viernes, 15 de enero de 2016

Ahí fuera, hay un mundo...

Ahí fuera, hay un mundo...

Ahí fuera, hay un mundo. No lo vemos, ni tocamos, ni olemos pero él sigue ahí, existiendo. Es el mundo que se oculta tras todos los montajes fotográficos. Tras cada modelo con piel y figura perfecta. Es el mundo tras los hombres trajeados y serios, cuya vida parece perfecta. Es un mundo que no podemos tocar, no, pero podemos notar como vibra y rezuma agua caliente a nuestro alrededor. Si aguzas el oído, oirás su zumbido, un zumbido agudo que te implora que intentes comprender. A cada mujer imperfecta. A cada hombre sin traje, con una camisa blanca de tirantes para trabajar en la obra. Pero, la pregunta es, ¿realmente podemos? ¿Seremos capaces de hundir nuestras manos en las llagas, para ser algún día conscientes del verdadero cuerpo que tiene la realidad que nos rodea? Y, lo más importante, ¿dejaremos que nos apuñale con su daga de verdad o la apuñalaremos nosotros, dándole la espalda?
Ahí fuera hay un mundo. Rezuma agua. Sangre. La leche de una vaca recién exprimida. Todos los líquidos posibles. Todo rebosa en el mundo, pero a la vez todo permanece en un sitio que estaba destinado a ser. Y yo, un pobre ignorante, tengo miedo. El mundo es aterradoramente grande, demasiado grande para mis pequeños y hundidos ojos, y no sé si podré mirarle a la cara. Pero, una vez has intentado mirarle por un instante a esos ojos suyos que contienen todos los sentimientos habidos y por haber, es inútil apartar la mirada. Él sigue ahí. Diciéndote que le mires a esos ojos suyos de dolor, risa, amor, celos, ira, tristeza, resaca, éxtasis. Diciéndote que, por mucho que te ocultes en el pequeño rincón de los párpados, él seguirá ahí. Esperando a conversar.