domingo, 27 de noviembre de 2016

No me gusta el colegio

No me gusta el colegio
No me gusta el colegio. Y entonces sale un iluminado de entre el público que dice 'Y a mí sí, no te jode'. Pues sí. No me gusta el colegio. El gobierno no quiere que lo sepamos, pero yo os lo digo: los colegios son cárceles. Para disimular, dejan a los chavales vestir a su bola o con uniformes relativamente bonitos, pero la estructura educativa de nuestro país, y en general, está basada en las cárceles. Esto parece una idea alocada, pero ¡confiad en mí!, todo tiene sentido. Para empezar, en los colegios hay capataces. No niego que algunos profesores tengan pasión por enseñar, y pasión por lo que enseñan... pero algunos son seres humanos profundamente insatisfechos en su vida que se desfogan con el primer inocente  que pillan. No tienen sentimientos, y si te tienen que joder, lo hacen con una sonrisa odiosa. ¿Por qué? Porque están amargados. ¿No puedo ser pintor? Profesor de dibujo. ¿No puedo ser químico? Profesor de química. Tiene gracia.  Los presos, es decir, los alumnos, no son más que personas que cumplen condena por nacer. Estoy seguro de que si al salir del vientre de nuestra madre nos dijesen 'Pasarás hasta los dieciocho sentado en una silla incómoda ocho horas al día aprendiendo cosas inútiles' volveríamos dentro corriendo y nos tendrían que sacar por la fuerza; de ahí las cesáreas. Los presos son forzados a levantarse temprano y aguantar jornadas tediosas y llenas de sufrimientos, hambre y torturas sin clemencia. Lo primero que les hacen cuando entran en el presidio es dividirlos en grupos, y después, en cada grupo, ponen un número a cada uno. Has perdido tu identidad, hijo de puta. Ya no eres Pepito Pérez, eres el número 23, y vas a tener que recordarlo cada vez que el profesor os ordene que os pongáis en fila para volver a las clases tras el descansillo. ¿No os suena de nada? ¡Prisión, prisión! Y, como en cualquier cárcel decente, en los colegios hay salas de tortura. Te sientan en sillas más incómodas imposible, y si te levantas o te mueves, mandan una nota a tus padres, que es lo peor que se le puede hacer un crío. Por favor: hazme de todo, pero una nota a mis padres, ¡no, por favor...! Además, si intentas mostrar algún signo de individualidad, o intentas llevar una infancia relajada y feliz, también te vas a la mierda. Los capataces se aseguran de enseñar a los presos montones de cosas, casi todas completamente inútiles, para saturar su cerebro y arrebatarles las ganas de vivir. Y cuando crees que el suplicio ha acabado y que tu madre va a venir a la puerta de la cárcel para abrazarte y consolarte, el capataz hace chasquear el látigo y dice: 'Esperad, chicos, que pongo deberes'. ¡Y tu infancia se va, otra  vez, a la mierda! ¿Jugar? ¿Divertirse? ¿Salir a la calle? ¡No, qué desperdicio de tiempo! Lo peor del colegio es que te tortura tanto dentro como fuera. No tienes escapatoria. Siempre que intentas evadirte, relajarte un poquillo, una parte de ti está ahí dale que dale: 'Recuerda que tienes deberes para el lunes'. No puedes escapar, estás cumpliendo condena por nacer... y lo peor de todo, sin duda, es que los jueces a los que tendrías que ir en caso de necesidad fueron precisamente los que te pusieron la condena.