martes, 7 de febrero de 2017

Enrique Dubariego pierde la cabeza

Enrique Dubariego llevaba una cómoda existencia, hasta el día en que le desapareció la cabeza. Se levantó, y cuando, tras muchos tumbos, llegó al cuarto de baño y fue a lavarse la cara, se dio cuenta de que no tenía a qué echar agua. Desayunar también resultó un engorro, porque tenía que meter la comida directamente al esófago, y eso significaba operar la trituradora a ciegas. Su mujer, que veía estos actos imprudentes, le ayudó a que no perdiese también la mano y le trituró y metió en el conducto digestivo las tostadas, el café y la manzana. Enrique estaba tan desolado por no poder comunicarse con su mujer que desarrolló capacidad de habla en la mano derecha, que no boca .
-¡Margarita! Gracias por hacerme este gran favor.
-No pasa nada, cariño...
-Te oigo la voz llorosa. ¿Seguro que no te molesta... esto?
-Ahora no podrás hacerme el cunnilingus como antes, pero, aparte de eso, todo irá bien.
Fueron a besarse, sin éxito, y Enrique fue al trabajo, donde al llegar todos le miraron curiosos. Enrique, que había desarrollado un ojo en la mano izquierda, los miró con desconfianza. Tras dejar el maletín en el suelo, les dijo:
-¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así? ¿Tengo monos en la cara?
-No tienes cara.
-Es cierto. Los informes me han hecho perder la cabeza, lo lamento. Ahora dejad de mirarme como si fuese un monstruo y dejadme trabajar en paz.
Enrique se puso a trabajar, pero era muy engorroso, porque no sabía mecanografiar y tenía que subir y bajar la mano izquierda para ver qué estaba escribiendo. El jefe, que pasaba por allí, vio lo lento que iba.
-No le veo buena cara, Dubariego. Márchese a casa.
Enrique, sorprendido pero agradecido, cogió el maletín con la mano derecha, se puso la chaqueta y se fue de allí. ¿Por qué la gente le miraba tan raro por la calle? ¿Acaso era porque no tenía cabeza, o porque les miraba con la mano extendida hacia ellos...? Era igual. Todos los días cuando volvía del trabajo se cogía un polo de limón en el quiosco de la esquina, y además, como era por la mañana, pues le sentaría mejor. Una vez se hubo comprado el polo y sentado en un banco, se fue a llevar el polo a la boca, pero accidentalmente lo lanzó tras de sí. ¡Qué engorroso era comer sin boca! Lo de no explorar más el marisco y tener vacaciones extra estaba bien, pero Enrique realmente lamentaba no poder tomarse más esos polos de limón que le daban la vida. ¡Tenía que hacer algo! Sosteniendo el móvil con la mano derecha, buscó y marcó el número de un señor psíquico de estos que resuelven la vida. Cambió de mano y se puso a hablar.
-Buenos días, ¿don Churimando?
-Soy yo.
-Sí, buenos días. Yo soy Enrique y quería comentarle que mi cabeza ha desaparecido, y que si había alguna manera de recuperarla. Sin boca es muy difícil tomar helados.
-No sé. ¿Ha mirado en objetos perdidos?
-Bueno, tengo un armario lleno de cabezas de políticos, pero esas no me sirven.
-Ya veo. ¿Qué tal si se pasa por mi consulta y lo hablamos?
Enrique aceptó y el otro le dio su dirección, en la que Enrique se presentó a primera hora de la tarde.
-Buenas tardes. Espero no haber llegado demasiado pronto.
-No se preocupe. Eso es mejor que llegar tan tarde, que parece que algunas personas se les ha ido la cabeza. Tome asiento.
Enrique se sentó en un asiento circular de terciopelo en torno a una mesita redonda de madera, todo esto en un gabinete penumbroso por el que giraban las estrellas y constelaciones gracias a un aparato de los chinos situado en el centro de la mesita que hacía las veces de vidente del futuro.
-Vamos a ver, hijo mío. ¿Cuándo te desapareció la cabeza?
-Pues no sé. Yo es que me levanté por la mañana, y cuando me fui a lavar la cara como que noté que me faltaba algo. 
-¡Su caso es algo que jamás había visto! Por fortuna, ayer me trajeron del lejano Oriente un chisme que tiene la respuesta a todas las cosas y nos dirá dónde está su cabeza.
Entonces don Churimando sacó de su regazo una cabeza que puso sobre la mesa, de varón de mediana edad, caucásico, pelo castaño y rasgos huesudos.
-Oh, cabecita, cabecita, ¿dónde está la cabeza de nuestro amigo?
-Soy yo-dijo la cabeza, abriendo los ojos azules.
-Andalaosa.-dijo Enrique.
La cabeza de Enrique se alegró mucho nada más verle y le pidió con ilusión infantil que la devolviese a su lugar. Así lo hizo Enrique, y le desaparecieron el ojo y la boca de sus manos al no hacerle falta ya. 
-Pero, dígame, don Churimando, ¿por qué mi cabeza estaba en el lejano Oriente?
-Se ve que ayer se centró tanto en sus informes sobre Sri Lanka, que perdió tanto su consciencia del ser, que su cabeza apareció por allí. Nada más verla, todo el mundo se asustó, pero cuando vieron que sabía de economía y cocina chilena la dejaron en paz. Un colega vidente que pasaba por allí me llamó para vendérmela, oferta que yo no tardé en aceptar, y que no tardó en llegar a mi gabinete esta mañana.
-Pues muchas gracias, me ha resuelto usted un problema muy gordo-dijo alegre Enrique levantándose.
-No pasa nada. Cuídese y mantenga su cabeza sobre sus hombros.
-Muy bien. ¿Cuánto le debo?
-Nada, me lo he pasado muy bien.
Así pues, Enrique Dubariego volvió muy feliz a su casa, donde besó a su mujer y tuvo la cena más maravillosa de su vida. Aquella había sido una traumática experiencia que jamás olvidaría. Por ello, antes de dormirse, abrazó fuertemente a Margarita, olió su cuello y sonrió.