Mario descontento

Esta mañana, una amiga mía (cuelo spam, http://gaviotasenifach.blogspot.com.es/, es un blog de literatura como el mío :) ) me ha comentado si me apetecía hacer un booktag. A mí, al principio, lo único que se me venía a la cabeza cuando oí booktag fue guten tag, y tras un intento de explicación por parte de ella, la verdad es que sigo igual. Pero he llegado a la conclusión, mis queridos lectores, de que estaría bien si de vez en cuando yo me salgo de mis moldes y escribo algo inusual. Y me parece una idea fabulosa, mira, de vez en cuando voy a procurar escribir cosas que yo no escribiría de normal. Así pues, allá voy:

Mario descontento
Mario estaba rescatando a la princesa Peach aquella apacible tarde de otoño. En aquel preciso instante estaba luchando contra Bowser, mientras se preguntaba si no le había matado en otra ocasión: parecía que hacían aquellos bichos de fábrica, y cuando Mario mataba a uno mandaban a otro. El tal Bowser aquí debía tener algún defectillo de fábrica en el cerebro porque pegó un traspiés y se fue al foso de lava, con lo cual nuestro amigo fontanero ya se fue a donde Peach y la liberó de la jaula en la que ella tan taciturnamente estaba recluida.
-¡Oh! ¡Gracias!-exclamó ella, llevándose las manos al pecho.
Entonces, ella se inclinó sobre él, pues él era una persona verticalmente limitada, y le dio un beso en la mejilla. Mario frunció el ceño.
-¿Te pasa algo, Mario?
Mario se puso con los brazos en jarra.
-¿Que si me pasa algo? ¡Vamos! Llevo treinta años y pico salvándote, ¿y lo único que se te ocurre es darme un beso en la maldita mejilla?
-Mario, no me gusta el tono de voz tan desagradable que estás usando.
-¡Oh venga ya!-gritó Mario, agarrando su gorra roja y tirándola al suelo-¡Dimito! Que el bicho ese te agarre y haga lo que quiera contigo.
-No, no, que es muy rudo.
-¿Y a mí qué? ¿Yo soy rudo también?
-Bueno, tú... no he tenido la ocasión de comprobarlo.
-¡Pues claro que no! Eres más estrecha que el hueco de una puerta cerrada.
-Mario, no te consiento que me hables así.
-¿Y qué me vas a hacer, eh? ¿Vas a echarme del reino este tuyo, que lo tienes descuidado? No sé cómo lo ves, pero yo he visto por ahí escándalos de corrupción a tus espaldas.
-Mario, mis gestiones reales no son  asunto tuyo. Y sí, puede que te eche.
-Sí, ¿no? Así no tengo que volver para salvarte de un lagarto feo salidorro.-Mario se agachó, cogió el gorro y se lo puso muy dignamente. Miró a la princesa a los ojos, y le dijo:-Ahí te quedas.
Peach, naturalmente, no podía permitirse perder un guardaespaldas tan fiable. La otra opción era quedarse encerrada en un castillo oscuro con un lagarto enorme con enormes deseos sexuales.
-¡Espera, Mario! ¿No podemos negociar esto?
Mario se giró, y la miró de arriba a abajo con una mueca de asco.
-¿Negociar qué? Estrecha.
-¡No! ¡No!-Peach se mordió el labio inferior, nerviosa-A ver, qué quieres.
-Hombre...
-¿No te basta el júbilo del deber cumplido? ¿La gloria, la felicidad, la realización de la justicia...?
-Hombre, señorita mía, todo eso está debuti, pero un hombre, como podrás comprender, además de ser un dechado de virtudes, tiene necesidades biológicas.
-¡Oigh!
-Y tú también las tienes. Que pecar es humano.
-¡Mario, basta!
-¿Qué? ¿Me vas a decir que el viernes pasado no entraron unos cuantos hombres en tu castillo, y que cuando salieron no tenían los bolsillos más cargados? Confiesa.
-¡¡Mario, basta ya!! ¡¡Eres un chabacano, indecente, proletario carcamal!!
-¡Uy! Qué rebuscada. Si le dabas las órdenes así a los chavales, harían un desastre.
-Mario, no te consiento que hables así, fuera de aquí, no pienso ceder jamás a tus deseos carnales.
-Desde luego sitio no te falta, con tu palacete...
-¡Fuera!-gritó ella, indicándole con el índice la salida de la jaula.
-Está bien, está bien...-concedió Mario, calmándola con un gesto de manos-Ya me voy. Pero no pienso volver a salvar a una desagradecida como tú.
Mario se atusó la chaqueta y se dispuso a salir de la jaula. Antes de cruzar el umbral de la puerta, se giró. Ella estaba roja, de la ira, con los puños apretados, mirándole con odio.
-Treinta años para un puto beso en la mejilla. Hay que joderse, esta juventud. Si lo sé, me dedico a salvar facilonas.
Sin darle tiempo a responder, Mario se alejó del lugar donde la princesa estaba. En su camino, pasó por el foso de lava, y justo cuando sus pies pasaban cerca, emergió una mano monstruosa de entre la lava y se agarró al borde.
-¡Ja! ¡He vuelto! ¡Ahora no podrás detenerme!
Bowser se aupó con los brazos sobre el borde, se sentó en el suelo y se levantó, mirando a Mario.
-¡Ja, ja, ja! ¡Inventé una pócima mágica que al tomármela me ha salvado de morir en la lava! ¡Ahora vas a morir!
-No, no, hoy cambio de planes.
El lagarto se quedó ojiplático.
-¿Cómo?
-Lo que oyes. ¡He dimitido! Te la puedes quedar y hacer con ella lo que quieras.
-Esto debe de ser una broma.
-La broma es, no te lo pierdas, que después de treinta años salvándole el pellejo, va y me sigue dando besos en la mejillita.
-¡No!
-¡Sí!
-Increíble. Qué malnacida.
-Ahora me iba a buscar a una mujer agradecida, simpática y buena persona a la que hacer la vida feliz sin esperar a cambio un beso en la mejilla...necesito sentar cabeza, tío.
Mario se puso la mano tapando los ojos enrojecidos y húmedos.
-Joder, treinta años, treinta putos años, para un puto beso en la mejilla...-susurró con voz quebrada.
-Hey, hey, cálmate, tío...-Bowser se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro-No pasa nada. Seguro que ahora cuando sales está ahí la mujer perfecta esperándote.
Mario se retiró la mano de la cara, y con sus ojos llorosos, miró a Bowser con una sonrisa esperanzada.
-¿Tú crees?
-Sí, sí, amigo, tú salte de este castillo mohoso y ve a por una nueva vida. Yo me quedo aquí con la princesa esta y me encargo de ella.
Mario se enjugó el líquido del ojo. Se miraron y se sonrieron.
-Gracias, Bowser. Mira, después de tanto años peleados, vamos a sacar algo bueno.
-Sí, parece que sí.
-No quiero prolongar esta tortura más. Me voy de aquí, para abandonar esta mala vida, de princesas desagradecidas, champis alucinógenos y tortugas parlantes.
-Chao, amigo.
-Adiós, amigo, que vaya bien.
Bowser y Mario se despidieron, y Mario se fue, oyendo a lo lejos como cierta princesa rogaba a gritos que se la tratase como a tal, y a un tío no tan mal tipo comportándose como el mal tipo que se supone que debía ser.
Mario encontró a su mujer, tuvieron tres hijos y ahora viven los cinco felizmente en Nápoles. Él trabaja actualmente de fontanero, como era realmente, y no de absurdo-tipo-de-rojo-que-salva-princesas-porque-sí-y-lucha-contra-tortugas-feas-y-gordas. Es una vida apacible, alejada de los excesos; la vida que él siempre había soñado.
Su hermano Luigi, desgraciadamente, ocupó su lugar, y ahora la princesa Peach le da besos en la mejilla a él. Ingenuo... cuando le llegue la pubertad, ya se dará cuenta de la mangonería que sufre. Porque, permitidme que os diga, la relación que guardan los salvadores de Peach y Peach no es nada equitativa, se ve llena de desigualdades, esta Peach es una desgraciada desagradecida. Por cierto, que lleva el mismo peinado desde hace siglos, además es una carca.
Bowser sigue igual, en su papel... sigue soñando con que algún día no haya más pintamonas vestidos de colorines que se dediquen a salvar princesas secuestradas, porque es su único método de conseguir una mujer...
Y Peach. ¿En serio hace falta hablar de Peach? Lo considero innecesario. Mira, además, por no ponerla verde, me ha ofrecido un trato razonable: me va a dar un beso en la mejilla.



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