INSOMNIA (especial Halloween)

Feliz Halloween... ¿podréis ver la historia?
INSOMNIA

Algo reluce débilmente de entre las sombras. Es un elegante, refinado, brillante cráneo de cristal. Un cristal azulino, que brilla con una luz mágica. Parece cantar la canción del dedo húmedo rozando los bordes de las copas, mientras abre y cierra sus mandíbulas desnudas con un gesto tierno, pero tan maquinal... de repente, su canción silbante se interrumpe. Sus ojos, asustados, buscan en la oscuridad. No ven a tiempo una bota de cuero que la patea. Y otra, que viene de ninguna parte para darle otra patada. Y otra. Ella es fuerte. Siente crujir todas sus suturas, siente flaquear sus fuerzas espectrales, pero sabe que debe ser la reina de su oscuridad. Los pedacitos de cristal adornan el suelo. La calavera se queja, llora, aspira por la nariz el aire seco. Brilla, con dos linternas atómicas azules en los ojos, y se regenera. Vuelve a su primigenia luz cerúlea débil. Nadie sabe que está entre las sombras. Pueden pisarla, oír el cristal crujir... pero ella no muere. Permanece. 

*              *            *

Aquel hombre silencioso, sumergido en las sombras, sostiene una botella  de líquido ámbar, ¿sucio como su alma...? Como todo su cuerpo, su cara estaba sumida en el reino de las sombras, pero de vez en cuando, al pasar un coche por la calle, las luces eléctricas alumbraban su rincón y se veía durante unos segundos una careta despreciable, inexpresiva, insensible, que se cubría los ojos con una mano sucia y grasienta. Una campanuda voz se esbozó en la oscuridad.
-Na-na-nana-na-na, nana, nana... na-na-nana...na-na-nana...-tarareó, ebrio.
Su propósito era animarse con la música, pero su garganta lo obsequió con una melodía bien conocida por él que lo petrificó de súbito. Así, una estatua rígida tembló en la oscuridad, y dejó la botella en el suelo. Tenía que hacer una llamada. Oh, ¡no! En realidad no llamaría a nadie. Y menos a las fuerzas del orden. Daba igual lo que sucediese, daba igual que mano protectora lo acogiese en su seno. Aquella noche, habría un visitante.

*              *             *

El escritor se sentó a escribir. Se acercó, arrastrando la silla, a la mesa, y se dispuso a narrar aquel suceso. No lo olvidaría en mucho tiempo. ¿Cómo las estrellas podían ser tan bellas, y a la vez albergar bajo ellas cosas tan terribles? Miró por la ventana, con la pluma seca en una mano. La luna. Estaba preciosa aquella noche. El escritor suspiró de melancolía, enarboló su pluma de ave con decisión (¿habría algún otro loco usando pluma en el siglo XXI?) y mojó la punta en el tintero, con cuidado de no provocar un accidente.
-Veamos...-dijo, esbozando las primeras palabras sobre el folio blanco.-'Esta grotesca y siniestra historia comenzó una lóbrega noche de verano, en la que las estrellas lloraban el cielo...'. ¡Vaya! ¡Esto es realmente bueno!
El escritor disfrutaba de los signos danzantes que trazaba su pluma, mientras también sentía remordimientos por no haber llamado a la policía. Pero, es que, delatar a un tipo como aquel... no podía traer nada bueno. Nada en absoluto. Ellos habían dicho que no dirían nada, bajo serias amenazas, ¡y punto...! Solo de pensarlo, la creatividad del escritor se nublaba para dejar paso a una espesa bruma de terror y dudas. ¿Respetaría aquel hombre su palabra? ¿O la quebraría?
-'Deslizaba su grasiento aroma entre sus chillidos desamparados...'
El escritor comenzó a sentirse mal. ¿Qué debía hacer? Aquella pobre debería estar todavía en el lugar, y el hombre... el hombre era un malnacido.
El escritor tomó una decisión. Dejó la pluma reposar sobre un posavasos y dirigió su mano al teléfono de la derecha de la mesa, pero en aquel instante se oyó una puerta romperse. El miedo lo paralizó. Oyó pocos, pero eternos, pasos calmados, hasta que sintió un aliento espectral en la nuca:
-Hola, Hugo.
Hugo se giró, y vio una pieza brillar encima de la cabeza de su visitante. Se apartó a tiempo, de un rápido salto, antes de que una fendiente dirigida hacia él aterrizara en el tintero, haciéndolo explotar, desparramando la tinta por todas partes.
-Niño travieso...
Hugo rezó en silencio, mientras huía, tirando las cosas tras su paso, corriendo hacia el vano de la puerta. ¿Fue un milagro del cielo, que le dio tiempo al Amén?
*          *          *

El hombre de las oscuridades le daba un trago al ámbar, cuando una figura visitó las sombras.
-Tardabas en venir-dijo, con un sentido del humor que solo podía tener un borracho.
La figura sonrió, antes de alzar el brillo metálico a la luz de la luna. Aquel hombre, no rezó. Estaba indefenso, ebrio, y sonriente,  con cierta alegría porque el tormento acabara. Aquel rostro... ¿cómo iba a olvidarlo? Aquellas facciones psicópatas pero calmadas, aquellos ojos desorbitados, aquella tez pálida como la nieve... pero había algo diferente. ¿Qué era ese manchón de tinta en la cara?


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