Madre

Madre
Una pluma letal traza su suave línea de tinta por la tierra. Una grieta oscura se abre en el suelo resquebrajado y engulle a los hombres. Últimamente, me siento sentado en las sombras. ¿Estoy en ella, en la grieta? Miro hacia arriba, y hay luz, pero no puedo levantarme para alcanzarla. Hay cadenas oscuras, invisibles, intangibles, que me fuerzan a permanecer unido al suelo. Oh, mi nebulosa. La estrella fugaz inmortal, detenida en mi retina, sin nunca apagarse, sin que nunca se extinga su estela de diamantes. La que me hace sentir en una hamaca tendida entre ninguna parte, la que me hace eclipsar el sonido del vacío con mi propio latido. Tendido, con los brazos en el fondo del abismo, hundiéndose. Espera. Veo. En una pirámide del color del acero, con un complejo entramado laberíntico, hay una infinita red de trampas para quien intente saber cuál es el secreto de la pirámide. Dentro hay un hombre. Montañas. Montañas de libros. Triángulos, hexágonos, heptágonos, las imágenes retruenan. Está estudiando, parece que es algo serio. Mi corazón aspira también a algo con fuerza. Al techo del cielo, al núcleo del Sol. Al ojo abierto del huracán, al corazón tronador de la tormenta. Quimeras, imposibles, imposibles de alcanzar. Quiero llegar a ese techo oculto tras las nubes, las lluvias y la nieve. Quiero arder, quiero que mi cuerpo se consuma mientras encuentro ese núcleo, quiero gritar convertido en un demonio de llamas. La oscuridad se acerca, me ciega, y hace lo que quiere con mi cerebro. Unos labios finos, suaves, susurran un soplo de amor, que huele a frutas frescas. Su mano me acaricia la cara, mientras su soplo se desliza por mi tez lentamente, penetrando en mis fosas nasales y insuflándome una droga de amor que me encandila, y entonces tengo ganas de que esos labios, ese soplo, esos ojos marrones almendrados se queden aquí para siempre, para sanar las heridas, las llagas de mi alma, para echarme una soga que me saque de aquí. Debe marchar, y fracaso en esas fantasías de felicidad, aunque ella me regala su recuerdo, y la esperanza de que algún día volverá, con su soplo de primavera desde los cielos. ¡Espera! Veo más. Criaturas corriendo. Aplastándose, empujándose, desgarrando el hedor del aire con sus gritos. Hay coches. Tranvías. ¡Tanques nunca vistos! Van a una montaña. Alta, alta, alta como la niebla del mundo, y siguen aplastándose los cráneos, desparramando la sangre por la roca gris, trepando unos encima de los otros, sacudiendo los pies para librarse de los que se agarran para frenar. ¿Qué pensaría la Madre, si, al verse viva, se viese bañada en la sangre de inocentes, agredida por sus malos hijos? La visión se nubla, y me acerco más y más a la grieta absoluta. Distorsionada entre las tinieblas veo a la mujer, gritando, con vestidos de lino bañados en sangre y vísceras, veo la pirámide de metal, y veo el corazón de truenos. Late con violencia y resuena de entre los ruidos. Su fuerte latido es lo único que me queda, cuando la oscuridad me vence.

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