UN TROZO DE PAN

Hoy os traigo un relato, que, personalmente, me ha impactado. Eso es raro, porque yo soy el que lo ha inventado y no me debería de impactar tanto como lo hacen otros relatos de otros escritores, pero esto es diferente. Esto es distinto, y creo que merece la pena comprobarlo. ¡Disfrutad!

UN TROZO DE PAN
Yo tengo dieciséis años. Tras terminar mi bachillerato a las dos, lo cual es una bendición, me voy a mi casa todos los días y espero a que mi padre llegue del trabajo para que comamos juntos. Nos alternamos para preparar la comida. Aquel día, miércoles, me tocaba a mí. Mi padre ya había preparado el día de antes unas lentejas, así que solo tenía que calentarlas. Tras poner la olla sobre la vitrocerámica y poner la mesa, cogí la barra de pan adquirida en el chino y me dispuse a cortarla sobre la mesa con un cuchillo cebollero. Entonces una llave sonó girando en la cerradura de la puerta. Para entender esto que os voy a contar, debéis saber que la cocina está a un metro de la puerta que da al pasillo de la escalera (alias la puerta de la calle), y que en esos momentos la puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Como decía: aquel sonido era ya inherente de mi vida y muy cotidiano, así que me dispuse a saludar a mi padre con mi habitual "Hola, papá" tras oír la segunda vuelta de la llave. A la tercera vuelta de llave la puerta se abrió. Pero una desagradable sorpresa sucedió. La puerta se abrió rápida y agresivamente, y un hombre con americana vaquera, camisa negra de "Jack & Daniels", vaqueros rotos oscuros y zapatillas de deporte oscuras entró agitadamente en la casa. Yo estaba perplejo, y en aquel instante, el miedo paralizó todo mi cuerpo, como si una tenazas de cobardía me oprimieran. El hombre, nada más dar el primer paso en la casa, giró la cabeza frenéticamente hacia mí. No era una cara de delincuente. ¡En serio! No tenía pinta de ser un mal tío. Simplemente, tenía una cara amenazadoramente desesperada, como si fuese el último día de su existencia. El hombre, tras descubrirme su gesto en la cara, sacó una navaja que relució pálidamente a la luz blanca y eléctrica de la lámpara  de la cocina, y se abalanzó sobre mí, poniéndome con la espalda pegada a la pared y la navaja en mi cuello. En aquel momento, su cara y fisonomía en general estaban muy cerca de mí, y pude ver que sudaba a chorros, y su piel tenía un repugnante brillo graso que combinaba con el fulgor de sus ojos marrones enrojecidos, y con su pelo castaño con aspecto de no haber sido lavado en días. No sabía lo que estaría pensando, pero no sería nada que me gustase.
-¿Dónde está el dinero?-preguntó en un tono inexpresivo del que se puede deducir el sentido por el contexto de la situación.
Me quedé callado, mirando fijamente a los ojos de la tormenta, con una mueca de asco en la cara.
-¡No estoy para bromas!-gritó, alejándome un poco de la pared para estamparme rápìdamente contra la misma, a modo de advertencia-¿¡Dónde está!?
Con las prisas, el hombre no se dio cuenta de lo que estaba haciendo yo. Y, en aquel instante de presión, nunca recordaré que se pasó por mi cabeza, pero agarrando fuerte el mango del cuchillo cebollero, hendí este en apenas un segundo en el abdomen de mi agresor. Este dejó caer la navaja con un ruido seco sobre el parqué. Tras ver que la hoja había llegado a su límite, porque la parte del mango donde enraizaba tocaba la carne, retiré velozmente el arma blanca, mirando perplejo al, esta vez, agredido. Él, asombrado también, bajó la cabeza para ver su herida, de la que manaba abundante sangre. Incluso la palpó, incrédulo, por si aquello no era más que una vana pesadilla. Entonces, me miró. Y sus ojos eran los de un niño.
-Solo... queríamos... ser...-hizo una pausa, mientras reunía fuerzas para continuar hablando. Agonizaba, mientras su voz estaba siendo llevada por la muerte. Deseé en aquel momento ardientemente la palabra postrera de aquel moribundo.-Felices.
Tras legarme sus últimas palabras, cayó al suelo, inerte, mientras un charco de sangre pintaba a la vez el suelo y su americana vaquera. No sabía qué había pasado con mi padre aquel día. Pero que aquel tipo hubiese tenido en posesión su llave no era buena señal. Pero no lo sé, y todo es un amasijo de incertidumbre. Sobre todo, porque nunca en mi vida normal me he planteado cómo esconder un cuerpo. Lo único que en aquel momento tenía sentido era en mi cabeza era que él, al menos al final de su vida, tuvo razón. Quienes quiera que fuesen, solo querían ser felices. Como yo. Como todos los seres humanos.

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