sábado, 20 de agosto de 2016

Atraco a misa

Una historia que no me podía quitar de la cabeza, y que creo que he desarrollado bastante a mi gusto. No obstante, cuando la encaje donde debe estar la haré mejor :). Espero que os guste esta historia de cobardía, crimen y sentimiento anticlerical. Que no quiere decir que a mí no me guste la Iglesia. Pero, demonios, me lo he pasado de miedo al escribir esto. ¡Disfrutadlo!
Atraco a misa
-Chavales, ¿cuánto dinero tenemos?
Esta pregunta del conductor Zeta puso en una situación incómoda a Luis y a Manuel. Se habían separado del resto del grupo de peregrinación para volver a casa, habían robado un coche y tenían rumbo a Madrid, pero se les había olvidado ese detalle insignificante que es el dinero. Luis, sudoroso, hizo cuentas. Entre los tres fugitivos, reunían nada más y nada menos que cuatro euros veinte.
-Snoop Dogg nos proteja-dijo Zeta, levantando un instante los ojos hacia el cielo.
-Mira el volante, mira el volante, amigo Zeta, que yo tengo una novela que escribir.-le regañó Manuel.
-Y yo... yo...-¡pobre Luis! No tenía nada en la vida por lo que mereciese la pena vivir-Yo me he dejado el lenguado en el horno y se me va a quemar.
Los otros dos fruncieron las caras y callaron. Habían salido hacía tres días de Madrid, de haber sido verdad eso que Luis decía su casa ya estaría en un incendio. 'Lástima que él no esté dentro', pensó Manuel, que creía que era cierto lo del lenguado. Zeta, resistiéndose a rumiar esto, volvió a concentrarse en la carretera y preguntó que cómo harían para conseguir un poquillo de dinero, que ya le venían entrando desde hace un rato ganas de llenar las arcas.
-¿Algún sitio se os ocurre donde podamos conseguir dinero rápida y fácilmente?
-En un prostíbulo-apuntó Luis.
-¡No seas tontopán, Luis! Está demasiado sucio y no sabemos cuando nos vamos a volver a duchar... Venga, venga, tiene que haber alguna cosa para sacar pasta...-rechinó los dientes Manuel.
-¿Un restaurante italiano? Pero, claro, para eso necesitarías pasta y... un momento. ¿Pasta para conseguir pasta? Por otra parte podríamos robarles la pasta y luego vendérsela, y así obtendríamos pasta, pero ¡ah, claro!, con esa pasta comeríamos pasta en el mismo restaurante y... ¿me entendéis, no?
-Sí, claro-respondió Manuel aburrido-Es una cuestión de pasta.
-Yo soy celiaco, chicos, ¿no podemos comer en una marisquería?-dijo Zeta.
-Pero para eso necesitaríamos pasta.-respondió Luis-Todo apunta a que tenemos que comer en un italiano para conseguir dinero. Con el que pagar la pasta, por cierto. Todo tiene sentido, tío.
Manuel y Zeta no querían meditar sobre temas tan triviales. Callaron y se pusieron a mirar el paisaje leonés. Amarillo, naranja. Algún ocre. Más seco que sus bolsillos. Así iban, taciturnos y apenados y hambrientos por la vida, cuando entraron en un pueblo, del que no puedo decir el nombre porque pasaron muy rápido y no pude ver el cartel. De repente, Zeta dio un frenazo en seco. 
-¿Qué pasa? ¿Por qué te paras, amigo Zeta?-preguntó Manuel.
Zeta señaló con la cabeza al edificio frente al que se había parado. Una iglesia.
-No estarás pensando...
Zeta asintió.
-¡La Iglesia nos ha estado robando durante siglos al vulgo! Es hora de que nos tomemos la revancha por todos esos proletarios que sufrieron en la Edad Media. Además, me he parado porque son las ocho y habrá misa.Y en la misa hay cestillo. ¿O no?
Los tres se miraron. La idea de Zeta era tentadora. Cincuenta, cien euros, podían llevarse a la saca. Y sin violencia. Un robo de guante blanco. Luis abrió su mochila, sacó el estuche rectangular donde tenía su colección de guantes y sacó el blanco, que se enfundó en la mano con gesto de cirujano.
-Contad conmigo, tío.
Manuel dijo que aquello era documentación para su novela de pasión adolescentil y que venga, que viva la parranda y los jolgorios criminales, que el también.
-Pues a ver, el plan es sencillo. Mi mente privilegiada lo acaba de trazar ahora mismo-se hizo el interesante Zeta-Vosotros entráis, os ofrecéis a lo del cestillo...
-¿Y si no nos coge el cura?
-Pues insistís, Luis hijo mío de mi vida y de mi alma. Entonces cuando acabéis de pasar el cestillo por todo el pasillo y estéis lo más cerca posible de la puerta, sin recorrer el otro pasillo que os hayáis dejado, porque como bien sabréis hay dos pa' dentro y dos pa' fuera, echáis a correr y venís aquí, donde yo os estaré esperando en el Toyota. Y huiremos, raudos y veloces, por la estepa española, sin que le de tiempo a nadie de llamar a la policía.
-Bueno, ya sé yo que no está bien sacar el móvil en la Iglesia, pero si les atracan digo yo que se podrá hacer una excepción. Digo yo.
-Queee te calles Luis. Pesao. Ahora entrad ahí ¡y desvalijadles!
Luis receló un poco de hacer caso a la agresividad de Zeta, pues ponía en duda su liderazgo, pero decidió salirse del coche. Según las ordenes que Manuel le dio con la mano, le abrió la puerta, y ambos fueron campantes hacia el templo. Una vez en la boca del lobo se dirigieron hacia el cura, que estaba a punto de empezar la ceremonia y Manuel, pomposo y flamante como siempre, le dijo que quería pasar el cestillo junto a su amigo.
-Pero ya hay gente para eso, hermano-respondió el cura, un heptagenario con melena, rasgos cubanos y una voz anciana y quebrada pero muy salerosa.
-Verá-dijo Manuel, acercándosele al oído, sin que pudiese oír Luis-es que mi amigo aquí, se está muriendo de...-'¡Oh, cerebro mío, prodigio de la naturaleza, no me falles ahora!'-de hemorroides...
-No sabía que se podía morir de hemorroides, hermano-dijo el cura.
-Sigual, padre, ya sabe usted que con la ayuda del señor-alzó los brazos-tutto e posible. El caso es que le quedan dos, qué digo, ¡una! semana de vida y antes de tocar madera, entre cosas como hacer paracaidismo, wingfly, perder la virginidad honorosamente o ser respetado, pues quiere pasar el cestillo con su mejor amigo, que soy yo. Y es que además, padre, mírele, si es que le hace mucha ilusión al chiquillo.
El cura miró a Luis, que sonrió con sus dientecillos mellados y sus ojos que, sin ser bizcos, lo parecían. Eran un par de desgraciados, sobre todo el amigo, que le hablaba de la vida sexual del casi difunto, pero la misericordia del Señor es infinita, así que les dijo que se sentasen al lado del altar y que ya les avisaría cuando llegase su momento estelar. Así lo hicieron los dos. E incluso se propusieron escuchar al padre mientras oficiaba la misa. Eso era lo menos que podían hacer, cuando pensaban hacer lo que iban a hacer.
-En el nombre del Padre, del...
No pudieron. Pusieron el piloto automático, esto es, más rectos en el asiento que un palo y con cara de estar escuchando, hasta que así muy de improviso llegó el cura a decirles que pasasen el cestillo, que estaba en aquella mesa y que al terminar de pasarlo pues que lo dejasen en esa misma mesa. Los dos amigos cogieron sendos cestillos y empezaron a pasearse por los pasillos, blandiéndolos, ofreciendo a las gentes una buena obra que hacer. ¡Monedas de uno, dos euros! ¡Billetes de cinco, diez euros! A Luis se le salían los ojos. A Manuel no, que era aquello calderilla, pero bueno, taba bien. Y, al llegar al final del pasillo, nuestro escritor se resignó a acabar el trabajo con solo ciento y pico euros. Fue rápido a Luis y le susurró:
-Cambio de planes. Tú sígueme el rollo.
-Pero...
-Ni peras ni manzanas, cazurruelo berzotil. Haz lo que yo te diga.
Acto seguido, y sin darle a Luis tiempo a responder, Manuel volvió junto al altar, sonriendo mucho a todos los parroquianos, como disimulando, y fue a depositar el cestillo en la mesa.
-Pero, hermano, te queda otro pasillo-le dijo el cura.
Manuel, fingiendo fatal, le dijo que ¡oh, es cierto, qué despiste el mío que no me he dado cuenta! y se fue por el pasillo interior a seguir recaudando. Lo que ya dejó al cura de piedra fue cuando Luis hizo exactamente lo mismo.
-Pero bueno, ¿no has visto a tu amigo, que ha cometido el mismo error?
-Lo siento, lo siento, es que como él todo lo hace tan bien...
-No pasa nada, tranquilo, pero termina de pasar el cestillo, por favor, que es que te queda un pasillo.
-No me tome usted por tonto, padre, ¿eh?-replicó Luis, ya yendo a su tarea.
El cura se santiguó. 'No me tome usted por tonto'. 'Dios Santo', pensó, '¿entonces qué hago, Señor? ¿Lo tomo por imbécil?'. Y mientras el sacerdote se hacía preguntas sobre el coeficiente intelectual de las personas, los objetos de su preocupación tenían entre los dos en torno a cuatrocientos euros. Y cuando estuvieron los dos de nuevo al fondo del pasillo, murmurando, para nada sospechosamente (nadie se giró ni nada), acordaron que ya debían ahuecar el ala. Ya estaban a punto de dar el primer paso, cuando Luis dijo un momento, se giró hacia los fieles y gritó:
-¡Esto es un atraco! ¡Pium, pium!
-Mierda, mierda, Johnny, ¡nos van a pillar!-se lamentó en susurros Manuel- ¡Aprisa, zoquete, larguémonos de aquí!
Y los dos se dieron a la fuga como caballos tras un largo cautiverio. No hizo falta, porque ni los bastones ni andadores ni el cura se movieron un pelo, pero bueno, ellos se lo pasaban bien y eso era lo que importaba. Salieron dando trompicones y pegando un salto de película se metieron los dos en el coche, donde los esperaba Zeta con un calcetín blanco en la cabeza.
-¿Cuánto tenéis?
-¡Mucho!-respondió Luis con voz llena de avaricia.
-¿Podrás conducir con eso? ¿Ves bien?-le preguntó Manuel-Si además está usado. Vuelve a ponértelo en el pie, amigo Zeta.
Zeta se despidió de su rostro de fuera de la ley y se volvió a poner el calcetín. Hizo un amago de ponerse la deportiva, pero Manuel se lo impidió, gritándole, ¡arranca, arranca! Así lo hizo el Caracalcetín, y emprendieron la huída en coche. 
Mientras tanto, en la iglesia, todos los ancianos se reunían en torno a la única que tenía móvil, que tecleaba en su Nokia lo más rápido posible, que venía a ser una tecla cada veinte segundos. El cura, que si no había llamado era porque su móvil se había quedado sin batería, se hartó de tanta parsimonia, se abrió paso entre la multitud y le arrebató el móvil.
-Que no tenemos todo el día, traiga para acá, doña Carmen.
Doña Carmen se resistía a darle el aparato y forcejearon, 67 contra 72. Fue una batalla impresionante, digna de ser contada por Virgilio, en la que ganó el cura y vio en la pantalla que el número que había estado marcando doña Carmen no era el de la policía.
-¡Dame paciencia, Señor! ¿A qué número estaba llamando usted?
-Pues a cuál va a ser, al de mi casa, para que llamasen a la policía.-respondió ella con su voz débil y entrecortada de ancianita.
El cura mantuvo la calma y tecleó el 911 en un abrir y cerrar de ojos de don Pedro Gutiérrez, que venía a ser unos once segundos tres décimas.
-¿Sí? ¿Hola, policía? Sí. Llamaba porque unos gamberros se han llevado el cestillo. ¿Cómo que qué quieres que le haga? ¡Id tras ellos, panda vagos!
Y, furioso, apretó la tecla roja, con tanta fuerza que gritó y no se pudo oír como crujía su pulgar lenta y dolorosamente. Y el policía que había atendido la llamada de repente le entraron unas ganas locas de entrar al baño, y... mira, no tenéis por qué saber esto. Lo importante es que Manuel, Zeta y Luis iban por la carretera con cuatrocientos euros en metálico sin nadie que se lo impidiese.
-¡Yuju! ¡Somos ricos! ¡Ricos!-cantaba Zeta.
-Pero, ¿esto no es ilegal?-preguntó Luis.
-¡Calla, Luis!-gritó Manuel, para un instante después bajar el tono sensual y cinematográficamente-Ahora somos forajidos.