PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN II

La primera entrega de esta saga no me pareció que tuviese suficiente calidad como para ser publicada... esta, sin embargo, creo que lo merece. ¡Para comprender esta segunda entrega del 'Piscolabis de la Escisión', es fundamental que os leáis la entrada 'Intro del Piscolabis de la Escisión'! ¡Disfrutadla, y decidme qué os parece por los comentarios!

PISCOLABIS DE LA ESCISIÓN II

16.25h del viernes 26 de junio, según el reloj colgado encima del ascensor visible para todos. A las seis hay un recital de relatos cortos, poesía y demás en un taller de escritura, al que voy a asistir por la invitación de un buen amigo mío. Estoy seguro de que sería un bombazo llevar bocaditos de pollo a tal reunión literaria, y yo quedaría cual caballero, así que aquel día mis ansias de victoria eran particularmente agresivas.
16.26h. Todos se apuran para terminar sus tareas, problema que yo ya no tengo, ¡ja! Ya he guardado mi ordenador y mis papeles en un cajón cerrado con llave en mi mesa, como dicta el reglamento cuando acaba la jornada. Tengo en el cuerpo cinco bebidas isotónicas cuya marca no pude observar bien pues simplemente pedí al empleado cinco unidades de lo más fuerte que tuviese, así que ahora mismo estaba a cuatrocientos por hora. Además, para la batalla de hoy me había pertrechado con un chaleco antibalas, para evitar dardos somníferos, experiencia que en la semana pasada me condujo a la derrota. Mi estrategia iba a ser ir directamente a los bocaditos, procurando evitar los ataques enemigos más que distrayéndome estorbando a mis enemigos.
16.29h. Todos en sus puestos. Susan Jenkins ha cambiado sus tacones azul cobalto por deportivas. Gigonni se muestra misterioso, así que supongo que estamos condenados a alguna perrería. Anderson se agita nervioso en la silla, con un boli en la mano. Susan y yo nos cruzamos una mirada. Me lanzó un beso seductor. Hoy, más que nunca, debo velar por mis futuros hijos. ¡Oh, TOS! ¡A ver si tus advertencias a Susan respecto al favorecimiento de nuestra fertilidad han sido útiles!...
16.30h en el reloj. Un estrépito inaudito retumba mientras nos levantamos al unísono de nuestras sillas. Anderson apunta con su bolígrafo hacia un papel situado debajo de la alarma de incendios, escondido bajo el tumulto de la plantilla. Pero yo, mientras corro hacia la puerta, lo veo, y veo un haz de luz potente saliendo del boli dando en el papel. Empieza a salir un humo del papel Oh, Dios, ¡mío! La alarma va a saltar en tres, dos, uno...
-¡RIIIIING!
¡Esta vez Anderson ha sido muy original, poniendo en práctica una táctica no vista hasta ahora! Ahora, todas las demás estrategias que precisasen un ambiente seco para ser ejecutadas quedaban inválidas ante el chapuzón de los aspersores. Oigo un chillido agudo de fémina. Mientras sigo corriendo, pues a mí no me afecta el agua, me giro para ver quién ha gritado. Es Susan, con un vestido azul nuevo (nos lo dijo esta mañana) calado. Está mirando a Anderson furiosa, dedúcese que ya se había dado cuenta del causante de la hecatombe.
-¡Anderson! ¡Te voy a arrancar el miembro!
Él, pobre, se pone blanco de terror, preparándose para el atentado contra sus partes sensibles. Yo comparto el color, pero continúo corriendo hacia la puerta, con el agua repiqueteando por todas partes, para evitar que Susan se fije en mí. Cuando llego, la empujo frenético. Nadie se fija en mí, pues tradicionalmente la primera parte del Piscolabis de la Escisión es incapacitar a los demás. Al menos, eso creía, cuando escucho un grito alegre de Gigonni, sobresaliente entre la algarabía general.
-¡De nada, Towers!
Nada más abrir la puerta de par en par, una tarta gigante cae de algún lugar no identificado y me derriba, quedándome espatarrado en el suelo bajo una mole de repostería gigante a dos metros de las escaleras.
-¡Hijo de tu madre!-grito furioso, intentando que mis palabras esquiven toda la nata alrededor de mi boca para salir a la luz.
A pesar de este incidente hipercalórico, me incorporo rápidamente, limpiándome asqueado con las manos. Sé que puede pareceros fácil quitarse una tarta de encima, pero creedme, aquella era una tarta muy grande.
De repente, oigo un pitido, de otra parte no identificada. Me cae un cubo de caramelo en la cabeza, empalagándome. Luego, mi madre se quejará de que a veces no soy dulce, debería verme ahora.
-¡Para acompañar!-grita Gigonni.
Ahora que tengo un cubo de metal en la cabeza, oigo unas pisadas veloces hacia donde yo estoy. Oigo la risa de Gigonni mientras me empuja hacia un lado para bajar las escaleras, pero algo sale mal y oigo su cuerpo golpeándose contra los escalones hasta aterrizar en el rellano, mientras grita de dolor.
-¡Has sido tú, imbécil!
-No, no he sido yo-digo, con fruición calmada, quitándome el cubo de la cabeza, dejando a la vista una cabeza que podría compararse a una manzana asada untada de caramelo-Pero desde luego me ha servido.
Voy corriendo hacia las escaleras, emocionado, pero piso un charco de algo resbaladizo y aterrizo en el mismo rellano que Gigonni, aplastándole. Gime de dolor, mientras se retuerce en el rellano. En el suelo, con un punto de vista horizontal, veo a la señora de la limpieza bajando con cuidado y sin caerse los escalones.
-¡Hasta luego, pringaos!-ríe, mientras baja con gracileza cada uno de los escalones. ¡Había puesto brillantina antes del primer escalón!
-¡Has sido tú, Hermenegilda!-grita Gigonni con voz agonizante y furibunda- ¡No sabía yo esto de ti!
Hermenegilda, por supuesto, no se amilanó con el comentario del becario, y siguió bajando las escaleras mientras reía alegremente. Yo, por suerte, no me había hecho mucho daño porque Gigonni había amortiguado mi caída, así que me levanté y comencé a echar una carrera a Hermenegilda, con una ingeniosa ventaja por su parte. Por suerte, es casi una anciana, así que tenía el poder de la juventud conmigo. La sobrepasé enseguida, oyendo detrás de mí maldiciones y otros comentarios más obscenos sobre mi señora madre. Bajé rápido las seis plantas que separaban la oficina de la planta baja, donde estaba el Piscolabis (las otras cinco plantas corresponden a otros negocios, cuyos responsables no quieren tomar parte de, según ellos, 'nuestros actos inmaduros'). ¡Oh, Dios mío! ¡Hoy iba a ser mi séptima victoria en el Piscolabis de la Escisión!
Empujé la puerta que separaba el rellano con la planta baja. Había un pasillo enorme, que interconectaba varias salas que entraban fuera de la jurisdicción del señor Bateman, y al fondo, estaba nuestra sala. Tenía la puerta doble abierta de par en par, y la fuente de bocaditos de pollo relucía como si de oro puro se tratase. El silencio del fin de la jornada laboral abarcaba toda la planta. Nadie estaba. Solo la fuente, yo, y los restos de tarta y caramelo sobre mí. Reí de felicidad, y emprendí la carrera final hacia la fuente. Cuando de repente...
-¡No tan deprisa!-oí una voz a mis espaldas.
Evidentemente, esto no era una película, así que pasé del pardillo que estuviese recitando ese cliché. Continué corriendo, reticente a tal voz, pero de repente, una pelota de tenis me dio en la cabeza, tirándome al suelo.
-¡Eh!-grité indignado. Oí la risa de Anderson acercándose- ¡Anderson! ¿No deberías estar gimiendo de dolor por el Apocalipsis Jenkins?
-¡Ja!-rió él, suficiente-Susan está durmiendo como un angelito, bajo el efecto de uno de mis dardos.
He de decir, que por una vez, sentí un poco de agradecimiento hacia Ronald Anderson en el Piscolabis de la Escisión, pero dadas las circunstancias no consideré necesario expresarlo. En vez de darle las gracias, cuando pasó a mi lado, estando tumbado yo le puse rápidamente la zancadilla, pegándose el sujeto un castañazo digno de película. Me levanté, dispuesto a continuar la carrera hacia el Piscolabis. Al pasar al lado de Anderson, sin detenerme, me agaché y le propiné una colleja que sonó al encajar perfectamente en la nuca. Me reí de él para que lo oyese y seguí corriendo, hacia la mesa de aperitivos. Cinco metros. Cuatro. Tres. Uno. Toqué la fuente. El señor Bateman, que siempre se queda para declarar al ganador (y para picar algo, incluso puede coger algún bocadito de pollo, pero sin excederse, por respeto al ganador), cuando me vio dibujó una sonrisa en su cara. Llegué, cogí la fuente y la alcé por encima de mi cabeza con la mano derecha. Reí de éxtasis, mientras aspiraba el aroma de los bocaditos de pollo. Se abrió la puerta del rellano, y aparecieron varios de mis colegas, con caras de sorpresa y frustración. Al verme, se pararon en seco y adoptaron una expresión de estupefacción. Oí que el señor Bateman tomaba aire para hablar.
-Habéis llegado tarde.-cogió mi mano libre y la alzó- ¡Ken Towers queda declarado campeón por séptima vez del Piscolabis de la Escisión!

FIN

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