martes, 22 de diciembre de 2015

Overslept

Con este texto, recién sacado del horno, ¡vuelvo al blog...! Espero que os guste, aunque ya hay más trabajos que vendrán en los días venideros. Entre ellos, me comprometo a continuar el relato 'Bon'. Pero, ¿por qué estoy hablando? Os dejo tranquilos ya.
Overslept
-¿Va a Montpellier?
-No, yo me bajo en Toulouse. A ver la familia
Aquel hombre francés hablaba un español perfecto, y esto era porque su mujer y sus hijas eran españolas... me contó que en aquellos días pensaba estar un rato con su familia, y que así como por septiembre ya volvería a España, pues tenía su trabajo y su casa allí.
-¿Tú dónde vas?
-¿Yo...? ¡Ah!-dije, saliendo de una abstracción de las que suelo tener-Montpellier, Montpellier... un amigo me ha dicho de pasar unos días con él.
-Vaya, qué bien-sonrió él.
Hablamos un poco más, y continué mi lectura de Watchmen. Las cosas se estaban poniendo feas, el Nova Express estaba empezando a tocar demasiado las narices. No podía esto acabar bien... hubiera querido seguir leyendo, pero comenzaba a marearme y dejé el libro en la mesilla plegable del asiento. Miré el paisaje por la ventana. No sé por qué, pero me fijé en que conforme los objetos estaban más lejos, más despacio se movían... era curioso, bello, y me quedé un rato así, ensimismado. En mis pensamientos.
Entre los pensamientos, cómo no, estaba ella. ¿Cómo no podía estarlo? Estar en Montpellier era como no llegar por cuatro metros al cielo, y el cielo, claro está, era estar allá donde estuviese ella. Aunque, la verdad, era un poco disparatado pensar ni siquiera la posibilidad de quedarse en el tren para irse a Toulouse. ¿Dónde iría a dormir? ¿Qué comería, qué pasaría, yo sólo en una ciudad, con nada más que una maleta y una cabeza insensata? No, aquellas fantasías no podrían hacerse realidad. Le había dicho a mi amigo que podríamos irnos un día a Toulouse a ver una 'exposición', un 'evento', o ¡cualquier cosa!, pero yo necesitaba ir allí. Solo una vez, no permitir a mis sueños que siguiesen siendo sueños, solo una vez, verla. Porque, claro, a vosotros esto os parecerá cursi. Una sarta de clichés. Pero, queridos amigos, es que vosotros no la conocéis. Vosotros pensáis que para sacar mi cerebro del cráneo hay que abrirme la cabeza, pero lo único que tiene que suceder es que ella me sonría. Y, lo lamento, pero temo que no estoy exagerando...
Nos acercábamos a Montpellier. Ya lo anunciaban por el altavoz. Me levanté, me aseguré de que tenía todo en los bolsillos de la chaqueta y fui a coger la maleta. Miré por la ventana del tren, la gente esperando a otra gente, trasegando de un lado a otro, buscando con la vista. Y, en aquel instante fui un loco demasiado cuerdo, y pensé que yo podía encontrar lo que quería ver más fácilmente de lo que parecía. Y no cogí la maleta, y me senté.
-¿Pero tú no te bajabas aquí?-preguntó el hombre, atónito.
Le miré sorprendido, un poco avergonzado de la respuesta, pero rebusqué en mi alma la desvergüenza y le respondí que sí, pero que había cambiado de opinión.
-¿Alguna vez se ha enamorado?
-Chico, no digas tonterías-replicó el hombre con voz nerviosa-Esta es tu parada. Bájate. ¡Vamos!
-Que no, que no. Yo me voy a Toulouse.
-Estás loco.
-No estoy loco. Pasa que hago las cosas que me importan, y no las que debería... aunque, claro, quién dice que no son lo mismo.
-Estás de psiquiátrico. Bájate.
-¡No! ¡El destino me llama!-exclamé demasiado alto. La gente del vagón se giró, y tuve que bajar la voz-En serio, Jacques. No me pienso bajar.
En aquel momento vi por la ventanilla a mi amigo y a sus padres, esperándome. Me giré para que no me viesen. El hombre se dio cuenta de que eran mis anfitriones y se puso a golpear la ventana para llamar su atención, pero parecía que había demasiado ruido fuera como para que ellos pudiesen oírle.
-¡Aquí está! ¡Aquí está!-mascullaba entre dientes, desesperado al verles como buscaban entre la multitud una cara conocida-Dios, Dios, Dios, ¡Arturo!, ¡bájate ya!
-Non, je veux pas.
Mi mala pronunciación terminó de irritarle, y se dio por vencido, hundido en su asiento.
-Connard...
-Llego a eso, amigo mío, cuidado con lo que dices-sonreí sin girarme.
Rechinó más los dientes que una maquinaria oxidada y el tren comenzó a moverse. Hacia adelante... ¿hacia el futuro? Durante todo el viaje Jacques no me habló, aunque rezongaba de vez en cuando en un francés que no sonaba nada amable. Se hacía ya de noche... admiré el atardecer, con un marronazo sobre mis espaldas, pero con otro brillo en los ojos, ese que solo nace con una emoción. En aquel preciso momento vibró el móvil. Lo saqué, era mi amigo: 'Donde coño estas tio'. Tras admirar su ortografía, desbloqueé el móvil y tecleé con los pulgares 'Me he quedado dormido en el tren. Me bajaré en Toulouse'. No pasaron muchos segundos cuando mi amigo respondió con más tacos que una bota de fútbol que qué iba a hacer. Yo le puse que me quedaba sin batería, que hablaríamos mañana. Apagué el móvil.
Llegamos a Toulouse. Jacques se bajó echando chispas, sin despedirse siquiera, y yo me quedé en el andén, con la maleta, con frío, pensando. Solo. De noche. En un sitio desconocido. Movido por la inercia de los sentimientos humanos. Mi amigo y Jacques tenían razón, era imbécil. Pero, no podía ser tan malo, ¿no? Con 80 euros, podría encontrar un alojamiento para aquella noche. Y podría incluso comprar algún papeo barato. Mañana ya llamaría a mi amigo, pero de momento las cosas no iban nada mal... hablando de llamar, decir que mis padres debían de estar subiendo por las paredes. Natural, estaba en paradero desconocido.
Pero, ahora nada de eso importaba. Nada en el mundo importaba. Ni siquiera los gemidos sospechosos que se oían tras una puerta que por su símbolo podría ser la del baño de mujeres, que suscitaban naturalmente la curiosidad del escritor. Ni siquiera el hecho de que no tuviese ni idea de adónde ir aquella noche... aquella noche, sólo importaba una cosa. Volví a encender el móvil, sabiendo lo que tenía que hacer: tenía que llamar a un número, un número importante, que no podía ser cualquier otro.