martes, 12 de mayo de 2015

DUDAS ELEGANTES

Esta semana os traigo un relato, como la semana pasada, escrito en el momento. Está basado en un microrrelato que escribí hace algunas semanas, teniendo como inspiración un objeto ( una lámpara) que no podía describir. Sí, bueno, cosas de escritores, cuando no sabemos describir o narrar algo sentimos una especie de frustración, es como cuando un pintor no sabe cómo pintar algo, o como cuando un ingeniero no sabe diseñar algo. Superé la frustración aquella y escribí un microrrelato describiendo aquella lámpara. No sé qué demonios va a salir, pero espero que os guste. El microrrelato original es el primer párrafo. ¡Si os gusta, dar likes y comentad!

DUDAS ELEGANTES
La lámpara del elegante vestíbulo del hotel, desde luego hacía al mismo más impresionante todavía. Estaba adosada al techo, con forma de hongo invertido, aunque podría denominarse de plafón, si se quiere presumir de léxico. Estaba compuesta de incontables lágrimas de cristal, que parpadeaban mientras los huéspedes iban o venían de recepción, o simplemente paseaban disfrutando las vistas. Era como una lluvia de guiños plateados, que anclaba la vista.

Debajo de la lámpara egregia, se hallaba un ramo de flores, orgulloso, prepotente, altivo, desafiando a cualquiera que entrase en el hotel a no fijarse en él. Se componía de las más variopintas flores, formando un abanico de colores que, ciertamente, alegraba la vista y la estancia.

El vestíbulo también disponía de un limpio suelo de mármol blanco que purificaba el lugar, unos muebles antiguos que parecían darle sabiduría al edificio y unas mesas con sillones al lado de las ventanas amplias que daban a la calle, una de las más transitadas de la ciudad. Podría parecer que los huéspedes, mientras se tomaban su café o demás refrigerios sentados cómodamente en aquellas mesas, se regodeaban frente a los que estaban al otro lado de la ventana, sin un asiento tan reconfortante como el suyo. Aunque, la verdad, ese regodeo les costaba bien caro, pues las tarifas del hotel no se las podía permitir cualquiera.

Luis esperaba sentado en aquellas mesas, mientras sorbía poco a poco su café con miel. Se lo acababan de traer, y todavía humeaba, impregnando el espacio vital de Luis de un aroma delicioso. Miraba a los transeúntes pasar monótonos al otro lado de la ventana. Violeta se estaba retrasando. Él se iba de la ciudad en veinte horas, y esta era su última oportunidad de verse. Aun siendo el café delicioso, él lo saboreaba como si fuese la misma duda de si acudiría o no. Nunca podía venir a visitarla. Nunca podía pasarse por España. Los dos lo habían llevado con paciencia, quizás demasiada. Ella se estaba distanciando, lentamente. Luis pegó otro sorbo acaramelado. Puede que... puede que no viniese. Puede que los últimos días, meses o años hubiesen sido una farsa. Al fin y al cabo, nunca Luis podría adivinar que se le pasaba por la cabeza a ella. No se puede saber nada. Su móvil estaba apagado. Puede que lo hubiese hecho adrede, pero tenía el móvil apagado, no podía preguntárselo. 

¿Por qué? ¿Por qué había tenido que aceptar aquel trabajo? ¿Por qué no pudo pensar detenidamente lo que de verdad importaba? Ahora, aquella relación en la que había vertido tanta esperanza, se iba mellando, y llegaría un momento en el que estaría obsoleta. ¿Vendría ella para desmentir esas terribles dudas? ¿O para confirmarlas? Luis cogió la taza y una vez más dio un sorbo. Por mucha miel que le hubiesen puesto, era el café más amargo que había probado en su vida.