LO QUE HABITA EN LA ESMERALDA

Yo estaba en el asiento trasero de mi coche, de vuelta a mi casa tras un fin de semana de viaje, y pasaba por una zona montañosa, típica de la zona andaluza, para que los lectores se hagan a la idea. Ni húmedo ni seco. Abundantes plantas pero a años luz de la jungla del Amazonas. Yo, sin nada útil que hacer, miraba por la ventana, aburrido, a ver si de repente caía un meteorito gigante que hiciese un cráter increíble o algo por el estilo para que me distrajese. En vez de eso, vi una casa en ruinas en la falda de una montaña. Estaba derruida. Los ladrillos, de hecho, se podían observar diseminados por el suelo y en el pedazo de casa que todavía quedaba en pie se observaba una marcada textura musgosa. A cualquiera le hubiera fascinado ver esa casa con cada ladrillo alumbrado por la luz de la luna llena, con ese aire de misterio que tienen las casas musgosas en ruinas. El caso es que, nada más verla, supe que me inspiraría algo. Cuando me dispuse a escribir cuando llegué a mi casa, vi el comienzo de otro relato que había empezado hace unos días. Y ha salido esto, no sé muy bien por qué, la verdad. Debo destacar, antes de que leáis esto, que soy creyente católico, y que el universo que retrato a continuación es plenamente ficticio. Sumergíos en este relato de leyenda y disfrutad.

LO QUE HABITA EN LA ESMERALDA

Hace mucho, mucho tiempo, cuando algunos espíritus todavía caminaban sobre la tierra, las esmeraldas relucían más que nunca en las cuencas oculares de los recién muertos. Según fuentes que no han querido desvelarse, los primeros humanos que habitaron la tierra encontraron en algún lugar un yacimiento descomunal de esta verdegueante joya. Al parecer, lo declararon sagrado. Corrían rumores de que algunos espíritus de los que crearon el universo se paseaban por aquel lugar, bendiciendo a las buenas almas y castigando a las malas. También se decía que los espíritus dormían en las propias esmeraldas, convirtiéndolas en amuletos poderosos. He ahí el motivo por el que, para proteger a los muertos, se les sacaba los ojos con cucharas expresamente fabricadas para la ocasión para poner en su lugar dos pequeñas esmeraldas. Quien intentaba profanar las cuencas, se decía que al cabo de un tiempo moría de diversas úlceras que le hacían morir con un sufrimiento atroz como el infierno. Eran los espíritus, que, como dije antes, todavía caminaban sobre la tierra. Aunque no se les viese, actuaban como los mortales, demostrando su poder a cualquier hombre o mujer. Después, los espíritus vieron que la humanidad estaba volviéndose mala. Con la aparición del dinero y el poder, los hombres empezaron a discutir entre ellos, a pelear, a estar en un clima de tensión ácida. Entonces, abandonaron a los hombres a su suerte, volviendo sin embargo de vez en cuando para recompensar a los buenos mortales. Estas manifestaciones de poder sobrenatural es lo que conocemos por milagros, y la cada cultura los atribuye a un ente. En fin, que los espíritus se cansaron de las peleas de los humanos y desaparecieron de la faz de la tierra. Pero, antes de irse, sepultaron el yacimiento, con todos los esqueletos dentro, para que los malvados no se aprovechasen de lo que en otros tiempos fue sagrado. Según las misteriosas fuentes, ahora mismo ese lugar se llama la Gruta de los Caballeros de Esmeralda, y dentro hay un tesoro de esmeralda de valor incalculable. Si ahora mismo alguien entrase e intentase llevarse aunque solo fuese una ínfima parte del total del tesoro, la maldición surtiría efecto, los esqueletos cobrarían vida y lo matarían, para después colocarle dos pequeñas esmeraldas en las cuencas vaciadas de los ojos. Esos esqueletos son el legado de los espíritus. Son sus delegados, son seres a los que los espíritus dieron vida para que protegiesen el tesoro. Eso respalda la teoría de algunos de que los espíritus se quedaron en la gruta subterránea para seguir durmiendo en las esmeraldas, y la de que son los propios espíritus quienes controlan los huesos y los mantienen impasibles al paso del tiempo, haciendo esto durmiendo en las esmeraldas de las cuencas oculares. Esta es una leyenda a la que muchas veces se le ha dado vueltas. Es sabiduría popular, sin ningún escrito que lo testifique. Muchos se resisten a creerla porque no hay pruebas. Ni una prueba. Todo es circunstancial. Aunque, quien sabe. Quizá algún temerario explorador querría, en un instante de discordura, descender a los abismos de la tierra para encontrar la Gruta de los Caballeros de Esmeralda y disipar la duda.

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