domingo, 4 de diciembre de 2016

Cálamo y la lavadora

 Este texto va dedicado a un profesor mío de pintura que nunca mancha su traje. Siempre me pregunté como lo hacía, así que hice mi propia respuesta... (me inspiré en ti, pero soy escritor, así que espero que perdones mis licencias) Espero que disfrutes, disfrutéis, esta pequeña pieza de absurdo.
Cálamo y la lavadora
Antonio Cálamo era un pintor que, tras haber estado pintando algunos años, era profesor de dibujo en un colegio privado. De perfil afilado, ojos intensos y oscuros y pelo brillante por su ausencia, Cálamo siempre iba al trabajo en traje.  Tenía negro, azul, gris y gris más oscuro, y nunca en el tiempo que llevaba enseñando le habían visto manchárselos una sola vez. Daba igual que estuviesen en el aula de escultura, rodeados de polvo y arcilla, o que estuviesen mezclando botes de pintura; ni una mota se atrevía a posarse sobre la tela. Si no hiciese contacto físico con sus amigos profesores, se podría pensar que tenía un campo de fuerza alrededor.
-Cálamo, ¿por qué nunca te manchas el traje? Es decir, ¿cómo lo haces?-le preguntó un día un alumno.
Cálamo, que hasta ese momento había estado sonriendo en la conversación, puso una mirada ausente y una mueca de miedo.
-Eso es la práctica, que con los años pues uno aprende... pues a no mancharse. Usted, como es principiante, se mancha todo el rato. Hoy es el primer día que mezcla pintura, pero cuando ya lleve años verá que a usted también le pasa.
Pero eso era una tapadera. El verdadero motivo por el que Cálamo nunca se manchaba el traje era porque tenía fobia a las lavadoras, y por ende, no tenía en su casa. Durante años había estado yendo al psicólogo, pero el pobre doctor Peralbo se rindió tras cinco años de trabajo.
-Mire, Antonio, que es un electrodoméstico y no puede hacerle daño... 
-¡Mentira! Una lavadora mató al gato del vecino. Son asesinas. Algún día desarrollarán brazos, piernas e inteligencia y emprenderán un ataque contra la humanidad que las creó.
-Bosch las hace silenciosas, pero no creo que les puedan salir piernas así de repente...
-¡Usted no sabe nada sobre la vida! ¡Váyase a la mierda!
Y así terminaron cinco años de terapia sin ningún resultado. La fobia de Cálamo tenía sus raíces en su más tierna infancia, cuando un día sus primos del campo vinieron a Madrid a visitarle y le dijeron que dentro de su lavadora encontraría una máquina del tiempo que haría que los siete años llegasen antes. ¡Pero era mentira! Cuando el pequeño Toñín metió su cabeza en el chisme, los otros dos aprovecharon para bajarle los pantalones y vapulearle el excusado con un matamoscas en forma de balón de fútbol. Cuando ya le dejaron que sacase la cabeza, le dijeron que había sido la lavadora, y el inocente se lo creyó tan a pecho que corrió a contárselo a su madre.
-Esos han sido tus primos, Toñín, que te han hecho una jugarreta.
-¡Mentira! Ha sido la lavadora. ¡Dame un cuchillo!
La madre, que había pagado una buena cifra por esa lavadora, no se lo dio. Además, para cuando alcanzase el cajón de los cubiertos ya se le habría olvidado el incidente. Pero no lo hizo. Antonio, como pasó a llamarse con la edad, siempre evitaba pasar por delante del cuarto de la lavadora, y a veces tenía episodios histéricos en los que intentaba tirarla por la ventana, pero afortunadamente su creciente afición por la pintura le había impedido desarrollar conocimientos de poleas. Varias veces sus padres lo llevaron a especialistas, que como el pobre doctor Peralbo, acabaron tirando la toalla.
-Mire, señora Baro, yo lo siento mucho pero lo de su hijo es incurable. Yo que usted me mudaría a la ribera del Manzanares.
Pero María Baro no lo hizo y Antonio Cálamo pasó una adolescencia terrible. Ya en la edad adulta, siempre recordaría aquellas interminables noches de insomnio, escuchando el amenazante murmullo de la lavadora, que le depararían sus características ojeras. Cuando ya superó la edad del pavo y se fue a la universidad, era un muchacho enclenque cuyas pesadillas eran las lavadoras y los gimnasios. Pero cuando se trasladó a su piso de estudiante y empezó a lavar su ropa a mano, empezó a echar músculo. Sus padres le daban todo el dinero necesario para poder llevar una vida normal aun con su matiz lavandero, y de otra manera no habría podido sobrevivir los cinco años de Bellas Artes, al cabo de los cuales era un hombre fornido al que no convenía enfadar.
-Picasso pintaba como un niño de cinco años, cualquiera puede pintar como Picasso.
Y ese tipo no vivía para contar otra vez su opinión de Picasso.
Tras algún tiempo, Antonio Cálamo se había ya labrado cierto nombre en el mundo de la pintura y vivía estupendamente de su arte. ¡Era feliz! Además había conocido a una chica muy guapa en Bellas Artes y tras unos años de noviazgo se habían casado y eran muy felices. Pero...
-Cariño, ¿por qué no compramos de una vez la dichosa lavadora?
-A ti te gusta quemar cosas y yo te comprendo. A mí me dan miedo las lavadoras, así que, hazme el favor, compréndeme.
-Vale, pero al menos ten poca ropa y mancha lo mínimo posible.
La verdad, Antonio llevaba haciendo eso toda la vida, pero cuando empezó a vivir con su mujer había el doble de ropa, y ella no estaba dispuesta a ayudarle a lavarla... había que tirar cosas, así que Antonio se quedó solo con lo imprescindible: un abrigo, ropa interior (como costaba menos lavarla podía tener más), zapatos y cuatro trajes que iría rotando. A veces era incómodo, porque era raro ver a alguien con corbata en un concierto de los Rolling Stones, pero lo cierto es que todo el mundo se acostumbró a ver a Antonio Cálamo siempre con traje. Circulaba la leyenda de que no se lo quitaba para la playa, pero eso era información a la que pocas personas en el globo tenían acceso... al menos eso era lo que se contaba de él cuando empezó a dar clase en aquel colegio privado: era un pintor extraño que en cualquiera de sus cuadros metía una alusión a las lavadoras, y que nunca había sido visto sin traje, y con manchas en el traje. 
Por fuera, parecía alguien sumamente inteligente e impecable que siempre mantenía su traje impoluto... pero por dentro el sabía que era un encogido ser humano aterrado por las lavadoras. Debía luchar contra su miedo. Por ello, tras unos cuantos años en el colegio, publicó su primer libro, 'Qué hacer frente a un apocalipsis de lavadoras asesinas', que ayudó a mucha gente cuando, efectivamente, las lavadoras intentaron tomar el control del mundo, como era de esperar.