La barca pecaminosa

Esta es la versión narrado. Abajo, tenéis una versión en guión, por si queréis hacer un teatrillo con unos amigos. Yo lo hice, y, siendo objetivamente modesto, nos desternillamos, así que... ahí la tenéis :).

La barca pecaminosa
El barco se estaba inundando feamente por momentos, así que yo, como capitán, debía elegir a quién debía salvar: me enfrentaba al típico dilema de clase de ética. Pero no había tiempo que perder, así que salvé a los primeros cuatro que vi. Muy deprisa, entre los crujidos lastimeros del barco y el griterío de los pasajeros, nos metí a los cinco en el único bote salvavidas y con una navaja corté las cuerdas para hacernos caer al agua. La gente gritaba mucho, y era imposible no prestarles atención, así que mis cuatro salvados y yo miramos el barco hasta que terminó por hundirse. Varios pasajeros intentaron nadar, mantenerse a flote, pero eran aguas muy frías y no tardaron mucho en morirse. Ahora, nosotros cinco nos encontrábamos en una situación peliaguda: estábamos a cien kilómetros de Estados Unidos. Me giré hacia mis compañeros y di una palmada.
-Bien, señores. ¿Quién de ustedes quiere remar primero?
-Yo, que soy joven.
Le pasé los remos al joven y comenzó a remar, pero de repente se detuvo.
-¿En qué dirección?
Saqué la brújula y le indiqué hacia dónde debía ir, y de esta manera comenzamos nuestra travesía por el mar.
-Y, bueno, ¿quiénes son ustedes? ¿A qué se dedican?
-Yo soy Lucía, y soy puta-dijo la primera.
El segundo la miró con recelo. Era un hombre mayor, con carrillos colgantes y pelo canoso.
-Yo soy Juan, y soy sacerdote.
-Yo soy Fernando, y soy poeta-consiguió responder entre jadeos el remero.
-Yo  me llamo Andrés y no soy nada, voy a tercero de secundaria
-Yo soy David, y soy capitán de barco.-observé el lugar de la tragedia-Bueno, era.
-Lucía-empezó Andrés-Tengo 50 euros, ¿qué se puede hacer?
-Bueno-replicó ella, áspera-Aquí no hay mucho espacio para juegos, señorito. Y mucho menos intimidad.
-¿No se podría...?
-A mí me da igual, desde luego-apuntó el poeta.
-A mí no me da igual. Un poco de por favor, por favor-negó el sacerdote con la cabeza.-Además, ¿no es ilegal?
-Oh, vamos, estamos en un barco en mitad del océano.-inmediatamente reparé en el sentido de lo que había dicho.-Señor poeta, deje de remar, que si no se cansará y durará menos.
-Es verdad, señor capitán-convino el poeta, subiendo los remos a la barca y dejándolos a un lado, para que no nos estorbase.
-En fin, a lo que iba. El muchacho quiere probar cosas nuevas, y nadie tiene por qué saberlo. Sus padres no tienen por qué enterarse.
-Mis padres se fueron a pique.
-Oh, vaya... ¡mejor me lo pones! Ahora no tienes obstáculos. Nadie te va a decir nada.
-Considero esto una inmoralidad atroz-declaró el cura.
-Lo que me parece una inmoralidad es que este joven quiera contratar los servicios de una señorita con sus padres muertos.-opinó el poeta, que se había puesto cómodo.
-No me querían. No les quería. Estamos una puta y yo en un barco: yo lo veo claro.
-A mí me parece bien, señores. Que el joven haga lo que quiera.-sentencié.
-A mí igual, que haga lo que quiera-añadió el poeta.
-Pero, ¿no se dan cuenta de que esto es absurdo?-el cura se dirigió a la puta-Hija mía, Lucía. ¿Para qué quieres el dinero, si es probable que muramos?
-Vamos a ver, abuelo. Uno, usted no me va a decir a mí lo que debo o no hacer. Segundo, al infierno ya voy de todas maneras, así que no se preocupe por mí. Y tercero, además así pasamos el tiempo. Además, si no hace nada aquí es probable que el chico muera virgen.
-Cierto, cierto, y no quiero morir virgen-asintió feliz Andrés.
-Iros a la mierda, pecadores, os pudriréis en las llamas de Satán. Haced lo que queráis.-se rindió el cura, apartando la mirada de nosotros.
-Bien, todo parece indicar que el joven podrá consumar el placer carnal por primera (y probablemente por última) vez en su vida. 
-Venga, vamos allá-gorjeó feliz el adolescente, desabrochándose el cinturón.
-Quieto, bonito. Los cincuenta euros. Y tienes suerte de que estemos en esta situación, que si no te cobraría más.
El joven Andrés, que parecía plenamente consciente de que iba a morir de un momento a otro, le dio sin dudar el dinero. Pero, antes de esgrimir la espada descubierta, nos miró con recelo al cura, al sacerdote y a mí y dijo:
-¿Podéis mirar hacia otro lado? Un poco de privacidad, por favor. 
Nosotros consentimos, y no solo eso, sino que además le dejamos una mitad del barco a los dos para que hiciesen sus affaires sexuales.
-¿Así...?
-No, mejor a cuatro...
-De acuerdo, pero me bajo solo un poco los pantalones, que si no es un engorro, que no está esta barca para desperdigar ropas.
-Sí, sí...
Así les oíamos discutir, que no les veíamos, sobre cómo iban a hacer que el dragón entrase en la cueva. Entonces al final parece que llegaron a un consenso y la barca comenzó a mecerse.
-Hmm... hmm...¡hmmm...!-escuchábamos.
La barca comenzaba a hacer un vaivén cada vez más agresivo. Era de esperar que con tres personas a un lado y dos a otro, al final nuestro peso venciera, y la balanza se inclinase a nuestro favor. Yo, rápidamente, para evitar la catástrofe, salté hacia su lado y me golpeé con sus piernas. Él salió volando por el golpe, con el miembro salivante todavía, gritó brevemente y se desnucó contra el borde de la barca para caer al agua boca abajo, con los pantalones medio bajados. 
-Guau. Eso fueron cincuenta euros fáciles-dijo ella, mientras se subía los pantalones.
-Compruébale el pulso, anda, Fernando.-le sugerí. 
Él, estirándose, apoyando el bazo en el borde de la barca y con cuidado de no caerse, así lo hizo.
-Sí. Está muerto.
-Esto es la justicia divina. Eso le pasa por no esperar al matrimonio...-sentenció el cura, satisfecho.
-No haga mucho el ridículo ahora, padre-le miró severo el poeta-Tenemos un muerto.
-Ay, ay, ay. Suerte que yo estaba a cuatro y solo me he caído al suelo-suspiró aliviada Lucía, recostándose contra la pared de la barca.
-Moriréis en las llamas del infierno.
-Ha estudiado usted demasiada teología medieval, cállese-dije yo, sin demasiado convencimiento.
-¡A mí nadie me manda callar!
-Será que está tan ocupado hablando que no les oye al decirlo-silabeó sonriente el poeta.
-¿Quién te has creído que eres, insolente?
-Alguien que tiene injustamente que aguantarle.
-Vamos a ver, vamos a ver, callémonos todos.-intenté calmar los ánimos.
-Sí, quiero dormir-bostezó Lucía.
Todos concedimos en callarnos. Durante la siguiente media hora, una gaviota se posó en las posaderas de Andrés y comenzó a hacer procedimientos de extracción que nos negamos a observar. Después, la gaviota pareció quedarse satisfecha y se fue. 
-¡Un momento!-exclamó el poeta, iluminado-¡Si hay un pájaro, es que hay tierra cerca!
Miramos alrededor y, a lo lejos, vimos tierra.
-¡Aleluya!-croó el sacerdote, batiendo palmas cursileramente.
Lucía se despertó con un largo bostezo.
-¿Qué pasa?-se levantó y miró hacia donde todos estábamos mirando-¡Oh...! ¡¡Tierra, tierra!!
-Señores, creía que estábamos a cien kilómetros, pero parece que no. Estamos salvados.
Los cuatro, incluso el sacerdote, vitoreamos alegremente.
-Mira, estoy tan feliz que incluso voy a remar para llegar más rápido.-dije, empuñando sendos remos y poniéndome a remar vehementemente.
Y así, pasamos una hora avanzando ilusionados hasta la costa, hasta que ya estábamos cerca y comenzamos a sentir una ondulación más pronunciada bajo nuestros cuerpos. Esto fue fatal, pues el sacerdote estaba apoyado contra el lado de la barca orientado hacia el sentido de las olas, y por la fuerza, se cayó al agua.
-¡Aaaaah! ¡Ayudadme, ayudadme!
-¿Qué hacemos, qué hacemos?-me llevé las manos a la cabeza, exasperado.
El poeta me agarró el hombro.
-Dejémosle. Y haremos un favor a la humanidad, y al progreso eclesíástico.
-Pero, ¡no es ético! ¡No puedo dejar a un hombre morir!
-¡Hazle caso, hazle caso, hijo mío!-se dirigió el cura al poeta, nadando para acercarse a la barca todo lo posible.
-Nadie tiene por qué enterarse. Será, digamos, nuestro pequeño secreto.-dijo Lucía.
-En fin, vale-resople, poco convencido.
-¡Moriréis en los avernos de Lucifer!-gritó furioso el cura, antes de ser vencido por la corriente y sumergirse en las aguas para siempre.
Los tres observamos como se hundía el hombre, y en su lugar, empezaban a emerger unas cuantas burbujitas del agua. Contemplamos hasta que no hubo más burbujitas.
-Y así se le hacen favores al mundo, joder, vaya que sí...-sentenció satisfecho el poeta.
-Sí, bueno... era un poco cansino, el hombre. Me sabe mal haberle dejado ahogarse, pero cualquier persona sensata hubiera hecho lo mismo, ¿no?
-Sí, por supuesto-asintió Lucía-Además, seguro que nadie le echa en falta...
De repente, notamos una pequeña sacudida en la proa de la barca. Sonreí el primero.
-Señores, hemos llegado a tierra.

FIN

La barca pecaminosa
Guión


NARRADOR/CAPITÁN

ADOLESCENTE

POETA

SACERDOTE

PROSTITUTA







NARRADOR: El barco se estaba inundando feamente por momentos, así que yo, como capitán, debía elegir a quién debía salvar: me enfrentaba al típico dilema de clase de ética. Pero no había tiempo que perder, así que salvé a los primeros cuatro que vi. Muy deprisa, entre los crujidos lastimeros del barco y el griterío de los pasajeros, nos metí a los cinco en el único bote salvavidas y con una navaja corté las cuerdas para hacernos caer al agua. La gente gritaba mucho, y era imposible no prestarles atención, así que mis cuatro salvados y yo miramos el barco hasta que terminó por hundirse. Varios pasajeros intentaron nadar, mantenerse a flote, pero eran aguas muy frías y no tardaron mucho en morirse. Ahora, nosotros cinco nos encontrábamos en una situación peliaguda: estábamos a cien kilómetros de Estados Unidos. Me giré hacia mis compañeros y di una palmada.

CAPITÁN: Bien, señores. ¿Quién de ustedes quiere remar primero?

POETA: Yo, que soy joven.

NARRADOR: Le pasé los remos al joven y comenzó a remar, pero de repente se detuvo.

POETA: ¿En qué dirección?

NARRADOR: Saqué la brújula y le indiqué hacia dónde debía ir, y de esta manera comenzamos nuestra travesía por el mar.

CAPITÁN: Y, bueno, ¿quiénes son ustedes? ¿A qué se dedican?

PROSTITUTA: Yo soy Lucía, y soy puta-dijo la primera.

NARRADOR: El segundo la miró con recelo. Era un hombre mayor, con carrillos colgantes y pelo canoso.

SACERDOTE: Yo soy Juan, y soy sacerdote.

POETA: Yo soy Fernando, y soy poeta-consiguió responder entre jadeos el remero.

ADOLESCENTE: Yo  me llamo Andrés y no soy nada, voy a tercero de secundaria

CAPITÁN: Yo soy David, y soy capitán de barco.

NARRADOR: Observé el lugar de la tragedia

CAPITÁN: Bueno, era.

ADOLESCENTE: Lucía. Tengo 50 euros, ¿qué se puede hacer?

PROSTITUTA (áspera): Bueno. Aquí no hay mucho espacio para juegos, señorito. Y mucho menos intimidad.

ADOLESCENTE: ¿No se podría...?

POETA: A mí me da igual, desde luego.

SACERDOTE: A mí no me da igual. Un poco de por favor, por favor. Además, ¿no es ilegal?

CAPITÁN: Oh, vamos, estamos en un barco en mitad del océano.

NARRADOR: Inmediatamente reparé en el sentido de lo que había dicho.

CAPITÁN: Señor poeta, deje de remar, que si no se cansará y durará menos.

POETA: Es verdad, señor capitán… voy a dejar los remos a un lado de la barca, que no estorben.

CAPITÁN: En fin, a lo que iba. El muchacho quiere probar cosas nuevas, y nadie tiene por qué saberlo. Sus padres no tienen por qué enterarse.

ADOLESCENTE: Mis padres se fueron a pique.

CAPITÁN: Oh, vaya... ¡mejor me lo pones! Ahora no tienes obstáculos. Nadie te va a decir nada.

SACERDOTE: Considero esto una inmoralidad atroz.

POETA: Lo que me parece una inmoralidad es que este joven quiera contratar los servicios de una señorita con sus padres muertos.

ADOLESCENTE: No me querían. No les quería. Estamos una puta y yo en un barco: yo lo veo claro.

CAPITÁN: A mí me parece bien, señores. Que el joven haga lo que quiera.

POETA: A mí igual, que haga lo que quiera.

SACERDOTE: Pero, ¿no se dan cuenta de que esto es absurdo? (dirigiéndose a PROSTITUTA) Hija mía, Lucía. ¿Para qué quieres el dinero, si es probable que muramos?

PROSTITUTA: Vamos a ver, abuelo. Uno, usted no me va a decir a mí lo que debo o no hacer. Segundo, al infierno ya voy de todas maneras, así que no se preocupe por mí. Y tercero, además así pasamos el tiempo. Además, si no hace nada aquí es probable que el chico muera virgen.

ADOLESCENTE: Cierto, cierto, y no quiero morir virgen.

SACERDOTE: Iros a la mierda, pecadores, os pudriréis en las llamas de Satán. Haced lo que queráis.

CAPITÁN: Bien, todo parece indicar que el joven podrá consumar el placer carnal por primera -y probablemente por última- vez en su vida. 

ADOLESCENTE (feliz): Venga, vamos allá.

NARRADOR: Andrés comenzó a desabrocharse el cinturón.

PROSTITUTA: Quieto, bonito. Los cincuenta euros. Y tienes suerte de que estemos en esta situación, que si no te cobraría más.

NARRADOR: El joven Andrés, que parecía plenamente consciente de que iba a morir de un momento a otro, le dio sin dudar el dinero. Pero, antes de esgrimir la espada descubierta, nos miró con recelo al cura, al sacerdote y a mí y dijo:

ADOLESCENTE: ¿Podéis mirar hacia otro lado? Un poco de privacidad, por favor. 

NARRADOR: Nosotros consentimos, y no solo eso, sino que además le dejamos una mitad del barco a los dos para que hiciesen sus affaires sexuales.

PROSTITUTA: ¿Así...?

ADOLESCENTE: No, mejor a cuatro...

PROSTITUTA: De acuerdo, pero me bajo solo un poco los pantalones, que si no es un engorro, que no está esta barca para desperdigar ropas.

ADOLESCENTE: Sí, sí...

NARRADOR: Así les oíamos discutir, que no les veíamos, sobre cómo iban a hacer que el dragón entrase en la cueva. Entonces al final parece que llegaron a un consenso y la barca comenzó a mecerse.

ADOLESCENTE Y PROSTITUTA (con efecto orgásmico): Hmm... hmm...¡hmmm...!

NARRADOR: La barca comenzaba a hacer un vaivén cada vez más agresivo. Era de esperar que con tres personas a un lado y dos a otro, al final nuestro peso venciera, y la balanza se inclinase a nuestro favor. Yo, rápidamente, para evitar la catástrofe, salté hacia su lado y me golpeé con sus piernas. Él salió volando por el golpe, con el miembro salivante todavía, gritó brevemente y se desnucó contra el borde de la barca para caer al agua boca abajo, con los pantalones medio bajados. Ella se había solo chocado contra el suelo, y a la vista de que su cliente había sido finiquitado, se subió los pantalones.

PROSTITUTA: Guau. Eso fueron cincuenta euros fáciles

CAPITÁN: Compruébale el pulso, anda, Fernando.

NARRADOR: Él, estirándose, apoyando el bazo en el borde de la barca y con cuidado de no caerse, así lo hizo.

POETA: Sí. Está muerto.

SACERDOTE (satisfecho): Esto es la justicia divina. Eso le pasa por no esperar al matrimonio...

POETA: No haga mucho el ridículo ahora, padre. Tenemos un muerto.

PROSTITUTA: Ay, ay, ay. Suerte que yo estaba a cuatro y solo me he caído al suelo.

SACERDOTE: Moriréis en las llamas del infierno.

CAPITÁN: Ha estudiado usted demasiada teología medieval, cállese.

SACERDOTE: ¡A mí nadie me manda callar!

POETA: Será que está tan ocupado hablando que no les oye al decirlo.

SACERDOTE: ¿Quién te has creído que eres, insolente?

POETA: Alguien que tiene injustamente que aguantarle.

CAPITÁN: Vamos a ver, vamos a ver, callémonos todos.

PROSTITUTA: Sí, quiero dormir (bosteza).

NARRADOR: Todos concedimos en callarnos. Durante la siguiente media hora, una gaviota se posó en las posaderas de Andrés y comenzó a hacer procedimientos escatológicos que nos negamos a observar. Después, la gaviota pareció quedarse satisfecha y se fue. 

POETA: ¡Un momento…! ¡Si hay un pájaro, es que hay tierra cerca!

NARRADOR: Miramos alrededor y, a lo lejos, vimos tierra.

SACERDOTE (batiendo palmas cursileramente): ¡Aleluya!

PROSTITUTA: (bosteza largamente) ¿Qué pasa? ¡Oh...! ¡¡Tierra, tierra!!

CAPITÁN: Señores, creía que estábamos a cien kilómetros, pero parece que no. Estamos salvados.

NARRADOR: Los cuatro, incluso el sacerdote, vitoreamos alegremente.

CAPITÁN: Mira, estoy tan feliz que incluso voy a remar para llegar más rápido.

NARRADOR: Y así, pasamos una hora avanzando ilusionados hasta la costa, hasta que ya estábamos cerca y comenzamos a sentir una ondulación más pronunciada bajo nuestros cuerpos. Esto fue fatal, pues el sacerdote estaba apoyado contra el lado de la barca orientado hacia el sentido de las olas, y por la fuerza, se cayó al agua.

SACERDOTE: ¡Aaaaah! ¡Ayudadme, ayudadme!

CAPITÁN (llevándose las manos a la cabeza, exasperado): ¿Qué hacemos, qué hacemos?

NARRADOR: El poeta me agarró el hombro.

POETA: Dejémosle. Y haremos un favor a la humanidad, y al progreso eclesíástico.

CAPITÁN: Pero, ¡no es ético! ¡No puedo dejar a un hombre morir!

SACERDOTE (voz agonizante): ¡Hazle caso, hazle caso, hijo mío!

PROSTITUTA: Nadie tiene por qué enterarse… Será, digamos, nuestro pequeño secreto

CAPITÁN (manipulado): En fin, vale.

SACERDOTE (agonizantemente furioso): ¡Moriréis en los avernos de Lucifer, hijos de puta!

NARRADOR: Los tres observamos cómo se hundía el hombre, y en su lugar, empezaban a emerger unas cuantas burbujitas del agua. Contemplamos hasta que no hubo más burbujitas.

POETA (satisfecho): Y así se le hacen favores al mundo, joder, vaya que sí…

CAPITÁN: Sí, bueno... era un poco cansino, el hombre. Me sabe mal haberle dejado ahogarse, pero cualquier persona sensata hubiera hecho lo mismo, ¿no?

PROSTITUTA: Sí, por supuesto. Además, seguro que nadie le echa en falta.

NARRADOR: De repente, notamos una pequeña sacudida en la proa de la barca. Sonreí el primero.

CAPITÁN: Señores, hemos llegado a tierra.



FIN










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