitados y el alma desbocada, y me lanzo hacia la ventana, gritando que yo también puedo volar. Pero tras de ti la ventana se ha cerrado y no tengo tiempo siquiera de cubrirme para no despedazarme entre todos los chillidos de cristal, y un estrépito resuena mientras mis ojos inyectados en sangre ven mi brazo extenderse hacia tu mirada. Vuelas, vuelas y me tiendes la mano, mientras lloro lo rojo, mientras lamento lo azul, mientras añoro lo verde, con un cuerpo acribillado de balas de diamante. Mi amor es como es cristal, es una superficie verdegueante a la luz del alba que relampaguea en cuanto se cruza con tu mirada arrulladora. Me siento desplomar sobre el vacío, que se estira como un chicle hasta el infinito, mientras mi mano se encoge y se encoge hasta solo ser la de un bebé. Infectado con cuchilladas de sangre, despedazado en archipiélagos cruentos, grito en el vacío mientras un tornado eleva mi ira hasta el borde de tu blusa, pero no tienes ni un rasguño, vuelas, grácil, por encima de mi, mofándote del infeliz que desciende al abismo por el desengaño. Caigo, caigo en la malla elástica de las mentiras destapadas y las verdades veladas, mientras tú presionas la otra malla del cielo por arriba. El filo se afila, y el queroseno de las alas de ángel arde en deseos vertiginosos. Sangre, vuelo, impacto, presión, las membranas de nuestro mundo se fuerzan, se estiran hasta que explotan con un grito de mil hombres enfurecidos, y en nuestro último arrebato desgarramos la dimensión.