Clavos viscerales


Clavos viscerales
La noche me droga... hace ya tiempo que rebusco entre mis costillas ensangrentadas, pero no hay más que polvo tiznado de rojo. Aquí sigo, en un lecho cuyas plumas no conozco, viendo ángeles revoloteando a mi alrededor cuya cara no me suena. ¿Quiénes son, estos seres? ¿Son acaso sombras de lo que fui, y yo ya no me acuerdo? ¿Me he despertado de una ilusión en la que todo el rato me estaba imaginando a mi mismo? Hinco mi mano en el pecho, buscando entre las vísceras, y no hay nada, solo infinitos ramilletes de huesos y nubes de sangre. Mi mano ha sido teñida con los colores del crepúsculo, y jamás podré darles la espalda. Toda mi vida, todos mis días, mis noches y los espacios ocultos que haya entre ellos, me recordarán esta mano enfrente a mí, con las líneas confusas y una lectura imposible. La cara me escuece. Son los ángeles, que de cestos de mimbre, están tirando espinas untadas de ácido, y estas se clavan por todas partes. Desgarran el colchón, me perforan la piel, me pongo el brazo a tiempo para que no me perforen los ojos. ¿Qué pasa? ¿Ahora que me he cubierto los ojos, puedo ver? ¿Y cuando veía, era ciego? Los ángeles siguen sonriéndome. Creen que no me doy cuenta, de lo que están haciendo. Intento gritarles, lo malnacidos que son, lo mucho que se arrepentirán en cuanto me cure de mis heridas y ciña mi espada con el brillo del alba. Al fondo del cielo, por encima de sus cabezas, hay nubes confusas, que podrían ocultar unas rejas. No puedo volar, pero tampoco puedo separarme del colchón, que ahora suelta plumas y plumas y plumas de todos los colores del mar. Estoy pegado a él, condenado a lamentarme en silencio, me he convertido en una estatua con el brazo delante de los ojos. Tengo mi vista protegida, pero los clavos de los ángeles caen sobre mi gruta torácica como pétales mordaces en un claro. Me hacen daño, pero es como si fuese otro cuerpo el que lo sufriese. Puedo ver, aunque tenga los ojos tapados. Es como si, todas las respuestas estuviesen en el corazón que me han usurpado, pero que mágicamente sigue ahí. En el claro del bosque costillar, donde han anidado las bandadas de clavos, y ahora rezuman de mi pecho abierto de par en par. El dolor de mi cuerpo me duele en el alma. Pero tampoco sé dónde está mi alma. No soy nada. Ni siento, ni padezco, soy un objeto que perdió el ánima... ¿Quién? ¿Quién pudo ser, que arrancó y se llevó mi corazón?

Entradas populares de este blog

El puzle

No es otra Navidad

Enrique Dubariego pierde la cabeza