domingo, 16 de octubre de 2016

El rey

Escribí esto en un rato corto, pero me quedé satisfecho... que os guste :).

El rey
El rey se despertó con hambre aquel domingo. Dio dos palmadas y apareció el primer mayordomo por la puerta.
-Jorge, tráigame el desayuno a la cama.
-Que te follen-respondió Jorge, y se fue.
El rey se quedó extrañado. ¿Qué era aquella falta de respeto? Salió de su real lecho, se vistió y fue a pedirle explicaciones al guardia que custodiaba su dormitorio.
-¿Qué diablos le pasa a Jorge?
El guardia lo miró de reojo, le escupió en la cara y, tras decirle 'Que te follen', se dio media vuelta y se fue. 
El rey deambuló por todo su castillo preguntando qué sucedía, pero siempre le respondían lo mismo. Ya harto y cansado de aquello, fue a consultar el tema con su mujer al jardín. Ella le daría respuestas. Pero cuando se acercó y presentó su pregunta, ella le miró con desdén y le dijo:
-Hemos decidido destituirte. Ahora yo soy el rey.
-¡Pero no puedes ser el rey! ¡Eres mujer!
-Qué machista. ¡Guardias!
Y vinieron unos guardias que le despojaron de sus ropajes, le propinaron una serena paliza y le echaron fuera de las murallas del castillo de una patada.
-¡Mirad al antiguo rey!-exclamaron los pueblerinos cuando le vieron.
Y le agarraron y lanzaron a una pocilga, donde todos, incluso los niños, le escupieron y arrojaron verduras podridas, y además, los cerdos intentaban morderle. Tras un rato, los pueblerinos lo sacaron del barro y, tras atarle una grande y pesada herradura al cuello, lo tiraron al río del pueblo, con tal mala fortuna que el rey cayó mal sobre un gran peñasco y se rompió una pierna. El monarca observaba cómo las aguas se llevaban su sangre en hilos cuando, de entre los árboles de la ribera, apareció un cazador con una escopeta que le atravesó el pecho con una horda de perdigones. El rey, humillado y doblado sobre la roca, pensó en su último respiro que quizás había sido demasiado cruel con su pueblo.

Y ahora, un bonus track. Este lo escribí inmediatamente después del anterior.
Antirreflejo
Javier fue al bajo y se miró en el espejo. Pero su imagen no era él. Tenía su cara, pero no sus ojeras, sus dientes amarillentos, su pelo sucio y revuelto, su piel demacrada, sus ojos enrojecidos... el Javier del espejo miraba al otro sonriendo, con traje y pajarita, y con elegancia, se calzó un par de guantes blancos de látex. Y el Javier de verdad, quieto y perplejo, contempló como su reflejo trajeado surgía del espejo para estrangularle.